lunes 08 de diciembre de 2025
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EL SWING EN LAS VENAS

Pocho Lapouble, el baterista platense de jazz que cruzó las fronteras

Nacido en La Plata, fue uno de los músicos más grandes del jazz. Retrato de una época gloriosa y un legado emocional entre Palito Ortega, Charly y Gato Barbieri

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La herencia que dejó el músico Pocho Lapouble en el mundo musical se puede traducir en el mundo material de la siguiente manera: una batería Gretsch que tiene su hijo y de la que no se puede desprender y un CD, que reúne unos cincuenta discos y conforman de alguna manera gran parte de su testamento musical. Hay una aspecto más que podría sonar abstracto, pero que en el caso de Pocho Lapouble, es una evidencia de su paso por la tierra. Cada vez que lo nombran, sus familiares y amigos, lo recuerdan con una sonrisa.

Pocho Lapouble fue uno de los bateristas más grandes del jazz argentino. Perteneció a la generación musical que irrumpió en los años sesenta, cuando el mundo era un caldo de cultivo para las utopías del hombre nuevo, la cultura beatnik, el hippismo y la revolución del jazz que encarnaron Miles Davis y John Coltrane. Épocas de gigantes del jazz local como el Gato Barbieri, conocido mundialmente por su participación en la banda de sonido de la película Último tango en París, y Enrique Mono Villegas. Dos artistas, entre muchísimos otros como los Les Luthiers, que al verlo tocar, quisieron tenerlo en sus agrupaciones.

De gira por Europa con Jorge Navarro y Alfredo Remus

Murió el 15 de mayo de 2009, a la edad de 67 años. Fue en una clínica de Adrogué por un derrame cerebral, después de estar una semana en coma, donde estuvo acompañado por el amor de su hijo Pepo y su esposa Bibi Albert.

Nació en La Plata el 13 de septiembre de 1942, en medio de una confusión. Elsa, su madre, quería que se llamara Francisco. Cuando su padre Carlos Alberto lo fue anotar, el administrativo le puso su mismo nombre. De ese día hay otro dato. Pocho siempre bromeaba con una anécdota familiar y es que su madre lo recibió con un cachetazo porque la había hecho doler en el parto. “Así llegó mi viejo al mundo -dice su hijo Pepo-. A los golpes”.

Pocho Lapouble fue uno de los bateristas más grandes del jazz argentino. Perteneció a la generación musical que irrumpió en los años sesenta, cuando el mundo era un caldo de cultivo para las utopías del hombre nuevo.

Carlos Alberto “Pocho” Lapouble, el hijo único de una familia clase media trabajadora, traía bajo el brazo una condición innata y natural, esa piedra preciosa que todos los jazzeros anhelan secretamente: el swing.

De su padre de carácter temperamental, se sabe que le gustaba tocar el serrucho con arco como parte de un pasatiempo fugaz cuando no estaba trabajando como vendedor. De su madre Elsa, de una simpatía y una elegancia llamativa, se sabe que sostenía la armonía hogareña de ese pequeño departamento de la calle 56, entre 13 y 14, donde se escuchaban las transmisiones de las grandes orquestas en Radio Provincia. De sus abuelos maternos, que vivían en la misma cuadra, se sabe que el hombre de la casa era militar y que la mujer de la casa había creado un pequeño refugio para el nieto, donde pasaría muchas tardes de su infancia y adolescencia al volver del colegio. Del resto de su familia se sabe que había unos primos anticuarios.

Pocho y su mamá

Lo que también se sabe es que el primer instrumento de Pocho fue el piano, después llegó la guitarra y, por último, el instrumento definitivo y que lo acompañaría toda la vida: la batería. Ese enamoramiento llegó de golpe, casi por necesidad. Cuando entró al Liceo Naval, uno de sus compañeros armó un grupo de jazz dixieland. Pocho, sin pensarlo demasiado, se postuló como baterista. “No tenía instrumento y se armó una batería improvisada con latas de galletas”, dice su hijo Pepo, pianista, con una bonhomía natural como la de su padre.

