sábado 17 de febrero de 2024
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Un pesebre del siglo 20

La Nochebuena que dio origen al Hogar de Carlos Cajade

En la Navidad de 1984 nació la leyenda que dio vida al Hogar de la Madre Tres Veces Admirable del padre Carlos Cajade. La secuencia de aquella Nochebuena.

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Cuando terminó la misa, después de saludar en el atrio a los fieles que habían colmado las módicas instalaciones de la capilla, el sacerdote entornó las puertas y resopló. Por el pasillo central se encaminó con pasos presurosos en dirección a la sacristía mientras luchaba por sacarse la túnica, agobiado por el calor de la noche de verano. Tuvo que detenerse un instante porque en el apuro se llevó por delante el reclinatorio de uno de los bancos que habían quedado desordenados y casi termina de bruces en el piso cerámico.

—¡Ay, la pucha que lo tiró madrecita, casi me rompo el alma! —renegó elevando la mirada hacia el pequeño oratorio con la imagen de la Virgen de Schoenstatt, su guía y compañera, que meses atrás había improvisado a un costado del altar.

Era la Nochebuena de 1984. Un año complicado para un país febril con una inflación galopante que en los últimos doce meses había superado la marca invivible del 680 por ciento frente a la que las autoridades no hallaban medidas efectivas de contención. Ante las penurias que soportaban amplios sectores de la población el gobierno radical había lanzado en mayo el Plan Alimentario Nacional (PAN) destinado a proveer bolsas con alimentos básicos a los más desprotegidos.

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Cajade, los chicos y la Navidad, una imagen icónica del fotoreportero Guillermo Gómez Maedje

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En ese contexto, la Argentina intentaba hacer pie tras la feroz dictadura militar que había regido entre 1976 y 1983. En el frente político, el gobierno del presidente Raúl Alfonsín había conseguido que diecisiete fuerzas firmaran un acta de coincidencia para crear “un marco de apoyo a la democracia”. No obstante, aquel año, el clima iba a enrarecerse tras la entrega de la investigación realizada por la Comisión Nacional contra la Desaparición de Personas. Como respuesta a la tarea de la comisión, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas salió a avalar “la legitimidad de los actos y directivas llevadas a cabo durante la lucha antisubversiva”.

En la Nochebuena de 1984 Cajade cumplía su segundo aniversario al frente de su primer destino parroquia en la San Francisco de Asís de Berisso la Nochebuena de 1984 Cajade cumplía su segundo aniversario al frente de su primer destino parroquia en la San Francisco de Asís de Berisso

Para el padre Carlos Cajade también había sido un año especial: cumplía su segundo aniversario al frente de su primer destino parroquia en la San Francisco de Asís de Berisso donde había comenzado un esforzado trabajo con niños y adolescentes que definiría su vida para siempre.

Celebró la misa de gallo ante una comunidad humilde y trabajadora que asistió con entusiasmo contagioso a escuchar su homilía. Durante la ceremonia, buena parte de la concurrencia se quedó de pie porque no había lugar donde sentarse. Con las puertas de la iglesia abiertas de par en par, la gente soportó el bochorno y se apretujó en la estrechez del alero hasta ocupar parte de la vereda.

Una caricia en el sermón

Había preparado sus palabras con esmero; las repasó hasta que la tarde de aquel lunes se fue extinguiendo. Buscaba entregar en su sermón una caricia y alentar la esperanza de muchas de esas familias golpeadas por la pobreza y la exclusión.

Desde su llegada a la parroquia advirtió que una gran cantidad de chicos se acercaban buscando caridad en la feligresía. Los notaba como perdidos, tristes y apagados, y eso le generaba una enorme angustia. Por eso le había otorgado gran valor a la tarea del grupo parroquial que integraban los seminaristas Alejandro Oscar Blanco, Alfredo “Bocha” Mendoza y Luis María Ocampo junto a una media docena de jóvenes que a pura voluntad recorría el barrio generando todo tipo de iniciativas para intentar ayudar a los vecinos e integrarlos a las actividades de la capilla, como forma de sumarlos al camino de la fe católica.

