Sentada frente a la mesa familiar en su humilde casa del barrio Villa Argüello, en Berisso, Rosa Ester Schonfeld deshilvana por enésima vez la historia que, involuntariamente, la convirtió en un ícono del combate contra la impunidad y la brutalidad policial; un referente de la lucha por esos derechos vulnerados por las propias instituciones de la democracia.

La designación de Sara Williams marca un cambio en la conducción de la Facultad de Veterinaria tras una votación mayoritaria y una etapa de gestión.
Nuevas tormentas se acercan a la región. Según prevén los expertos, buena parte del fin de semana se verá afectado por fuertes lluvias y vientos intensos.
Esta mujer humilde, que apenas terminó la escuela primaria, dio batalla al temible poder corrosivo, oscuro y corporativo de la Policía bonaerense de la década de 1990, la “Maldita Policía”, aquel apelativo instalado por la revista Noticias a mediados de 1996. Pero también enfrentó a una Justicia cómplice que quiso sepultar la causa por la desaparición de su hijo, Miguel Bru, secuestrado, torturado, asesinado y desaparecido por efectivos de la comisaría 9a de La Plata el 17 de agosto de 1993.
A medida que avanza en el relato, su rostro muta del rojo ira al pálido desolación en un vaivén que descubre la herida que aún lastima su alma. Con su dedo índice intenta disimular la lágrima que rueda por su mejilla y prosigue, minuciosa, su relato. Lleva 28 años buscando justicia; primero para sí y después para otros.
En todo este tiempo transitó marchas, juzgados, despachos oficiales, rastrillajes, entrevistas, llantos y vigilias atravesada por un dolor que no la suelta. Pero la pena también le trajo una fuerza prodigiosa que la mantuvo en pie y le hizo descubrir un camino de solidaridad y compromiso.
Al principio fue la esperanza de hallar con vida a Miguel lo que la empujó; pero esa luz se fue apagando a medida que pruebas y testimonios fueron confirmando el trágico final. No le entraba en la cabeza la idea de que su hijo no iba a volver. Se resistió a deshacerse de las cosas de Miguel y, durante años, recorrió ese viejo armario en el que atesoró sus pertenencias.
Hasta que Miguel desapareció, se ocupaba de atender a sus cinco hijos, cumplir con las tareas hogareñas y compartir los momentos libres que su marido, Néstor Bru, tenía luego de trabajar dieciséis horas: mitad como policía, mitad como chofer de colectivos.
Los asesinos que torturaron hasta la muerte a Miguel Bru y ocultaron su cuerpo no contaban con la inquebrantable persistencia de esta mujer chiquita, con el rostro invadido de sonrojos que heredó de la inmigración.
CAMBIO DE VIDA
La desaparición de su hijo obligó a Rosa a dejar atrás abruptamente esa faceta de mujer sencilla e incauta, que había llegado desde Pigüé a La Plata a comienzos de la década de 1970, la volvió más resuelta e independiente.
Descubrió el mundo judicial sentada en una silla del pasillo del Juzgado en lo Criminal y Correccional N° 7, donde el juez, Amílcar Vara, se rehusaba a atenderla. Le costó entender el orden de los expedientes, la lógica de los abogados y, sobre todo, los tiempos que el sistema judicial le imprimía a la resolución de los conflictos de la gente; pero cuando aprendió la diferencia entre un indicio y una prueba, entre un interrogatorio y una testimonial, lo incorporó de un modo que impresiona.
Desde entonces, una parte suya vive para recordar o, mejor, para que no se olvide lo que le pasó a Miguel. Así terminó por convertirse en un archivo viviente que retiene nombres, fechas y situaciones con extraordinaria precisión.
Cada mañana, durante años, Rosa se levantaba, se vestía y, mecánicamente, salía de su casa para cumplir trámites judiciales, participar de búsquedas o asistir a programas de radio o televisión. “Fui y voy a todos los medios donde me dejen contar lo que le pasó a Miguel y denunciar a los asesinos”, rememora.
Tras la desaparición de Miguel, las cosas en la casa de los Bru quedaron patas para arriba. Rosa dejaba todo de lado por saber algo de Miguel. Hubo que apelar a vecinos, amigos y familiares para sostener la rutina de los chicos. “De un día para el otro yo dejé de esperar a cada uno con la comida servida en la mesa y tuvieron que acostumbrarse a adivinar mi llegada. No sabían cuándo volvía de las marchas, de los juzgados, o de seguir cuanta pista aparecía. Perdí muchos momentos de mis hijos por estar en la calle buscando a Miguel y pidiendo justicia”, cuenta con tristeza.
