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Crónica platense del debut de Senegal en el Mundial entre ventas, broncas y rezos

Mustafá, un vendedor de Senegal que vive en la capital bonaerense, observó el primer partido de su país contra Franca y fue retratado por 0221.com.ar.

No vuela una mosca en una galería en pleno centro de La Plata. Es en 49 entre 8 y 9, dónde tres senegaleses le dedican su atención a una pantalla. Empieza el partido de Francia-Senegal, el primero del grupo I y el primer cruce entre ambas selecciones desde el mundial 2002, donde los africanos consiguieron un triunfo histórico.

Lo ven en soledad, cada uno desde su local. Si bien están hace años en la ciudad, les cuesta el español. Por eso hablan despacio. Así se hacen entender. Parecen mesurados, hasta que Kylian Mbappé cae en el área de los africanos.

—¡Ninguno lo toca! ¡La concha de tu madre, levantate!—, se escucha.

El que grita es Mustafá Fall. Tiene 28 años y hace 10 que vive en La Plata. Es calvo, mide uno ochenta y vende mochilas, carteras, gorras, termos, anteojos. Futbolero, hincha del Real Madrid y de Estudiantes, observa el partido con atención.

Mustafá Fall atiende el local en la galería de 49 entre 8 y 9 y mira a Senegal contra Francia

—¿Te cae mal Mbappé?—, pregunto. Lo ve todos los domingos en el Madrid y lo acaba de putear feo.
—No tengo ningún problema, pero cuando juega para Francia no me gusta—, responde, casi sin mirarme.

El árbitro australiano, Alireza Faghani, no compra. El partido sigue 0 a 0.

Mustafá tiene una mesa cerca del ventanal. Está a dos pantallas. Puso “Fobal libre” en el buscador de Internet Explorer de una notebook. La transmisión se tilda seguido. “Es vieja, la tengo para ver los partidos”, dice. Al rato, acomoda su celular cerca de la computadora, como soporte. Ahí se ve sin interrupciones; va más adelantado incluso.

—¿No te gusta Francia?
—Nunca me gusta. Nunca.

—¿Por qué?
—África contra África. No es Francia.

Mustafá camina por el pasillo de la galería, bautizada por la Municipalidad como Paseo de Compras "Islas Malvinas"

Francia, subcampeona en el 2022, es candidata nuevamente. La mayoría de sus futbolistas son de ascendencia africana. Por ejemplo, los padres de Tchouaméni, de Camerún; los de Doué, de Costa de Marfil; los de Kanté, de Malí.

Senegal tiene un buen equipo. Llegó a la final de la Copa Africana en enero de 2026. Le ganó a Marruecos, pero le quitaron el título por escritorio, por haber incluido mal a un jugador. En esta Copa del Mundo, el plantel senegalés tiene 10 jugadores franceses en su plantel. En total, son 102 futbolistas nacidos en territorio galo que juegan para países colonizados alguna vez por Francia (Túnez, Argelia, Marruecos, Ghana, Haití).

A los 24 minutos, el senegalés Nicolás Jackson patea desde la izquierda y la pelota pega en el palo. No pasa mucho en el partido. En la galería, tampoco. A falta de 5 para que termine el primer tiempo entra una mujer por el pasillo. Mustafá la escucha desde su silla.

A la hora del partido había cuatro senegaleses en la galería siguiendo las alternativas en el celular o la táblet

—Hola. ¿Camisetas para nenes?—, pregunta.
—Tenés que ir a 8 bis—, responde Mustafá.

—Me mandaron desde allá, me dijeron que pregunte acá.
—No tenemos.

En el entretiempo, entra al local de Mustafá otro senegalés que trabaja en la Galería. Es Cheik. Hablan wolof, parece francés. El contraste con el español que pronuncian –con lentitud y cuidado–, es notorio. Cuando conversan en su lengua, van rapidísimo. Suena hasta otro timbre de voz.

Los senegaleses abandonan el español y entre ellos hablan wolof

Fulbitos picados en La Plata

El fotógrafo Ignacio Amiconi va y viene por el pasillo. Mustafá ofrece café y unas galletitas de miel.

—¿Vos jugás al fútbol?—, le pregunto.
—Sí, con los chicos jugamos, pero hace rato no voy.

—¿De qué jugás?
—Soy arquero.

