ver más

Borges, entre el laberinto del amor y las diagonales de La Plata

Abundan las biografías sobre Jorge Luis Borges. Se trata, en realidad, del ejercicio de personas que lo recuerdan o que admiran su trabajo; personas de aquí y de allá, que pretenden menos la difusión de la obra borgeana que expresar la captación de algún detalle nuevo o de diferir en algún punto de vista acerca de la vida del autor del Aleph: personas que pretenden que se los distinga del resto de los borgeanos.

Como Joyce, Shakespeare, Kafka, Cervantes y el propio Sarmiento, entre tantos otros, Borges merece una memoria justa. Al menos en el plano literario. Él mismo procuró escribirla y la publicó. Y también, con eximia agudeza e ironía, lo hizo su amigo Adolfo Bioy Casares.

Sin embargo, papeles que aparecen, versiones que circulan, aún la pluma de algún impostor descubierto, ofician de perfectas excusas para, otra vez, exhumar la obra de este prolífico escritor argentino que el 24 de agosto cumplirá (o cumple) 120 años.

El examen de sus declaraciones políticas ha sido su condena. Y aunque esas sentencias, irónicas y hasta inauditas, contrasten con la sensibilidad y visión con que retrató en su obra joven a los argentinos; y pese a que nadie como él rindió culto, entre otros arquetipos nacionales, a los marginales orilleros de un Buenos Aires en germen, Borges, el antiperonista, es desdeñado por un progresismo que elude su lectura como si fuese la de un anticristo; cosa que evitaron sabiamente otros literatos de fuste como Arturo Jauretche, Rodolfo Walsh y Julio Cortazar, por nombrar solo a tres cultores de las letras de indubitable sensibilidad política y social.

UN AMOR EN LA PLATA

En su natalicio, es interesante recordar que Jorge Luis Borges conoció y expresó su admiración por La Plata, a la que definió como "una ciudad de llanura, acogedora, de gente muy amable y culta". Fecundas amistades, paseos y charlas lo trajeron hasta las diagonales. Incluso, un amor que, como todo lo borgeano, ocurre como una ficción, tuvo su origen entre las sombras de los tilos.

El contacto de Borges con la ciudad de La Plata data de los principios de 1920, cuando las variaciones de una forma de poesía que había estudiado en España lo amigó con otro estricto cultor del soneto: Francisco López Merino. Son conocidos los dos poemas que Borges le dedicó: “A Francisco López Merino” y “Mayo, 20, 1928”. Precisamente, en el segundo de los argumentos, Borges dice: “Camina por la calle 49; piensa que nunca atravesará tal o cual zaguán lateral. Sin que lo sospecharan, se ha despedido ya de muchos amigos”. En esa fecha, a los 23 años, López Merino se suicidó.

También entabló una profunda amistad con el crítico colombiano, Pedro Henríquez Ureña. Mutuos reconocimientos se prodigaron. Es probable que por vía de ese profesor de castellano de la Universidad Nacional de La Plata, Borges conociera a Alejandro Korn y el círculo formado por Ezequiel Martínez Estrada, José Luis Romero, Raimundo Lida, Alfonso Reyes. También a Enrique Imbert y a Ernesto Sábato, por citar algunos de los nombres de la época.

Tras el fallecimiento de Henríquez Ureña, en “El oro de los tigres”, Borges escribió: “Dentro de unas horas te apresurarás por el último andén de Constitución para dictar tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en el asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estás muerto”.

No obstante (y aquí el cuento) una deuda de insípido sabor es la que marca el destino, azaroso por cierto, de Borges, el amor y La Plata. Precisamente, HenrÍquez Ureña fue quien le presentó a Borges en una confitería platense, en 1931, a quien sería su primera mujer: Elsa Astete Millán.

Después de que Henríquez Ureña nos presentó, nos fuimos a tomar el té al Jockey Club, y a la semana siguiente (mi hermana) Alicia y yo fuimos a Buenos Aires para encontrarnos. Desde entonces no me dejó más. Me perseguía a sol y a sombra. Fue en esa primera cita que Borges me juró amor eterno”, recordaba Elsa. Una Elsa escolar, de 17 años, distinta a la que reencontraría a Borges muchos años después. Como en la sentencia de Heráclito, nadie baja dos veces al mismo río.  

Borges viajaba desde Constitución, vía Roca, para encontrarla. Incluso, paraba en la pensión de la madre de su pretendida; pero el idilio no prosperó. Elsa se casó con otro hombre, con Ricardo Albarracín. Tras la muerte de su esposo en 1964, Elsa Astete, ahora con 57 años, se reencontró con Borges. Se casaron el 4 de agosto de 1967. La cosa no funcionó. Tras un viaje a Córdoba, Borges no regresó jamás a su hogar conyugal.

El paso de Borges por La Plata es prolífico en anécdotas. Como está señalado, las calles de la ciudad, sus mujeres y sus hombres, figuran en sus escritos y en la vida de quien, aseguró, “no he sido feliz”.

Hace un tiempo, un viejo apostador de turf contó que había charlado con él una tarde de noviembre en el viejo bar El Rayo de 1 y 44. Dijo que no lo reconoció. Agregó que tiempo después supo que el hombre casi ciego que le preguntaba si los jockeys habían heredado su virtud de los jinetes gauchos, había sido nada menos que un solitario y melancólico Jorge Luis Borges. Un remoto sonido de campana de largada interrumpió la voz que narraba la historia. Y ahora parece tan importante saber si fue cierta. Habría ocurrido un 19 de noviembre, en las inmediaciones del barrio Hipódromo.

 

Te puede interesar

En Vivo