martes 23 de julio de 2024
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Obra y contención

El cura Cajade, las mujeres educadoras y un modelo pionero en la región

Fundado en 1986, hoy sigue alojando a niños y niñas vulnerables. Crónica de un espacio referente en la niñez que sobrevivió a la muerte del cura.

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Fue a inicios de 1986, un 24 de marzo, cuando el párroco Carlos Cajade le puso fecha de inicio formal a un proyecto que venía soñando hacía dos años. El puntapié había sido la nochebuena de 1984 en la que el cura terminó compartiendo la cena con un grupo de hermanitos que pasaban sus días en la calle y lo guiaron hasta su rancho, una escena que impulsó su obra para la infancia y se convirtió en el mito fundacional del Hogar de la Madre Tres Veces Admirable, un espacio convivencial que hasta hoy aloja niños y niñas vulnerables con una modalidad pionera en la región.

En un país que daba sus primeros pasos retomando la democracia las consecuencias sociales, políticas y económicas de los años de dictadura se hacían sentir con fuerza en los sectores populares. Cada vez más chicos pedían o vagaban en las calles, varios alrededor de la Iglesia San Francisco de Asís en Berisso, donde Cajade desarrollaba su trabajo parroquial. Allí contaba con un grupo de jóvenes que colaboraban en las tareas de la iglesia y que supieron leer las necesidades de esos niñas y niñas que vivían en la calle, o casi, y ayudaron a alojarlos y contenerlos. Los Aued, esos hermanitos que habían compartido el pan de la nochebuena con Cajade, empezaron a pernoctar en la parroquia y fueron los primeros de un grupo que encontró en el cura y sus colaboradores sensibilidad y empatía, un amparo para su niñez.

“Entre la gente de la parroquia se empezó a colaborar con ropa y comida para sostener esa situación, pero en un punto eso se difundió y aparecieron más chicos. En un principio eran dos o tres, todos de la misma familia, después la situación afectaba la vida parroquial y ahí es cuando Cajade empieza a pensar que en realidad había que buscar otro ámbito para seguir con ese trabajo”, recuerda Fabiana Cardós, una de las integrantes de ese grupo de jóvenes vinculados al trabajo parroquial que sería en poco tiempo una de las primeras educadoras del Hogar de niños.

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Los animales fueron uno de los primeros recursos para que los chicos se vincularan con el espacio y lo eligieran como hogar.JPG
Los animales fueron uno de los primeros recursos para que los chicos se vincularan con el Hogar.

Los animales fueron uno de los primeros recursos para que los chicos se vincularan con el Hogar.

Familias amigas y cercanas a la iglesia le dieron alojamiento a algunos de los chicos, una experiencia que Cajade ya había ensayado durante las fiestas o las vacaciones con jóvenes alojados en institutos de menores por causas sociales. A su vez, en paralelo comenzaron las gestiones para encontrar un espacio propio y subsidios que les permitieran asumir el desafío que se habían propuesto. Las preocupaciones, preguntas y los problemas comunes aparecieron con otros referentes que trabajaban con chicos de la calle en el centro de La Plata, con quienes comenzaron a organizarse. Así fueron recorriendo despachos, entrevistas con funcionarios, solicitaron subsidios, elevaron notas, organizaron rifas y hasta un recital para el que lograron tener en el escenario al cantante Raúl Porchetto, con mucho éxito de asistencia pero poca recaudación.

Fueron mujeres jóvenes las que sostuvieron el cotidiano con los pibes mientras el cura hacía equilibrio entre sus tareas sacerdotales.

En enero del ‘86 llegó la oportunidad: una persona conocida tenía una propiedad en venta en Villa Garibaldi, un lote con una casa vieja en 642 entre 12 y 13 rodeada de campo. “Es acá”, supo Cajade al ir a ver el lugar. “Las calles eran de tierra y la casa era una casa quinta que tenía tres dormitorios muy chiquitos, un baño, una cocina comedor. La puerta estaba rota porque se ve que habrían querido ocuparla o algo. Era todo muy precario, no había luz, sí en la casa pero no afuera. No había asfalto, gas, pero bueno el objetivo era iniciar”, describe Fabiana.

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Entrada al Hogar, en la periferia platense.

Entrada al Hogar, en la periferia platense.