Alguna vez Cajade evocó aquella ceremonia con reconfortada emoción por haber ofrecido un oficio “participativo y alegre” pero, sobre todo, porque el templo se había llenado de jóvenes y adolescentes, que a esa altura se habían convertido en su principal preocupación y foco de la misión pastoral.

En los días previos, no pocos vecinos lo habían invitado a compartir la celebración. Después de pensarlo concienzudamente decidió hacerse presente en varias casas con la idea de pasar un rato en cada una y tratar de cumplir con esos convites. Entendió que para ellos sería importante su visita y tuvo que bancarse el enojo de su madre cuando le avisó que, por primera vez, no estaría con ella en la Nochebuena. Tanto le reprochó la mujer que, para que cortara el teléfono, tuvo que prometerle que al día siguiente no faltaría al almuerzo con sus hermanos en la casa familiar de Berisso, en el barrio de Villa Argüello, sobre la avenida 122.

El cura giró y vio frente a sí a tres chicos harapientos y huesudos parados uno junto al otro bajo la angosta galería de la capilla.

Carlos había acordado con Marta y Antonio Ferrando, un matrimonio que vivía a metros de la parroquia que lo había adoptado casi como a un hijo, que no bien terminaba las tareas en la iglesia acudiría a cenar con ellos. Según lo que había previsto, tras el brindis empezaría la recorrida por las demás casas del barrio.

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Desanudó el cíngulo que le rodeaba la cintura, dobló la estola y el alba y acomodó todo lo más prolijamente que pudo sobre uno de los estantes del armario de la sacristía. Se sacó la camisa empapada de transpiración y se calzó una chomba azul sobre el vaquero y sus infaltables mocasines con hebillas doradas.

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Antes de apagar las luces, se cercioró de que la ventana estuviera cerrada y desde allí echó un vistazo al fondo de la parroquia: una plaza de juegos mal atendida que había sido ganada por el pastizal y que se extendía hasta la escuela con la que el templo compartía el predio. Asumió que ese estado de cosas debía ser cambiado para el nuevo año que se avecinaba. Lanzó un lento suspiro, consciente de que, al fin y al cabo, quizás, esa fuera una de las tareas más sencillas que le quedaban por delante.

La Navidad de los chicos pobres

En su reloj de pulsera eran las diez y cuarto. Calculó que con el auxilio de la Virgen aún estaría a tiempo de pasar a comprar alguna bebida para el brindis. En eso pensaba mientras cerraba el portón de la capilla cuando a sus espaldas una voz firme pero menuda inquirió:

—Ey, Padre, ¿tenés algo para comer?

—No, no... —respondió sorprendido mientras giraba y veía frente a sí a tres chicos harapientos y huesudos parados uno junto al otro bajo la angosta galería.

El cura ya los conocía. Desde hacía meses que merodeaban la iglesia en busca de limosnas. Se tocó los bolsillos del pantalón y extrajo unas monedas. Les echó una bendición y les pidió que fueran para su casa; que ya era tarde y se acercaba la hora del festejo.

¿Qué festejan? —lo cortó, con un tono seco y triste, el más alto del trío, Sandro, que con sus doce años ya exhibía en el cuerpo las huellas de andar en la calle.

La Navidad.

—¿Y eso? —preguntó Fernando, el más chico de los tres, de apenas diez años, con los cachetes pegoteados de mocos.

—Es el nacimiento de Jesús, Dios que se hizo hombre entre nosotros... —ensayó el párroco pero, inmediatamente, interrumpió el relato—. ¡Dale, no jodan, vayan para su casa que es un momento para estar con la familia...! —insistió.

Desde hacía un tiempo Cajade pensaba en hacer algo concreto por esos chicos que pululaban hambrientos y desarrapados alrededor de la iglesia.

Vení; vení con nosotros... —dijeron al unísono Sandro y Fernando; mientras uno lo tironeaba de la remera y el otro le hacía señas con la mano para que los siguiera. Beto, el más grande de los tres, de trece años, permanecía en silencio y se limitaba a observar la escena.

