La Nonna, vida y obra de una esquina bien platense
Emplazado en una casa familiar, entre un clan de artistas, sufrió un incendio y vivió varias etapas con obras y una escuela propia. Hoy sigue siendo un ícono de la identidad teatral.
La historia de La Nonna, el teatro legendario fundado en 1991, emplazado en 47 y 3, puede comenzar a contarse en Italia. En las calles empinadas de Monterosso. El día que María Teresa Laserra desvió su mirada al cruzarse con su vecino José Antonio Mancuso. O en el Palco 14 del viejo Teatro Argentino, cuando el llanto acalorado de un bebé interrumpió las indicaciones que Ernesto Ringer impartía a las cuerdas de la Orquesta. O, también, puede empezar a contarse el día que una tía preguntó a su sobrino que quería ser de grande.
-Quiero tener un teatro- y las palabras se atropellaron con una sonrisita nerviosa que inundó el rostro del pequeño mimado de la familia.
Leo tenía los rulos ensortijados y claros. Como sus ojos. Y el día que cumplió cinco años tuvo su primer teatro. Uno de títeres. Pequeño. Que olía a madera, cartón, cuero, tela y pegamento. Un teatro que entraba en una valijita forrada de color marrón. Que podía viajar no sólo por mundos imaginarios sino también por la casa, a una plaza o la vereda.
Un teatro que sólo sería el puntapié (o la excusa) para lo que vendría después.
“A los diez años empecé a trabajar con mis maestros ‘Luas’ y ‘Memo’ Favero haciendo títeres, magia y algo de payaso”, recuerda Leo Ringer ahora, en charla con este medio. “Iba en mi bicicleta a los domicilios a hacer los shows con ellos, y entonces mi mamá me dice la abuela se va a mudar, ¿por qué no hacemos un espacio para que la gente venga a vos? y ahí nace mi primer proyecto”. Fue un 6 de junio de 1972, cuando ese niño dio el paso y con 12 años se convirtió en empresario al inaugurar, en la esquina de 3 y 47, Leolandia.
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Leo, en la primera época del teatro.
El espacio, en rigor, era una casita de fiestas. “La primera de La Plata”, como aseguran los vecinos y allegados. Con mesitas, sillitas, espacio para la torta y demases. Un lugar para que los niños pudieran festejar su cumpleaños. Pero con el agregado de un entusiasta y joven payaso que desplegaba su talento para entretenerlos. Leolandia creció junto con Leo, quien empezó a formarse como organista en el Conservatorio Gilardo Gilardi. Quien dejo atrás la primaria del barrio para pasar al Colegio Nacional. Quien transitaba los pasillos y camarines del Teatro Argentino. Quien era contratado, además, tanto por hijos de políticos como por pequeños comerciantes.
La abuela se va a mudar, ¿por qué no hacemos un espacio para que la gente venga a vos? La abuela se va a mudar, ¿por qué no hacemos un espacio para que la gente venga a vos?
Pero el joven fue creciendo y así la necesidad de un nuevo espacio. “En 1986, decido dar un paso. Porque Leolandia empezó a quedarme chico y porque yo aún quería cumplir mi sueño de tener un teatro. Y entonces empezamos a diseñar y construir las bases para lo que luego sería el Complejo Teatral La Nonna”, explica Leo Ringer a Begum.
La transformación
Pero antes de llegar a convertirse en la edificación de varios pisos, que hoy desde su ochava mira hacia la denominada “La Plata Soho”, tuvo varias y largas vidas. El inmueble es de 1884. Está en el trazado original de Dardo Rocha y Juan Martín Burgos. Por aquellos años, el barrio se componía por una desdibujada diagonal 80, la Iglesia San Ponciano aún sin campanario y reloj, y un par de viviendas. En la calle 47 había dos construcciones. En el número 391 una residencia para ser utilizada por el vicegobernador de la Provincia; y a pocos metros, en el 395, una gran casona con local.
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Una postal de La Plata en sus primeros años, donde la casona de 3 y 47 figuraba en el plano.
Allí, en la década de 1940, y luego de ser la arquitectura que dio vida a un almacén de Ramos Generales, llegó a La Plata una recién enviudada, madre de cuatro hijos, llamada María Teresa Laserra. Su marido, José Antonio Mancuso, había muerto en su anterior residencia y de forma intempestiva. La desgracia se había dado, en efecto, en medio de un ataque de risa mientras sus paisanos contaban historias de Monterosso, aquel lugar de la Italia natal. El recuerdo o quizá la angustia que le producía aquella situación la llevó a tomar a sus niños, el más grande homónimo de su padre de 12 años, la más pequeña, Norma de 2, y los del medio Mario y Rosa, y marcharse a construir un nuevo hogar.