“¿En serio sos arquero?”, aparece Nacho en la conversación. Amiconi decidió acompañar a la comunidad de senegaleses de La Plata desde hace algunos años. Creó un proyecto donde los retrata. Se llama “Senegal platense”.

—Si vos me sacaste fotos—, le responde Mustafá. Es la primera vez que sonríe.

—¡Cierto!—, responde Nacho, a las carcajadas.

Mientras Mustafá busca el café, Nacho cuenta que tiempo atrás se jugó un torneo de comunidades en La Plata. Los senegaleses llegaron a la final contra los peruanos. El partido se picó y se suspendió. No hubo campeón.

Mustafá sonríe poco. Lo hace cuando recuerda un partido de fútbol que lo tuvo como arquero

La reacción a los goles rivales

En el segundo tiempo, arranca mejor Francia. Olise tiene un mano a mano, ataja bien Mendy.

—Es la única. La única que tuvieron—, dice Mustafá.

Van 63 minutos, Olise filtra un pase en diagonal, Niakhate estira el pie y no llega a cortar; Mbappé le gana a Koulibaly y define cruzado y hace el gol. 1 a 0 Francia. Hay silencio en la Galería de calle 49.

—Es culpa de Niakhate—, acota.

Me distraje un segundo y me sorprendí con un alarido agudo.

Gol, gol, gol, gol, gol, gol— grita y aplaude de manera descoordinada Mustafá.

El árbitro lo anula, bien. Claramente adelantado. No hay quejas al respecto. Mustafá dice que tiene que entrar Mbaye, que está en el banco, tiene 18 años y juega en el París Saint-Germain (PSG, bicampeón de Champions League).

Bronca senegalesa y silencio en la galería tras el primer gol de Francia

Cada tanto, aparece alguna persona por el pasillo. Ni bien asoma, Mustafá dice: “Hola, puede mirar tranquila. Si quiere ver, tiene permiso”. Ninguna entra al local, solo observan a la distancia.

—¿El sábado también estás?—, le preguntan.
—El sábado, domingo, feriados, todos los días—, responde.

En un momento, aparece por el pasillo Cheik. “2 a 0”, dice. Se ve que su teléfono tiene mejor conexión. Acá, todavía no llegó. Mustafá no parece escuchar. Sigue atento a su pantalla. Pocos segundos después Barcolá define bárbaro y amplía la ventaja para Francia. 81 minutos.

La pantalla devuelve con algo delay las imágenes del partido en el celular

La hora del Salat

De repente, suena una alarma. Es una melodía que no identifico. Mustafá se saca el gorro de lana que tiene puesto, también sus zapatillas y medias. Descalzo, se para y saca de un rincón una alfombra, azul y dorada, bordada con un arco central, columnas laterales, vegetaciones. También toma un collar. Los deja en el piso y sale por el pasillo, hasta el fondo de la galería.

—Se va a lavar los pies, las manos y la cara, para rezar—, explica Nacho. Agrega que también rezó antes del partido. Se llama "Salat". Los musulmanes repiten la oración cinco veces al día; orientados hacia la ciudad de la Meca.

En medio del partido suena un alarma y Mustafá se entrega al Salat

Cuando regresa, no nos mira. Le baja el volumen al celular y comienza a rezar. Es un susurro. Se arrodilla, apoya la frente y la nariz en el suelo y vuelve al incorporarse. Repite el movimiento un par de veces. Luego, arrodillado, toma el collar contra su pecho. Ahora, es ajeno al partido que lo tenía a los gritos hace un rato.

Unos minutos después, se levanta con delicadeza. Guarda los objetos. Vuelve a relojear el celular, en silencio. Está por terminar el partido, pero no dice nada. Cheik sale nuevamente por el pasillo y spoilea el 2 a 1. Al rato, llega el gol de Mbaye en el celular de Mustafá, la joven promesa del PSG, a los 94 minutos.

Mustafá toma el collar y se olvida del partido que hasta hace un momento lo tenía a los gritos

Los relatores no habían terminado de gritar el gol de Senegal en nuestro local cuando, otra vez, Cheik spoilea: 3 a 1 Francia. Me arruinó el prode, pensé.

—¿Qué te pareció?—, le pregunto cuando termina el partido.
—Senegal jugar bien, pero si tiene la pelota al frente tiene que meter los goles. El fútbol es así. Si no metés el gol, no ganas.

—¿Te tenés fe para el resto de los partidos del grupo?
—Sí. Dios es grande. Si me dice que sí, es sí. Si me dice que no, es no.

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