Origen y tradición poética en La Plata y sus principales exponentes
La ciudad fue cuna de una corriente poderosa de poetas que dejaron una huella perdurable. En sus obras se pueden rastrear rasgos y tendencias que llevaron a los críticos a identificarlos como la "Escuela de La Plata", una semilla que germinó en las siguientes generaciones.
La figura de Rafael Alberto Arrieta está estrechamente vinculada a la historia literaria de la ciudad. Poeta con ecos del simbolista francés Albert Samain, su obra se aproxima a la de quienes darían forma a la llamada “Escuela de La Plata ”. Arrieta fue, por la forma, una suerte de hermano mayor de Héctor Ripa Alberdi (1897-1923) y, más tarde, por el contenido, de Francisco López Merino(1904-1928). Es en ese punto donde, como señalan los críticos Raquel Sajón de Cuello y Alcides Degiuseppe, “se entronca la larga pléyade de poetas que se prolonga sin interrupción hasta nuestros días”.
El poeta y crítico José González Carbalho observó tempranamente que, “La Plata, ciudad propicia a la poesía alienta, podría decirse, una escuela de poetas inconfundible, todos ellos de matiz atemperado, de conmovida hondura, en los cuales hallamos como una filiación geográfica”. También Evar Méndez escribió en 1925 a propósito de la obra de López Merino que “el paisaje y el ambiente de la ciudad” caracterizaban su obra y la de muchos otros poetas platenses como Arrieta, Ripa Alberdi y Pedro Mario Delheye (1894-1918). “El espíritu de sus poetas más significativos encaja a maravilla la forma blanda, el tono, la modalidad, los temas y hasta las expresiones predilectas del lírico flamenco de Bruges la Morte, que todavía tiene entre nosotros admiradores fervientes”, apuntó.
El dominicano Pedro Henríquez Ureña, por su parte, incluyó en su mapa de la poesía argentina a la escuela de La Plata, a la que adscribió a Arrieta, Delheye, Ripa Alberdi, López Merino y Alberto Mendióroz (1895-1924) y aún en 1934 afirmaba, a propósito de Mario Irle, que “está ligado a la breve pero clara tradición poética de la ciudad de La Plata, donde se formó: de ella tiene los tonos melancólicos, el viejo aire de nostalgia inexplicable. Francisco Luis Bernárdez, finalmente, refiriéndose a López Merino, sostuvo: “fue el último poeta de una línea iniciada en su ciudad natal con Delheye, Mendióroz, Ripa Alberdi y con los demás líricos que formaron lo que después se dio en llamar “Escuela de La Plata”, grupo literario cuyos principales distintivos fueron: la permanente curiosidad por lo más puro y sencillo del espectáculo humano y el invariable gusto por los modos más directos y económicos de transcripción poética.
Hubo quienes opinaron lo contrario, pero en solidaridad con estos testimonios, Alberto Ponce de León consideró una realidad la existencia de esta “escuela”, derivando la problemática a definir qué se entiende por tal. Coincide, en principio, con Roberto Saraví Cisneros, quien en 1956 sostuvo que “dicha constante literaria a la que Henríquez Ureña calificó de “breve pero clara” y que Evar Méndez hace terminar en López Merino, sigue teniendo vigencia en la actualidad y aun ha intensificado ciertas modalidades. A los nombres de María de Villarino, suma a los dos Alberto y Horacio Ponce de León, Aurora Venturini, Norberto Silvetti, Carlos Ringuelet, Roberto Themis Speroni. Y muchos que siguieron conservando ese “tono lírico, la atmósfera soñada de la ciudad que ampara y nutre sus sueños”. Y señala tres momentos de la escuela: la “generación de 1917”, que va de Delheye a López Merino; la “generación intermedia” de 1930, con María de Villarino, Marcos Fingerit, Arturo Cambours Ocampo, Elena Duncan; y por último la promoción platense de la “generación del 40”.
