La Tercera que mata: Ignomiriello y la mística juvenil de Estudiantes
El 14 de diciembre de 1965 se consagraba una Tercera división de Estudiantes. Una gloria del fútbol amateur en un club que, un año y medio después, lograría el título en la primera.
“La misma calidad con que le pegaba a la pelota Juan Sebastián Verón la tenía Hugo Mateos”, afirma Miguel UbaldoIgnomiriello a los 98 años, hacedor de aquel Estudiantes que desde las bases del fútbol amateur ayudó a consolidar a la primera de Osvaldo Zubeldía a mediados de la década del sesenta. Mateos fue el único que jugó los 34 partidos y fue el capitán, aunque en el juego de las diferencias con la Brujita, él jugaba con el padre en una época de pelota de tientos, canchas con más tierra que pasto y con botines marca Sacachispas, “pero las metía donde quería”.
El equipo diseñado por Don Miguel disputó 34 juegos, venció en 24 ocasiones, con 5 empates y 5 derrotas. Con 53 puntos, 93 goles y les convirtieron 23. El apelativo que nació en la prensa platense, “La que mata”, llegó de la ocurrencia del periodista Luis Areta tras escribir en el título de una nota, después de que Estudiantes goleara 5 a 2 a Vélez en Liniers, “la tercera no gana, mata”. Por entonces, a mediados de 1964, sumaban 21 goles en cinco fechas y se encaminaba hacia el título, pero una mala tarde con Rosario Central, también líder, relegó el sueño.
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La noticia salió en diarios masivos de la época, como en Crónica.
“La que Mata fue la del ‘64 y no se nos dio, pero al equipo se le sigue diciéndole así en el ‘65, pero no estaban el Flaco Poletti, el Tucu Aguirre Suárez, Cachito Malbernat, Bocha Flores, Juan Verón, ni otros pibes como el Negro Avelino y el Ruso Ferrín”, explica Enrique Flores, delantero que vivió las dos campañas: subcampeón y, finalmente, el gran momento consagratorio del que ahora se cumplen 60 años. Los hinchas, incluso los que no eran pincharratas, los llamaban también como “el equipo del pueblo”, un sentimiento que fue creciendo en cualquier potrero donde picara una pelota en La Plata y alrededores.
El día de la consagración de "La Tercera que mata", el 14 de diciembre de 1965, había empezado con una épica propia. Por primera vez en la historia desde que arrancó el fútbol argentino, en la década del´30, la trilogía de partidos dominguera (que implicaba inicialmente un partido de tercera, luego la reserva y, por último, el plato principal: la primera) sufrió variantes. La tercera estaba compuesta por todos jóvenes, sin contrato, que pertenecían a la dimensión del fútbol amateur. En cambio, reserva y primera eran jugadores profesiones, con contrato con el club. La reserva, además, era una fuente primordial para el recambio de jugadores para primera división.
Por jugarse un martes, en mitad de la semana, aquella jornada arrancó la categoría Reserva a las 17 y esta vez la siguió la Tercera a las 19, por petición del Pincha ante la AFA dada la expectativa de la gente por este encuentro. "La que Mata" ya era famosa por tener muchos seguidores, y un “éxodo” solía producirse cuando después de verlos jugar le tocaba jugar a los reservistas con cancha prácticamente vacía. Los hinchas solían volver a sus casas a almorzar y volvían en masa para el choque principal, momento en que debían mostrar una contraseña especial para reingresar.
Aquel atardecer veraniego del 14 de diciembre de 1965, entonces, los pibes jugaron de noche por primera vez y de preliminar de un partido de primera que, pese a las figuras, sería prontamente olvidado. De hecho, ante la locura de la vuelta olímpica la gente se fue del “Jorge Luis Hirschi” a 7 y 50 y casi no presenció el partido principal. Los de Osvaldo Zubeldía —que al mismo tiempo conducía a la Selección y ya pensaban en el Mundial en Londres— terminarían 1 a 1 ante los Rojos, los vigentes campeones de América.
