“Hablo de un mundo completamente distinto, donde ni siquiera existía la televisión: la única que había estaba en la vidriera de la sodería, cuando había una pelea de box se juntaban cincuenta en la vereda. Andábamos todo el día en la calle, salíamos del colegio y volvíamos a la noche. Era una calle menos peligrosa que la de hoy. Armábamos batallas con los del barrio de la plaza Olazábal, con escopetas-honda que fabricábamos con palos o a los cascotazos. Nos tirábamos como snipers con rifles de aire comprimido”, recuerda.
La Plata fue siempre de tener culo con pespuntes, presume de tener una aristocracia que no existe en el resto de la Argentina La Plata fue siempre de tener culo con pespuntes, presume de tener una aristocracia que no existe en el resto de la Argentina
Cerca de su casa, en 8 y 42 había una fábrica de gaseosas que se llamaba “Sidral”. El Indio recuerda que fabricaban naranjada y bebida cola. Menciona a otra familia de apellido Papaleo, que tenía la panadería de 7 y 41. “Había unas ratas de este tamaño”, se ríe. Solari dice que tiempo después ese local fue comprado por la automotriz Ika (Industrias Kaiser Argentina), donde los chicos del barrio siguieron haciendo daño.)
“A la Sidral entrábamos a través del paredón de los Piccinini, un lugar donde depositaban granos: maíz, trigo, afrecho, y con cuchillos rompíamos las bolsas y mezclábamos todo. Después nos tomábamos la Sidral, hasta quedar inflados como un calamar. Lo que buscábamos eran tubitos para hacer cerbatanas y para eso rompíamos un montón de sifones”.
7 y 41
La casa de los Solari estaba en 41 entre 7 y 8
El fulbito en la calle y las guerras a piedrazos
Tempos de menos autos, la calle era por entonces un gran lugar para jugar a la pelota. “Cerrábamos las dos esquinas y éramos veintipico, jugando”. Y recuerda la casa de un vecino al que le decían “Caimán” al que le rompían el portón a pelotazos. “Una vez salió con un cuchillo y, mamita: chau pelota. No lo dejamos dormir la siesta nunca más. Cada vez que salía, le cantábamos: Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla..”.
Las peleas con los pibes de las calles cercanas eran un clásico. “Le presentábamos batallas campales a otros barrios. Nuestra fortaleza era una obra en construcción, que conservaba los moldes de madera que se usaban para el hormigón. Ahí iban a atacarnos los de la plaza Olazábal y nosotros les tirábamos con escopetas de aire comprimido, con cascotes...”.
Ahí iban a atacarnos los de la plaza Olazábal y nosotros les tirábamos con escopetas de aire comprimido, con cascotes Ahí iban a atacarnos los de la plaza Olazábal y nosotros les tirábamos con escopetas de aire comprimido, con cascotes
Los recuerdos se suceden en el libro como escenas sueltas. Salta de una directora de escuela que vivía en el barrio y los pibes volvía loca, al lechero que llegaba por la calle 41 con su carromato lleno de tarros, bajaba y entraba por los pasillos de los departamentos para hacer su reparto puerta a puerta: “Nosotros aprovechábamos su ausencia para pegarle al carro. El caballo se asustaba y se iba al galope. Entonces reaparecía el gallego, con dos tarros en las manos, gritándonos: Hijos de puta, coño, mientras corría al caballo que se le iba a la mierda”.
O a las tapitas de gaseosas rellenas de pólvora en las vías por las que iba el tranvía, el cual una vez o al tranvía que una vez descarriló. “Éramos pichones de terroristas, sí. Muchos de aquellos amigos murieron a los pocos años, por culpa de la represión. Así pasó mi niñez: haciendo daño”.
Atropellado en plena calle 41
“Una vez Dios me castigó”, dice el Indio. Y recuerda la noche en que un taxista lo atropelló mientras jugaba a las escondidas. “Calle 41, ya era de noche. Contaba un amiguito y yo me mandé a la calle, para esconderme en la vereda de enfrente. Justo pasaba en contramano un taxi, con las luces apagadas. Y me quedé así”.
