Casa Museo Maradona
Un viejo televisor, Diego Maradona y Doña Tota.
Hoy, a dos cuadras están viviendo dos de las hermanas, Ana y Cali, la mayor y la menor. Junto al dueño no quisieron invitarlo al propio Diego, en tiempos que dirigía a Gimnasia, para evitar “una emoción fuerte”. Curiosamente, a pocas cuadras de este sitio conoció a Claudia, que era vecina y se convertiría en su esposa y madre de sus hijas, Dalma y Gianinna. A cinco cuadras vivió en su juventud Carlos Bilardo, el entrenador que lo llevó a la cima del fútbol mundial en México 1986. Y a solo cuatro cuadras está la cancha de Argentinos que a partir de su reinauguración en 2013 pasó a llevar el nombre de Estadio Diego Armando Maradona.
El equipo que lo vio debutar en primera división y que además de ser local en aquel reducto de tablones, también usó la cancha de Atlanta y algunas veces la de Ferro. En esa brillante etapa, jugó 166 veces con la camiseta roja, con 116 goles, casi la cifra misma de los que gritó en el seleccionado, 115. En 1980, el último año que vivió aquí, fue sensacional: metió 43 goles en 45 partidos. El entonces presidente Próspero Cónsoli había dicho para las fiestas del año ’79: “Diego es un cheque al portador que tiene el club y no lo dejaremos ir”. Apareció el sponsor Austral Líneas Aereas para retenerlo.
“Siempre quise comprar esta casa”
La entrevista con Pérez Martín para 0221.com.ar, se hace en el living comedor, tal como lo hacía el crack con los periodistas de aquellos años. Un adhesivo sobre el empapelado informa: “Diego descansaba en este espacio tras los entrenamientos y partidos. Las imágenes que acompañan este ambiente dan muestra del disfrute de Diego junto a sus íntimos. Los medios gráficos y televisivos de la época realizaban su trabajo en este lugar donde Diego entregaba sus declaraciones y en ocasiones posaba para las fotos ilustrativas”. De este amplio espacio aparece una imagen de El Gráfico con Jorge Cyterszpiler, vecino del barrio y primer representante. “Cyster”, como le llamaba el diez.
Los muebles no son originales, pero se mandaron a hacer iguales a los que tenía. La última casa donde vivió toda la familia junta, Diego Maradona y Dalma Salvadora Franco, y los ocho hermanos Diego Armando, Ana María, Rita (Kity), Elsa (Lili), María Rosa (Mary), Hugo (Lalo), Raúl (el Turco) y Claudia (Cali). Todos recién venían de aquella casa pobre en la calle Azamor 523 esquina Bravo, en Lanús, declarada lugar histórico por el gobierno nacional tras la muerte.
“Es toda una historia la de Diego en Argentinos”, suspira Alberto, el abogado y docente universitario que compró esta casa para su goce espiritual. A sus 74 años de edad, mientras sigue trabajando como docente en la cátedra “Daños en el deporte” en la Universidad de Belgrano y la UBA, evoca los años de dirigente del club durante la gesta de la Copa Libertadores 1985, y la devoción como todo socio que participó de esa historia cuando Próspero le entregó esta casa. “No me puedo quejar con todo lo que me dio la vida… A los 22 años era abogado… Después vi a Maradona. Compré esta casa porque era una forma de devolverle al barrio lo que el barrio me dio”.
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Parte del interior de la casa.
“Siempre quise comprar esta casa, desde que Diego trasciende. Iba camino a la facultad, y pasaba tocándola. Un día vi que estaban sacando las rejas, paré con el auto y pregunté a un señor si la vendían. ¡Se pegó un susto! ‘No, no, voy a poner las rejas de vuelta porque pasamos una máquina para cortar carteras’”, relató. En sus sueños despiertos llegó a ver un cartel de Alquilo. “Voy a la inmobiliaria, pero no la querían vender. Conocí a la dueña, la había ido a ver mucho, pero tampoco me la vendía. Hasta que tuvo un problema con la inmobiliaria y la vi titubear… ‘Si tiene algún problema legal, yo me encargo, soy abogado’. Me mandó a hablar con su abogado, y cuando lo veo resulta que había sido alumno mío. La mujer tenía que hacerse cargo de la hipoteca, debía mucho dinero, y en dinero era como si comprara un local en la calle 7 en La Plata”.
Y con esa esencia de los que rinden culto a las tradiciones hace una observación sobre el actual Estadio —actualmente están construyéndose palcos sobre una de las cabeceras—: “Para mí la cancha donde jugó Diego había que haberla dejado como el Coliseo Romano, con los tablones, y el estadio lo habría hecho en otro lado”.
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Ventana de la pieza que da a la terraza.
La esencia que llevaba Diego parece contenida en estas paredes donde había llegado a funcionar una fábrica de carteras. “Los pisos los tuve que poner yo porque había cemento…”, añade Alberto. “Luego firmé un contrato con Amazon (para la serie Sueño Bendito) y pongo una cláusula donde ellos me iban a dejar la casa tal como estaba en la época”.
