martes 23 de julio de 2024

La historia de José Sosa en su cumpleaños: un Principito que llegó flojo de botines a Estudiantes

Hoy cumple 39 años el capitán del campeón con Estudiantes, José Sosa, nacido el 19 de junio de 1985 en la santafesina Carcarañá. Conocé su historia.

César Dardis, un cazador de talentos, salió de Villa Crespo rumbo a Villa Eloísa, donde lo esperaba el Ruso Hugo Zarich, para mostrar jugadores. Eloisa está a 62 kilómetros de Carcarañá donde vivía ese flaco, el de la camiseta número 9, que a los cinco minutos motivó al buscador a decir “me gusta ése”. Era José Sosa.

“Cuando le dije al Ruso me pegó una patadita en el tobillo y me dijo ‘yo te traje para que veas a ese’, pero no digas más nada…. si te lo querés llevar”, recuerda Dardis, a sus 76 años. Como tantos apasionados que temprano encontraron a grandes maestros que le despertaron la vocación por el fútbol, conoció a Osvaldo Zubeldía y a los primos Griguol desde muy chico en Atlanta, y ya para 2001 llevaba colocados una infinidad de jugadores en diversos clubes.

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A Estudiantes le “sirvió en bandeja” una vez a Claudio el Piojo López y a dos para la primera, Ruben Insúa y Walter Perazzo. “Siempre me gustó verlos antes del triunfo, después vienen los amigos del campeón, y es lógico, la vida es así. ¿Uno va a ir contra la vida…?”. Cuando vio a José Sosa pensó en César Laraignee, el encargado de las inferiores de River, que le había preguntado “qué encontró en Santa Fe, en lo del Ruso Zarich”. Y como le dijo que era realmente muy bueno, el coordinador Millonario le prometió “ficharlo sin prueba, pero trae los papeles”.

Nelson Oltolina, un ex presidente de Estudiantes, retirado de la dirigencia no faltaba a los asados ni dejaba de interiorizarse por la vida del club de sus amores, para ayudarlo. Solía dialogar con Dardis, que siempre le pasaba el dato de alguna figurita escondida. “Le conté a Oltolina que iba a fichar en River a un pibe sin probarlo porque era crack, y se me enojó: ‘¿Me estás contando eso y no me lo traes a Estudiantes de La Plata? Si no viene para acá no me hablás más en tu vida. Vos sabes que ya dejé de ser dirigente, pero soy rabioso de esta camiseta”, le saltó la típica tanada al dueño del aserradero que presidió al Pincha tres años (1986-1989) y había comenzado a colaborar en la era de Mariano Mangano.

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José Sosa, en sus inicios en Estudiantes.

José Sosa, en sus inicios en Estudiantes.

La llegada de José Sosa a Estudiantes

El automóvil de Zarich salió de Santa Fe pero no rumbeó hacia el Estadio Monumental, sino hacia Villa Crespo donde vive Dardis. Almorzaron antes de encarar hacia City Bell, con Sosa y otros tres pibes, entre ellos, Claudio Yacob, quien llegará a triunfar en Racing, pero no convenció en Estudiantes. Una prueba atípica, fuera de tiempo, que si se realizó fue gracias al pedido de Oltolina, quien se contactó para lograrlo con un ex campeón del mundo, Eduardo Flores, uno de los mayores captadores de jugadores en la historia Pincha. El sábado arrancaba el campeonato de juveniles, cosa que incomodó al coordinador Andrés Padrón que cedió al pedido por la sugerencia del Bocha. En el Country Club, detrás de la vieja Casona —la actual Casa del Fútbol Amateur— apareció Sosa vestido con un buzo gris con la estampa de Mickey en un cuerpo diminuto, sin musculación.

Tenía 15 años y debía demostrar en pocos minutos. El técnico de la categoría Gustavo Rezza le pidió al pibe Núñez, capitán de la ‘85: “Lechuza, si el Flaco se tira a la derecha, sacudile un poco para saber cómo reacciona”. Pero el marcador que tenía encomendado el trabajito pasó de largo un par de veces ante los enganches del pibe nuevo. “Demostró que no tenía miedo”, evoca Rezza.

El ex presidente a sus 93 años recuerda que vio esa práctica y el gol de tiro libre. Le hicieron falta al propio José y Padrón dice que lo patee él. “Fue en el borde del área, del lado derecho. Cuando la fue a poner, vine el que pateaba siempre para sacársela, pero le dijo ‘dame’. Se la metió en el ángulo como a Aldo Bobadilla, un golazo parecido al que le hizo a Boca en la final. Era flaquito, iba en el aire y hacía cosas de crack”, recordó Lucas Ochandorena, que jugó esa práctica y hoy es DT del plantel superior de Villa San Carlos.

