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Fachada del Teatro Apolo, ubicado en Calle 54 entre 4 y 5. Foto Archivo Fotográfico Digital del Ministerio de Infraestructura Bonaerense.
En su tesis de especialización “Presencia italiana en la conformación del paisaje urbano fundacional de la ciudad de La Plata (1882-1932)” la arquitecta Fabiana Andrea Carbonari dio cuenta de ello al analizar el edificio. Sobre el mismo describió que se percibía el empleo del lenguaje neorenacentista italiano en la resolución su fachada tripartita que remataba en un granfrontis coronado con tres esculturas ornamentales. En letras mayúsculas y bien moldeadas en el frente se destacaban dos palabras: Teatro Apolo. Un nombre grandilocuente, referenciado con uno de los dioses más importantes de la mitología de la Antigua Grecia, pero adecuado para la ocasión. Ya que, según la narración mitológica, Apolo, hijo de Zeus y Leto, era el dios de la música, la poesía y la adivinación por lo que se lo consideraba un protector de las artes.
Un tibio farol alumbraba la estrecha vereda par de la calle 54 entre 4 y 5 donde se levantaba el inmueble. Tres puertas centrales de oscura madera eran franqueadas por otras dos que tenían acceso a los espacios laterales del hall central. Por allí un grupo de hombres hacían sonar sus pasos sobre el piso de color claro en sus idas y venidas por la sala rectangular que se desplazaba hacia la esquina de calle 4.
“Las dimensiones de la sala eran de 14 metros de ancho, por 20 de largo y 10 de elevación; el proscenio tenía 10 metros de embocadura”, puntualizó el historiador platense Roberto Abrodos. “La capacidad era para unas 500 personas, distribuidas en 240 butacas diseñadas con esqueleto de nogal, respaldo y asientos de estructura metálica y, debajo, un cajoncito para guardar los sombreros; en la galería baja de tertulias había otras 120 localidades, y también 24 palcos altos de los cuales se destacaba el central, reservado para las autoridades y una veintena de espectadores”, reconstruyó Abrodos, dando cuenta de la estructura interna de un teatro vanguardia para las pampas, con la mirada puesta en los espectáculos de ópera.
Verdi y el gobernador
Tras un presuroso proceso de construcción, y como si fuese presagio de su futuro, un grupo de artistas líricos arrendó el edificio y concretó su inauguración. La noche del sábado 14 de marzo de 1885, las carteleras que flaqueaban el ingreso al teatro anunciaron como primer espectáculo una versión de “Il Trovatore”. Quedando de este modo, según historiadores locales, formalmente establecido el comienzo de la actividad escénica en la ciudad.
Nació como apuesta del teatro lírico, pero poco tiempo después incorporó obras populares, buscando una diversificación de los espectáculos
Se trataba de una ópera en cuatro actos, con música de Giuseppe Verdi y libreto en italiano de Salvatore Cammarano. En aquella ocasión, la interpretación estuvo a cargo de una compañía italiana dirigida por el actor Julio Sausoni Dalnegro.
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La ciudad de La Plata en sus primeros años luego de la fundación. Foto Archivo Fotográfico Digital del Ministerio de Infraestructura Bonaerense.
2 horas 15 minutos donde sentimientos opuestos como amor/odio, violencia/calma, venganza/ternura y vulgaridad/refinamiento, entre otros, se ponían de manifiesto para construir la que ha sido considerada la ópera gótica de Giuseppe Verdi. La trama transcurría en una atmósfera nocturna, a principios del siglo XV, durante una guerra civil y con un triángulo de amor entre un tenor y una soprano a quienes se les interponía un barítono rival.
Esa noche inaugural en La Plata, la sala desbordó de gente que durante varios minutos ovacionó a la compañía cuando el telón dio por finalizada la obra. Y hasta el propio gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Alfredo D´Amico, prestigió la velada con su presencia.
Afuera, en fila india, los cocheros esperaban que los patrones abandonaran la sala para dirigirlos a sus domicilios. Algunos se frotaban las manos buscando esquivar el frío húmedo que ya empezaba a sentirse. Otro apuraba una petaca, mientras descansaba sus años sentado en umbral de la puerta del Teatro Apolo.
Una explosión de salas
El proyecto de los hermanos De Cousandier removió el avispero y las propuestas teatrales comenzaron a multiplicarse en la capital bonaerense, que necesitaba demostrar todo su esplendor y magnificencia a los porteños que aún miraban de reojo a la ciudad en construcción.