Pocho era un adolescente con un hambre voraz por la música, sobre todo del hard bop americano, que había surgido en 1954 a instancias de los Jazz Messengers, grupo liderado por el baterista Art Blakey. Tomó clases de batería con Nino Dossena, un maestro que tenía otro alumno destacado, Eduardo Casalla. De ahí en más se tomaría la música con seriedad: estudiaría con Antonio Yepes, percusionista del Teatro Colón, que daba clases en el conservatorio municipal Gilardo Gilardi, un enclave fundamental de la música platense, a partir de la década del cincuenta.

Hoy es reconocido como uno de los maestros de la batería

Nombres como los del trío de Cocho Curubeto, Guri Baccaro y Caco Alvarez, en el salón de Bellas Artes transmitidos por Radio Universidad daban que hablar en la época. Lo mismo sucedía con bateristas como Mingo Martino, que participaban del Bop Club de Buenos Aires y era un patriarca para las nuevas generaciones de músicos del jazz.

“Mingo Martino, fue un baterista muy importante de La Plata, que había nacido a principios de los años veinte, había tocado con grandes orquestas de jazz en la Argentina y fue un poco el mentor, el padrino artístico de Pocho. Lo quería muchísimo y le tiró varios yeites a Pocho, que era un tipo muy estudioso”, dice el historiador y periodista musical Sergio Pujol.

El encuentro platense con el músico Alberto Favero fue decisivo en su vida musical. Favero, niño prodigio del piano desde los 7 años, con experiencias en formaciones y conjuntos, con el tiempo se iba a convertir en uno de los músicos populares argentinos con mayor proyección internacional.

“Teníamos 16 o 17 años cuando nos conocimos. No recuerdo el día, pero recuerdo la situación. Nos encontramos en mi casa que era un conservatorio de música (calle 63, casi diagonal 74), donde mi padre enseñó durante casi 60 años y había pianos por todos lados. De repente nos encontramos tocando. Hubo mucha química de movida”, dice hoy Alberto Favero, por teléfono desde Los Ángeles.

La ciudad estudiantil era un hervidero cultural. Los aficionados al jazz contemporáneo se atrincheraban en sus casas estudiando los últimos discos de Miles Davis, o leyendo las reseñas de la revista DownBeat. El mapa musical dibujaba sus propias tangentes jazzeras entre calles y diagonales de un circuito de encuentros espontáneos como la plaza Moreno, el salón de Bellas Artes, el Conservatorio Municipal, el auditorio de Radio Provincia, o el club nocturno El Galeón en la calle 51, entre 7 y 8.

Inevitablemente el destino y la curiosidad cruzó a Pocho Lapouble con Talero Pellegrini, que se convertiría en otro de sus grandes amigos. Ambos eran adolescentes náufragos en la ciudad buscando el propio rumbo de sus vidas.

Una anécdota con Palito Ortega

“Con el Pocho nos conocimos cuando yo tendría unos quince años y tocaba la batería. Pocho andaba en lo mismo, practicando y estudiando. Un día nos cruzamos y nos conocimos. A partir de ahí nació una amistad más allá de la música. Nos encontrábamos casi todos los días. Era la época en que entre los músicos nos visitábamos con discos en mano. Llevábamos dos o tres discos y hacíamos conocer a nuestros músicos preferidos. El venía a mi casa o yo iba a la de él. En la misma cuadra vivían sus abuelos. Ahí nos juntábamos seguido porque tenía la batería y el tocadiscos. Nos pasábamos horas escuchando discos hasta que la abuela nos llamaba a tomar la leche”, dice Talero Pellegrini, que actualmente conduce el programa Tangentes en Jazz por Radio Provincia, con más de sesenta y cuatro años en el aire.

Pocho tomaba clases de dibujo por correspondencia y acompañaba a sus amigos a ver los partidos de Estudiantes en la platea de profesores; así le llamaban a ese sector de la cancha, donde iban hinchas más tranquilos, aunque Pocho siempre fue de River Plate.

“Hacíamos todas las cosas que hacen los chicos a esa edad. Pero también eran años de formación en todo sentido. Se hablaba de música porque nos informábamos entre nosotros. Escuché a Miles Davis por primera vez porque Pocho me prestó sus discos. Yo le hice conocer a Oscar Peterson, que a mí me gustaba. Vivíamos de eso, además que lo necesitábamos, porque el tema no era común ni en la gente ni en la radio, si bien había algunos programas”.

