martes 15 de septiembre de 2026

Charla íntima entre Alejo García Pintos y Pablo Díaz: "Nunca volvimos a ser iguales"

A 50 años de La Noches de los Lápices y 40 del estreno de la película, el protagonistas de la historia y el actor que lo representó se juntaron para 0221 play.

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Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de La Noche de los Lápices, y el actor que lo interpretó en la película de Héctor Olivera que lleva ese nombre, volvieron a encontrarse en el estudio de 0221 Play de para recordar aquel rodaje. Entre anécdotas, humor y emoción, hablaron de cómo se construyó una película que atravesó sus vidas y que, cuatro décadas después de su estreno y medio siglo desde que ocurrieran los hechos, sigue interpelando a nuevas generaciones.

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El encuentro tuvo algo de reencuentro familiar de seres que se conocieron en un momento intenso, que los marcó para toda la vida: hubo recuerdos que aparecieron intactos, anécdotas de uno que otro desconocía, risas en medio de relatos dolorosos y una emoción que, a medida que avanzó la charla, se volvió imposible de disimular.

Entre el 8 y el 21 de septiembre de 1976, once estudiantes secundarios de La Plata fueron secuestrados por fuerzas represivas. La mayoría militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y algunos habían participado de las movilizaciones por el Boleto Estudiantil Secundario en 1975. Siete de ellos continúan desaparecidos: María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero, Claudio de Acha y Víctor Treviño. El mencionado Pablo Díaz, Emilce Moler, Patricia Miranda y Gustavo Calotti sobrevivieron y pudieron contarlo.

El testimonio de Díaz fue clave, porque fue el primero y lo dio en 1985, apenas dos años después del retorno democrático. Su voz llegó con algo de información a los familiares de sus compañeros que nunca más aparecieron.

El humo apareció en varios tramos de la charla entre Alejo García Pintos y Pablo Díaz

El humo apareció en varios tramos de la charla entre Alejo García Pintos y Pablo Díaz

Pablo y Alejo en un espejo

La charla entre Díaz y García Pintos no se quedó solamente en aquellos días. Fue y vino, una y otra vez, desde el momento en que ambos se encontraron por primera vez hasta el presente. Hubo risas y lágrimas, emoción y momentos de profunda reflexión sobre lo que la experiencia de filmar esa historia provocó en sus vidas.

En un tramo de la charla, por ejemplo, Alejo García Pintos recuerda aquella última instancia del casting en el cual quedó seleccionado para el rol principal. Habían quedado veinte actores entre unos 4.000 aspirantes. No había internet ni redes sociales: las convocatorias aparecían en los diarios y los postulantes enviaban sus fotos por correo. El proceso duró aproximadamente un mes.

“Íbamos todos los días”, recuerda el actor. Hasta que llegó la prueba definitiva, en los estudios de Don Torcuato, donde se construyeron las réplicas de los centros clandestinos de detención de Arana y Banfield. Y allí apareció Pablo Díaz. “Cuando te vi, me quedé paralizado”, dice.

"Cuando te vi me quedé paralizado", recordó Alejo sobre el primer encuentro con Pablo Díaz

Pablo Díaz, por su parte, tenía otra preocupación. No buscaba solamente a un actor capaz de representarlo. Tenía que encontrar a alguien que pudiera ocupar el lugar de un recuerdo. “Yo tenía que buscar un Pablo tan difícil como soy yo”, cuenta, entre risas. La elección terminó teniendo algo de intuición y algo de reconocimiento. Díaz le explicó a García Pintos que había visto durante la prueba algunos gestos que le resultaban familiares.

Cuarenta años después, al volver a mirar la película durante la proyección en el FIPBA, esa sensación reapareció en el sobreviviente. “Cuando los veo a los dos en la escena final en la despedida–dice por Alejo y por Vita Escardó, la actriz que hizo de Claudia Falcone– , me fui a lo que me pasó a mí y me vi de nuevo en vos”, le dice.

La frase resume una de las particularidades de aquella película: para los actores no se trataba solamente de interpretar personajes. Detrás de cada uno de ellos había una persona real, una familia y una historia todavía abierta.

"Yo tenía que buscar un Pablo tan difícil como soy yo", dice Díaz y recuerda que en el casting de Alejo detectó gestos propios

Una película filmada con el pasado demasiado cerca

García Pintos recuerda especialmente el segundo día de rodaje. Todavía estaba aprendiendo cómo funcionaba un set de cine. Y ese día le tocó filmar el secuestro de Pablo. Fue en la casa real de la familia de Pablo, las calles del barrio cortadas, los patrulleros, las armas, los policías y las luces recreaban una escena que había ocurrido apenas diez años antes.

“Ahí fue un quiebre emocional muy grande”, recuerda el actor. “Implicaba el comienzo del horror al segundo día de filmación”. La escena terminó desbordándolo. García Pintos lloró mucho después de la toma. Héctor Olivera lo llevó aparte y, según recuerda, Pablo Díaz también intervino para tranquilizarlo. “Si yo no me permito esto, menos te lo voy a permitir a vos. Sos actor”, recuerda el sobreviviente que le dijo a su intérprete.

Pero el rodaje tenía otra particularidad: la frontera entre ficción y realidad era extremadamente delgada. Había policías reales participando de las escenas. Había familias de los desaparecidos prestando sus casas. Había objetos personales. Había recuerdos. Y había personas que habían vivido lo que la película intentaba reconstruir.