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López Merino y Delheye
A su turno, Alberto Ponce de León anota las características de esta escuela platense: “La Plata no es una ciudad del interior provinciano que haga sentir sobre sus hijos la gravitación de la tierra. Pero esto no quita que haya una influencia de cierto “paisaje”, cierto “clima” o “atmósfera” —no tanto en sentido literal como figurado— que muchos han considerado constitutivos del medio platense... Se trata, más bien, de ciertos rasgos peculiares de una ciudad extendida, amplia, arbolada, plena de paseos, de plazas y campanarios, “sosegada” y “melancólica”, en la que el tiempo y el espacio mismos parecen retardarse demorada y hondamente. Estos caracteres han originado, sin duda, una poética caracterizada por “un sentimiento leve envuelto en la nostalgia y el recuerdo”, y ha originado en sus poetas “una predisposición natural hacia los estados melancólicos de contemplación y silencio”... Esa “dulzura melancólica” de sus atardeceres ha originado en la mayoría de sus poetas un acento preponderantemente elegíaco”. Y agrega más adelante: “Junto al tono elegíaco, y como consustanciado con él, caracterizaba a los poetas de la primitiva pléyade platense un tono leve, evanescente, incorpóreo, que muchos han calificado de menor. Francisco López Merino mismo dio pábulo a esta leyenda al llamar a uno de sus libros justamente, Tono Menor”. También señala la paradoja de que ésta es más universal que local, lo que atribuye al carácter mismo de la ciudad, que “excluye el tratamiento de temas que no sean de proyección más o menos ecuménica, de modo que pueden ser leídos y entendidos por lectores de cualquier latitud. Como surgiendo de un acto del espíritu, totalmente “inventada”, La Plata consiguió dar así una escuela poética de lírico universalismo. Ya desde sus orígenes, eludió casi siempre el tema directamente “platense” y, aún haciendo sentir la influencia de ese ambiente, intemporalizó y universalizó sus temas”.
Sajón de Cuello y Degiuseppe, por otra parte, sintetizan de esta forma las características de la “escuela de La Plata”, que con mayor o menor fortuna perdurarían: “Poesía crepuscular, de desvaídas sombras, hondamente intimista... hecha para la lectura silenciosa o a media voz; fugaz, efímera, apenas un aliento, líricamente vivenciada en el instante inasido del tiempo”.
La primera generación
Esta exposición sobre la “escuela de La Plata”, nos permitirá entender la mayor parte de los rasgos estilísticos y espirituales de las distintas generaciones, y en especial de la llamada “generación de 1917”, “primera generación platense” o “primavera fúnebre de La Plata”. Ya hemos señalado al precursor: Rafael Alberto Arrieta, que no sólo fue el “hermano mayor” de este grupo, sino el superviviente, el que quedaría para sacar la máscara mortuoria de los que iban desapareciendo. Es precisamente a Arrieta a quien le debemos la denominación de “primavera fúnebre”: “Abigail Lozano, Delheye, Ripa Alberdi, Alberto Mendióroz, López Merino. Los cinco partieron en plena juventud; todos pagaron a Caronte con un puñado de versos. La ciudad se disponía a escuchar su canto cuando cesaron las voces. Por eso la primavera platense tiene, para ciertos oídos, un eco fúnebre”.
También le debemos a Arrieta los retratos más humanos de los poetas de esta generación. De Lozano (1892-1914) escribió: “Era un adolescente callado, soledoso. De cuerpo pequeño, de ojos brillantes, de anillados cabellos, de voz suave, llevaba escondida su alma lírica. Disfrazaba de altivo desprecio, de orgullosa indiferencia, su timidez, su irresolución ante la esfinge”. De Delheye: “Había nacido para cantar... Amaba el sol, las piedras preciosas, las telas joyantes, los jardines recién regados, el mundo-prodigio, la vida-milagro. Sus ojos azules miraban con deslumbramiento; ponían un poco de cielo en todo. Su vida interior era un lago de aguas especulares”. De Ripa Alberdi anotó Arrieta que “no era un solitario; pero eludía la promiscuidad, el bullicio. Amaba el “silencio sonoro”, la penumbra, los parques misteriosos, la paz de los campos. Consideraba sus mejores horas las vividas entre amigos dilectos, o entre sus libros bien seleccionados”. Del tucumano Mendióroz cuenta las circunstancias fortuitas que lo trajeron, de la mano de Joaquín V. González, a radicarse en La Plata, y recuerda “su voz armoniosa y varonil”, su “gesto de augur y ademán sacerdotal”. Y sobre López Merino dijo, entre otras cosas, las palabras que pronunció en la erección de su monumento: “Esta inauguración del retrato de bronce de un poeta adolescente en el paseo predilecto de la ciudad que le vio nacer y morir, es ceremonia trascendental que acaso el tiempo convierta en rito civil. La Plata carece de trofeos bélicos, de monumentos arcaicos, de tradición histórica. Surgió adulta, y lleva vividos años más cortos que la edad de muchos de sus habitantes. Bien estará el poeta en este sitio. Lo devolvemos al bosque amigo, en efigie de bronce, para que sobreviva a los troncos. Es el primer hijo de la ciudad que recibe este homenaje. Y alcanza singular significación que sea un poeta, un poeta adolescente, en cuya breve obra se transparenta el alma de la ciudad”.