Bueno, dale, los acompaño hasta ahí. Aguanten un cachito que vamos en la catanga —dijo Cajade con cierta resignación. Volvió a abrir la puerta de la iglesia y corrió hasta la sacristía para buscar las llaves de la destartalada camioneta Citroën AMI 8 que tenía estacionada frente a la casa parroquial.

Para cuando subieron al auto el religioso ya se había hecho a la idea de que no iba a poder dejar solos a esos chicos justo en ese momento. Anduvieron unas tres cuadras hasta detenerse frente a un terreno ganado por una vegetación exuberante que impedía ver más allá de los primeros metros.

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Bajaron del coche y comenzaron a internarse en lo que parecía un baldío. A poco de andar empezó a vislumbrarse, al fondo de la propiedad, una luz mortecina que por momentos se desvanecía entre el follaje de tacuaras y sauces llorones que dificultaba el avance.

El cura tuvo miedo y, como de costumbre, se encomendó a su fe mariana. Alguna vez confesó que, a medida que se adentraban en el lote, una pregunta le repicaba con insistencia en la cabeza: “¿Dónde carajo me estoy metiendo?”.

Llegaron hasta una casilla erigida con chapas de cartón apenas iluminada por una vela a punto de consumirse. Al ingresar, el sacerdote dirigió instintivamente la vista hacia arriba y se encontró con que la noche estrellada podía verse a través del techo plagado de agujeros.

Un pesebre del siglo 20

El panorama de la precaria vivienda era lastimoso: no había cocina, ni baño, ni muebles, ni electrodomésticos; solo algunos colchones esparcidos por el piso o enrollados contra las paredes, un brasero y montañas de ropa revuelta. En medio de semejante desorden había en total nueve niños y su madre, Elvira Dávila, una mujer que había visto a su familia sucumbir en la ruina tras la muerte de su marido, Raúl Aued, un albañil cuyo corazón un día no aguantó más el esforzado trajín de largos años de doble jornada sin feriados y los excesos de alcohol con que intentaba ahogar la desdicha.

“En ese momento supe que Dios me había conducido a una suerte de pesebre del siglo 20”, rememoró años después el clérigo al relatar la experiencia. Y agregó: “Me di cuenta de que Jesús estaba esa noche en ese terreno y no tanto en la iglesia donde acababa de celebrar la misa”.

Sandro lo tomó de la mano y lo condujo hacia un rincón del rancho donde Elvira descansaba.

—¡Mirá, má, mirá quién vino! —exclamó.

—Eh, ¿qué pasa Sandrito, por qué gritás así? —respondió la mujer, aún adormecida, incorporándose con dificultad.

—Hola, ¿cómo anda señora? —ensayó el sacerdote.

—Ah, bien, bien. ¿Y qué está haciendo por acá, Padre? ¡No me diga que lo trajeron estos mocosos!

—Sí, ellos me pidieron... y me dijeron que no celebraban la Navidad, así que me pareció bueno venir a acompañarlos. ¿Le parece que me puedo quedar un rato con ustedes? —preguntó.

Los tres chicos lo condujeron ahsta una casilla erigida con chapas de cartón que apenas estaba iluminada por una vela a punto de consumirse.

Elvira alzó los hombros en señal de aceptación. En la casa no había alimentos; solo el agua en un latón que varias veces al día Sandro se encargaba de llenar en casas de vecinos. Los fines de semana y los feriados eran difíciles porque no tenían dónde mendigar. El chico le contó al sacerdote que hacía dos días, en la fiesta de fin de curso de la escuela, le habían regalado un pan dulce pero que, con sus hermanos, no aguantaron el hambre y se lo comieron.

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Como no había con qué celebrar, Cajade pidió a los chicos que lo siguieran. Sandro y Beto salieron del terreno en hilera con el párroco por delante; también se sumó Margarita, otra de las hermanas. Subió a todos al AMI 8 y enfiló para el almacén que había a la vuelta de la parroquia. Por suerte todavía estaba abierto y consiguió comprar algo de pan, fiambre, galletitas y unas gaseosas. Como el único dinero que llevaba encima, que era el de las ofrendas que había recolectado en la misa, no le alcanzaba, tuvo que pedir de fiado un pan dulce y varios paquetes de turrones y garrapiñadas. Volvieron a la casilla y compartieron la comida. En un momento a Margarita le llamó la atención que el cura llorara.