El rodaje de La Noche de los Lápices en las calles de La Plata

El rodaje de La Noche de los Lápices en las calles de La Plata

Díaz cuenta, por ejemplo, que un policía que participaba de la filmación se acercó para corregir la manera en que los represores sujetaban al personaje. “Era un policía de verdad que me estaba diciendo cómo tenían que agarrarme”, recuerda García Pintos, todavía sorprendido.

La película se filmó en 1986, apenas dos años después del retorno democrático. La democracia era joven y las fuerzas de seguridad que aparecían en pantalla seguían siendo parte de una realidad institucional marcada por la dictadura. El propio Díaz recuerda una reunión con el entonces presidente Raúl Alfonsín, a propósito de la logística que necesitaba la producción.

Según relata, Alfonsín le advirtió: “Te van a matar”. Y después le pidió a Olivera que preparara dos versiones del guion: una para la policía y otra para quienes iban a participar del rodaje. La anécdota provocó risas en la charla. Pero detrás del humor aparece la dimensión política de aquel momento: hacer La Noche de los Lápices en 1986 todavía implicaba atravesar un terreno de amenazas, temores y resistencias.

“Nunca volvimos a ser iguales”

Uno de los momentos más fuertes de la conversación fue cuando García Pintos intenta explicar qué significó aquella película para quienes participaron del rodaje. “No estábamos pensando que esto iba a ser para nosotros el espaldarazo para después ir a filmar muchas películas”, cuenta. “Estábamos pensando en el aquí y ahora”. Y ese “aquí y ahora” consistía en intentar ser verdaderos, orgánicos y, sobre todo, honrar a quienes estaban representando.

No estábamos pensando que esto iba a ser para nosotros el espaldarazo para después ir a filmar muchas películas No estábamos pensando que esto iba a ser para nosotros el espaldarazo para después ir a filmar muchas películas

También estaban las familias. Y el actor recuerda entrar a la casa de Claudia Falcone y encontrar objetos que habían quedado como detenidos en el tiempo: su ropa, sus carpetas, su habitación. Díaz agrega una anécdota que provoca una carcajada: Nelva Falcone le mostró el diario íntimo de Claudia, donde aparecían los nombres de algunos de los chicos que le gustaban. “Todavía soy amigo de algunos que nunca les dije que estaban ahí”, cuenta.

La risa dura apenas unos segundos. Porque inmediatamente la charla vuelve al lugar que ocupa la identidad. Para Díaz, uno de los grandes logros de la película fue justamente ese: darles identidad a quienes habían sido reducidos a una lista de nombres. “Le dieron identidad a chicos que no la hubiesen tenido si no hubiésemos hecho la película”, dice.

Le dieron identidad a chicos que no la hubiesen tenido si no hubiésemos hecho la película Le dieron identidad a chicos que no la hubiesen tenido si no hubiésemos hecho la película

Y García Pintos cuenta entonces una historia que funciona como respuesta. Años después del rodaje, mientras trabajaba en Casi Ángeles, una compañera llamada Mariana Busseto se acercó para decirle que era hija de Osvaldo Busseto, uno de los desaparecidos que aparece representado en la película. “Durante muchos años para mí vos no eras Alejo, eras Pablo”, le dijo. El actor entendió entonces algo que excedía por completo su trabajo: para algunas personas, su rostro se había convertido en la imagen de alguien que ya no estaba.

Pablo Díaz y Alejo García Pintos en tiempos del rodaje de La Noche de los Lápices, hace 40 años

Pablo Díaz y Alejo García Pintos en tiempos del rodaje de La Noche de los Lápices, hace 40 años

La escena que todavía los devuelve a 1976

Hay un momento de la película que ambos vuelven a mirar de manera diferente cuarenta años después: la despedida. La escena en la que Pablo y Claudia se separan. Díaz cuenta que esa fue una de las pocas veces en las que se permitió abandonar la distancia necesaria para sobrevivir al recuerdo.

“Cuando te agarrás de la reja y gritás y siento la voz de ella…”, dice. La voz se corta. Y allí aparece una de las ideas que atraviesa toda la conversación: para Díaz, La Noche de los Lápices también terminó siendo una historia de amor.No para negar el horror, sino para recuperar aquello que el terrorismo de Estado intentó destruir: los vínculos, los proyectos, la juventud, la posibilidad de imaginar una vida.

“Ella tendría que haber tenido el derecho de vivir”, dice. Y García Pintos retoma esa idea desde otro lugar: la película logró que una historia de tortura y desaparición pudiera ser también una historia sobre el amor y la amistad. “Me parece que se quedan con un gran gesto de amor”, dice.

"Espejos", el encuentro entre Alejo García Pintos y Pablo Díaz

El espejo de Pablo y Alejo

La frase que tal vez mejor define el encuentro entre ambos llega casi al final. “Después de saber que hay muchos Pablo Díaz”, dice el sobreviviente, “yo me he visto en vos, aún hoy”. García Pintos, por su parte, no reniega de esa identidad que lo acompañó durante toda su carrera.

Al contrario. “Seré Pablo Díaz para toda la vida”, dice. “Y estoy muy orgulloso de eso”, dice con lágrimas en los ojos. Se abrazan. Se aplauden. Se ríen de sí mismos. Y queda flotando aquella otra frase que podría funcionar como síntesis de cuatro décadas de memoria compartida: “Nunca volvimos a ser iguales”.

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