En pocos años empezó a ser un habitué de la noche bohemia de la Plata en El Galeón, donde su amigo Talero Pellegrini formaba parte del plantel estable que hacía música suave para que bailen las parejas con boleros y bossa nova. “Muchas veces lo invitaba a tocar la batería en la última entrada de la noche porque yo trabajaba en un banco y me levantaba muy temprano. De esa manera Pocho se fue fogueando en vivo”, rememora Talero.

Los fines de semana se quedaban charlando horas en una cervecería que estaba al lado de El Galeón. Pocho absorbía como esponja todos los intercambios musicales con esa nueva barra de amigos, donde había un arco de edades que iban desde los 18 a los 25 años: Favero, Talero, el saxofonista Cocho Curubeto, el Colorado Escobar, el contrabajista Chiche Argüelles, el baterista Mingo Martino, Caco Alvarez, el contrabajista Guri Baccaro y el multi instrumentista Vicente Izzi, eran parte de la nómina habitual.

Un día decidieron hacer una reunión en la casa de Talero Pellegrini. La idea era crear un grupo de difusión y conciertos alrededor del jazz moderno. A Favero se le ocurrió llamarlo Grupo Contemporáneo de Jazz.

Con Nat Adderley en una de sus visitas a Argentina

“Éramos un grupo de diez o quince músicos jóvenes pensando en el más allá del jazz. Lo que empezó como un grupo para charlar terminó con el primer concierto que organicé en el salón de actos del Colegio Nacional, donde tocaron el trío de Favero con Pocho y, el cuarteto de Mingo Martino, además del estreno de una suite para cuatro baterías que había arreglado Vicente Izzi. Con ese grupo comenzó fuerte la cosa. El salón siempre estaba lleno. Era otra época. Había público para eso”, dice Talero.

Favero recuerda ese ciclo con jam sessions maratónicas, en un clima de efervescencia de músicos y público, donde el trío que armaron con Lapouble y Guri Baccaro empezó a ganarse una fama local que pronto se proyectaría a Buenos Aires. “La cola para entrar daba la vuelta al colegio. Las jams empezaban a las 3 o 4 de la tarde y terminaban a las 3 de la mañana. Nunca en mi vida vi algo así”.

La presentación en sociedad del trío Favero-Lapouble-Baccaro fuera de los límites de la Plata fue en 1961 en el prestigioso Congreso Nacional de Jazz que se hacía en la Facultad de Medicina, organizado por el crítico Walter Thiers, que en la primera edición había contando con la visita del guitarrista americano Jim Hall. Con el trío estrenaron “E.S”, un tema de Favero dedicado a la casa de estudios del pianista en La Plata. La personalidad musical de Pocho llamó rápidamente la atención del medio musical.  

“Tenía 20 años y ya era la gran promesa entre los bateristas argentinos. Esa presentación causó mucho impacto”, dice Pujol.

Una postal recurrente: de viaje con la batería a cuestas

Sin embargo, su familia tenía otros planes: querían que siguiera una profesión seria como la arquitectura, porque tenía buena muñeca para el dibujo.

“Tuve una conversación con la mamá de Pocho, una mujer muy educada, fina, maravillosa, donde me decía: ´Ay, Pocho se está dedicado más a la música en vez de a la arquitectura que le puede dar otra vida´”, dice Favero, que para 1968 ya había escrito la Suite Trane y una versión del clásico Porgy y Bess de George Gershwin.

La Plata ya le estaba quedando chica para sus ambiciones musicales.

“Se tenía que ir”, reconoce Pujol.

Los dos motivos de orgullo que teníamos los platenses jazzeros eran el Pocho y Favero que se fueron casi al mismo tiempo. Si bien es verdad que los hermanos López Ruiz (Oscar y Jorge) estudiaron acá en la Plata, para un seguidor de la escena jazzera lo que hacía Pocho era como los Redondos o Virus para el público de rock, un producto de la ciudad en el mejor sentido”, completa el autor del libro Gato Barbieri: un sonido para el tercer mundo.

En su estilo depurado, Pocho llevaba impreso el pulso continuo de una ciudad universitaria con un conservatorio de música de alta calidad, una historia de orquestas y solistas de jazz interesantes, y escenarios que amplificaron la escena como el estudio de Radio Provincia, donde tocaban y grababan grandes músicos de jazz como Lalo Schifrin y Gato Barbieri.

