lunes 06 de abril de 2026

Los hombres que hicieron el mundo

En el libro Días y Noches de Amor y de Guerra, Eduardo Galeano cuenta que en tiempos de la guerra civil española un obrero anarquista discutía con su hijo a cerca de la existencia de dios.

– Dios no existe, le decía el padre.

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– Pero ¿Y entonces quién hizo el mundo? 

– Tonto, ¡nosotros, los albañiles! 

Tomada literalmente la respuesta pude parecer pueril, si uno piensa que ese obrero se refería solamente a las casas, los edificios, las carreteras, los puentes y a todo cuanto el ser humano usa para vivir o para transitar; porque el mundo es mucho más que eso, mucho más que simplemente sus construcciones.  Sin embargo, esas palabras encierran una gran verdad. Porque es cierto que todas las construcciones que le dieron cuerpo a la civilización humana fueron obra de las anónimas manos que las concretaron tanto o más que de las famosas mentes que las pensaron. Y  también es cierto que esa otra gran obra que es la historia de la humanidad fue producto de las anónimas manos y de los anónimos cuerpos autores de los grandes hitos. Que fueron posibles por los millones y millones de seres desconocidos pero imprescindibles; los héroes y las heroínas que dieron su vida por algo en lo que creyeron, sin esperar ninguna recompensa, ni en dinero ni en fama.

Eso era Jorge Julio López, alguien que de no haber mediado la terrible circunstancia de su segunda desaparición, no hubiese sido más que eso: una de las humildes y anónimas manos que construyeron la historia. López fue un albañil que no se conformó con levantar sólidas paredes de mampostería con su cuchara y quiso poner también su pequeño ladrillo en el muro de las luchas de su pueblo.

Porque si algo lo caracterizó a Jorge Julio López, como a tantos otros y otras, fue el más absoluto desinterés personal. Con esa actitud se acercó a nosotros en aquel lejano 1973, cuando con un grupo de pibes abrimos la unidad básica Juan Pablo Maestre en su barrio de Los Hornos. El no vino porque hubiese leído muchos libros que proclamaban la inexorable revolución socialista, ni vino animado por la expectativa de convertirse en dirigente político o de obtener algún beneficio particular. Vino, como tantos otros y otras, creyendo que hay una lucha que es justa y a la que vale la pena entregarse, aunque no se tengan muchas palabras para nombrarla ni mucho tiempo para dedicarle. Vino con la sabiduría de haber conocido la pobreza y de saber que no era una fatalidad divina, sino el producto de una injusta distribución de la riqueza. Y de recordar que en un tiempo anterior eso había podido ser distinto.

Con ese espíritu y con esas limitaciones, las del padre de familia que tiene que trabajar todos los días para mantener el hogar, se acercó a la unidad básica. A participar de las actividades que hacíamos para mejorar la vida de los chicos y los vecinos del barrio, pero también a participar de un sueño. De ese sueño al que cada uno le daba una forma particular, que podía no coincidir en su formulación: unos podíamos llamarle la Patria Socialista, otros la Patria Peronista, pero que tenía como único objetivo una sociedad distinta. Una sociedad en la que el bienestar no fuera el patrimonio de una minoría .

Y López se comprometió en esa lucha, a pesar incluso de no estar muy de acuerdo con algunas de las cosas que hacíamos y pensábamos, pero sabía que éramos sinceros y que nos estábamos entregando por entero. Como se entregaron Ambrosio  De Marco, Patricia Dell´Orto, Alejandro Sánchez, Norberto Rodas y Juan Carlos Rodríguez, militantes de la Maestre que tuvieron menos suerte que él y mucha menos suerte que yo. López fue secuestrado, torturado, luego encarcelado legalmente y finalmente liberado. Yo seguí militando en la clandestinidad hasta principios del 79 y luego me fui al exilio sin haber conocido la tortura ni el secuestro. Ellos cinco, en cambio, todavía están desaparecidos.