La casa de Villa Argüello mutó su fisonomía: comenzó a poblarse de fotos de Miguel, panfletos, pancartas, banderas, carpetas con copias de escritos judiciales y un archivo periodístico que Rosa empezó a armar, orientada por los compañeros de su hijo. Tuvieron que poner una línea telefónica, que hasta entonces no tenían, porque los periodistas se la pasaban llamando a cualquier hora a los vecinos. La conmoción que en aquellos días se vivió en lo de los Bru se extendió a todo el barrio.
Durante largos años las costumbres, festejos y sueños pasaron a reserva detrás del único objetivo de descubrir lo que había ocurrido con Miguel. Más allá de todo, entre los suyos, Rosa siempre se sintió “contenida y acompañada”. Suele recordar que sus otros hijos llegaron a criar animales que luego vendían para ayudar a la desequilibrada economía de la familia y solventar los gastos de la búsqueda. Rosa siempre pone de ejemplo el cumpleaños de quince de las mellizas Silvina y Paola: “Fue un día muy duro. Hubo una torta, pero poco lugar para la alegría”.
En aquel momento los Bru atravesaron un fuerte cimbronazo. “Antes hacía todo lo que le parecía a Néstor, iba a donde él elegía y si no quería, no salíamos a ningún lado. Después fue distinto, comencé a tener autonomía, me convertí en una mujer independiente. Por Miguel no tenía horarios ni compromisos más importantes”, dice la mujer.
La determinación de Rosa contrastaba con la calma que exhibía Néstor Bru, al que le costó mucho digerir lo ocurrido. Cuando Miguel desapareció, Néstor era sargento ayudante asignado a tareas administrativas en la comisaría de Villa Argüello; llevaba dieciséis años en la fuerza y no aceptaba la idea de que sus camaradas tuvieran que ver con la desaparición de su hijo. No obstante, a medida que la causa avanzaba y fueron surgiendo revelaciones que comprometían a los policías de la Novena, Néstor fue cambiando lenta y dolorosamente de opinión. “Si se comprueba que fueron ellos yo le tiro la chapa por la cara al jefe de policía”, le dijo una vez a su mujer, que lo persuadió de que sería muy difícil encontrar otro trabajo y que, en última instancia, los que tenían que “perder” eran los acusados. Poco a poco, Néstor se fue poniendo a la par de Rosa.
En medio de la conmoción por la falta de noticias, los compañeros de Miguel la convencieron a Rosa de que tenía que empezar a moverse. “Ellos fueron los que empezaron a organizarse, y me decían tenés que ir acá, tenés que ir allá, tenés que hacer esto o aquello, y yo estaba ahí, sentadita, escuchando sin entender y esperando a que me dijeran qué hacer”, cuenta Rosa.
Unos días después de que el caso estallara en los medios de comunicación, el secretario de Derechos Humanos bonaerense, Juan Scattolini, le ofreció una audiencia. Fue el primer funcionario con el que se reunió. Ese día conoció la Gobernación y afrontó, por primera vez, una conferencia de prensa. Al salir del despacho de Scattolini, la mujer se vio en medio de un enjambre de micrófonos, grabadores y preguntas. Al principio se sintió abrumada, hasta que con la mirada ubicó a una de las compañeras de Miguel, Antonia Portaneri, que, a espaldas del grupo de periodistas, le fue haciendo señas con la mirada para guiar sus respuestas.
Desde entonces, los fotógrafos la retratan con el ceño fruncido abrazada a alguna pancarta con esa imagen de Miguel recortada de la extraviada dicha de un antiguo festejo familiar. Fue entonces que adquirió ese rictus tan suyo, tan particular de cuando no cree o no le gusta lo que escucha y va inclinando la cabeza y elevando el mentón, esperando su momento para retrucar.
Muchas noches y sus días la asaltó el mismo pensamiento que la martirizaba y la dejaba insomne: cómo lo habrán matado, cuánto habrá sufrido, se preguntaba cercada por imágenes espantosas. Tuvo que pasar mucho tiempo para poder escapar de aquel agobio: “Un día dije: no tengo que pensar más en cómo lo torturaron, tengo que pensar en cómo era, en lo que hizo, recordarlo un loco lindo, que quería a sus amigos y hermanos, a los que ayudó a crecer y no recordar lo terrible que deben haber sido sus últimos momentos”.