Ese golazo en la única cancha auxiliar alternativa que había 23 años atrás, era el comienzo de una leyenda, y Oltolina recuerda: “Ya no estaba en el club, pero me respetaban mucho. Padrón me miró y me dijo: “Dejalo, Nelson”, a lo que respondí: “Lo trajo un amigo, arreglen”.

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Los botines viejos de José Sosa

“La prueba fue un miércoles y a los pocos días ya entrenaba con el grupo y se le rompieron los botines, justo había salido y le tiré los míos”, dice Ochandorena, emocionado al relatar la historia de su ex compañero. El propio Oltolina llevó a José para comprar los zapatos deportivos acompañándolo a una casa que hoy es sponsor del club. “Estos los siento bien, señor… ¿Serán caros?”, le preguntó el pibe. “Yo te los regalo”, le sacó otra sonrisa el ex dirigente.

Primero habitó el Demo hasta que se acomodó en la nueva casa exclusiva para jugadores del interior y con buen porvenir, que se abrió en 7 entre 34 y 35. Como tantos pibes, conoció a la misma pareja de padres postizos, el matrimonio de Marta y Ernesto, “Gogui” y “El Negro”, cuidando de los chicos como si fueran hijos propios. Convivió con Marcos Angeleri, Federico Fernández, Pablo Piatti, y algún otro muchacho de menor renombre, como los formoseños que eran carne y uña con José, caso Ramón Fernández y Cristian Campozano, y otro santafesino, Marcos Pirchio.

Además, por ahí andaba Sebastián Saez, “El Sacha”, un santiagueño que hoy brilla en el Huachipato y hace poco ayudó en el cuarto gol que sentenció la suerte del León en la Copa Libertadores. José tenía su cuarto en el primer piso donde ponía la cumbia de “Cali”, un grupo de su Santa Fe natal. A las 7.30 ya esperaba el micro en 7 y 32 para entrenar, a las órdenes de Rezza y Sergio García. “Cuando no le iba bien el sábado, en vez de regenerativo, le pedía al preparador físico que por favor le hiciera hacer pasadas”, relata uno de los pibes de ese grupo que hoy tiene grupo de Watshapp (con el número de José incluido).

“Era algo introvertido”, dice aquel director técnico Gustavo Rezza, que había sido dirigido por Carlos Bilardo y Eduardo Manera en la década del ochenta. En uno de sus arranques de buen humor fue Rezza el que lo bautizó “El Principito” por su parecido al del ídolo uruguayo de River, Enzo Francescoli, El Príncipe.

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El debut en Estudiantes

Ese primer año José pasó por situaciones ingratas de un partido. El Pincha tuvo dos penales en Séptima en un mismo partido, uno en cada tiempo. Sosa falló el primero. Al volver a sancionar otro a favor, no quiso patearlo, hasta que el capitán Nuñez le puso la pelota en la mano y José, que estaba tenso, se sacó la mufa, lo convirtió y “lloró como loco”.

“Es un pibe humilde que nunca perdió la humildad, todas las veces que lo volví a ver, siempre mantuvo su esencia mostrándose tal cual fue siempre”, describió Ezequiel Villalba —una promesa de la ciudad de Dolores y vivió cinco años en el Demo, tal se denominaba la histórica pensión ubicada en el viejo Estadio “Jorge Hirschi”—. Villalba recuerda otra anécdota de escacés: “Cuando nos suben a reserva Estudiantes nos daba botines que pesaban diez toneladas… A José le prestaron un par de esos (marca Envión) y creo que hizo uno o dos goles”.

No tardó en subir a Primera. Tuvo esa chance el mismo año de su fichaje, el miércoles 29 de agosto 2001 cuando lo sentó en el banco Oscar Craviotto, quien es primo de Rezza, hoy contento por el acierto: “Se lo decía a Craviotto, mirá a ese pibe, y se la jugó”. Aunque el clima iba de mal en peor y esa tarde estalló ante el tercer gol de Chacarita, que goleó 3 a 0 en La Plata. Sosa entró por Rodolfo Aquino en el segundo y último cambio permitido.

Llegó el ciclo de Oscar Malbernat en Primera y allí alternó con edad de Quinta. Hasta que apareció Carlos Bilardo. En el séptimo examen del Narigón, como locales contra Chicago, fue titular tres días después de su cumpleaños 22 (el partido se jugó el 22/6/2003) y festejó con una goleada 5 a 1 después de que el equipo iba perdiendo. Al siguiente partido fue el verdugo de Vélez en Liniers, al arruinarle la campaña con un gol, el primero de su trayectoria profesional.

El 5 de octubre de 2003 definió el clásico en 57 y 1 cuando el historial estaba más parejo que nunca. Bilardo se fue a Luján el día después del partido mientras un grupo de periodistas, camarógrafos y reporteros, invadieron la pensión de calle 7 en busca de José. Empezaba la leyenda del flaquito de Carcarañá, el mismo que hoy apaga 39 velitas.

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