“Promesa incumplida”, dice Roberto Saraví Cisneros de Lozano (1892-1914), al justificar su exclusión de la Primera antología poética platense. Lo cierto es que este poeta sólo publicó un libro de versos: Los ojos en los astros. Apareció cuando su autor ya estaba postrado por la enfermedad de la que falleciera poco después de cumplir los 22 años. Son “poemas de juventud, casi de adolescencia, en los cuales campea también el deseo de mostrar sus conocimientos, su cultura y sus experiencias literarias y existenciales”, experiencias, que, dada su corta edad, no podían ser muy extensas ni profundas. En este libro tiene cabida todos los movimientos vigentes por esos años: el romanticismo, el simbolismo, el parnasianismo, el modernismo. Degiuseppe, basándose en las propias palabras del poeta —“cada vez que canté lo hice sin preocuparme, poco ni mucho, sobre si el metro o la combinación estrófica eran ortodoxas o heterodoxas”— y en algunos matices estilísticos, avizora también algún anuncio de vanguardismo. Pero es evidente que su calidad poética no llegó a alcanzar la de las cuatro figuras centrales de su generación. Su temprana muerte, el recuerdo de Arrieta y el aire “de escuela” de algunas composiciones sólo alcanzan para ubicarlo en el siempre digno lugar de los precursores.
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Al evocar a Delheye, Arrieta escribió: "Sus ojos azules miraban con deslumbramiento; ponían un poco de cielo en todo".
Si bien este precursor y los cuatro poetas centrales, a los que podemos agregar algunos otros nombres de laterales o epígonos, tuvieron muchos rasgos homogéneos, fueron Delheye, Ripa Alberdi, Mendióroz y López Merino los que dejaron su impronta, los que abrieron distintos caminos que después transitaron los poetas de las generaciones siguientes, senderos de diferentes texturas y paisajes, pero conducentes a un destino común.
Religiosidad y bajatarde
Pedro Delheye vivió también, como Lozano, sólo 22 años. En 1917 se publicó en La Plata, como edición de la revista Nosotros, su libro La vida interior. Sus amigos, al cumplirse el primer aniversario de su muerte, lo reeditaron junto a otras composiciones póstumas con el título de La vida interior y otros poemas. Alfredo Tarruella define su obra como “poesía de religiosidad, de ensueño y de nostalgia”. Esta caracterización nos parece más ajustada que la de “poesía mística” que utiliza tímidamente Degiuseppe, que si bien no acierta con el término sí lo hace al señalar este rasgo como distintivo respecto a los demás poetas de su generación. La preocupación religiosa se exterioriza en toda su obra y “se manifiesta en sus poemas domésticos y poemas cristianos, donde ha encontrado su vida interior”. Tomemos como ejemplo un fragmento de “Estancias”.
Imágenes de los Salmos, de los Evangelios, de Job, pero también de los Países Bajos. Y es que Delheye continúa la tradición católica y flamenca, a la que estaba unido por lazos de sangre. Por eso, en su poema “Autorretrato” habla del “vino espiritual de apóstol, católico y asceta” que bebió en los poetas belgas, y de su dedicación a las lecturas bíblicas: “Le consagro dos horas al Viejo testamento / cada mañana, y canta su dulcísimo acento / de órgano en mi interior. Soy como un buen burgués,/ cumplo mis oraciones, leo el Eclesiastés...”
Más allá de las lecturas religiosas, “el poeta tuvo a sus amigos más cordiales entre los simbolistas como Rodenbach, Samain, o entre los prerrafaelistas como Dante Gabriel Rossetti... pero también como los modernistas sintió a los parnasianos”, como se ve en su soneto a José María Heredia. “Pero si su afección al simbolismo y al parnasianismo llevó a Delheye a gustar los poetas de distintas tendencias europeas, el modernismo que encabezaba Rubén Darío también suscitó en él el entusiasmo que animó a toda la juventud de su tiempo por esa poesía intelectualista que era una quintaesencia de todas las escuelas anteriores”. Y luego, en el apretado viaje espiritual de 22 años, “encontramos al poeta que se evade de su accidental maestro Rubén para construir solo su ideal lírico, que logra a través de su obra, con clara sensibilidad, fervor y alto ideal metafísico”.
