El Concejo Deliberante de La Plata declaró este jueves como Huésped de Honor de la ciudad a Juan Carlos Livraga, uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez a manos de la autodenominada Revolución Libertadora. El hombre de 90 años es conocido como “el fusilado que vive”, a raíz del libro “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh.
El proyecto fue presentado por la presidenta del bloque del Frente de Todos, Yanina Lamberti, y fue acompañado por todo el cuerpo.
Notoriamente emocionado por la distinción, Livraga dio un breve discurso ante el Concejo platense. “El 10 de junio de 1956 fueron acribillados a balazos unos pobres como yo, ellos han muerto y yo quedé vivo para ser una persona que pueda explicar lo que ha sucedido. Gracias a todos", manifestó.
Juan Carlos Livraga fue fusilado en un basural de José León Suárez el 10 de junio de 1956, por un comando de la policía junto a una decena de personas acusadas de levantarse contra el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, uno de los responsables del golpe de estado que derroco al Presidente constitucional Juan Domingo Perón.
Livraga tenía entonces 23 años, vivía con sus padres en la localidad de Florida, a las afueras de Buenos Aires, y era chofer de autobús. No participaba en política, no sabía de ninguna revolución y esa noche tenía una cita con una chica, pero nunca llegó: un hecho fortuito lo desvió y terminó desencadenando la investigación periodística más famosa de la historia argentina: “Operación Masacre”, de Rodolfo Walsh.
Por aquel entonces, trabajaba en la línea 10 de colectivos, en la Capital Federal. El 9 de junio de 1956 salió de su casa a encontrarse con una chica para ir a bailar. Iba en camino cuando se topó con su amigo Vicente Rodríguez, que lo invitó a la casa de otro compañero para escuchar por radio la pelea Lausse - Loayza. En esos momentos la rebelión contra Aramburu había estallado en distintas ciudades, donde civiles y militares intentaban copar regimientos, cuarteles y edificios públicos. El régimen de facto buscaba esa noche a sus cabecillas, los generales Juan José Valle, Oscar Lorenzo Cogorno y Raúl Tanco, y un grupo de la Policía Bonaerense comandado por el jefe de la Policía, Desiderio Fernández Suárez estaba a punto de irrumpir en la casa donde Livraga y el resto escuchaban la pelea.

Solo una persona del grupo sabía de la revolución en marcha, pero todos fueron detenidos y subidos a un colectivo de la línea 19. Un rato más tarde, el 10 de junio, los fusilaron en un descampado de José León Suárez, al noroeste de la ciudad de Buenos Aires. A su amigo Rodríguez lo mataron de once tiros; él se salvó: cuenta que se tiró en una zanja y quedó a salvo de la luz del vehículo policial y de las balas. Después lo vieron, lo supusieron medio moribundo y le dispararon en la cara: las balas le destrozaron la mandíbula, pero no murió.
Livraga caminó muy malherido hasta una garita de la Policía; lo llevaron al Policlínico de San Martín donde las enfermeras de allí le hicieron las primeras curaciones y llamaron a su padre. Además, sin saberlo, cumplieron un rol heroico: preservaron “un papelito” que el moribundo llevaba en un bolsillo: era el recibo de sus efectos personales, emitido por la Unidad Regional donde había estado detenido antes del fusilamiento. Era la prueba de que no se había tiroteado con policías, como pretendía instalar el régimen militar, sino que había sido fusilado cuando estaba bajo su custodia.
Antes de que llegue su padre, y cuando lo estaban por ingresar a Terapia Intensiva, un comando policial lo sacó del hospital prácticamente desnudo y lo llevaron en una camioneta descubierta a una comisaria. Livraga estuvo preso en total dos meses y medio. Primero, veintiocho días en la comisaría, desnudo en un calabozo y desaparecido para sus familiares, con la cara desfigurada, quince kilos menos, la boca con heridas infectadas y el pelo crecido. Su primera comida en semanas fueron unas naranjas y mandarinas que le dieron dos policías jóvenes que se apiadaron. Cuando su padre pidió informes sobre el paradero de su hijo, desde el despacho del Gobernador le enviaron el certificado de defunción de Juan Carlos, donde decía que había muerto en un tiroteo.

Un día lo vistieron con ropa que había en la comisaría, le sirvieron un mate cocido caliente, y lo trasladaron al penal de Olmos, en La Plata, sin siquiera esposarlo. En la cárcel alguien había esparcido el rumor de que venía de matar a cuatro policías y los presos lo recibieron como un héroe.
En el penal, Livraga encontró a un compañero de fusilamiento que también había sobrevivido: Miguel Ángel Giunta. Estaba detenido con los presos políticos y ya le había contado su historia al abogado Máximo von Kotsch, que no le creyó, pero sí creyó en Livraga, habló con su padre e hizo valer el papelito rescatado por las enfermeras, prueba del fusilamiento clandestino. El 16 de agosto de 1956, los fusilados quedaron libres.

Livraga atravesó siete cirugías de rostro, nunca volvió a escuchar bien y se tuvo que exiliar del país. El “fusilado que vive”, como lo llamó Walsh, hoy tiene 90 años y lleva casi seis décadas en Estados Unidos. Sin embargo, su memoria sigue anclada al fusilamiento y sus consecuencias.
Quienes lo conocen, aseguran que casi no habla de la historia que no lo deja dormir. Le gusta compartirla en su lengua materna y cuando vuelve a su país.