A mediados de los sesenta, se instaló en Buenos Aires. Deambuló por el Instituto Di Tella y, también, por la Cueva de Pasarotus, o lugares como 676 de Astor Piazzolla en la calle Tucumán, y el cabaret Jamaica, donde tocaban, entre otros, Horacio Salgán y Ubaldo De Lío. Pudo formar parte de la primera camada del rock nacional, pero el jazz fue más fuerte.

Se había formado quizás como no se formó ningún otro baterista de jazz de la época. Estudió armonía y composición con maestros como Gerardo Gandini, Gustavo Beytelman y Francisco Kröpfl, que se parecía más un científico, y lideraba un laboratorio de música contemporánea en el Instituto Di Tella.

Con Roberto Pettinato, bromeando en un ensayo

“Pocho fue un baterista creativo. De una mente abierta. El trío que tenía con Alberto Favero y el contrabajista Negro González, fue una agrupación increíble. Pero así como tocaba jazz que era su lengua madre tocó con Astor Piazzolla, o con el trío de Eduardo Lagos y el Negro González, donde había improvisación sin perder la esencia de nuestra música folklórica. Escuchar una chacarera por ellos era maravilloso. Pocho tenía esa impronta que le salía naturalmente. De alguna manera, catalizó todo lo que había aprendido y era un baterista que lo veías con otros ojos, porque además era un gran compositor”, dice el periodista especializado Carlos Inzillo, creador del ciclo Jazzología, que tiene más de tres décadas de continuidad.

Lo musical nunca estuvo reñido con lo comercial. Pocho vivía de su trabajo. Fue director musical del grupo de Palito Ortega y Sandro.

“Era un tipo que tenía un toque en la batería que solo podían tener los capos de Estados Unidos como Max Roach o Philly Joe Jones. Era muy especial. Era música”, dice Favero sobre el sonido de Pocho.

“Estamos frente a un tipo de músico bastante inusual para la época. El baterista que es compositor, director, y tiene estudios en composición y armonía, como pudo ser Jack DeJohnette  o Tony Williams, en el jazz internacional. Tenía una gracia y un swing que era un placer escucharlo tocar. Hacía un juego de platillos que era único. Además tenía alma de líder, o cierta predisposición para organizar, producir, poner en marcha”, dice Pujol.

En 1969, ya formaba parte del grupo Quinteplus, una banda de fusión, jazz y rock, con músicos más experimentados, donde estaban originalmente Jorge “Negro” González (bajo y contrabajo), Gustavo Bergalli (trompeta), Jorge Anders (saxo tenor) y Santiago Giacobbe (teclados). Grabaron dos discos, uno en estudio en 1971, y otro en vivo un año después, que editaría el sello Melopea en los noventa. El arte de tapa estaba ilustrado con dibujos suyos y en el repertorio había composiciones de Lapouble como “Loberman, el hombre lobo”, que se transformaría en un clásico de su repertorio.

En los ochenta creó agrupaciones legendarias como la orquesta Pocho Lapouble y Asociados, una big band de jazz moderno al estilo de Thad Jones y Mel Lewis, que era una selección de músicos del jazz argentino.

En 1971, será elegido por el Gato Barbieri para integrar su banda para la presentación en el Teatro Regina y salir de gira internacional en el ’73. “Entre los sesenta y los setenta, la lista de músicos con las que toca es interminable”, apunta el crítico platense Pujol.

En los ochenta creó agrupaciones legendarias como la orquesta Pocho Lapouble y Asociados, una big band de jazz moderno al estilo de Thad Jones y Mel Lewis, que era una selección de músicos del jazz argentino, donde pasaron Pablo Ziegler, Fats Fernandez, Hugo Pierre, Juan Cruz de Urquiza y Diego Urcola, entre otros. Uno de los pocos registros audiovisuales de la orquesta es del programa Badía y compañía de Canal 13.

“En un primer momento no tuve ninguna otra pretensión que hacer la música que yo sentía. Si es posible que me escuchen varios mejor, sino toco para mis amigos y para mí”, decía Lapouble en la entrevista con Badía, rescatada por la serie documental El legado, de Claudio Korembit.