“La Plata —prosigue Tarruella—, ciudad que atesora remansos y fuentes de poesía, inspira también la nostalgia de otras ciudades muertas... Sueña con las ciudades de Jorge Rodenbach, el poeta de Brujas, y con el gran místico Ruysbroeck”. Y observa Alberto Ponce de León: “curioso caso de un poeta “flamenco” escribiendo al parecer incongruentemente en La Plata”. Sin embargo, es probable que algo del espíritu de esas antiguas urbes se hubiese trasvasado a La Plata: su catedral neogótica, su lago y su aire húmedo que a menudo se descarga en llovizna. Delheye, como sus compañeros de generación, no reflejó un paisaje exótico, sino las remembranzas de un mundo evocado por esta ciudad a la que “le ocurrió lo que a los niños de crecimiento prematuro: enfermar de melancolía”.Esas campanas melancólicas, esa paz aldeana, eran las de esta ciudad. “Nuestra ciudad es íntima, recatada, silenciosa —le confesó el poeta en cierta ocasión a Rafael Arrieta—. No quiero ser ingrato; he nacido en ella, soy feliz... Sólo me gustaría hacer un viaje...”. Ese viaje nunca lo hizo, porque Delheye falleció dos meses después. Sin nombrar a La Plata, toda su poesía habla de La Plata. De ahí que todos aquellos que, en las generaciones posteriores, quisieron hablar del mundo con imágenes de esta aldea, hayan releído la breve obra de Delheye “...con la unción / que volcaría en la plegaria un ciego / que cobrara la vista de repente”.
Poética del pensamiento
Alberto Mendióroz (1895-1924) publicó su primer libro, Horas puras, en 1915. El segundo, La luz buena del amor, vio la luz ocho años después de su muerte. A su esposa e hijo, Romita Poggio y Hugo Mendióroz, ambos poetas, se debe en gran parte la difusión póstuma de sus trabajos. Escribió también cuentos, comedias, novelas y ensayos. Entre estos últimos, se destaca el que le dedicara en 1918 a Almafuerte, mientras que “en algunos de sus cuentos se transparenta esa poesía del sueño, ese encanto que nos traslada hacia las lejanías de la infancia, la edad poética por excelencia”.
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Una ciudad extensa, arbolada, llena de paseos, plazas y campanarios. La Plata ofrecía el marco perfecto para la poesía.
Mendióroz se distinguió de los demás componentes de su generación por un tono menos afecto a la ensoñación, a la levedad, a la evanescencia, a lo menor, y una tendencia a buscar el material poético en el mundo de las ideas. “Fue un lírico que fluctuó entre dos extremos —dice Alberto Ponce de León—: el de la ternura y la bondad hogareñas, y cierta “ironía”, cierto escepticismo que lo llevó a incursiones filosóficas”. Estos dos extremos se corresponden a sus dos libros: en Horas puras prevalecen las composiciones que expresan una preocupación filosófica, poemas inspirados en lecturas clásicas y bíblicas, como el “Himno humano”, e incluso algunos de cierto sabor vanguardista, como “Nocturno”: “Juegan un magno football / los astros con un meteoro, / que es una pelota de oro / que hace al infinito un goal”.
“Mendióroz —escribió Ángel Mazzei— perfila los poemas de Horas puras con sentido selectivo, y la pujanza de las ideas prevalece sobre la musicalidad de las palabras. El poeta siente profundamente la tensión del pensamiento. Hay, en sí mismo, un ejercicio claro de cosas y de ideas. La esencia pitagórica de sus versos individualiza su labor”. En cuanto al segundo libro, de contenido más subjetivo e intimista, parece haber surgido de ciertas circunstancias personales, como su casamiento y el nacimiento de su hijo, que habrían operado en Mendióroz una revisión de su poética: “Mi vaga senda se ha inundado / de la luz buena de tu amor. / ¡Cómo todo se ha transformado / al beso de ese resplandor!”.
El tono de este segundo libro, cuyo título se justifica en los versos precedentes, puede ejemplificarse con uno de los poemas más conocidos de Mendióroz, “La casa vieja”.
En una línea más constante de poesía reflexiva nos parece Ripa Alberdi, quizás el de más sólida formación literaria de todo el grupo. Fue alumno y amigo de Arturo Marasso en la Facultad de Humanidades, y esa admiración por la cultura helénica que impregna la poesía de Marasso también la encontramos en su discípulo. “Nuestras conversaciones —escribió—, dentro de la amistad cordial y pura, se cernía en las regiones de un lirismo elevado. Leíamos traducciones griegas ; creo que yo le hice amar a Hesíodo, a gustar de Anacreonte... Ripa amaba a Platón; en esa onda de luz diáfana, de aticismo acariciante, el joven estudioso hallaba su dicha... Leía poetas antiguos. Seguía el sendero de plátanos, de mirtos, de colinas, de mármoles del Renacimiento. Volvía al lírico latino. Había visto a Horacio en ese manantial de experiencia mundana y de gracia semidivina. Escribiole una oda que limó y pulió lo más que pudo para hacerla digna del maestro”. No está desacertada la opinión de Tarruella de que Ripa Alberdi hubiera llegado a ser un gran profesor de literatura de no haber muerto tan prematuramente.