Los fondos llegaron después de que el párroco irrumpiera en un acto del entonces gobernador Alejandro Armendariz. Llegó acompañado de los chicos y lo encaró directamente. Logró el compromiso del dirigente que destinó los fondos con los que pudieron adquirir el predio. Cerrando marzo de aquel año Cajade se instaló en el lugar con los primeros jóvenes y Abel Gnazo, uno de los referentes que trabajaba con pibes de la calle en el centro de La Plata.

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Uno de los primeros grupos de chicos en el Hogar.

Uno de los primeros grupos de chicos en el Hogar.

El hogar recibió su nombre en honor a la Virgen de Schoenstatt, un movimiento dentro del catolicismo que "busca la integración de la fe en las cuestiones de la vida cotidiana y plantea una pedagogía pensada desde el compromiso con el otro, basada en la confianza, la libertad y el amor", según declaman sus principios. Fabiana y otra compañera, Lucía Henger, viajaron todos los días durante ese primer año de Berisso a Garibaldi a dar una mano con los chicos. Apoyadas en la fe y guiadas por su intuición, fueron mujeres jóvenes las que sostuvieron el cotidiano con los pibes mientras el cura hacía equilibrio entre sus tareas sacerdotales, el compromiso con cada vez más chicos y la necesidad de buscar donaciones y recursos para mantener la incipiente obra.

Al enero siguiente, como cada año, Cajade se iba a Junín de los Andes a misionar y les pidió a ellas si podían quedarse a cargo del lugar. Fabiana se instaló definitivamente junto a su hija Agustina, de un año, en el Hogar. "Tenía 21 años, era madre soltera. No era fácil que la gente te entienda, pero lo volvería a hacer igual”, asegura hoy, convencida.

“Yo a veces le pregunto a mi mamá ¿cómo se te ocurrió meterte en eso?”, dice Agustina Iafolla, esa niña que compartió su infancia con los y las jóvenes y niños que su mamá cuidaba en esa primera “casita”. Agustina es hoy presidenta de la Obra del Padre Cajade que incluye, además del Hogar, un conjunto de casas de día que trabajan con bebés, niños, niñas, jóvenes y familias vulnerables en barrios de la periferia de la ciudad.

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Uno de los galpones más grandes, que suele usarse para reuniones y de comedor.

Uno de los galpones más grandes, que suele usarse para reuniones y de comedor.

El espíritu de cada uno de esos espacios es el mismo que fundó el Hogar. “Siempre se funcionó con la misma dinámica y la misma esencia que tiene que ver con un espacio de crianza comunitaria de los pibes que llegan, que son los pibes que más han sufrido las consecuencias de la pobreza, de la exclusión, de la desigualdad y de las injusticias sociales. Así lo pensamos y así también lo transmitimos en cada uno de los acompañamientos y las crianzas que encaramos”, explica Agustina.

Con la osadía de lanzarse a una aventura quienes iniciaron este camino pionero para acompañar el derecho a tener infancia, tenían algo que nadie les había brindado a esos chicos que quedaban excluidos de todo: tiempo y paciencia. “En ese momento compartías todo con los pibes, vos llegabas y te ponías a tomar bajo mate abajo una planta mientras limpiabas, lavabas la ropa, y alguno te cebaba. Lavar la ropa era con una bomba, había que bombear el agua”, recuerda Fabiana.

La militancia social de Cajade fue un sostén para el desarrollo del Hogar, que empezó a financiarse con ayuda internacional.

Trabajaban con criaturas que no conocían de rutinas ni horarios. “Al chico de la calle le da lo mismo que sean las dos de la mañana o las tres de la tarde, cuesta armarles desde lo cotidiano. Ellos duermen vestidos porque así es como duermen en la calle -ejemplifica- iban y venían mucho, no eran como los chicos que están ahora que están judicializados, eran chicos de la calle. La idea era darles las herramientas para que ellos tengan ganas de quedarse ahí”, agrega.

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Recorte periodístico en el archivo del Hogar de Cajade.

Recorte periodístico en el archivo del Hogar de Cajade.

A la hora de referirse al día a día en el Hogar, Fabiana rememora algunas anécdotas. "Si te pasaba algo a las dos de la mañana, no tenías ni micro porque no pasaba hasta las 9. Entonces por ahí era levantarte a las dos de la mañana porque a uno, qué sé yo, le dolía el oído y lloraba toda la noche. O un tiempo llegó un chico que, pobre, tenía parásitos, le salían por la boca, y era un drama porque se ahogaba, lloraba y decía que tenía miedo. Entonces terminábamos ahí en la cocina, a las tres de la mañana, ¡con un frío! y yo lo distraía con cualquier cosa y otro se levantaba, te cebaba un mate, era como todo así. Lo importante era lo que circulaba de ese cariño, que alguien se preocupe por algo que te pasa".