La soledad, la ausencia y tal vez la necesidad de trabajar para poder mantenerlos, hizo que la mujer los acercara al Teatro Argentino. Allí uno empieza en el coro, otro a tocar un instrumento, otro al ballet, y así comienzan a ser estimulados y con el tiempo se animan a escribir la historia de la familia vinculada a las artes. “Cuando yo era jovencita, acá se juntaban a ensayar con mis hermanos músicos de la talla de Mariano Mores o cantantes como Jorge Sobral”, rememora Rosa Mancuso, hija de María Teresa y madre de Leo, mientras el pulgar de su mano derecha acaricia sus uñas pintadas de rojo intenso. Pañuelo al cuello. Polera blanca y mirada profunda. Más de noventa lúcidos años que le permiten recordar de qué forma “los vecinos espiaban desde las ventanas” esas primeras expresiones culturales que empezaban a gestarse en ese espacio, hoy emblema de la ciudad.
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Rosa Mancuso, alma mater del teatro.
“En el Teatro Argentino conocí a mi esposo Ernesto Ringer. Yo era cantante. Él, director de orquesta”, continúa Rosa. Pronto, en aquellos tiempos, Ringer se acopla a la familia y el arte pasa a ser el elemento central de ese clan y de esa casa. María Teresa lo había logrado. Con su amor por la lírica y sus manos costureras, no sólo construyó una familia: construyó un legado. Antonio fue uno de los mayores exponentes del oboe del país; Mario, un director de Coros ampliamente reconocido; Norma, una bailarina que formó generaciones de mujeres en su estudio de danzas clásicas, y Rosa, una cantante exquisita y multifacética. Y su casa, por si fuera poco, se transformó en un teatro. Uno de verdad. El que su nieto había deseado desde siempre.
La nueva etapa de La Nonna
Paso a paso, La Nonna fue tomando forma. La decisión de ampliar el edificio donde funcionó inicialmente Leolandia, tomada en 1986, tuvo que esperar cinco años. Fue exactamente un 16 de noviembre de 1991 cuando Pipo Pescador e Iris Marga, amigos de la casa, levantaron una tijera de puntas afiladas para cortar la cinta y transformarse en los padrinos artísticos del nuevo teatro: nacía, en esa fecha, La Nonna.
Las crónicas periodísticas de esos días describieron el evento como una gran fiesta ciudadana y barrial, donde se montó un circo sin carpa en todo el perímetro de la casona. Hubo desde música clásica a cargo de la Orquesta del Teatro Argentino hasta la presentación de la banda Los Confites. Una primera fila de autoridades cuyo plato principal fue que el intendente, Pablo Pinto, se codeó con la humorista Eda Díaz.
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Rosa, Leo, Lisandro y Lara, generación tras generación.
La construcción del teatro empezó con una sala, la principal o “la 1”, como la llamaron internamente. Una sala con forma de herradura y las disposiciones del teatro clásico europeo. Nutrida con una planta bordeada de palcos y un pullman frontal, bajo una capacidad total de 200 localidades. Un fin de semana tras otro, los actores empezaron a pasar por el edificio centenario. A pisar las mismas baldosas que los inmigrantes italianos habían colocado en 1884 en su vereda. A hacer sonar la campana previa a la función, tal como lo hacía el dramaturgo Leónidas Barletta. Y también empezaron a hacerlo los alumnos. Porque como si un teatro no fuera suficiente los Ringer Mancuso también abrieron en 1992 una Escuela de Enseñanza para niños, jóvenes y adultos. La idea llegó de la mano del actor Miguel Ángel Solá y se montó en ese mismo espacio porque los teatristas supieron que, sólo con los borderaux que dejaban las funciones, eran muy difícil poder mantener esa estructura, de proporciones más ambiciosas que cualquier sala independiente.
“Yo sigo creciendo en edad y mis aspiraciones también. En 2002 inauguramos la sala 2. Y en 2004, la sala 3”, asegura Leo Ringer. Y a la par que los nuevos escenarios iban cobrando vida, también lo hicieron sus talleres de maquinaria, escenografía, utilería, sastrería, zapatería, mecánica escénica, maquillaje y peluquería, entre otros.
La factoría, de ese modo, parece aceitarse para no detenerse jamás.
Barajar y dar de nuevo
-Señora, soy Hugo, el portero. Señora Rosa, de su teatro sale mucho humo.
- Leo, soy mamá. Vení urgente, se está incendiando el teatro.
- Lorena, prepará a los chicos, deciles que van a jugar con los primos y bajá. Tenemos que ir al teatro ya. Se está quemando.
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Las llamas causaron casi la destrucción total.