“Para mí, antes de que pasara lo de Miguel, la solidaridad era un vaso de aceite para la vecina”, dice Rosa al reconocer que la desgracia le hizo descubrir otra dimensión de esa palabra. “Aprendí a ser solidaria por los apoyos incondicionales que recibí. Sus amigos empezaron a luchar por él y hoy siguen por desconocidos”, explica. “Luchamos por los derechos humanos. Aquí hay lugares, a diez minutos de Capital, donde la gente acepta una violación como algo natural y donde se percibe como normal que los chicos terminen muertos por la Policía”.
No entendía algo que solo comprendió después de la desaparición de Miguel. Antes no llegaba a discernir el sentido de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, a las que su hijo asistió más de una vez. Después dijo sentirse egoísta porque tuvo que pasarle algo tan tremendo para poder desentrañar de dónde salen las ganas de dar vuelta a una plaza, de marchar a un juzgado, de gritar la bronca a los cuatro vientos. Supo, entonces, que “el silencio viene de la mano de la soledad”.
En las primeras semanas, Rosa tuvo muy cerca a Estela De la Cuadra, madre de José Fraire De la Cuadra, el guitarrista y compositor de Chempes 69. La mujer sufrió la desaparición de dos hermanos, su marido, su cuñada, además de su concuñado y esposa, era hija de Alicia Zubasnabar De la Cuadra, la primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. “Hablábamos mucho y me enseñó varias cosas, algo de la importancia de archivar todo y aprender a hablar en público”, cuenta Rosa.
A veces calculando, otras empujada por la desesperación, Rosa hizo de todo y fue desterrando su inocencia pueblerina a fuerza de lidiar con el mecanismo de ocultamiento montado para encubrir el crimen de su hijo.
ACOMPAÑAR A OTRAS VÍCTIMAS
Había días en que no podía concebir cómo se seguían repitiendo más y más casos de violencia institucional tan macabros como el que terminó con la vida de su hijo. Junto con los miembros de la comisión, la mujer había comenzado a reunirse en el buffet de la Facultad de Periodismo. Buscaban la manera de formalizar y profundizar el trabajo que venían haciendo desde hacía tiempo para combatir la impunidad y denunciar la brutalidad policial.
Al cumplirse el noveno aniversario del crimen, la Comisión de Familiares, Amigos y Compañeros de Miguel se transformó en la Asociación Civil Miguel Bru (AMB), una entidad presidida por Rosa Schonfeld para acompañar a otras familias con víctimas de la violencia institucional.
En rigor, uno de los principales impulsores de la iniciativa fue el cantautor León Gieco, que se constituyó en padrino de la entidad. En la noche del lanzamiento de AMB en el teatro Coliseo Podestá de La Plata, Rosa le dijo a León:
–Le tengo un poco de miedo a todo esto, León. Porque ahora vamos a estar del otro lado, tendremos que escuchar, que recibir los reclamos.
–No van a poder escuchar a todos; pero cuando empieces a escuchar al primero y después al segundo, vas a ver que te vas a sentir realizada –la tranquilizó el músico.
Integraron la asociación Jorge Jaunarena, Antonia Portaneri, Alberto Mendoza Padilla, Laura Sottile, Cristian Alarcón, Cristian Alonso, Clyde Serignale, Josefina Giglio, entre otros, encabezados como siempre por Rosa, quien se comprometió a asumir el desafío de luchar “para que ninguna otra madre pase por lo que yo pasé”. También participaron los abogados Marcelo Mendy, Alejandrina Arrouzet, Paola Relly y Mirta Fioramonti.
“Lo único que puedo decir es que siento orgullo de mi hijo y de sus amigos y que agradezco a los que nos acompañaron en cada marcha y cada reclamo”, confesó Rosa en referencia a las decenas de marchas de silencio hechas por Miguel.
La AMB se propuso instruir a las víctimas de abusos policiales y a sus familiares para que pudieran defenderse y reclamar justicia. Se montó una oficina de recepción de denuncias y en algunas ocasiones se impulsaron investigaciones propias para aportar pruebas a las causas. La asociación abrió, en 2005, una sede en Parque Patricios, donde funcionan talleres de oficios; además, sus miembros desarrollaron talleres para jóvenes marginales.
