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Retrato íntimo del Perito Francisco Moreno y la creación del Museo de Ciencias Naturales

Marina Yuszczuk recrea ficcionalmente el punto de vista de la hija del famoso y polémico creador del Museo de La Plata, criada en una familia cuyo hogar es un museo.

En Buenos Aires, mi abuelo había fundado una compañía de seguros de la que formaban parte sus hijos, educados en el comercio, pero mi padre, hábil negociador, había sabido utilizar el aprendizaje de esos años como un simple medio para el fin más elevado que había llegado a cumplir: el de crear el museo más grande del continente, un faro del saber al que acudirían gentes de las dos Américas y el resto del mundo. Claro que el hecho de haber estudiado comercio, y no una carrera académica, arrojaba injustamente una sombra sobre la respetabilidad de Moreno, o al menos sus enemigos habían intentado arrojarla, cuestionando sus títulos para dirigir una institución de esta categoría –sobre esto, puras habladurías, no tenía más información que la que había podido escuchar en alguna conversación entre mis padres, y que me había perturbado grandemente–.

Corría 1870 cuando nuestra familia se mudó a Villa Edén, en Parque de los Patricios; recuerdo la fecha porque un año después tuvieron que fugarse a la estancia de una tía de mi padre, cerca de Chascomús, para escapar de la fiebre amarilla. De aquella quinta mi padre recordaba los Corrales viejos, cercanos a la nueva casa, el olor apestoso de los mataderos y las milongas y payadas que llegaban a través de una columna de árboles. Allí Francisco tendría todo un sector de la gran casa para destinarlo al museo que, conforme crecía la colección, pasaba de ser un pasatiempo juvenil a convertirse en un destino.

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La novela "Historia natural" se basa en documentos y testimonios históricos.

El nacimiento del Museo de Ciencias Naturales

De la temporada en Chascomús volvió con cuarenta cajones repletos de fósiles que había recogido en un yacimiento cercano a la laguna; a mi abuelo no le quedó otro remedio más que construir un edificio separado para albergar semejante cantidad de huesos. No faltó la disputa familiar, porque Francisco se negaba a tomar parte en la Compañía de Seguros fundada por Abuelo, pero el entuerto se salvó cuando contrajo matrimonio con una señorita de la alta sociedad, Blanca Varela, hija de banqueros, sí, pero nieta de escritores y de una larga estirpe de unitarios, y luego consiguió que el gobierno provincial sancionara la creación de un museo de historia natural y antropología, y lo designara como primer director. ¿Cómo podía haber sido de otro modo, si el incipiente museo se conformaba casi exclusivamente de su colección privada? Donada a la provincia de Buenos Aires, es verdad, pero que permaneció en su propio hogar hasta que se fundó, casi al mismo tiempo que la ciudad, el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

No es cierto que inventaran una ciudad para alojar el museo de mi padre, pero me gusta pensar que así lo fue. La verdad es que lo hicieron para saldar una disputa muy antigua: ¿de quién era Buenos Aires? De los porteños, claro está, pero de pronto era también la capital de toda la Argentina, y entonces la provincia necesitaba su propia capital, para la cual se eligió un terreno semidesierto, algunos kilómetros al sur, al que José Hernández bautizó con el pomposo nombre de La Plata, y mi madre, "el medio de la nada". De pequeña no me cansaba de escuchar ese relato, que había repetido una y otra vez en la época en que todavía nos hablaba, cuando se sentaba en el patio del museo mientras la negra Adela, que la había cuidado desde su nacimiento, le cebaba mates: La Plata no tenía calles, no tenía casas, ni forma alguna que la asemejara a una ciudad, pero ya tenía un museo descomunal en construcción y una estación de trenes de estilo europeo que deslumbraba a los que arribaban al inmenso edificio luego de tan corto trayecto, hasta que se daban cuenta de que, saliendo de la estación, los esperaba la mismísima nada. Ni un solo árbol. Edificios neorrenacentistas rodeados de tierra, de carros que pasaban levantando el polvo, de unas pocas calles adoquinadas, casillas de madera improvisadas. Y por todas partes, obreros.

–Vení, que están los italianos –solía decir mi madre, y me tomaba fuerte de la mano para hacerme cruzar la calle cuando pasábamos por una obra en construcción. Y luego agregaba con desprecio–: Tienen palacios, pero no tienen veredas.

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El Perito Moreno y su familia, en un retrato de época.