“Mi hermana Lara tenía dos años y yo ocho. Era una mañana cualquiera y de pronto nos cargan en el auto y nos dejan en la casa de un familiar de mi mamá a jugar. Uno de mis primos va hasta el televisor para poner unos dibujitos, pero se prende en el canal TN y lo primero que vemos es el teatro incendiándose”, el que recuerda la escena es Lisandro, hijo mayor de Leo Ringer. “Mi mamá lo que más había encargado era que no nos dijeran nada del incendio, pero por azar nos enteramos igual”, continúa.
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Una de las esquinas más emblemáticas de la ciudad.
Después de llamar a su hijo, Rosa y Ernesto bajaron de su edificio y se encontraron con algunos vecinos que miraban cómo el humo se elevaba en la ya calurosa mañana del 21 de diciembre de 2004. Elen Ivonne Boudert, que vivía a pocos metros de la sala, sobre la calle 47, había llamado a los bomberos. Ernesto no daba crédito a lo que sus ojos veían, entonces cruzó la calle 3 y entró al teatro. Minutos después salió con un retrato pintado de La Nonna. “Mi marido recuperó el cuadro y cuando se disponía a volver a entrar para sacar otras cosas, llegaron los bomberos y lo retiraron del lugar”, repasa Rosa con los ojos cerrados.
El fuego había empezado en la alfombra de la sala principal. Se desplazó silencioso hasta el escenario. De allí al telón, los cortinados y a la parrilla que sube y baja los decorados. Como los escenarios no tienen techo y está todo conectado sin estructuras intermedias, el fuego fue subiendo piso por piso durante toda la madrugada. Se coló en cada recoveco, vitrina y estantería donde durante todos esos años habían estado construyendo un Museo con instrumentos musicales, trajes de personajes, fotos, segmentos de escenografías y otros objetos.
La casa familiar se transformó en un teatro. Uno de verdad. El que su nieto había deseado desde siempre.
“Recuerdo que estaba llorando, viendo cómo se quemaba todo y se me acerca la periodista Irene Bianchi a consolarme y yo le dije ´Irene en marzo abrimos otra vez´. Ella se quedó asombrada”, asegura la madre de Leo Ringer, al tiempo que recuerda “después del incendio llevamos todo lo que rescatamos al sótano del local ´Un Mundo Limpio´, que está aquí, a una cuadra, en la esquina de 47 y diagonal 80. Los vecinos siempre fueron muy solidarios y en ese momento fue crucial”, completa Rosa.
“En diciembre de 2004 el teatro se prende fuego y el 18 de febrero de 2005 Linda Peretz hace en la puerta ´No será feliz, pero tengo marido´, para poder recaudar fondos y recuperar todo lo que habíamos perdido”, detalla Leo Ringer, conmovido por la reconstrucción de La Nonna. Con el tiempo, Linda Peretz se convirtió en la madrina del teatro.
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Rosa Mancuso, de pequeña. Familia de artistas.
La obra se realiza al aire libre, en un escenario prestado por Carlos Mancinelli. En la puerta del almacén de enfrente, Carlos Rotemberg maneja las luces y el sonido. Los padres de los alumnos de la Escuela de Enseñanza hacen de acomodadores. Los estudiantes cobran un bono contribución (de $ 10, $20, $ 50 y $ 100). La gente trae su silla o reposera, se sienta en la calle, en almohadones y en algunas butacas. Las risas de todos se escuchan más allá del perímetro. El teatro sigue vivo, resurgido de las cenizas. Y ahora es tiempo de recuperarlo.
Casi un juego
“Recuerdo este piso lleno hollín. La sala sin escenario, sin patas, sin telones, todo completamente pelado. Se veían los ladrillos de las paredes”, detalla, como si lo estuviera viendo, Lisandro Ringer.
“Cuando enfrió el edificio, después del incendio, no se había movido un solo ladrillo. La estructura estaba intacta. El propio intendente Julio Alak mandó dos brigadas de expertos en Siniestrología de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para que examinaran el edificio y cuando hicieron las mediciones no lo podían creer, porque la estructura era de un edificio de Nueva York”, resume rápidamente Leo.
La Nonna ya es un lugar histórico en la ciudad, es parte del ADN platense La Nonna ya es un lugar histórico en la ciudad, es parte del ADN platense
“Los primeros años de mi vida los pase acá, en medio de escombros y de reconstrucción. Me acuerdo de tardes enteras mi papá o los chicos martillando, y yo en medio de ellos y el polvo jugando”, suma Lara Ringer al relato colectivo. “Acá el teatro es siempre un mundo de fantasía y crecí en un mundo de fantasía. Siempre anduve entre historias fantásticas. Y la reconstrucción fue como una más de esas historias”, aporta, desde su óptica, la más joven de este clan de artistas.
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Las funciones en la vereda permitieron recaudar fondos.