La primera acción de la AMB fue denunciar el trato inhumano a presos de la cárcel de Olmos. Los detenidos estaban en celdas de castigo denominadas “buzón” de escasas dimensiones y con 20 centímetros de aguas servidas en su interior. La acción se interpuso ante la denuncia de la madre de uno de los detenidos que acercó el caso.
“Para mí, justicia sería que me digan dónde está Miguel”, reflexiona Rosa, para quien “encontrarlo sería un momento de tranquilidad y de paz. Voy a sentir que se hizo verdaderamente justicia y que termina una etapa. Sin embargo, nuestra vida cambió y ya no va a volver atrás. Yo voy a seguir con esta manera de luchar, pero por otros”.
HOMENAJES
Entre muchas otras distinciones, a Rosa le concedieron, el 8 de marzo de 2006, el galardón a las “Mujeres Destacadas” de parte del Concejo Deliberante de La Plata, por su labor en la lucha por los derechos humanos. En el aniversario de ese año, Rosa recibió, de manos del presidente de la UNLP, Gustavo Azpiazu, la más alta distinción académica de la institución: el título doctoral honoris causa otorgado por el Consejo Superior a propuesta de la Facultad de Periodismo. Por unanimidad, los consejeros consideraron que “la señora Schonfeld de Bru se ha convertido en imagen de lucha por la defensa y promoción de los Derechos Humanos para la sociedad toda y especialmente para la comunidad universitaria”.
En los actos del aniversario del crimen en 2007, la representante de la filial platense de Madres de Plaza de Mayo, Adelina Dematti de Alaye, le obsequió a Rosa un pañuelo blanco con el nombre de Miguel bordado a mano, símbolo de la lucha contra el genocidio. Al agradecer el gesto, la madre de Bru dijo: “Siempre pensé que nunca iba a igualar la lucha de ellas. Pero ahora que me lo regalaron y encima con el nombre de Miguel bordado por Adelina, me trajo muchos recuerdos y emociones”.
En marzo de 2011, al lanzarse el Programa Nacional de Lucha contra la Impunidad (PRONALCI) dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, Rosa fue convocada para integrarse a un Consejo Interdisciplinario de consulta junto con otros familiares de víctimas de la violencia institucional por “su reconocida experiencia en luchar para que sus casos no quedaran impunes”.
Las autoridades de la Facultad de Periodismo de la UNLP, acostumbran invitar a Rosa a cuanto acto oficial organiza. Así compartió palcos, escenarios y mesas con figuras como Hugo Chávez o el cantante puertorriqueño René Pérez, líder de Calle 13. En abril de 2012, al inaugurarse el nuevo edificio de la facultad, se incluyó el nombre de Miguel Bru en un monolito –que levantó Néstor– con la lista de estudiantes y profesores desaparecidos de la casa de estudios durante la última dictadura.
Un año más tarde, Rosa fue declarada Personalidad Destacada por la Legislatura porteña y en 2018 la Legislatura bonaerense le otorgó el mismo reconocimiento “por su lucha incansable en la búsqueda de justicia por el crimen de su hijo Miguel Bru y por la labor que realiza su asociación en casos de víctimas de violencia institucional”. Ese mismo año, la UNLP inauguró un retrato mural con el rostro del joven desaparecido y la pregunta ¿Dónde está Miguel? en una de las fachadas del edificio Sergio Karakachoff, en la esquina de 7 y 48.
Hoy, el mayor premio de Rosa son sus seis nietos y el bisnieto, por los que suspira henchida de orgullo. Todos saben lo que le pasó al tío Miguel y también lo que su abuela luchó por conseguir justicia. Rosa siempre tuvo una especial debilidad por su primer hijo. Como un tesoro guarda las líneas que Miga le escribió en letra de imprenta con un trazo desordenado, el día que ella cumplió cuarenta y cinco años, poco antes de que lo desaparecieran: “Mami querida, no hay Dios que quiera como yo te amo a vos. Quiero otros ‘45’ como estos o mejores. Si se trata de amor, tengo y para rato. Soy tuyo, quiero ser libre y tuyo”.
Este martes, frente a la Comisaría Novena, Rosa volvió a estar al frente de una nueva vigilia. "La Justicia tiene que cambiar y la policía también. Hoy todo lo que puedo decir es que queremos saber dónde está Miguel. Quiero abrazar a cada una de las madres y compañeras de lucha que están presentes y a cada uno de ustedes, mi agradecimiento va a ser eterno”, señaló.