A fuerza de insistencia y ternura de a poco lograron anotar a los chicos en la escuela y proponerles una rutina, un contexto familiar y un lugar donde quedarse, como también un sitio seguro al cual volver. Un desafío que tampoco fue fácil para las organizadoras del Hogar, y que tuvieron que conciliar con su propia vida familiar y con los prejuicios y miradas del afuera.

La clave del crecimiento fue la creación de los emprendimientos productivos, los cuales impulsaron la formación de oficios en el Hogar.

En el 87, con cuatro años, llegó al Hogar Lidia Cantero. Allí creció y un día definió seguir los pasos de quienes la habían criado: ahora es educadora. “Cuando llegué mis hermanos ya estaban acá y había sólo dos casitas. Fueron épocas difíciles, el cura siempre contaba esta anécdota de la primera reunión de padres que tuvo en la escuela 9, la del barrio. Él iba contento por la primera reunión y resultó que estaban juntando firmas para sacarnos del predio. La gente te juzga primero y después te conoce, acá eran todo casas quintas y al escuchar que se venía un cura con pibes de la calle la gente no lo aceptaba. Fue duro también en el sentido de que no había mucho para comer, éramos muchos pibes y en ese tiempo el cura vivía de la ayuda de la gente”, recuerda Lidia.

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Lidia y Agustina, de pequeñas.

Lidia y Agustina, de pequeñas.

El modo en que los chicos y chicas llegaban era informal. Algunos se acercaban, como lo habían hecho los Aued en la parroquia de Berisso, a otros se los cruzaba el cura y llegaban de su mano, ya sea desde la calle o institutos de menores, y otros a través de familiares o vecinos que los vinculaban con el espacio.

Fabiana evoca cuando fueron a buscar unos chicos de Lanús cuyo padrastro había matado a su madre. "Los chiquitos te contaban que los hacía comer vela, y todo era un desastre. Y un psicólogo nos dice: 'lo que pasa es que este chico no tiene arreglo'. Y vos lo tratás de entender, es tan difícil saber qué pasó por la cabeza y por la vida cotidiana de esos pibes. Pero algo de lo que vos le diste le quedó, le tocó algo, no importa si su vida después siguió siendo un desastre".

“El Hogar llegó a tener 100 chicos -confirma Agustina- y se armó esta estructura que tiene el hogar que es la que hoy se mantiene”. A diferencia de los lugares de abrigo más tradicionales, lo que se fue construyendo fueron distintas casas con una lógica familiar. “Lo convivencial tiene eso: pasan a ser parte de tu vida, de nuestros vínculos, sabiendo que ellos tienen otros vínculos. Es decir, que tienen una familia con la que nosotros tratamos siempre de tener diálogo”, explica.

Al escuchar que se venía un cura con pibes de la calle, la gente de la zona no lo aceptaba. Al escuchar que se venía un cura con pibes de la calle, la gente de la zona no lo aceptaba.

Fue entonces que para sostener a los chicos e incorporarlos a otras lógicas, se empezaron a pensar y desarrollar los emprendimientos productivos. “Lo primero fue la granja. Ahí se hizo contacto con Don Juan que era un trabajador del campo, de la zona de Bavio. Se vino primero a enseñarle a los pibes, y después ya se quedó en la chacra. La apuesta, además de ser la posibilidad de formación en un oficio con el pibe acompañado por sus referentes afectivos, también era un futuro sustento”, cuenta Iafolla.

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La panadería

La panadería "El viejo Pepe", un puntal productivo.

La ayuda económica para construir, comprar más terrenos y montar esos primeros emprendimientos llegó a través de convenios con instituciones europeas que colaboraban con trabajos humanitarios. Así fueron financiando los proyectos de crecimiento del Hogar, el cual creció con emprendimientos y más espacios para asistir a la infancia. A partir de la chacra, en efecto, hubo chanchos y emprendimiento de cultivos envasados, se sumó la panadería de Don Pepe, kioskos atendidos por los chicos en la legislatura boanerense, un proyecto periodístico de referencia en La Plata como la revista La Pulseada y la imprenta Grafitos, que implicó uno de los sostenes centrales del proyecto. Se fueron abriendo las casas de día que funcionaban como apoyo de las familias que salían a hacer changas, un lugar de confianza donde dejar a sus bebes y niños, y a la vez un espacio de pertenencia y acompañamiento para los más jóvenes.