Lo llamaban como “El equipo del pueblo”, un sentimiento que creció en los potreros platenses
El marco de la Tercera fue impresionante. Al aparecer los muchachos de Ignomiriello estalló el estadio literalmente, con una imponente ovación que sacudió los cuatro costados, a los que se sumó una lluvia de papelitos lanzados desde las tribunas y el telón de fondo de cohetes, petardos y cañitas voladoras que configuraron un panorama que se acercaba a la más colorida "fiesta del dios Momo”, según describió la prensa. En el campo hubo bailarines y otros con vestimentas carnavalescas, los bombos y los paraguas pintados de rojo y blanco. El equipo completo había sido el siguiente: Horacio Espinosa; Néstor Demarta, Ramón Aguirre Suárez; Eduardo Manera, Hugo Mateos, José Medina; Del Curto, Cremasco, Cavoli, Zibecchi y Echecopar. Fue arquero suplente Gabriel Flores, en tiempos donde el reglamento sólo permitía un cambio y era en éste puesto. Por otra parte, el once del “Rojo” fue con Gaeta; Santarelli y Menchi; Alegre, Aguirre, Sánchez; Delbaba, Medina, Méndez, Ibáñez, Giménez. El arquero suplente, Quatrocchi.
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Papel picado, paraguas y tribunas colmadas: la Tercera tenía muchos seguidores.
En los bancos, los dos con “I”, Ignomiriello por el Pincha, y el recordado Mario Imbelloni, un ex puntero derecho del San Lorenzo de los años cuarenta, por Independiente. En un sector de plateas decía presente la abuela de Estudiantes, Gracina Moretti de Salerno, que justamente era abuela de Don Miguel, cuya descendencia provenía de un pueblo de Bari, Santo Spirito.
Pese a un error del “Bebe” Espinosa que retuvo el balón en dos tiempos, apenas iniciado el juego, “La que Mata” funcionó con el ritmo acostumbrado, fuerza física y juego fluido, armonioso. Una maquinita que ya en el primer tiempo sacó tres goles. A los 10 minutos convirtió Cavoli (un profesional que “bajó” de la primera para este compromiso), otros dos tantos a los 40 y 44 del pergaminense Echecopar (ante Independiente había jugado en la primera rueda, reemplazando con la 8 a Roberto Santiago). En el segundo período apareció el más chiquilín, “El Piojo” Zibecchi, a los 19 y 22 minutos, y la visita descontó a siete minutos del final. El resultado final, 5 a 1. Ya había una mini invasión en el campo, a la espera del silbato, cuando grupos de hinchas entraron y se quedaron con camisetas y hasta los pantalones de los pibes.
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Un almuerzo y rostros sonrientes, distendidos, en la concentración.
Muy pocos imaginaban que esa siembra serviría después para vencer a los propios inventores del fútbol, los ingleses, en su país y tres años después. Actualmente, su mentor y director técnico sigue cosechando laureles como el certificado que recibió rodeado de amistades en octubre de este año al ser reconocido Personalidad Destacada del Deporte gracias a la sanción del Senado bonaerense. En la ocasión asistieron los ex presidentes pinchas, Enrique Lombardi y Nelson Oltolina. El próximo 18 de diciembre otro sueño cumplirá Miguel al presentarse el libro que retrata la historia de aquel equipo de juveniles, en 216 páginas escritas por Ignomiriello y el periodista Pedro Garay. El evento será en el Estadio UNO, a las 18 horas, con entrada libre para el público.
Cuadro de Honor
La campaña de 1965 contó con este plantel de jugadores, algunos ya habían debutado en el equipo superior y fueron utilizados por la tercera. La lista completa fue nutrida por estos nombres:
Arqueros: Santiago Duarte (26), Horacio Espinosa (5), Mario Gabriel Flores (2), Armando César Lozano (2), Alberto Poletti (1).
Defensores: Ramón Alberto Aguirre Suárez (17), Hugo José Medina (30), Néstor Abel Demarta (24), Eduardo Luján Manera (20), Carlos Alberto Maschio (7), Mario Alberto Rodríguez (6), Oscar Miguel Malbernat (4), Alberto Reyes Escobar (1).
Mediocampistas: Hugo Norberto Mateos (34, 11 goles), Julio Eduardo Santella (12), Carlos Oscar Pachamé (8).