Lo musical nunca estuvo reñido con lo comercial. Pocho vivía de su trabajo. Fue director musical del grupo de Palito Ortega y Sandro. Tenía una agencia de jingles y escribió música para películas como “¿Dónde estas amor de mi vida que no te puedo encontrar?”, donde los solos fueron encargados a su viejo amigo Alberto Favero y la trompeta estuvo a cargo de Gustavo Bergalli.

En los ochenta, también conoció a Bibi Albert con la que se casó y tuvo un hijo, Leonardo, a quién bautizó familiarmente como Pepo. A su hijo le dedicó sus páginas más importantes como compositor.

“Me hizo muchas canciones: “Pepi’s Waltz", “Hola Pe”, que era nuestra forma de saludarnos, “Calisto y Caman”, que era mi manera de decir de chico triciclo y pañal de muy chico, “La gusana", que era como le decía a la policía, “Feliz al momento”, que era el nombre de un juguete play mobil que tenía y que mi viejo la grabó con el trío de Jorge Navarro, o “El mago”, de cuando estudiaba magia, y que la grabó con los Swing Timers”, cuenta su hijo.

Con Bibi tuvieron una dolce vita. No se privaron de viajar, ni salir a comer a buenos restaurantes. “Nos sentíamos inmortales -dice Bibi Albert-. Fueron años felices”, recuerda la escritora, que trabajaba por aquella época en una importante agencia de publicidad. Pocho había armado un estudio en la calle Tucumán y siempre contaba con los mejores músicos de la escena. Sus jingles eran de una calidad garantizada. Rápidamente se posicionó como un compositor de jingles exitosos como Beldent y Toby.

“En el ’94 ganamos el festival de la OTI con “Canción despareja”. Cuatro años después nos inscribimos en el Festival de Sadaic con el tango “Palermo viejo” y lo ganamos. Pocho nunca había escrito un tango y yo tampoco. Me dio todas las herramientas que sigo usando. Todo lo saqué de los conocimientos de él”, dice Bibi Albert, con la que armaron una buena dupla, amorosa, laboral y creativa, por muchos años.

A la par de su vida familiar, Pocho se transformó en uno de los bateristas más requeridos de la escena musical. Como músico generaba una admiración instantánea. Su personalidad fascinaba. “Tenía un gran humor”, dice su hijo Pepo.

En Clásica y Moderna, templo del jazz

Le gustaba llamar a su hijo desde la oficina haciéndose pasar por otra persona o cambiando las voces. Cuando llegaba a la casa se podía pasar jugando horas con Pepo. “A veces dibujábamos personajes, o jugábamos con los muñecos de He-Man y Esqueletor, que me traía de Europa. Muchas veces me dijo: mi papá no jugaba así conmigo”, cuenta Pepo.

Era admirador de Tangalanga y Berugo Carámbula, invitados habituales a los asados en su casa. Los músicos conocían ese espíritu lúdico de Pocho, a los que les hacía bromas infantiles como la vez que haciendo la dirección musical de Palito Ortega, le escribió a la sesión de vientos, todas notas diferentes de una partitura. “Cuando sonaron parecían los Locos Adams”, recuerda Favero, que todavía se ríe de los juegos musicales que inventaba su viejo amigo.

A lo largo de las décadas, la formación de trío fue una de sus formaciones preferidas junto a pianistas como Alberto Favero y el contrabajista, “Negro” González (quizás la más recordada), o las que integró junto al Negro Lagos, sus jams en trío con Jorge Navarro, Litto Nebbia, Ricardo Nolé, la sociedad creativa con Gonzalez y el guitarrista Marcelo Mayor, o su última etapa junto al pianista Norberto Machline y el bajista Alejandro Herrera, donde aportaba ese color único. Cada persona que lo recuerda, incluido los críticos, tienen su formación preferida.

El nombre de Lapouble era mencionado con admiración por artistas internacionales con los que grabó, compartió discos o escenarios, como el trompetista norteamericano Wynton Marsalis, los Hermanos Michael y Randy Brecker, el saxofonista austríaco Karlheinz Miklin, con el que trabó una fecunda alianza artística, o el guitarrista de jazz fusión Larry Coryell, que se quedaba en su casa cuando visitaba la Argentina.

