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Crónica del emotivo recorrido para recordar a Jorge Julio López en Los Hornos

Decenas de vecinos participaron de un recorrido en Los Hornos por sitios clave del barrio Jorge Julio López, a 20 años de su segunda desaparición.

En la calle 140 y 69, casi 100 personas forman un semicírculo frente a la casa en la que Jorge Julio López vivió junto a su esposa, Irene Savegnano. Llegaron allí convocados por la propuesta, denominada "Por las veredas de López", un recorrido para reconstruir su historia -y la de otros militantes vinculados con el barrio-, a 20 años de su segunda desaparición.

Hay niños, jóvenes, adultos y personas mayores; algunos llegaron en bicicleta, otros caminan con bastón. Entre saludos, abrazos y conversaciones, las nubes tapan por momentos al sol y una brisa alivia el calor de la tarde. En el centro de todos hay un árbol que todavía espera ser plantado.

Es el quinto y último de los que fueron colocados en el marco de los 20 años de la segunda desaparición forzada de López. Antes de que la caminata empiece, una de las voces que toma el megáfono explica el sentido del gesto: poner algo que tiene vida en medio del recuerdo de una ausencia dolorosa. Detrás, sobre una de las paredes de la casa, una frase escrita en el mural parece tensar esos mismos extremos: “Archivo negro de los años en que uno vivía adonde termina la vida y empieza la muerte”. La firma es de Jorge Julio López.

A pocos metros está Rubén López, su hijo. Antes de que comience la actividad había aclarado que esa tarde estaba allí, sobre todo, para acompañar. Pero cuando llega el momento de hablar frente a la casa familiar, le preguntan por “Tito”, el nombre con el que conocieron a su padre puertas adentro. “¿Cómo era Tito, cómo era Julio, cómo era Jorge, cómo es? Nunca terminamos de saber el tiempo verbal para usar”, responde.

Rubén, el hijo de Jorge Julio López, momentos antes de plantar el árbol

Rubén mira entonces hacia el patio delantero. Su padre cuidaba las plantas y ninguna de las que dejó allí sobrevivió al paso de los años. “Si algún día aparece mi viejo vivo, no le digan que yo no las cuidé porque me va a cagar a patadas en el culo”, bromea. Después recuerda que era el tipo de vecino que levantaba la basura cuando alguien la tiraba en la esquina, el albañil que trabajaba y seguía construyendo su propia casa, el hombre que colaboraba siempre que podía: “Hay que mostrar, hay que hacerlo, como hicimos hoy plantando esta plantita. Es insignificante seguramente, pero tiene mucho valor, porque lo estamos haciendo desde el corazón, como lo hizo mi viejo toda su vida”.

Caminar para recordar a Jorge Julio López

Cuando era chico, Rubén, caminaba junto a su padre por el barrio y por zonas cercanas a Arana. Para él podían ser paseos para cazar pajaritos o hacer cualquier otra cosa, pero para López también eran una manera de observar y tratar de reconocer los lugares vinculados con su primer secuestro, en 1976. “Caminamos para recordar”, resume Lucía Uncal, una de las personas organizadoras de la actividad, junto con Ramón Inama y la UPA 24, con el acompañamiento de Huellas Digitales de la Memoria. “Eso es lo que hacía Jorge Julio López”, agrega Uncal.

Poco después, la ronda empieza a desarmarse. La invitación sale por el megáfono: “Ahora sí vamos a empezar a caminar”. El grupo deja atrás el árbol recién plantado y la casa de 140 y 69 y avanza por la misma calle por la que, 20 años antes, López hizo uno de sus últimos recorridos por Los Hornos. La caminata de esa tarde empieza a seguir las huellas de otra.

Más de cien vecinos participaron de la actividad

El grupo avanza por 140, pero el relato retrocede al 18 de septiembre de 2006: esa mañana, López debía asistir a los alegatos del juicio contra Miguel Etchecolatz, donde había declarado como testigo, pero no llegó. Durante la caminata se reconstruyen los últimos movimientos que vecinos y vecinas pudieron ubicar en esas mismas calles. Entre las 9 y las 9.30, en 140 y 68, Beatriz, una vecina que llevaba a Abril, su beba, se cruzó con él. Se saludaron, López hizo un comentario sobre la nena y ambos siguieron camino. Ella no volvió a verlo.