Su obra lírica está limitada a dos libros: Soledad (Buenos Aires, 1920) y El reposo musical (La Plata, 1923). En 1925 el Grupo de Estudiantes Renovación hizo publicar en dos volúmenes toda su prosa y verso, en las que se incluyeron algunas poesías inéditas. De Soledad habría que destacar su canto a Horacio, en el que se trasluce no sólo su admiración por los clásicos, sino también por los místicos españoles.
Pero tampoco de la poesía de Ripa Alberdi, como de la de Delheye, podría decirse que es una evasión hacia el pasado: también aquí es la ciudad, con sus edificios de equilibrio y blancura clásicos, su trazado de cuño latino y su vasto cielo, los que evocan esa “belleza antigua”. Esta idea se reafirma en las palabras de Luis Horacio Velázquez, que en 1948 dijo de Ripa Alberdi: “Amaba La Plata, sus calles en sordina, sus arboledas y sus tardes. Vagaba a la hora del angelus y sin saberlo, con sus dos libros de poesía, se convirtió en uno de los cuatro poetas menores, entrañables y recoletos, de los que la ciudad habría de enorgullecerse después”. “La voz elegíaca de la ciudad —dice Tarruella— suena bellamente, como una flauta maravillosa, en la ‘Canción de la serena esperanza’. Es allí donde el poeta encuentra su íntima voz, es la poesía intimista que encontramos en Delheye y López Merino. El amor, la ternura, el ensueño, la soledad, la fragancia del paisaje. Todo es ambiente de matices sensibles, donde el gris adquiere tonalidades azules, verdes, ocres o rojas. La religiosidad del sentimiento que invade a las almas puras pervive en estas estrofas, escritas en endecasílabos asonantados para hacer más suave la plegaria poética: “Vosotras almas suaves sois hermanas / de las rosas que en alas de los vientos/ desfallecen, volcando en su agonía / las lágrimas fragantes de sus pétalos. / Vosotras sois hermanas de la música / inefable que canta en el silencio, / de la música blanda que se aleja / como el ala sedante del ensueño.”
En el prólogo de su segundo libro, El reposo musical, Ripa Alberdi hace mención a la atemporalidad de la belleza, lo que también justifica, indirectamente, su predilección por los clásicos griegos, latinos y españoles: “Toda escuela es una limitación del espíritu. Un alma rica en aptitudes para recoger la belleza ha de encontrarla en cualquier parte. Para ella el tiempo no pasa, y por lo tanto las cosas no envejecen. Poseen tanta frescura los viejos como los nuevos libros. Los momentos espirituales de una vida son momentos hondos de eternidad”. En este segundo libro, el poeta se mantuvo fiel a esas viejas lecturas: los líricos más refinados, los místicos, los filósofos espiritualistas. La “Balada de las brumas y de los vientos”, elogiada por López Merino, esos alimentos espirituales aparecen asimilados por la atmósfera y el paisaje.
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Otros poemas destacables son “El labriego del alba”, “un modelo de inspiración campesina, realista, un amanecer que el artista sorprende y no vuelve de su sorpresa al descubrirlo”; y “La farsa estudiantil”, donde “canta las fiestas primaverales, juveniles, en esta ciudad de La Plata... himno a la alegría de los adolescentes, a la exaltación pánica”.
Resultan acertadas, como balance de esta figura, estas apreciaciones de Tarruella: “Las personalidades que había en Ripa eran en realidad una sola. El hombre de acción, el luchador por la cultura, por los ideales universitarios, el investigador y el poeta contemplativo son distintas facetas de un espíritu que se insinúa en una línea clara y definida. Cuando escribe su estudio sobre Sor Juana Inés de la Cruz, trata una figura, pero no hace sino desarrollar sus conocimientos sobre la hispanidad, sobre los valores de las letras hispánicas. Por eso creemos que Ripa Alberdi es ante todo un espíritu contemplativo, un lírico”. Y también estas otras de Pedro Henríquez Ureña: “En sus versos, deliberadamente, sólo quiso poner serenidad y fuerza; en ellos se lee su alma límpida, su pensamiento claro, su carácter firme y tranquilo. Aspiró a ser, desde temprano, poeta de la soledad y del reposo: unirse a los maestros cantores, como Arrieta, como González Martínez, que predican evangelio de serenidad en nuestra América intranquila y discordante, como el griego que, en perpetua agitación y querella pública, erigía la sophrosyne en ideal de vida”.