“Debe ser que andaba por ahí un muchacho del barrio: el novio de una vecina, que era policía o estudiaba para policía. Él paró al taxista y me subió al auto, para llevarme a un hospital. Me tapaba la boca con un pañuelo porque sangraba. Los chicos que jugaban conmigo no entendían nada, vieron que de repente me tapaban la cara y me subían a un coche”, relata Solari.
La anécdota deriva en un mal entendido tragicómico. Una amiga de Carilitos entró a su casa al grito de “se lo llevan a Carlitos, se lo llevan a Carlitos”. Mi viejo sale a la calle, no ve nada. Cuando vuelve a casa, busca a mi vieja y tampoco la encuentra por ningún lado... porque estaba abajo de la cama”. “Pobre vieja. Tan pronto escuchó Se lo llevan a Carlitos, le agarró una tara, era algo sobre lo que no tenía control, la dimensión del asunto le pasó por encima”, agrega.
Indio solari joven
El Indio en los primeros años de Los Redondos
Las escuelas platenses del Indio Solari
La Escuela Primaria Nº 33 de 8 y 38 tuvo entre sus alumnos a quienes décadas después se convertiría en el ídolo de masas como líder de los Redondos y como solista al frente de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. “Yo empecé a ser mal alumno muy temprano”, dice y recuerda que estaba marcado por ser de los más “quilomberos”. “Me aburría completamente, lo único que me gustaba era dibujar. Una profesora me aprobaba siempre porque hacía unos frisos maravillosos, romanos o lo que carajo fuera, y porque dibujaba más o menos bien. Y esa cosa del caballerito también ayudaría. Pero este caballerito también se rateaba, de vez en cuando”.
Había lugares en el barrio donde escabullirse. En una de las diagonales que llega a plaza Olazábal había una casa que estaba en alquiler hacía mucho tiempo y tenía forma de barco, con el balcón medio doblado, barandilla cromada y ojos de buey a la que solían a hacer tropelías.
“Yo había visto en alguna serie que el detective o ladrón se envolvía la mano en un pañuelo, daba dos golpes secos, rompía el vidrio y entraba. Yo intenté hacer lo mismo con un vidrio biselado. Me corté la mano. Volví al colegio, me llevaron al hospital, me pusieron puntos… y por supuesto, mis viejos se enteraron. Así que, por un tiempo, el ratero se acabó”, cierra la anécdota el Indio.
Indio Solari en la escuela
La foto escolar en la Escuela Nº 33 de 8 y 38
Un desertor permanente
“A la secundaria no fui casi nunca. Me hacía amigo de los celadores, que me bancaban hasta donde podían. Y entonces tenía que cambiarme de colegio”, dice el Indio y apenas recuerda cuáles fueron las escuelas de La Plata a las que concurrió. “Cursé en varios lugares. Había una nocturna a la que iban todos los que estaban perdidos, pero yo no quise entrar. La tentación era que ahí había muchos amigos. Pero, para mí, la noche estaba para salir”, dice.
Así pasó por el industrial Albert Thomas, por el Bellas Artes y el Normal 3: “Salía con mi amigo Hugo y filmábamos con una maquinita de 8 mm. Empezamos a hacer un documental, estoy hablando de primer o segundo año del secundario. Queríamos hacer una película sobre los pordioseros que vivían a la salida de La Plata. Había un lugar que en algún momento se debe haber usado como taller ferroviario y ahí se metían después de mamarse, al mediodía. Se quedaban tumbados al sol”.
El relato del Indio no esquiva su iniciación sexual y habla de un extraño viaje en moto a Punta Lara con el “cafiolo” de turno. “Varias generaciones de platenses deben haber debutado en lo del Negro Silva. Si ibas con uno o dos amigos, estaba bien, la cosa era no armar una cola de diez personas en la calle”.
Pero más allá de esas cuestiones terrenales, la etapa de la secundaria fue la del acercamiento al mundo de las ideas, de la lectura, de la intelectualidad. Y por supuesto a la música. Cuenta el Indio que La Plata era un lugar privilegiado para eso. Y el recuerdo lo lleva a The Beatles. “Cuando los escuché, la reacción fue instantánea. Hasta física diría. Yo me enteré tempranamente de su existencia. La Plata era un lugar de privilegio, donde llegaba al instante lo que valía la pena del mundo entero”.