Delanteros: Juan Miguel Echecopar (31, con 14 goles), Rubén Delfor Bedogni (23, con 23 goles), Eduardo Norberto Cremasco (24, con 9 goles), Carlos Luis Zibecchi (23, con 9), Enrique Horacio Flores (21, 2 goles), Juan Carlos Muñoz (12), Omar Néstor Del Curto (11), Omar Hugo Cullerton (4, con 2), Eduardo Raúl Flores (1), Rodolfo Alfredo Orife (7, con 5) y Hugo Mario Mercerat (7), Enrique Alberto Cavoli (2, 1 gol).
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Una charla técnica en medio del entrenamiento.
El preparador físico Carlos Omar Cancela vive en el barrio de Saavedra, mal jubilado del fútbol porque en la gran mayoría de los clubes no se hicieron los aportes legales. “La misma AFA no hizo lo que debía hacer”, cuenta a Begum para salir una sola vez del perfil bajo. “Me considero parte de Estudiantes, de ese logro, pero soy consciente que el esfuerzo fue de todos y con la complicidad de todos los chicos”. En su trabajo aplicó conceptos psicológicos, desde las edades tempranas de tantos pibes que llegaban a 1 y 57. Reemplazó al anterior profesor Luis Mendoza Pintos y sus conceptos físicos, intelectuales y morales fueron parte de ese cambio de mentalidad, con rigidez y armonía que partía de la conducción estudiantil. “La preparación debe hacerse en forma progresiva”, coincidían con Ignomiriello, de forma que “el jugador de sexta o quinta división pueda actuar sin problemas en la cuarta y tercera, y los de esa categoría en reserva o primera”.
En lo técnico, el ayudante de campo Carlos Amado Fares, técnico de otras categorías menores, quedó en la historia como uno de los que fichó a Juan Ramón Verón. En el orden de captación para la 10ma división, a su vez, se encontraba Enrique Agustín Mónaco.
La tercera estaba compuesta por todos jóvenes, sin contrato, que pertenecían a la dimensión del fútbol amateur La tercera estaba compuesta por todos jóvenes, sin contrato, que pertenecían a la dimensión del fútbol amateur
El cuerpo técnico se nutrió de los valores del doctor Héctor José “Quito” Di María, y en las lesiones deportivas fueron atendidos en la clínica de José Francisco Solari (médico deportólogo) y, como clínico, el doctor Oscar Moviglia. El bioquímico consultado era el doctor Adolfo Calcciatore. En la secretaría administrativa Oscar Fernando Urruchua, los masajistas Luis Trejo y Nicolás Mas, el utilero Ramón Mansilla, el enfermero Diego Rafael Santucci y los pedicuros Domingo Marini y Agustín Visconti. Se organizaban charlas semanales y se ensayaba hasta la forma de hablar en notas, con el periodista César Abraham, una suerte de "sociabilizador". Para Ignomiriello, una verdadera rueda de auxilio humana fue el ingeniero Alejandro Guiscardo, de quien se guarda recuerdos muy entrañables e íntimos.
Otro quien solía compartir largas mesas era el doctor Héctor Demo, quien combinaba aspectos de la vida misma alimentando el sueño de los futbolistas.
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Los festejos entre los pibes.
Raíces de una revolución futbolera
En la evolución del fútbol profesional, la solución de la que solía hablarse en los clubes eran “los pibes”. Puertas adentro, salvo los dos más grandes como River y Boca, los clubes más chicos empezaban a pensar otra estructura en divisiones juveniles.
Estudiantes empezó a recuperar su vieja brújula después de que en el ’61 y el ’63 lo mortificó la chance de descender. Una vez lo salvó un gol agónico de “Coco” Rulli, en Lanús, que mandó a la B a los locales, y en el ’63 lo salvó la supresión de los descensos cuando ya había bajado.
“El fútbol, a pesar de todo y contra todo, es lo más importante y lo que enfervoriza a la gente. Por eso, debe ser la prioridad número uno”, se escuchaba al empezar la temporada 65. “Es muy lindo ver a la tercera ganar pero es muy triste ver a la primera perder. Nadie se acordará que la tercera peleó el campeonato el año pasado pero todos recordarán que Estudiantes pelea la cola de primera desde hace varios años. Eso es lo que realmente cuenta”, se expresaba la carta publicada por un periódico durante la puja eleccionaria del 26 de diciembre de 1964 donde fue reelecto el señor Mariano Mangano, por 137 votos sobre el ingeniero Néstor Eliggi. Obtuvo 1.457 votos contra 1.320 y quien conducía a la entidad desde 1959 se aseguraba la conducción por otros dos años.