—¿Qué te pasa? ¿Estás triste? —le preguntó.

—No, al contrario, estoy muy feliz de estar con ustedes. Dios y la Virgen me trajeron hasta acá.

Brindaron y hasta cantaron algunas canciones del repertorio de la iglesia.

Los golpes de la vida

Conforme avanzaba la noche, los chicos dejaron entrever algunos retazos de la historia de la familia y cómo todo se derrumbó tras el deceso de su padre y la llegada de una nueva pareja que formó Elvira con un hombre que había trabajado en la policía provincial y que solía aterrorizarlos con relatos de su participación en torturas durante la época de la represión. La relación se volvió violenta y el sujeto comenzó a pegarles a todos, empezando por la mujer. Les exigía a los hermanos mayores que salieran a mendigar.

Al principio acudieron a la parroquia María Auxiliadora donde les habían dicho que daban de comer y entregaban ropa usada. Sin embargo, después alguien les comentó que un curita joven reunía mucha gente en la capilla de San Francisco, que, además, les quedaba más cerca de su casa. Cuando regresaban, aunque trajeran algo de dinero, su padrastro los castigaba con una vara de sauce. Casi siempre estaba malhumorado y bebido. En alguna ocasión llegó, incluso, a quemarlos con cigarrillos. Así fue que los chicos mayores empezaron a huir de la casa y, en el intento de sobrevivir en la calle, quedaron a la intemperie.

“En ese momento supe que Dios me había conducido a una suerte de pesebre del siglo 20

En cada oportunidad en que los hermanos Aued han rememorado aquella Nochebuena coincidieron en subrayar que lo más importante fue que el párroco se hubiera quedado con ellos para compartir la cena.

Desde entonces Cajade comenzó a sentir que había logrado dar un paso inicial, mínimo pero preciso, en dirección a la idea que venía rumiando desde hacía un tiempo de hacer algo concreto por esos chicos que pululaban hambrientos y desarrapados alrededor de la iglesia.

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Cajade rodeado de niños y junto al sociologo Alberto Morlachetti. Ambos fundaron el Movimiento Nacional Los Chicos del Pueblo. (Imagen: Pelota de Trapo)

Cajade rodeado de niños y junto al sociologo Alberto Morlachetti. Ambos fundaron el Movimiento Nacional Los Chicos del Pueblo. (Imagen: Pelota de Trapo)

Con el tiempo, lo ocurrido en aquella ocasión se convirtió en un relato que, alimentado por el propio cura, fue cobrando la singular forma de un mito que sirvió para dar sustento y relieve a la fundación del Hogar de la Madre Tres Veces Admirable. Tras la cena con los Aued volvió a la parroquia.

En el horizonte de casas bajas ya podía vislumbrarse la aurora. Allí, junto a la Virgen, guardaba un secreto que a un mismo tiempo lo atormentaba y lo llenaba de gozo. Un secreto que marcaría su vida tanto como su obra y que el sacerdote custodió con celo hasta el fin de sus días.

Turbado y aún inconsciente de estar ante la mayor encrucijada de su existencia se arrodilló delante de la estampa de la mater y, una vez más, le pidió ayuda.

En la soledad de la capilla, en penumbras, cerró los ojos y repitió de memoria la oración concebida por el padre José Kentenich, mentor del Movimiento de Schoenstatt al que pertenecía: “Madre, al mirarte descubro que me mirás como si hubieras estado esperándome. Yo sé que querés ser mi madre; Cristo tu hijo te dio esta gran misión desde la cruz cuando le dijo a Juan: ‘He aquí a tu Madre’. Y vos me aceptás como soy; con todo lo que me preocupa y alegra, mis deseos y necesidades, mis virtudes y miserias y en tu corazón encuentro hogar, seguridad y paz”, rezó.

(*) El presente texto forma parte del libro Padre Cajade. El santo de los pibes de la calle (Marea Editorial 2016)

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