Por ellos fue que López dedicó todo el resto de su vida a tratar de que algún día se hiciera justicia. De manera obsesiva, casi desesperada, como lo escribió en esos papeles que me entregó un día, en los que plasmó su denuncia y también su desperanza: “Pastor: te dejo esta carta para ver si algún día podés hacer justicia. Yo ya me aburrí de hablar con los derechos humanos, jueces y gente de desaparecidos, pero me dicen que no pueden hacer nada porque son cosas que dice la gente y casi todo lo vi yo y deciles a los familiares de todos estos. Firmado Jorge López detenido desaparecido Estos crímenes no vencen nunca”. Minuciosamente, López contaba en el reverso de facturas de impuestos y propagandas de supermercado los crímenes que presenció en los lugares en los que estuvo secuestrado; papeles que luego de su desaparición fueron editados en libro y expuestos en museo. Pero en ese momento para mí fueron una carga que excedía totalmente mis posibilidades y me sumergía en la amargura de la impotencia. Ni López ni yo nos imaginábamos que poco tiempo después las cosas cambiarían totalmente y que gracias a la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida él podría sentarse ante un tribunal para acusar a uno de sus verdugos principales y su sed de justicia podría comenzar a saciarse.

Cuando estaba por llegar el momento de ratificar su denuncia ante el tribunal me pidieron que lo contactara a López para una entrevista con los abogados. Fue una reunión corta, muy expeditiva y también, lo comprendí con el tiempo, totalmente innecesaria. Porque nada ni nadie en el mundo podría lograr que López no dijera lo que había estado esperando treinta años para decir. Lo mismo que me había dicho a mi tantas veces y que repitió una vez más ante los jueces. Lo mismo que serviría para que se dictara la primera condena por genocidio en la historia judicial argentina. El día en el que Jorge Julio López se convertía, otra vez, en uno de los miles de desaparecidos por causas políticas, pero ahora en democracia.

¿Quiénes fueron?, ¿Cómo fue? Son preguntas que hoy a dieciséis años no tienen respuesta. Justo estos días estaba leyendo un libro con las notas periodísticas de García Márquez sobre un crimen cometido en 1953 en Italia, cuya autoría se había convertido en un misterio. Dice que tal vez esté próximo el momento en que se conozca la verdad, pero termina aceptando que: “también es muy posible que no se conozca jamás”. Me pegó duro, porque esa es la sensación que ha venido tomando cuerpo con los años, porque la posibilidad de saber que pasó realmente se hace cada vez más difícil a medida que va pasando el tiempo. Queda la alternativa de buscar culpables por no haber prevenido o por no haber descubierto lo que pasó. Está también la posibilidad de culparse uno mismo por no haberlo previsto. Pero todo queda en el terreno de la incertidumbre. ¿Quiénes podrían, o podríamos, haber hecho más y no lo hicieron, no lo hicimos? Es muy difícil poder asegurarlo. ¿Qué habría que haberle puesto una custodia a López cómo se empezó a hacer después con los otros testigos? Si, con una custodia difícilmente lo que sucedió hubiera sucedido, pero quienes lo conocíamos sabemos que López nunca hubiera aceptado una custodia, ni siquiera la nuestra. ¿Qué hubo cosas que podrían haberse hecho mejor en la investigación? Si, podrían haberse hecho mejor. ¿Porqué no se hicieron mejor?  No lo sabemos, no sabemos si no se hicieron mejor porque hubo quienes encubrieron, si fue porque siempre se hacen mal, o si aun habiendo hecho todo bien tampoco podríamos haber descubierto la verdad.

Todo eso a esta altura es parte del dolor por la ausencia, y de un dolor aun mayor que es el de la incertidumbre. Un dolor que, lamentablemente, como decía, muy probablemente se haga indefinido. Sin embargo, si hay algo que podría hacerse para mitigar ese dolor y no se hace, es eso lo que también duele. Porque Jorge Julio López no solo está desaparecido porque alguien lo secuestro hace dieciséis años, sino que está desaparecido porque el propio movimiento por el cual el dio la vida, y en este caso la expresión es literal, parece haberlo olvidado.

López ya no está en su casa, y eso tal vez ya no haya forma de repararlo, pero López tampoco está en los discursos, López tampoco está en las recordaciones de los dirigentes y las agrupaciones, salvo honrosas excepciones. López, que fue el ejemplo más claro de un trabajador consecuente con su pensamiento y con su acción está desaparecido también para el peronismo. Y es ahí donde debería estar presente, ya no como víctima, sino como ejemplo. Porque a la Argentina le hacen falta los López de la honestidad y de la lucha, y le sobran los López de los bolsos.

Uno quisiera creer que eso en algún momento podría cambiar, que se empiece a reivindicar en los actos, en los discursos y en la práctica el ejemplo del López albañil. Aunque no hay muchos motivos para se optimista; porque cuesta creer que algún día esos actos y esos discursos puedan darse en la embajada de los Estados Unidos.

*Jorge Pastor Asuaje es un escritor, director de cine y militante político argentino. Militante en la organización Montoneros.

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