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Una foto en el interior del libro sobre La Tercera que mata, pronto a presentarse en Uno.
En ese momento, se decretó en el fútbol que no existirán equipos que perdieran la categoría por tres temporadas (1964, 1965 y 1966). Esa tranquilidad permitió ensayos, como los que empezó a aplicar Estudiantes, con Ignomiriello abajo, y con Aldabe —primero— y Zubeldía —después— al frente de los profesionales. Lo hizo en forma dosificada. Antonio Rotili, que a sus 65 años presidía a Lanús, opinaba que “todos los jugadores que llegan a cracks han surgido de las divisiones inferiores, lo que se requiere es paciencia para que el muchacho se adapte al clima de primera. Con este propósito se suprimió el descenso por tres años”.
Por eso, en 1965, Poletti, Malbernat y Verón (uno de cada línea) empezaron a ser esa gente de la casa que pasó de tercerista a primera.
“La forma es simple: trabajar, trabajar, trabajar… Mientras nuestros colegas hacen entre 1.200 y 1.500 horas anuales, nosotros hemos dedicado en los últimos 24 meses 8.000 horas a Estudiantes” explicaban a dúo Ignomiriello y Cancela al diario El Mundo. En esa redacción llevó la voz cantante Don Miguel, que sumaba 22 años de fútbol entre Gimnasia, Arsenal de Lavallol, San Lorenzo y sus primeras dos temporadas en Estudiantes.
Los elogios de Mercurio (experto analista del palco de prensa) quedan claros en este párrafo: "Mateo Gutiérrez —el hacedor de estrellas, jubilado ya en su farmacia— confía en la reyesta futura de Orife, mientras César Sotelo —periodista inteligente de los nuevos tiempos— cree que Demarta, Santella (flor de muchacho) y Mateos llegarán a la tapa de El Gráfico. Lo digo sin tapujos, me parece que hace muchísimos años que tanto Estudiantes como Gimnasia no tienen tan buen material en sus menores”.
“Seleccionador”, ésta es la palabra que le sienta bien a Ignomiriello, que entre otras virtudes, había visto al llegar al club que “Cacho” Malbernat podía rendir mejor de marcapunta antes que de defensor central derecho.
“Ignomiriello me cuidaba un montón, como un hijo prodigo, me pasó a la Tercera directamente con Aguirre Suárez, Malbernat, Manera, Pachamé. La Tercera era el ejemplo del club y se laburaba un montón. Todos los meses venían profesores a dar charlas, y a la hora de la comida, nos enseñaban cómo nos íbamos a sentar o a no hacer ruido”, contó Mateos, que vivía en Hudson, en una modesta casa de donde salía a las 6 para tomar el tren y estar a la mesa del club desayunando a las 8.30, “el café con leche y a las 10 ya se entrenaba”.
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Don Miguel, en una foto actual, con el libro sobre la Tercera.
Sacos de vestir y disciplina de hierro
Cicora jugó la primera rueda del ’64 y en el 65 pasó a Deportivo Español en parte de pago por Carlos Bilardo. Recuerda que “también recibíamos premios, que en tercera se decía un viático. Se hacía un pozo y se compraba la ropa, con la que después se iba a la cancha”, recordaba Roberto Cicora. Las exigencias con Don Miguel eran otras: doble turno, empezó a hacer concentraciones. "Si alguien cometía algún error, había multas, pero capaz que la multa era un café”, agrega Cicora.
Muchos ex jugadores y luego entrenadores del fútbol pincha, en distintas categorías, vieron el inicio de aquel proceso. Eduardo Marchioni era “un chico de octava cuando llegó Ignomiriello y el primer día dijo "a partir de ahora Estudiantes es orden, disciplina y trabajo. Veía a La que Mata y después se vaciaba cuando jugaba la reserva”.