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Agustina y Lidia hoy, sosteniendo una imagen de Carlos Cajade en la parroquia del Hogar.

Agustina y Lidia hoy, sosteniendo una imagen de Carlos Cajade en la parroquia del Hogar.

Ese desarrollo hacia "adentro" del Hogar siempre estuvo acompañado de una fuerte militancia social; con el tiempo el cura supo vincularse con referentes de organizaciones y dirigentes gremiales para salir a conquistar los derechos no reconocidos o ignorados de esas niñas y niños. “Cajade era una persona conocida, querida, entonces levantaba el dedo y ya tenía un montón de gente ayudándolo. Después que falleció en 2005 eso fue muy difícil, la gente dejó de venir, sentíamos ese vacío”, señala Lidia, que un año antes de la muerte del cura había empezado a hacer su camino como educadora.

“Los educadores que quedaron, además de tener un dolor muy grande por la pérdida de una referencia, pero también de un padre, se fueron cerrando un poco y tratando de sostener todo como podían. Creo que no fue casual que en su momento Lidia fuera la que convocara al grupo con el que se había criado para pensar de qué manera seguir, ¿Cómo armamos esto sin Cajade?. Y bueno, había que inventar una nueva forma”, responde Agustina.

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Un collage de fotos con el cura Cajade en el centro, en una pared del Hogar.

Un collage de fotos con el cura Cajade en el centro, en una pared del Hogar.

Los que tejieron las redes de una vida cotidiana y familiar para los chicos asumieron el legado. “Es como que se unió la familia para poder levantarlo. Fue mucho tiempo que nos encerramos en nosotros. Pero después fuimos creciendo y hemos aprendido que Cajade ya había dejado su huella y entonces era tiempo de marcar nuestro camino”, agrega Lidia.

Encontrar su propia huella sigue siendo un desafío. Ese apagarse y renacer de a poco llevó diez años desde la muerte del cura, y continúa pero nunca -asumen las educadoras- es una tarea finalizada. Hoy funcionan en el Hogar cinco casitas que alojan unos 30 niños y niñas con medidas de abrigo, o sea, casos judicializados en los que el Organismo de Niñez de la provincia define separarlos de sus familias por alguna situación de vulneración de derechos. Cada núcleo trabaja junto a un equipo técnico que acompaña las situaciones de cada chico y fortalece a los y las educadoras en su tarea.

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Niños y niñas jugando en los jardines.

Niños y niñas jugando en los jardines.

Mientras con el correr de los años algunos emprendimientos fueron cerrando, otros volvieron en un formato "menos exigente" para los referentes. Hoy se sostienen con pedidos especiales como el caso de la panadería, o mediante convenios con otras organizaciones e instituciones, como el caso de la chacra con el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), o el vínculo con la escuela de oficios de la UNLP.

¿Cómo armamos esto sin Cajade? Y bueno, había que inventar una nueva forma ¿Cómo armamos esto sin Cajade? Y bueno, había que inventar una nueva forma

El legado más grande, piensan las educadoras, es la certeza de que el trabajo por un país con infancia es la apuesta a un país distinto. “Porque cada pibe tiene su mochila que puede ser muy grosa, pesada y a veces triunfás y a veces no”, dice Lidia Cantero, que sigue la huella con una impronta propia. “Ella es de citar mucho la idea de Cajade de que cada pibe o piba tiene una estrella. Esa luz detrás de tantos dolores y cosas que pasaron, y los educadores son los primeros que la ven, enseguida. Están entrenados. Y hay que cuidar eso porque es un laburazo, no lo puede hacer cualquiera”, agrega Agustina.

En los últimos días llegaron a la casa de Lidia tres niñas nuevas. Agustina entonces le envió un mensaje: “Che Lidia, quiero saber cómo llegaron, cómo están”. La educadora respondió con una foto. “Uy, qué cara de asustadas”, comentó al toque Agustina. “Quedate tranquila, en una semana se están riendo de vuelta”, respondió finalmente Lidia.

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