Diego la habitó dos años y dos meses. En este hogar recibió a Pelé; sufrió en silencio la noticia de que no iba estar en la lista del Mundial Argentina 1978; y cumplió con la colimba, aunque aprovechó un régimen especial que le permitió ausentarse de los cuarteles cada vez que el fútbol lo requería. Aquí recibió el premio Olimpia en la fiesta Fútbol de oro 79, organizada por el Centro de Periodistas Acreditados en la AFA. Y se asomó desde la terraza para saludar a los hinchas que celebraron el segundo puesto del Torneo Metropolitano 1980. “Desde acá arriba Diego cantaba contra River, que había sido campeón (por nueve puntos) pero al que le ganamos los dos partidos del torneo… ‘El que no salta es una gallina’, gritaba”, cuenta Pérez Martin en un gris atardecer, con ropa de entrecasa, haciendo gala de una buena memoria.
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El metegol en la terraza.
“Diego fue muy generoso, nunca una actitud de quiero cambiar de barrio, estaba contento”, dice el dueño de la casa, después de aceptar la distensión de jugar un “gol gana” en el metegol que está en la azotea, rodeado de sillas y mesas, cercanos a una parrilla.
Un amor de familia
Había unos noventa visitantes anotados la tarde de esta nota. La entrada a 20 mil pesos para el turista (había un uruguayo) y 15 mil para los bonaerenses. Por la noche jugaba Argentinos, en Huracán. En la recorrida cruzamos miradas entre la gente. Las cosas están muy bien acomodadas, como las camperas en el placard, o desparramadas, como una pelota Pintier desinflada; el primer contrato de Maradona, con la firma de un Alberto Pérez Martin secretario general. Por allá, un banderín del Cosmos… Ante ese rival jugó dos veces mientras vivía en este domicilio. Una de ellas, en Nueva Jersey, la mayor ganó 1 a 0 con gol de Daniel Passarella, en una cancha inusual por entonces, de piso sintético. Ls llamadas telefónicas a los viejos entraban aquí, a un viejo aparato de la calle Lescano 2257.
Traía regalos, muchísimos. “Botines y zapatillas al Lalo y a Hugo; jugué con mi ahijado Darío, charlé con mis hermanas. Al Lalo le regalé la camiseta del holandés Jan Poortvliet, la número 6. A mamá y papá, dos relojes”. Hacia el fondo del living comedor hay una puerta cerrada; “era el dormitorio de los padres”. Al lado, un patio interno. Por ahí se sube al primer piso donde Diego tenía su propio dormitorio. “A la noche saltaba por la ventanita y se iba a un pequeño baño de la terraza para evitar bajar las escaleras”.
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En el living comedor: Chitoro, Diego y su amigo "Cyster".
Alberto se casó en 1979 con Liliana Rosa Durci —ya fallecida—. Hay una foto enmarcada en la que Diego, de traje azul, está en la fiesta de bodas de este socio notable (60 años de pertenencia a la institución cumplió el 25 de mayo de este año). Su compañera era licenciada en arte y resultó decisiva en la ambientación del museo. Yo tenía una idea para armarla, pero no de la manera exhaustiva en que lo hizo ella, dándole su toque creativo y su ideología”. Como un hobby, y sin apresuramiento, recorrieron los parques y las plazas juntando material deportivo donde iban comprando todo lo que hubiera de Diego Armando Maradona. Los detalles de las fotos de la casa, y algún video, fueron las claves a la hora de poner manos a la obra.
Tuvieron dos hijos criados en este barrio. En 1982 nació Roberto (ex jugador, con un partido en la primera de Excursionistas) y en 1984 llegó al mundo César (mismo año que el astro Maradona pasaba de Barcelona al Napoli).
“¿Si hay cosas que fueron realmente de él aquí…? No, no son tantas. Hay un piano, y un cuadro que se lo había dado un pintor italiano, Cuono, cuando Napoli le ganó a la Juventus 3 a 1”, dice Alberto y no evita largar una primicia: “ampliar la Casa de D10s para dar charlas y conferencias”.
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Junto a Alberto Pérez Martín en la puerta de la casa.
Lascano 2257. Allí hay una estatua al final del primer pasillo, orillando la cocina y el living. Desde donde se escucha por un televisor. “ole-lé, ola-lá… el Diego es del barrio, del barrio no se va”. La obra de arte donde está dominando una pelota. La casa que compró Alberto y acondicionó Liliana tal como era entonces cuando sus chanfles, túneles y sombreros maravillaban. Hace 46 años, un día como hoy, Diego, jugador de Argentinos, era campeón mundial juvenil.
Futbolero, creativo como la mejor gambeta, remata: “Mi fecha de nacimiento es 27 de febrero, coincidente con el debut de Maradona en la Selección, pero bastante tiempo antes, soy de 1951, jajaja”. Con la alegría que despiertan los duendes, tal vez, otra risa maradoniana nos acompaña en la salida.
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En la pieza. Regalando botines y zapatillas a sus hermanos.
“En ese momento que debutó yo tenía confianza en todo lo que podía hacer Diego… ¡pero tampoco soy Julio Verne!”, se distiende. Y luego le mete un pase preciso al comienzo del vínculo, al que hizo posible que el genio llegara a este club. “Acá vino por Gregorio Carrizo, el “Goyo”, que sigue viviendo en Fiorito y fue el mejor jugador que tuvo Diego al lado ¡eh!”. El pibe se lo pidió a su entrenador de “Los Cebollitas”, Francis Cornejo, allá por 1969.
Cuando trajo de Japón su primera copa con la selección, recordó a ese equipo de infantiles donde tocaba con Goyo… Solo que esa vez lo hacía con el Tucu Meza y con Carabelli, con Ramón Díaz y con el Beto Barbas, con el inolvidable equipo en el que también fue feliz, el que despertaba a tante gente por la madrugada para verlos gambetear.