Veinte años después, cerca de 100 personas vuelven a avanzar por 140. La columna se estira y cada tanto quienes van adelante tienen que esperar al resto. Hay bicicletas, mates y familias caminando juntas. Ladran los perros detrás de las rejas y algunos vecinos salen de sus casas, atraídos por el movimiento de una tarde de sábado en la que el sol aparece y desaparece detrás de las nubes.

Una de esas vecinas es Graciela, nadie había previsto su intervención, se acerca desde una casa y cuenta que vive desde hace 47 años en el barrio. La vecina conocía a López y a sus hijos desde que eran chicos. No asegura haberlo visto aquel 18 de septiembre, pero sí conserva una imagen cotidiana: “Era un hombre que toda la vida pasó a la mañana y nos saludaba”.

La escena parece responder, sin proponérselo, a una de las ideas que dieron origen al recorrido. Según contó Amira Molaheb, ,que forma parte de UPA 6 Los Hornos, durante los meses previos habían hablado con vecinos para reconstruir la militancia de López y sus compañeros y descubrieron que buena parte de aquellas historias ya no estaba tan presente en el barrio. Es por ello que la caminata había sido pensada para salir a buscarlas, en ese sentido la aparición de Graciela ofrece una primera respuesta que no estaba escrita en ningún libreto.

Unas cuadras más adelante aparece una pregunta que terminará acompañando buena parte del trayecto: “¿Dónde está Jorge Julio López en este barrio?”. Las respuestas están dispersas. Está en las casas que levantó como albañil, como la última que construyó para la familia de Mabel, otra vecina que se acercó durante la recorrida. Está en las personas que todavía recuerdan verlo pasar. Y está, también, en los papeles sobre los que escribía cuanto podía recordar.

Entre los materiales que circulan de mano en mano hay copias de anotaciones hechas sobre una boleta de la Municipalidad de La Plata, y hasta sobre el volante de ofertas de un autoservicio de la zona: López escribía en cualquier papel que tuviera cerca.

Las huellas de Jorge Julio López en Los Hornos

La caminata llega a 140 y 66, donde funcionó una de las sedes de la Unidad Básica Juan Pablo Maestre, en la que militó López. Desde afuera, quienes conducen el recorrido intentan precisar cuál de dos antiguos locales había ocupado la organización. Pastor Sánchez, uno de sus fundadores, conserva una referencia poco convencional: en el pequeño patio trasero habían preparado engrudo antes de viajar a Ezeiza en 1973 y, por prender fuego directamente sobre el lugar, terminaron rompiendo el cemento del piso.

El recuerdo provoca una búsqueda entre quienes conocieron el lugar. Una vecina aporta otra pista y Pastor intenta reconocer el local. La ubicación exacta importa porque uno de los objetivos de la caminata es devolver historias concretas a espacios que siguen formando parte de la vida cotidiana. No recordar solamente nombres, sino señalar dónde se reunían, trabajaban y vivían quienes fueron perseguidos durante la última dictadura.

En 140 y 66 funcionó la Unidad Básica Juan Pablo Maestre, en la que militó López

La marcha continúa y, unas cuadras después, vuelve a detenerse, esta vez la memoria aparece en una antigua fábrica de máquinas herramienta. Pastor recuerda que trabajaba allí en marzo de 1977 cuando hombres de civil entraron buscando a un compañero. Él escapó por los techos; su compañero logró desarmar a dos de los hombres y también huyó. Años después, cuenta Pastor, aquel trabajador fue desaparecido.

La parada no estaba destinada únicamente a contar la historia de López. A medida que avanza, el recorrido empieza a sacar a la superficie otras historias del barrio, algunas incompletas y todavía necesitadas de investigación. Esa era una de las apuestas de Huellas Digitales de la Memoria: que el mapa de víctimas del terrorismo de Estado de La Plata, Berisso y Ensenada pudiera ser utilizado para preguntarse qué ocurrió en cada barrio y, desde allí, encontrar nuevos testimonios.