Es por ello que en el mismísimo año1885, se constituyó la Sociedad Anónima Teatro Argentino, conformada por grupo de vecinos quienes adquirieron un terreno comprendido entre las avenidas 51 y 53 y las calles 9 y 10, con el fin de levantar una nueva sala. Bajo las órdenes del arquitecto italiano Pietro Rocchi, el diseño de una planta en forma de herradura y una sala con capacidad para albergar a más de 1.500 espectadores, demoró varios años pero convirtió al espacio en la verdadera meca del teatro lirico de toda Latinoamérica.
Sin embargo, la carrera por crear espacios para obtener los favores de público no teminó allí. Todo lo contrario, siguió desenfrenada y dieciocho meses después de la puesta a punto del Teatro Apolo otra inauguración sacudió la ciudad. El 19 de noviembre de 1886, abrió sus puertas el Politeama Olimpo, un espacio de arquitectura neoclásica ideado por el uruguayo Carlos Zenhdorf. Años más tarde, el Olimpo fue adquirido por la familia Podestá, quienes adaptaron la sala para convertirlo en un teatro-circo que facilitó la entrada de los géneros nacionales, así como el surgimiento de los autores platenses.
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El gobernador provincial Carlos Alfredo D´Amico engalanó con su presencia la jornada inaugural del Teatro Apolo.
Ambos espacios se consolidaron como los referentes culturales de la ciudad y bajo su sombra comenzaron a desplegarse diferentes experiencias teatrales. Ya que la ilusión de La Plata de convertirse en una de las últimas utopías urbanas debía mantenerse en todos los aspectos de la vida cotidiana y, en ese sentido, la cultura no era la excepción. Los teatros y los seres que lo habitaban eran responsables que ese espejismo no perdiera fuerza.
Para cada público, un espectáculo
Tras su jornada inaugural El Apolo continuó con sus presentaciones donde no sólo se encarnaban funciones de teatro lírico, sino que también en él se llevaban a cabo representaciones teatrales clásicas para poder abrir el abanico de espectadores. Ya que a pesar de ser una incipiente sociedad en conformación, en La Plata siempre existió una configuración de clases bien definidas que empezaron a disputarse lugares de pertenencia.
La clase alta estaba constituida por funcionarios jerárquicos de la administración provincial y del sector privado: grandes comerciantes, industriales y hacendados que fijaron su residencia en la ciudad por su magnificencia edilicia. La clase media compuesta por funcionarios y administrativos provinciales y municipales, pequeños comerciantes, propietarios rentistas, procuradores, abogados, escribanos, médicos. El tercer grupo lo constituía la clase trabajadora que componía el 80% de la población total de la ciudad y su conformación eran las colectividades italiana, española, francesa, alemana, suiza y de países limítrofes.
Según describió el investigador Roberto Abrodos “en el período fundacional de La Plata, los espectáculos teatrales de magnitud como las óperas, operetas, ballets o dramas líricos, se constituyen, junto a los paseos en carruaje y las cabalgatas, en los paseos distintivos de la clase alta (…) Sin embargo, esta edificación –El Apolo- se consolidó más adelante como ente aglutinante de las clases medias y obreras, pues ofrecían un repertorio de teatro por secciones, adecuado a los gustos populares”.
El propio dramaturgo argentino Bernardo Carey describió en una publicación que en esa época “los dramas y comedias en italiano se llevaban el 10 por ciento del público. La ópera (…) permanece con espectadores fieles. Y el género que arrastraba más público en ese fin de siglo era el género chico, el teatro por horas, que a 50 centavos la sección absorbían el 35-40 por ciento del público”.
Vender boletos. Atraer nuevos asistentes. Que los murmullos llenaran los rincones más exquisitos de la sala. Que el brillo del piso encerado se apagara tras el vaivén de los hombres y mujeres por los pasillos estrechos que se formaban entre las butacas. Hacer reír, llorar y suspirar. En el Apolo, sus referentes usaban todos los recursos que tenían al alcance de la mano en pos de generar sostenibilidad. Y, a poco más de un año de su puesta en marcha apostaron todas sus fichas a un pleno.
La visitante ilustre
El 27 de agosto de 1886, un tren expreso ingresó a la ciudad procedente desde la Capital Federal. Traía una única pasajera: Sara Bernhardt. Una de las más famosas y aclamadas actrices francesas de teatro y cine, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Su destino en la ciudad: el escenario de calle 54.
Sara Bernhardt tenía 42 años cuando pisó suelo platense. También tenía en su haber más de una cuarentena de obras estrenadas. Su debut en 1862 con Iphigénie. Su inicial éxito en 1869 con La Passant. Su primer cruce del Atlántico en 1880. Gran recorrido por aquel entonces para una mujer. Y más aún para una que se dedicaba a la actuación.