La Plata era un lugar de privilegio, donde llegaba al instante lo que valía la pena del mundo entero La Plata era un lugar de privilegio, donde llegaba al instante lo que valía la pena del mundo entero
La Trinchera del Indio Solari en La Plata
Cuando sus padres de mudaron a Valería del Mar y Carlitos Solari era todavía un adolescente entrando en la juventud, quedó como amo y señor del PH de la calle 31, devenido en bunker y aguantadero de su troupe. La casa se fue transformando y se convirtió en “La Trinchera”, donde se mezclaban sus dos mundos, uno de gente “aposentada y educada” y otro plagados de “picaros y atorrantes”.
Fue el tiempo en el que lo echaron del industrial porque no iba nunca y recaló en el Normal 3. Seis décadas después Solari revela que nunca terminó el secundario. “Me falta matemáticas”, dice.
Descolla de la época en Bellas Artes una anécdota surgida de una noche de alcohol durante una fiesta en la que tenía a su cargo pasar la música. “La cosa es que empecé a picar discos tranquilo, ahí sentadito. Me pusieron una ginebra al lado y yo entré a tomar sin pensar. Cuando me bajé la décima, la cuenta la empezaron a llevar ellos. En un momento me dan ganas de mear, me levanto para ir al baño, me vengo en banda… y no me acuerdo más”, dice.
“Aparecí en casa, con un médico al lado. Había estado al filo del coma hepático”, se ríe a la distancia del tiempo. Con los días reconstruyó que sus amigos lo habían encontrado debajo de un arbusto, en la plaza San Martín. “Esa fue una de mis primeras experiencias en materia de lo que podríamos denominar ‘zarpe’”.
Indio Solari joven 1
Carlos Solari, ya convertido en Indio, el cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
La Plata, un lugar especial
Ese tramo de los recuerdos del Indio incluye una reflexión sobre La Plata que cierra una etapa, antes de su acercamiento a los cófrades con los que pocos años después comenzarían a gestar lo que décadas más tardes se transformaría en un fenómeno de masas.
“La Plata era un lugar especial, en esa época” y avanza con una radiografía social profunda: “Tenía su parte careta, de gente que vivía en una nube de pedos, convencida de que formaba parte de una aristocracia aunque carecía de la antigüedad y de la prosapia necesarias. Mentalidad de casta, bah”, cuenta y adelanta un sentido para una palabra que años después reconfiguraría el sistema político nacional.
Suma que por otro lado “había gente de clase media aposentada, que mandaba a sus hijos a estudiar afuera. Y cuando volvían, esos hijos traían consigo toda la información del mundo. Por ejemplo: la psicodelia que llegó a La Plata –me refiero a las drogas– fue pulentería”.
En La Plata había gente de clase media aposentada que mandaba a sus hijos a estudiar afuera. Y cuando volvían traían consigo toda la información del mundo En La Plata había gente de clase media aposentada que mandaba a sus hijos a estudiar afuera. Y cuando volvían traían consigo toda la información del mundo
Aparece en cuadro una de las esquinas emblemáticas de la ciudad: la de 7 y 49. “Me acuerdo de ir a La París, con tres o cuatro amigos, después de tomarnos unas pepas. La París era la confitería más pituca de La Plata, sus sandwichitos eran legendarios. Nosotros nos sentábamos en pleno salón y pedíamos jarras de agua, una tras otra. Y nadie nos decía nada, lo único que podían suponer era que estábamos un poco entonados. Ni siquiera te metían preso, porque por entonces no tenían forma alguna de probar que habías consumido algo prohibido. ¡Lo que fabricaban por entonces en las universidades de California era pura novedad!”.
La ciudad “bullía culturalmente” e “invitaba a las experiencias nuevas”, dice el Indio de una ápoca en la que la escuela secundaria pasaba a ser pasado definitivamente y de a poco asomaba el clima de época que desembocaría en el encuentro con los hermanos Beilinson, los ensayos en los subsuelos del viejo Pasaje Rodrigo y los primeros Lozanazos, los míticos shows en el teatro de 11 entre 45 y 46 que dieron la puntada inicial a la leyenda de Patricio Rey.
Pero esa es otra historia, mucho más conocida.
(*) Foto de portada: del libro "Recuerdos que mienten un poco", mejorada con ayuda de la IA