En 142 y 68, la caminata vuelve a detenerse en otro de los lugares donde funcionó la Unidad Básica Juan Pablo Maestre, esta vez para reconstruir cómo era militar allí. Hace más de 50 años, recuerda Pastor, Los Hornos era muy diferente: había calles de tierra, terrenos abiertos y una relación cotidiana entre la unidad básica y sus vecinos. Sus militantes realizaban trabajos barriales y la sede funcionaba también como un espacio de encuentro. “Por momentos era una fiesta”, recuerda.

Pastor tenía 19 años y algunos de sus compañeros eran todavía menores cuando comenzaron a organizarse. López era mayor, trabajaba como albañil y tenía una familia que mantener. Aun así, siguió acercándose a la unidad básica y colaborando en lo que podía. “No era un hombre de muchas palabras, pero un hombre que estaba”, dice Pastor sobre Lopez, y siguió: “En los momentos más difíciles, cuando otros encontraban excusas para no venir, para borrarse, López estuvo siempre”.

En los momentos más difíciles, cuando otros encontraban excusas para no venir, para borrarse, López estuvo siempre En los momentos más difíciles, cuando otros encontraban excusas para no venir, para borrarse, López estuvo siempre

En esa misma trama aparecen Alejandro Sánchez, Norberto Rodas, Patricia Dell'Orto, Ambrosio De Marco y otros militantes cuyos nombres vuelven a escucharse durante la tarde. Eran trabajadores y vecinos que participaban de organizaciones políticas y de actividades en el barrio. En los testimonios aparecen el apoyo escolar, las actividades para los chicos y distintas tareas comunitarias. Después llegaron la persecución, los secuestros, los asesinatos y las desapariciones.

La geografía que los caminantes atraviesan empieza así a superponer dos barrios: el que existe delante de ellos y aquel que sobrevivió fragmentariamente en los recuerdos de quienes todavía pueden señalar una casa, un local o una esquina.

La memoria que vuelve al barrio

Hay un momento en que Pastor deja de enumerar nombres y lugares y habla de sí mismo: si tuviera que señalar uno de los sitios donde fue feliz, dice que elegiría aquella unidad básica. Recuerda salir en bicicleta, recorrer el barrio y compartir la militancia con compañeros que terminarían perseguidos o desaparecidos. La evocación permite recuperar algo que el paso del tiempo y la violencia posterior pueden borrar: antes de convertirse en víctimas, allí hubo personas que trabajaron, construyeron amistades, criaron hijos, discutieron política y compartieron una vida cotidiana.

Esa reconstrucción es también la que busca Huellas Digitales de la Memoria. Durante el recorrido se reparten tarjetas y se pegan afiches con códigos QR que permiten acceder desde un teléfono a las historias de desaparecidos y asesinados de La Plata, Berisso y Ensenada. La intención, explica Alejandra Esponda, es que el mapa permita formular una pregunta sencilla: “¿Qué pasó al lado de mi casa, qué pasó en mi manzana?”.

Alejandra Esponda explica que el objetivo de los códigos QR colocados es que el mapa permita saber qué pasó en el barrio durante la última Dictadura Militar

El recorrido busca responder a ese silencio con voces y marcas. En una casa, un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo pintado hacia la calle provoca un aplauso espontáneo de la columna. En otros puntos quedan los afiches. Los vecinos preguntan, recuerdan o simplemente observan. No todas las huellas sobrevivieron: en uno de los lugares donde funcionó la Unidad Básica Juan Pablo Maestre había una placa que la recordaba, pero ya no está.

Cerca de las 17, los participantes vuelven a marcar uno de los lugares recuperados durante la caminata. Un afiche recuerda que allí funcionó la Unidad Básica Juan Pablo Maestre y enumera a varios de quienes militaron en ella; otros llevan nombres y códigos QR que permiten reconstruir sus historias. Después de casi dos horas de recorrido, Alejandra agradece a quienes participaron y desea que “sigan floreciendo estas caminatas”. A unas cuadras de allí, frente a la casa de Jorge Julio López en 140 y 69, queda el árbol que habían plantado antes de empezar a caminar.

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