Su fama como baterista se extendió a los círculos fuera del jazz.

Una noche lo llamaron por teléfono a un bar de San Telmo, donde estaba trabajando. Del otro lado de la línea estaba Charly García: “Cuando termines venite para grabar al estudio Circo Beat”. Esa noche guardó su instrumento y salió corriendo al estudio para participar del álbum, que formaba parte del regreso de Sui Generis. Su nombre aparece en uno de los grafittis del arte del disco Sinfonía para adolescentes del año 2000.

A fines de los noventa fue vecino de Charly García en el edificio de Coronel Díaz, en la época mas salvaje del concepto Say No More, antes de mudarse definitivamente a Monte Grande, donde se dedicó a la enseñanza musical hasta sus últimos días.

Pocho brilló en una época de bateristas notables como Norberto Minichilo, Eduardo Casalla,  Rolando “Oso” Picardi, Junior Chesari y “Zurdo” Roizner. Como músico generaba una admiración instantánea por su manera de tocar.

“Para mí, Pocho siempre fue como un referente en el jazz. Me cautivaba verlo. Tenía un audio hermoso en la batería, era un sonido agradable, envolvente, sin estridencias, sonaba como si fuera un piano realmente. Como baterista quería ir para ese lado. De hecho termine yendo para ese lado”, dice Pipi Piazzolla, fundador del ensamble Escalandrum.

En la intimidad de la composición

Medía más de 1.80 de altura pero pasaba desapercibido por su perfil bajo. No le gustaba hablar mucho en las notas periodísticas. Pujol lo recuerda con una melancolía en los ojos y como un gran tipo. Inzillo dice que cultivaba la amistad y la buena charla. Su mujer dice que siempre fue un soñador. Su hijo que fue un padre cariñoso y presente, a pesar de la intensa actividad laboral, que a veces no le permitía estar en alguna navidad o ausentarse varios días por una gira en Europa.

Después de la muerte de Pocho en 2009, su hijo Pepo Lapouble empezó con la idea de filmar un documental, a partir del rescate de la partitura de “El peje”, una obra que descubrió en su casa. “El me había dicho que me estaba componiendo un tema pero nunca me dijo que lo había terminado”. La serie documental de ocho episodios se puede ver completa en Youtube, y es la excusa para rendirle homenaje a su padre. Pepo convocó a muchos de esos compañeros que compartieron la vida musical de Pocho Lapouble a lo largo de los años, junto a músicos de nuevas generaciones que compartieron algún escenario como Pipi Piazzolla, o Gillespi.

El resultado es un documental emotivo, donde cada artista hace una versión diferente de “El Peje”, guiados por el espíritu de aquel álbum emblemático de Pocho Lapouble llamado Stella by Starlight (1996), donde el baterista convocó a doce pianistas para que cada uno grabara su propia versión del clásico standard de jazz.

Esa fue una reconexión no sólo con la música de Pocho y todos los secretos que encierra su obra, sino también con el recuerdo que terminó de conformar un collage de la vida de su padre. “Para mí fue muy sanador reencontrarme con muchos de esos músicos a los que quiero como si fueran tíos míos”. Junto a esa familia musical del jazz, Pepo recorre ese legado emocional que despertó su música en cada uno de los que pasan por el documental.

En 2019, cuando Pepo Lapouble participaba de un homenaje a su padre en Esteban Echeverría, uno de los músicos le acercó un disco de Miles Davis que una vez le había prestado Pocho. Adentro tenía una carta de Bibi Albert, donde le decía lo agradecida que estaba por cómo se estaban portando como padres, a pesar que estaban separados. “Fue muy lindo saber que llevaba esa carta siempre”, dice Pepo.

Todavía sigue apareciendo nuevo material de Pocho Lapouble. “Hace poco encontraron unas cintas en los estudios Ion, donde tocaba mi padre. Ricardo Lew me llamó para pedirme permiso porque querían digitalizarlas y recuperar esas grabaciones”. El disco fue grabado en 1972 y se llama Tardes en Ion.

Esa información le llega como si fuera otro mensaje cifrado de Pocho Lapouble: el sonido de una batería y de una época, el espíritu de libertad de una musicalidad que no se agota, que sigue suelta en el aire, que permanece y que ya es eterna.

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