¿Dónde están los cuerpos de nuestras compañeras y nuestros compañeros? ¿Por qué quienes saben qué pasó siguen callando? ¿Cómo hacemos para que el Nunca Más siga teniendo la misma fuerza para las nuevas generaciones?
La sobreviviente de La Noche de los Lápices Emilce Moler dice que todavía hay preguntas que siguen abiertas y presenta un video con reflexiones a 50 años.
¿Dónde están los cuerpos de nuestras compañeras y nuestros compañeros? ¿Por qué quienes saben qué pasó siguen callando? ¿Cómo hacemos para que el Nunca Más siga teniendo la misma fuerza para las nuevas generaciones?
Quienes participaron del aparato represivo, saben qué ocurrió y dónde están, y continúan sin decir nada. La desaparición prolonga el crimen en el tiempo y hace imposible pensar esta historia como algo definitivamente cerrado.
Pero a lo largo de estos cincuenta años también fue cambiando lo que necesitábamos explicar. En los primeros años de democracia todavía era necesario reconstruir los hechos más elementales del terrorismo de Estado: contar que en la Argentina habían funcionado más de 800 centros clandestinos de detención, que existió un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas y que todo eso había sido organizado desde el Estado.
Después, el centro de la discusión pasó también por la impunidad. Hubo que explicar las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, los indultos y, al mismo tiempo, sostener durante años el reclamo de justicia hasta que fue posible volver a juzgar a los responsables.
Con el tiempo apareció otra necesidad: recuperar la historia de quienes habíamos sido antes de convertirnos en víctimas del terrorismo de Estado. Éramos jóvenes, estudiábamos, discutíamos, nos divertíamos, militábamos y queríamos transformar una realidad que considerábamos injusta. El boleto estudiantil fue una de aquellas luchas, pero no la única. Había militancia política, proyectos colectivos y deseos de transformación.
Hoy un chico de 15, 16 o 17 años escucha hablar de la “historia reciente”, pero la dictadura ocurrió cincuenta años antes de que él llegara a ese aula. No podemos suponer que palabras como terrorismo de Estado, desaparición forzada, lesa humanidad o Nunca Más produzcan en un joven de hoy lo mismo que en quienes vivimos aquellos años o crecimos durante la reconstrucción democrática.
Para nosotros están cargadas de historias, juicios, marchas, nombres y ausencias. Las nuevas generaciones las reciben de otra manera.
No creo que la respuesta sea repetirlas más fuerte. Hay que volver a explicarlas, con las herramientas y los conocimientos que fuimos construyendo a lo largo de estos años.
Nunca hubo tanta información disponible sobre la dictadura. Libros, películas, documentales, archivos, testimonios, sentencias judiciales, investigaciones, podcasts, fotografías. En pocos segundos un estudiante puede encontrar en su teléfono más información de la que nosotros hubiéramos podido consultar durante meses.
En una misma pantalla pueden aparecer una sentencia judicial, el testimonio de un sobreviviente, una investigación histórica y un video que tergiversa completamente los hechos. Todo puede presentarse con una aparente equivalencia.
Entonces aparece una pregunta muy actual: ¿cómo sabemos qué es verdad?
Esa pregunta no debería asustarnos. Nuestra tarea no es impedirla, sino dar herramientas para transitarla. Una investigación construida con documentos no tiene el mismo estatuto que una opinión sin base. Un testimonio puede contextualizarse y ponerse en relación con otras evidencias.
Enseñar hoy también es enseñar a distinguir, contrastar, contextualizar y preguntar.
Durante décadas construimos una enorme trama de memoria. Y costó muchísimo. Hubo que luchar para juzgar a los responsables, enfrentar las leyes de impunidad y los indultos, preservar los centros clandestinos y convertirlos en sitios de memoria, lograr que el 24 de marzo y el 16 de septiembre se conmemoren en las escuelas.
Nada de eso ocurrió naturalmente. Fueron conquistas.
Pero no podemos entregarles esa construcción a los jóvenes como si la memoria fuera un objeto que pasa intacto de una generación a otra.
Las nuevas generaciones tienen otros lenguajes, otras preocupaciones y otras formas de participar. Hacen videos, podcasts, murales, intervenciones artísticas, producen contenidos para las redes. Se acercan al pasado desde las preguntas de su propio presente.
Si enseñamos solamente el horror, contamos una parte de la historia.
Mis compañeras y compañeros de La Noche de los Lápices no nacieron desaparecidos. Eran chicas y chicos. Estudiaban, tenían amigos, se divertían, discutían, se enamoraban. Y también militaban. Tenían ideas políticas, participaban de organizaciones y querían transformar una realidad que consideraban injusta.
Recuperar esa dimensión es devolverles su condición de sujetos políticos y también de personas.
Enseñar la dictadura implica entonces enseñar el horror, pero también las luchas que existieron antes y las enormes luchas democráticas que vinieron después. Porque los derechos no aparecieron solos. Fueron conquistados. Y también pueden perderse.
Nuestra democracia atraviesa hoy dificultades profundas. Hay desigualdad, exclusión, discursos de odio, derechos que vuelven a ponerse en cuestión y formas de violencia política que no podemos naturalizar.
Relacionar estas situaciones con el pasado no significa decir que vivimos nuevamente en una dictadura. Vivimos en democracia, y justamente por eso tenemos la responsabilidad de cuidarla.
La democracia no es solamente votar. También es poder disentir, reclamar, organizarse, participar, investigar y expresarse sin convertir a quien piensa distinto en un enemigo.
Por eso la memoria pierde potencia cuando queda encerrada en una efeméride.
El 16 de septiembre importa. Los actos escolares importan. Los sitios de memoria importan. Pero lo verdaderamente difícil empieza el 17.
Después de tantos años recorriendo escuelas y universidades, creo cada vez más que nuestra tarea no es solamente transmitir respuestas. También tenemos que habilitar preguntas, incluso aquellas que nos incomodan.
No quiero que los jóvenes de hoy piensen como pensábamos nosotros a los 17 años ni que militen como militábamos nosotros. Cada generación tendrá que encontrar sus propias luchas, sus palabras y sus formas de participación.
Pero hay una pregunta que me gustaría que siguiera atravesando generaciones:
¿Qué puedo hacer frente a algo que considero injusto?
Quizás de eso se trate también contar sobre La Noche de los Lápices: no de conseguir que los jóvenes memoricen nuestro pasado, sino de que puedan preguntarse qué tiene para decirles hoy esa historia y qué pueden hacer ellos frente a las injusticias de su propio tiempo.
A cincuenta años, la memoria seguirá viva mientras no la dejemos en el pasado.
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