Proyección nacional
Después de Almafuerte, cuya adscripción a la historia literaria de La Plata seguirá sumando exégetas y detractores, quizás es Francisco López Merino el primer poeta platense de trascendencia nacional, entendiendo por nacional lo que sucedía, fundamentalmente, en la “villa y corte” de Buenos Aires. La “escuela de La Plata” se mantenía, por entonces, al margen de “las estridencias originalísimas del martinfierrismo, del ultraísmo”, pero eso no significaba, según Ana Emilia Lahitte, “falta de comunicación con sus más elevados representantes. Cuando Panchito López Merino muere, levantan su voz de homenaje Jorge Luis Borges, Baldomero Fernández Moreno, Códoba Iturburu, Pablo Rojas Paz, Enrique Amorim, Mary Rega Molina, entre otros. Tanto él como Ripa Alberdi, estuvieron intensamente vinculados a la Capital Federal, incluso por cuestiones políticas; vale la pena citar, como elemento de juicio, hasta los artículos necrológicos de la época, los manifiestos, la correspondencia privada, en los que puede apreciarse la excepcional madurez intelectual y cívica alcanzada por aquellos jóvenes veinteañeros que morían representando cabalmente a su generación, a su tiempo”.
Además del retrato que nos dejara Arrieta en La ciudad del bosque, podemos reconstruir la personalidad y la estampa de este poeta angular por sus propias palabras: “He nacido en La Plata, ciudad de silencio uniforme, de calles soleadas, de cielos claros, el 6 de julio de 1904. Bajo estos cielos he estudiado las cosas esenciales y escrito versos desde niño. Amo de veras la paz remansada que se difunde por su atmósfera, y el dilatado ocio que convierte los días de la semana en un domingo perpetuo”. Caracterización que completa su sobrina Estela Calvo de Reca: “Minucioso, exigente con su propia apariencia, coleccionista de corbatas y sombreros, era amigo de charlas nocturnas de café y de club... También es alegre en su correspondencia, ingeniosa y comunicativa... Lo es en los folletos, que imprimía precariamente en algunas tradicionales y ya desaparecidas librerías con trastienda... Si analizamos las circunstancias que rodearon su vida... más difícil fue y será aceptar la decisión de su muerte. Sin embargo, se mata. Tenía 23 años. Esa actitud, ese momento, ese instante en que la atracción de la sombra supera el derecho o el esfuerzo de vivir... fue, en la inexorable decisión de su destino, su última pasión de autenticidad”.
La obra de López Merino se reduce a dos títulos: Tono menor, de 1923, y Las tardes, de 1925. Después de su muerte, sus amigos reunieron en un tomo estos dos libros y sus poemas inéditos. Recién en 1968 la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires publicó su obra completa, con un estudio preliminar de Gustavo García Saraví y numerosos testimonios poéticos. Recientemente apareció El universo poético de Francisco López Merino, de María Minellono, que recoge toda la obra editada anteriormente más la que se encontraba inédita o desperdigada en publicaciones periódicas, cartas y otros documentos; todo ello acompañado de un enriquecedor estudio, bibliografía y notas ajustadas.
Tarruela observa que en Tono menor “el sentimiento fino, exquisito de los simbolistas está allí, abundando en matices, en pormenores, en sugestiones intimistas que son modernas y claras. Muchas veces se repite la palabra sueño... y a través de todos sus versos, se siente la musicalidad de esa poesía vagarosa. Como Rodenbach, sueña con una ciudad muerta; como Samain, conserva siempre la melancolía y la elegancia aristocrática de sus versos.
En Las tardes, “la poesía del sueño tiene la nostalgia de las cosas lejanas y silenciosas. “Primera lluvia de otoño”. es un canto crepuscular donde el poeta encuentra esa finura que da la lluvia en la atmósfera y que es como el sonido del violín más fino que interpreta todas nuestras angustias. Pero es al otoño a quien dedica sus mejores versos. El éxtasis ante la estación maravillosa de todos los matices vibra en las cuerdas de su inspiración, está unida a los temas de la infancia. El tono de elegía está en todos sus versos”.
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Alberto Mendióroz
“El encantamiento poético de López Merino —ha dicho Alfredo Terruella— continúa en sus últimos poemas, donde existe siempre la sugestión vagarosa que advertimos en sus primeros poemas, esa sucesión de metáforas que embellecen magníficamente su segundo libro, Las tardes, y el reencuentro con los temas de toda su vida. El Ángelus vuelve a despertar su sensibilidad de poeta volcado a las cosas ingenuas, puras y limpias. La infancia, los aromas traslúcidos, los cielos de acuarela, el otoño, las nieblas, los domingos; el amor de la novia apenas insinuado y de la hermana enferma y después muerta. La fascinación de la lámpara que vela sus sueños y la soledad de los días domingo donde hay una mujer que puede alejar por un momento su dolor”:
Tras esta breve caracterización bibliográfica, convendría hacer referencia al lugar que ocupa La Plata en la obra total del poeta, si bien es cierto que la ciudad nunca es nombrada en forma explícita. Más aún: la única vez que López Merino se refiere a un lugar concreto es al Jardín Botánico de Buenos Aires. Arturo Cambours Ocampo lo explica de esta manera: “El autor de Las tardes fue un perseverante cantor de las calles que caminó su infancia. La categoría de su obra es la categoría de la ciudad que lo vio nacer y morir. Localismo trascendente, no localismo geográfico. Sus poemas no fueron de tal esquina o de tal plaza. Ni cantó a la estación del ferrocarril ni al paseo del Bosque. Tomó lo intransferible y universal que vieron sus ojos y sintió su corazón, y lo volcó en lo universal e intransferible de la poesía. Cantó a las tardes, a las novias, a la infancia. Porque La Plata es transparente como una novia, como una tarde o como un niño. No cantó a la noche porque no la tiene. Se la robó Buenos Aires. En La Plata se vive con la mañana y con la tarde. Francisco López Merino no traicionó a ninguna de las imágenes de la ciudad”.