“El 1 de marzo de 2005 abrimos una sala chiquita para 100 personas en la ochava del piso de acá abajo”, comenta Leo, al tiempo que repasa “además, durante todo 2005, 2006 y 2007 todos los artistas que venían a presentar sus obras donaron parte de su peculio para que podamos recuperar la sala 1, que es la más grande”. Luego del incendio, La Nonna recuperó todos los espacios y sumó nuevos. Un microcine. Un espacio para unipersonales intimistas. Una sala para espectáculos de títeres y obras teatrales de pequeño montaje. Un Museo vivo donde hay trajes en exposición de Susana Giménez, Nora Cárpena y Mirtha Legrand.
“La Nonna ya es un lugar histórico en la ciudad”, describe el primogénito de Leo Ringer. “Y a pesar de que la actividad teatral desde 2020 hasta ahora entró en un peligroso estado de extinción, no sólo en Argentina sino en todo el mundo, La Nonna no va a desaparecer. Sería como sacar un pedazo de historia local. Como sacar un pedazo de catedral, un pedazo del Dardo Rocha o un pedazo del Museo de Ciencias. No se puede, ya está instalado, ya es parte de nuestro ADN. Es parte de la comunidad, del barrio, es parte de la identidad platense. Es nuestra y de todos”.
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El Principito, bien arriba en la cumbre.
“El edificio está vivo prácticamente las 24 horas, los 365 días del año, y eso es por La Nonna”, agrega Leo, con una sonrisa cansada. “La Nonna es fuerza porque ella sobrevivió a todo y nosotros estando acá, en su casa, lo sentimos”.
Cruzar el umbral del teatro es, para cualquier platense, un acto de resistencia contra la prisa del mundo exterior. Allí, el aire se espesa con el aroma del maquillaje pero su verdadero pulso late en una misión que han perfeccionado por décadas: la orfebrería de la fantasía infantil.
No se trata simplemente de subir el telón; se trata de abrir una hendidura en la realidad para que los clásicos caminen entre nosotros en una ceremonia que une a distintas generaciones frente a un mismo escenario.
El distintivo de la casa es su capacidad para revisitar los mitos de la infancia y devolverlos con una impronta propia, cálida y cercana. En sus tablas, la producción no es un trámite, sino un ritual artesanal donde el espectador puede ver cómo el viaje existencial de El Principito convive con la astucia del Gato con Botas o la madera viva de un Pinocho que busca su verdad bajo los focos. Es un universo donde la platea se sumerge en las profundidades junto a La Sirenita o se sienta a tomar el té en la mesa imposible de Alicia en el País de las Maravillas, sintiendo que el límite entre el libro y la butaca se desvanece por completo.
La memoria colectiva de la ciudad se ha moldeado viendo a Caperucita Roja atravesar el bosque, al vuelo eterno de Peter Pan rumbo al Nunca Jamás, o al ingenio de Aladín desafiando al destino con su lámpara maravillosa. Hay una delicadeza especial en la forma en que el teatro aborda el "triunfo del bien", desde la resiliencia de Cenicienta y la pureza de Blancanieves, hasta el sueño profundo de La Bella Durmiente, protegiendo siempre la inocencia del relato con vestuarios imponentes y escenografías que parecen brotar de un libro ilustrado.
Incluso cuando el lobo acecha a Los Tres Chanchitos, el público sabe que en este rincón platense la magia siempre tiene la última palabra. Lo que queda, cuando las luces finalmente se apagan y las familias se retiran por la calle 3, es la certeza de que, mientras La Nonna siga en pie, los grandes mitos de la infancia tendrán un hogar donde refugiarse para seguir contando su historia una y otra vez.
Legado
Lisandro y Lara Ringer, los hijos de uno de los dueños de La Nonna, tienen los mismos años de experiencia teatral casi que de vida. Por la Escuela de Enseñanza pasan centenares de niños y adolescentes. Actúan, cantan, dirigen, dan clases, graban un video para las redes, escriben, bailan, arman escenografías, ayudan a la abuela Rosa, estudian, viajan, agendan la visita de una escuela, llevan la contabilidad, escuchan, aprenden. Transpiran arte, teatro y cultura. Como las generaciones que los precedieron.
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Padre e hijos, en las tablas.
Es el sábado 22 de junio de 2025. Un grupo de niños llega corriendo a la esquina de 3 y 47. Una cartelera anuncia la función de las cuatro de la tarde de la “Bella Durmiente”. Leo Ringer hace sonar la campana que anuncia el comienzo de la función. Corta los tickets en el primer tramo de la escalera. Detrás de él, el retrato de La Nonna mira con calidez a cada uno de los recién llegados. Poco a poco, la sala 1 empieza a colmarse. Rosa acomoda unos almohadones en su butaca de la última fila. Leo pasa apresurado entre los acomodadores y sube a la cabina de luz y sonido. Se abre el telón y con él, la magia. Lara es Aurora. Lisandro, el Rey. Lo demás ya es historia conocida.