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Afiche de la actriz Sara Bernhardt como protagonista de la obra La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas (hijo).
Era considerada la “primera celebridad” global. Y aun así decidió recorrer los kilómetros que separaban la capital del país con la capital de la provincia para representar su arte. El gobernador D´Amico, que no sólo le consiguió el tren expreso y exclusivo sino también le facilitó su automóvil particular para que se desplazara por la ciudad, la agasajó dando muestras de su impecable anfitriona.
El género que arrastraba más público en ese fin de siglo era el teatro por horas, que a 50 centavos la sección absorbía la mayor parte del público.
En oportunidad de visitar el Teatro, Bernhardt ofreció dos funciones de "La Dama de las Camelias" de Alejandro Dumas (hijo). Una obra a su justa medida donde representaba a Margarita Gautier, una mujer independiente, decidida, resuelta. Frente a las damas sujetas a la dominación patriarcal tradicional, su personaje representaba un nuevo tipo de fémina, autónoma y ansiosa por disfrutar lo que le ofrecía la vida.
Críticos de la época aseguraban que al momento en que pronunciaba sus primeras palabras, la audiencia quedaba hipnotizada. Su voz era la puerta de entrada a una interpretación exquisita y estremecedora. En aquella oportunidad, el público local no fue la excepción. La Plata estaba rendida a sus pies.
De la crisis al ocaso
Los primeros años del Teatro estuvieron acompañados por el impulso social y económico que experimentó la ciudad al ser la primera en sudamericana con tendido eléctrico; en la que circuló el primer tranvía eléctrico; una de las pioneras al poseer una red de cloacas subterránea moderna; donde el acceso a una red de agua potable fue prioritario y las principales avenidas estuvieron adoquinadas desde el primer día, entre tantos hitos destacables. Sin embargo la crisis de 1890, la revolución del Parque, y sus efectos sobre el oro y la Bolsa, afectaron a la pujante metrópoli de manera significativa.
El pasto y los cardos comenzaron a brotar en las veredas, mientras que en las calles cada vez se veía menos gente. Era como si el desierto volviera a tomar forma y apoderarse de la ciudad. En su libro “100 Años de vida platense” el escritor Ricardo Soler describió “podía entonces aplicarse con propiedad el apelativo de Ciudad de las Ranas, pues se las oía croar en la quietud del anochecer. El aspecto de la ciudad era deplorable, a pesar de que en cumplimiento de la ley, el 11 de diciembre asumía el primer intendente platense, don Marcos J. Levalle. Fueron tiempos en los que los gobernantes no hacían más que administrar la crisis. Se había detenido el progreso que, en las predicciones de Rocha, sería incesante para la Ciudad”.
Sara Bernhardt tenía 42 años cuando pisó suelo platense: tenía en su haber más de una cuarentena de obras estrenadas y se lució esplendorosamente con La Dama de las Camelias.
Dicho golpe influyó notoriamente sobre la producción y circulación de espectáculos. El caos dispersó a las compañías extranjeras. La recreación dejó de ser prioridad para los más de 60 mil habitantes que tenía la ciudad. Atravesar el brete era preponderante y no todos pudieron hacerlo.
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Techos y paredes de estilo renacentista destacaron en la construcción del Teatro Argentino, que nació poco después del Apolo.
En ese contexto y tras 20 años de vida, el Apolo cerró sus puertas definitivamente. Tiempo después, en 1905 fue demolido como si de ese modo pudieran borrarse de un plumazo las cientos de historias que desde sus entrañas crecieron.
Si hoy recorremos la vereda hacia la calle 54 entre 4 y 5 nos recibe un letrero de UPCN en la vidriera de una Farmacia; un portón pintado de verde; una cartelera con los horarios de atención de un laboratorio de análisis clínicos. Poco y nada queda del edificio donde se dieron los primeros pasos de la actividad teatral local.
Sin embargo la mística, el encanto tras bambalinas, las pausas entre ensayos, el sonido reverberante entre cuatro paredes que sintieron los hombres y mujeres del teatro Apolo hoy siguen intactos en el conjunto de personas que componen el movimiento teatral platense: los independientes, los universitarios, los comerciales, lo de la escuela de teatro, los que hacen infantiles, los experimentales, los centrados en el humor, los callejeros, los de la vieja escuela, los de musicales y la lista sigue multiplicándose en cada nueva experiencia que surge por estos lares.