La Plata, pues, está continuamente sugerida en su obra. Por eso, “si en Tono menor —dice Roberto Félix Núñez— la modulación interior, hondamente personal, apenas se contagia de la influencia circundante, en Las tardes la ciudad impregna los seres y las cosas con impalpable influjo. En las estrofas de “Primera lluvia de otoño” y en las de “Tardes”. el matiz es típicamente platense:
“En ‘Pureza dominical’ —escribía Núñez en 1972— los versos reflejan y actualizan, con la perennidad de lo poético, una estampa otoñal que acaso todavía nuestra ciudad puede ofrecer. “Pero es en ‘Canción de los domingos de la infancia’... donde como trasfondo de la evocación emocional, La Plata se dibuja con perfiles inconfundibles —una Bruges la Morte de fisonomía propia— poblada también de silencios musicales, de tristeza y monotonía.
“Entre los poemas póstumos —afirma Núñez— la presencia espiritualizada de La Plata adquiere otra vez persistente evidencia... En ‘Calle solitaria’ la efusión lírica se funde con la presencia viva del recuerdo... Pero es quizá en ‘Versos para la calle de mi novia’, donde una sola estrofa define una innata modalidad de la ciudad ya alejada en el tiempo. “Y, finalmente, en ‘La casa de la infancia’, poema saturado del ambiente de aquella ciudad en la que la tristeza, el recuerdo y el ensueño se hermanaban en el transcurso uniforme de los días.
La obra de López Merino, ya hemos dicho, no fue valorada solamente por este color local. Constituye un hecho emblemático que en 1948 el poeta moguereño Juan Ramón Jiménez, años después Premio Nobel de Literatura, viajara hasta La Plata y rindiera homenaje a López Merino frente a su monumento de El Bosque. Gustavo García Saraví, testigo del hecho, le escuchó decir: “Por aquellos años de 1927 o 1928 leíamos y admirábamos, en Madrid, los libros de este gran poeta argentino”. No fue, por cierto, el único. De entre los muchos juicios que se vertieron sobre la poesía de López Merino hemos espigado apenas algunos que pueden llevar a quien lea a profundizar en la obra de este escritor.
Roberto Félix Núñez: “Era uno de aquellos raros poetas que Juan Ramón Jiménez definió como “fatales”. Es decir, no meros hacedores de discutible materia poética, sino creadores determinados por el imperativo de un auténtico destino lírico irrenunciable”. Ana Emilia Lahitte: “Prodigio de naturalidad, de frescura y “difícil facilidad” en cuanto a expresión sustantiva... Crea sobre bases cultivadas... una transparencia densa de significados elegíacos, que habría de ser retomada sobre todo por los poetas de la Generación del 40”. Horacio Núñez West: “Confirma con su obra lo que Hölderling... dijo: “Lo que perdura lo instauran los poetas”, porque en cada poema suyo, en cada línea estremecida por la captación entrañable del lugar y la época destinados al transcurrir de la existencia, aparece fijado para siempre el clima espiritual de la ciudad de La Plata, a la que amó en sus días más bellos y sensibles”. Alberto Ponce de León: “En López Merino hallamos, a veces, una elevación que asombra y suspende; parece casi imposible que en tan brevísimas líneas se alcance un cielo —¿o un limbo?— de tan inefable tristeza sincera”. Raúl Amaral: “Un Rimbaud más suave y menos original, dentro de la atmósfera limitada de su ciudad natal”. Juan Carlos Ghiano: “La breve obra de López Merino ha sido relacionada... con Musset y con Samain. Hay en sus versos una leve tristeza confesional y una pulcra tendencia a recrear el paisaje como “estado de alma” que lo acercan a actitudes románticas, a la vez que el equilibrio formal, en estrofas y vocablos, lo aproxima al rigor modernista”. Gustavo García Saraví: “López Merino circunscribe voluntariamente su canto a la diminuta y apenas perceptible belleza de las cosas que halla en su casa, en la calle, en la ciudad que habita... En la memoria de piedra y bronce que la ciudad le ha levantado hay una inscripción que dice: “Francisco López Merino. 1904-1928. En la mañana buscó la noche”. Cuando murió tenía la edad sin edad de los semidioses. Aún no había cumplido veinticuatro años”.