La Plata en sus inicios

La primera visita de mi madre a la ciudad naciente había tenido lugar el día de la inauguración. Había llegado en compañía de mi padre y se había sentido inmediatamente desolada a pesar del gentío –no tan numeroso como se había anticipado–, del clima de algarabía que se trataba de promover, y del despliegue de banderas patrias. En su opinión, La Plata había nacido condenada y no había forma de modificarlo.

–No estuvo Roca, no estuvo Sarmiento. Nadie vino –enumeraba cada vez que se acordaba de ese día–. Le tuvieron que pagar a Bradley para que agregara gente en la foto. Un fiasco.

A mí me sorprendía esa expresión en boca de mi madre; tenía que estar muy enojada para rebajarse a esa jerga que despreciaba. Y yo la despreciaba a ella, que maldecía todo aquello que yo más amaba en la vida.

¿Cómo podía haber sido de otro modo, si el incipiente museo se conformaba casi exclusivamente de su colección privada? ¿Cómo podía haber sido de otro modo, si el incipiente museo se conformaba casi exclusivamente de su colección privada?

Mi madre no entendía por qué, si su marido era tan importante, no lo destinaban al museo de ciencias que ya funcionaba en Buenos Aires y tenían que enviarlo en cambio a ese engendro, ese sucedáneo de ciudad que –a ella no lograban engañarla– la hundiría en el opio tanto como cualquier pueblo de la provincia.

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Retrato de Francisco Pascasio Moreno.

–Por culpa de Burmeister –decía–. Ese alemán.

Se refería al naturalista que por entonces estaba a la cabeza del Museo Argentino de Ciencias Naturales, ubicado en Buenos Aires, y mi padre tenía que explicarle con paciencia que Burmeister era tan argentino como cualquier otro y que, además de que en cierto modo había sido su mentor, no se lo podía subestimar, porque era amigo de Sarmiento.

De modo que no había Palacio Municipal, legislativo, edificio de gobierno o catedral que consiguiera impresionar a mi madre, más concentrada en la chatura que La Plata mantendría por muchos años, y en el hecho de que todo el tiempo se divisaban, por entre medio de sus casas bajas, las escaleras y los andamios, y encaramados a ellos, los trabajadores de camisa, munidos de gorras o sombreros para protegerse del sol, que solían gritarse entre sí con expresiones que a mi madre le hacían desviar la mirada y recordar su pasado de aristócrata porteña.

Mi padre, en cambio, estaba fascinado. Henchido de orgullo, sentía que todo era posibilidad, y le parecía lo más natural del mundo que su colección, reunida a lo largo de tres décadas de afanes, fuera alojada en un recinto que se pondría a la altura de los mejores del mundo. Que el proyecto coincidiera con el momento preciso en que aumentaba su progenie solo contribuía a enorgullecerlo todavía más. En adelante, Blanca siempre estaría encinta y él, entre viaje y viaje, volvería a casa para sepultar a los retoños –porque, como si pesara sobre ellos una maldición, todos morían– y supervisar la construcción del museo.

A mi padre no le pareció que hubiera ningún problema con llevar a cabo los dos propósitos al mismo tiempo, y así la familia se trasladó a una ciudad que todavía no existía para vivir en ninguna parte, como mi madre solía decir en los momentos en que le reprochaba a Francisco que la dejara sola con sus niños y sus preñeces en un edificio descomunal donde se cruzaba todos los días con constructores, naturalistas, zoólogos, asistentes y toda una caterva de extraños, mientras él se embarcaba rumbo a la Patagonia para hacer lo que siempre había hecho: "buscar piedras".

Museo Ciencias Naturales

Los albores del Museo, orgullo de la ciudad naciente.

No se ha visto una esposa que detestara más a su marido; casi podría decirse que lo hacía con devoción, con saña y con una dedicación que no le vi poner jamás en ninguna otra empresa. A mí me tenía sin cuidado, porque a mi padre no le hacía mella el resentimiento de su esposa y a ella –me parecía comprender, incluso con mi mente de niña– le daba algo que hacer. La prefería enojada, encendida de furia porque, en el momento en que se apagaba y se hundía en el silencio, yo experimentaba la verdadera dimensión del sufrimiento de mi madre, y me preguntaba –cosa que me resultaba insoportable– si acaso mi padre no podía ser más comprensivo. Lo que siempre me terminaba inclinando a simpatizar con él, aparte de que ya lo adoraba, era que estaba cumpliendo un propósito magnífico, trascendental, contribuyendo al avance de la ciencia de un modo que redundaría en beneficio eterno para toda una nación, mientras que mi madre solo estaba teniendo niños, que era lo mismo que hacía la amplia mayoría de las mujeres, y la idea probablemente ni siquiera se le había ocurrido a ella.