Se mejoró sustancialmente la estructura, como la utilería, algo básico para la comodidad y el orden. “Antes había un técnico que te daba la ropa y recibías algunas medias rotas”, recordaban algunos jugadores de aquella época.
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Entre jugadores y auxiliares, aparecen en la foto el "Turco" Fares, "Bambi" Flores, "Bebe" Espinosa, el dirigente Lachaise y Cremasco.
Existía un método en lo deportivo y así lo expresa Cicora, con sus propias palabras. “Miguel (por Ignomiriello) no quería que pasaran año por año y hacía lo siguiente: entrabas a la novena división y al otro año pasaban a octava y si no tenías condiciones te dejaba libre. Y al que podía, con edad de octava lo subía a entrenar en tercera. Pero a los que iban subiendo año por año ya en tercera no les daba la chance, y si los de tercera no iban a Primera quedaban libres”.
“Pero la máxima fueron los saquitos famosos”, retoma Mateos, hoy entrenador de una escuela de fútbol en el Club Maltería de Berazategui. “En un clásico nos hizo cambiar en el estadio y caminamos hasta la cancha de Gimnasia por el bosque. ¡Las puteadas que nos mandaban…!”. Una evocación para el fornido defensor Manera, “hacía cada gol… Yo le metía el pelotazo a la espalda… Tenía un ida y vuelta.. lástima que se lesionó joven”. El “Oveja” empezó a estudiar en Buenos Aires y entrenaba a las 8 de la noche, y en la cancha lo esperaba Cancela, cuando el resto “terminábamos a las 7”.
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Todos de traje en medio de la cancha, otro aspecto del método de Don Miguel.
Otra anécdota jugosa: “En la cancha chica (así llamaban a la auxiliar), un día salimos hacia al bosque y vimos a un tipo corriendo con vallas. Ignomiriello lo empezó a mirar… Este tipo se llama Omar Del Curto, campeón de salto y velocidad. Lo quería fichar, pero Del Curto le explica que de fútbol no tenía ni idea…. Ignomiriello le dice: ‘Yo tengo un muchacho, se llama Mateos, le va a poner la pelota allá adelante y usted corre y como viene la cambia. Del Curto te mataba en velocidad y en la tribuna se mataban de risa por la diferencia que sacaba corriendo. Yo tiraba pelotazo, él corría”, celebra Mateos, luego figura en Central y Banfield.
La forma de ser Pincha empezó a brillar y se vio por televisión en el verano de 1966, cuando la Tercera ganó el Torneo Hexagonal organizado por Independiente, en una final ante Racing. “Fue en pleno receso. Se interrumpía la planificación estricta de la pretemporada, pero el DT accedió a la petición de la TV".
“Seleccionador”, esa era la palabra que le sentaba bien a Ignomiriello, el conductor. “Seleccionador”, esa era la palabra que le sentaba bien a Ignomiriello, el conductor.
El 30 de julio de 1966, en pleno apogeo, renunció Ignomiriello enemistado con una parte de la dirigencia. Pero en los años sucesivos se siguió denominando “La que Mata” a cada Tercera que seguía dando cátedra adentro y afuera de las canchas. Se volvieron a festejar estrellas en 1967, 1968 y 1969 con Juan Eulogio Urriolabeitia como técnico, “El Vasco”, alguien muy cercano a Zubeldía en los momentos de mayor éxito.
Dijo Carlos Salvador Bilardo cuando llegó al club para sellar su vínculo contractual, en abril de 1965. “Me fui a La Plata con unas pilchas brillantes, recién compradas, a hablar con el presidente Mangano. Estudiantes ofrece tanto, dijo Mangano, y ‘yo quiero tanto’, contesté. Como no hubo acuerdo, don Mariano me dijo ‘Voy a ver a la Tercera que mata, usted piénselo y después me contesta… Yo estaba con un periodista platense y le dije que no había arreglado, que el presidente se había ido a ver una película y volvía a la sede. Él no entendía nada, hasta que le expliqué que el título de la película era algo así como Tercera que mata. Casi se muere de risa y me explicó que la que mataba era la tercera división. Entonces fui a la cancha y vi por primera vez a ese equipo y no podía entender cómo había tanta gente”.
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Malbernat, Bocha Flores y Juan Ramón Verón, entre los destacados de la cantera juvenil.
Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.