Epígonos y continuadores
Esta “primera generación poética platense”, “generación del 17”, “primavera fúnebre” o “primeros poetas capitales”, como podríamos llamarlos haciendo uso de la expresión que acuñó, para otros cinco contemporáneos, Ana Emilia Lahitte, se completa con varios nombres que, en función de dar a conocer nuestras raíces literarias, se hace necesario incluir.
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Rafael Arrieta habia nacido en Rauch. Estudio en Buenos Aires y La Plata. Joaquín V. González lo nombró profesor de Literatura en el Colegio Nacional donde llego a ser director.
José Luis Menéndez (1891-1924), fallecido tempranamente, publicó en 1919 junto a José Picone Líricas, volumen que reúne cinco sonetos en colaboración, quince poemas suyos bajo el título “De la luz y de la sombra” y otros quince de Picone titulados “Espinas”. Los sonetos, según explican, combinan rasgos de ambos autores; los textos de Menéndez presentan variedad temática y sensibilidad ante las cosas y los seres, mientras que los de Picone expresan una reacción subjetiva frente al medio social. La obra de Menéndez oscila entre la amargura filosófica, la admiración por la naturaleza y una visión optimista de la vida. En 1927, el Centro y Biblioteca Cultural “Alborada” publicó Poemas y escolios, con textos agrupados en “Humanismos”, “Encantamientos” y “Otros poemas”, junto a reflexiones de tono filosófico, en línea con su formación como discípulo de Agustín Lantero.
Jacinto Bordenave (1871-1943), conocido como Oscar Tiberio, publicó en La Plata Palingenesia (1912) y Cantos de mi camino (1919). De vida bohemia, se vinculó con figuras como Benito Lynch, Almafuerte y Leopoldo Lugones, y posiblemente con los poetas de la “primavera fúnebre”. Su obra recibió elogios iniciales de Julio Herrera y Reissig, aunque también críticas por su exceso retórico, influencias darianas y grandilocuencia, entre las que, sin embargo, se destacan aciertos y momentos de genuina inspiración.
De Pedro Viñals Blake se conservan principalmente sus libros: La quietud de la fronda (1921), de impronta romántica y postromántica; Contraluz (1924), con cubierta de Emilio Pettoruti, considerado uno de los primeros libros surrealistas locales, con rasgos futuristas; e Interregno (1929, publicado en 1933), que retoma temas amorosos y filosóficos. Todos comparten el acompañamiento de destacados ilustradores, como Adolfo Travascio y Raúl Soldi.
Alfredo Fernández García (1889) se vincula a esta generación por Libro sentimental (1912) y Lámpara del recuerdo (1923), obras representativas de la “escuela platense” por su tono sentimental, musical y de matiz religioso. Su tercer libro, Árboles y huella (1952), resulta anacrónico, aunque se destaca su sección “Piedra y nube”, dedicada a exaltar la ciudad de La Plata. Fue además autor de un estudio sobre López Merino y uno de los pocos poetas que escribieron explícitamente sobre la ciudad.
El tema de la paz hogareña fue desarrollado también por Rodolfo Oyhanarte, contemporáneo de Fernández García, en su libro Las hijas, si bien éste, como otros (El oro de las tardes, Heraldos del espíritu, Imágenes de San martín, Antología poética) datan de la década de los cincuenta. Víctor Font es otro de los poetas que continuó en la línea de López Merino y Ripa Alberdi; los títulos de sus libros dan por sí solos el tono de elegía y bajatarde: Poemas otoñales, Caminos de soledad, Cantos del amor efímero. “Fue ésta la generación que dio poetas que cultivaron un arte menos actualizado, pero en el que imperaba la “constante literaria” de la escuela de La Plata”, dice Alberto Ponce de León, quien completa la lista con los nombres de Eduardo Zapiola (Supervivencia, Pasión de soledad), Teófilo Olmos, Francisco Timpone, el ya mentado Víctor Font, Ismael Dozo (El vino de mis odres, Las lontananzas olvidadas, El pájaro y la estrella), Justo María Aguilar, Délfor B. Méndez (Tibieza de nido, Flores de luz, Caminito del fin), Eduardo Rivas, Clara y Jace Krámer, Clara Grosso (Perseguida voz) y Sarah Lovisutto.
Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.