(...)

Esa noche me mandaron a mi cuarto sin cenar por avergonzar a mi padre delante de sus colegas. Desde mi reclusión los pude oír, conversando en el comedor, y me pareció sentir un dejo del aroma de sus cigarros, que inhalé con ansias. Hacia la medianoche, luego del traqueteo de los carruajes alejándose, los sonidos cesaron y me atreví a entornar la puerta de mi habitación, solo para comprobar que no era una prisionera. Al fondo del pasillo, un resplandor me indicaba que alguien, seguramente mi padre, permanecía despierto. Descalza, fantasmal en mi largo camisón, dirigí mis pasos hacia la puerta de su despacho, en el que se encerraba para ocuparse de su correspondencia. La puerta maciza de roble estaba inmóvil; por debajo, una fina línea de luz me indicaba que al otro lado mi padre prolongaba el día, robándole tiempo a la noche para una tarea que a mí se me antojaba titánica –el edificio mismo donde vivíamos daba prueba de ello– y que no terminaría nunca, porque no era el trabajo de un solo hombre sino de una nación entera. De haber sido él un hombre distinto, de haber sido yo misma otra hija –o un hijo, tal vez–, habría golpeado suavemente la puerta, pidiendo permiso para entrar y, mientras le servía un trago, había escuchado algún relato de sus aventuras que mi padre, en el silencio de la noche, mientras todos los demás dormían, me dedicaba solo a mí.

La Plata no tenía calles, no tenía casas, pero ya tenía un museo descomunal en construcción

Pero no era posible, porque yo tenía la certeza de que, de haber atravesado esa puerta, la reacción de mi padre no habría sido distinta de la de aquella tarde, cuando había ordenado, casi indiferente, "Alguien que se lleve a la niña", como si yo hubiera sido un objeto que se interponía en su camino. Fueron incontables las noches en que recorrí el primer piso del museo antes de acostarme, furtiva, y sentí, frente al límite que me imponía esa puerta, siempre cerrada, que al otro lado mi padre estaba entregado a una tarea sumamente importante, y que esa línea de luz a ras del piso lo separaba de nuestra vida doméstica que transcurría a otra altura –la mía–, repleta de nimiedades.

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La colección privada del Perito nutrió las vitrinas.

Aun así, yo no perdía de vista jamás lo afortunada que era por vivir en el museo. ¿Por qué no teníamos una casa? Quizás porque mi padre, que pasaba en él todo el tiempo que no estaba de viaje, apenas nos habría visto alguna vez, o porque, habiendo comenzado su colección en una torre de la casa familiar, y luego en un pequeño edificio con pórtico romano que le habían construido especialmente en Villa Edén, le parecería natural que la vivienda familiar estuviera unida al museo, incluso que fueran lo mismo. O porque no éramos comunes: mi padre, mediante su trabajo como científico, prestaba servicios a la Patria, que conformaban muchas otras familias como la nuestra.

Como fuera, el caso era que mis hermanos y yo habíamos crecido entre esqueletos, animales embalsamados, puntas de flechas, restos de vasijas. Teníamos poco juguetes, pero en los subsuelos del museo había cajas y cajas de objetos que nunca se terminaba de clasificar, y mucho menos de exhibir, y de las que a veces extrajimos alguna amonita, una vértebra. Vistiendo los guardapolvos blancos que el personal del museo dejaba abandonados al caer la tarde, jugábamos a los naturalistas presididos por un gran retrato de mi padre, que nunca podía estar del todo ausente, y nos estremecíamos de placer cada vez que llegábamos en coche desde la ciudad y la visión del museo nos salía al encuentro en toda su grandeza, con sus escalinatas flanqueadas por esmilodones que conducían a nuestra casa y sus columnas griegas que se alzaban ante nosotros, dirigiendo la vista al ángel de la Ciencia allá en lo alto y dándonos la viva impresión de que habitábamos un castillo, en el medio de la nada, y que mi padre era el rey.

Fragmentos seleccionados de la novela "Historia natural", escrita por Marina Yuszczuk, y editada por Blatt & Ríos.

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