"Ana Alumbrada", el libro donde una hija recupera la historia oculta de su mamá militante
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"Ana Alumbrada", el libro donde una hija recupera la historia oculta de su mamá militante

Alejandra Slutzky investigó durante cinco años a su mamá, Ana Svensson, una militante política de los '70 que pasó sus últimos años en instituciones psiquiátricas de la provincia. Amiga de Julio Cortázar, con quien se carteaba seguido, Ana es redescubierta por su hija en clave de activismo y denuncia contra las internaciones compulsivas que sufrieron militantes revolucionarios durante la Dictadura cívico militar.

"Lo que trato de hacer en este libro es buscar quién era mi mamá. Porque todo lo que yo sabía era que estaba 'mal de la cabeza', que estaba 'loca'. Esa era la historia que siempre me llegó. Hasta que empecé a buscarla y fui encontrando viejos compañeros y compañeras, amigos y amigas... Y de repente empecé a descubrir una mujer que me encantó: una madre que pintaba, que escribía, que pensaba; que quería estudiar Filosofía e inglés, que quería ir a China, que era maoista... que se la jugaba. Y tenía sueños y utopías por las que quería vivir, y que quería vivir tal cual lo pensaba. Luchar por eso. Me encantó la mujer que fui encontrando, Ana. Me encontré una hermosa madre", dice Alejandra Slutzky ​​​​en diálogo con 0221.com.ar.

Su historia llegó a la Región con la presentación de Sororas, un documental también producido por ella donde recorre la historia de la solidaridad entre mujeres con ejemplos de reconocidas e ignotas. En Ensenada, durante la presentación, también habló del libro, editado por Punto de Encuentro en 2018. La autora está "saliendo de CABA" y llevando el libro "al territorio, a lugares más pequeños pero también más cerca de la gente". Su objetivo está limitado por su visita: el resto del año vive en ÁmsterdamHolanda, a donde se exilió cuando era muy chica, con su mamá internada y su papá recientemente secuestrado por las Fuerzas Armadas. 

A principios de 2013, Alejandra empezó a indagar -"conscientemente"- en la historia de su mamá, Ana Svensson, cuyos últimos años estaban hundidos, extraviados entre varios psiquiátricos de la provincia de Buenos Aires. Con este libro, su vida y su militancia son restituidas y reescritas -re-alumbradas- por Alejandra, que viajó a Argentina e investigó hasta remontarse a la adolescencia de su propia madre y sus primeros contactos con la manicomialización. "Cuando era jovencita mi mamá vivía en Castelar e iba a una escuela católica, donde con un profesor tenían largas charlas sobre la libertad del ser, de la mente, del cuerpo... de vivir en libertad. Y mi mamá las creyó todas. Hay como un hilo rojo en su vida que tiene que ver con el amor y las relaciones, porque a los 16 años en ese colegio se declaró enamorada de una amiga, de una mujer. Y no se la perdonaron. El profesor a quien ella le había confiado eso se lo contó a su familia y ellos deciden sacar a las chicas de la escuela y llevarlas a una clínica psiquiátrica para que se curen del enamoramiento. Entonces en la adolescencia Ana tiene el primer choque: con la libertad y el amor todo bien, siempre y cuando sea según los códigos establecidos", cuenta la autora.

Cuando ambas adolescentes salieron de la clínica evitaron verse a toda costa. La amiga, recuerda Slutzky, terminó yéndose a vivir a San Francisco con otra mujer y no volvió más. "Y mi mamá se enganchó con mi papá que era perfecto: un cuadro militante, médico, amoroso, buena persona, muy bien visto dentro del marco de la militancia. Me tuvieron a mí, lo tuvieron a mi hermano y empezaron a militar juntos, se fueron juntos a Cuba. Todavía con la idea, ambos, de tener una vida revolucionaria y libertaria también en términos de sexualidad y amor", explica. Samuel Slutzky era médico sanitarista y se desempeñaba como coordinador de las unidades sanitarias en La Plata. 

Sin embargo en la Cuba de fines de los 60, durante los entrenamientos de guerrilla, las teorías del amor libre y la autonomía de cada uno y cada una volvió a chocar con el entorno. Ana tuvo un affaire con otro hombre,y sus compañeros la expulsaron. "Detrás de eso había toda una discusión política también, eso es lo que entendí de los relatos de compañeros que estuvieron ahí. La cuestión es que a ella la separaron, y finalmente quedó sola con nosotros. Y quedó mal, salió mal de Cuba. Otros compañeros dicen que lo que pasó no fue un 'juicio', que no fue para tanto...depende quién me lo relate y cómo. Lo que sí quedó claro es que le hizo mal a mi mamá. Pienso que la razón es que ya era la segunda vez que se sentía traicionada así de mal... Parece que mi papá la defendió, dijo que tenía derecho a estar con quien ella quería... pero igual se terminaron separando. Para ella era la segunda vez en su vida que le pasaba esto a razón de un sentimiento que mostraba". Primero la exclusión, después el aislamiento, más tarde la institucionalización. 

Ana primero viajó a México y después regresó a Argentina. Ya tenía un brazo y una pierna funcionando a medias; tiempo después fue diagnosticada con esclerosis múltiple. Al sufrir una explosión en el hotel donde vivía con sus hijos, Ana decidió dejarlos a cuidado de sus abuelos paternos. "Empezó a entrar y salir de hospitales hasta que finalmente a fines de 1975 uno de sus dos hermanos la llevó al (neuropsiquiátrico) Moyano y la hospitalizó ahí. De ahí en adelante empezó a caer toda la familia: los abuelos ya habían muerto ese año, este tío, Ricardo Svensson cayó en un enfrentamiento en Munro, el otro hermano se fue del país... A mi papá lo secuestraron en junio del '77 y poco antes habían secuestrado a su hermano, mi otro tío. No quedó nadie de la familia para encargarse de mi mamá. Y como estaba hospitalizada, quedó ahí".

El quid de la historia parece ser el mismo que el de cientos de personas en la actualidad, que viven internadas en manicomios e instituciones, muchas listas para recibir el alta pero sin lugar a donde ir. Sin embargo, el caso de Ana está atravesado por la ausencia y la desaparición forzada de la última dictadura cívico- militar. Años más tarde, su hija encabezó el recorrido inverso, y buscándola pasó por el Moyano -donde encontró su historia clínica- y la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonaerense (DIPBA), de donde también rescató una "carpeta gorda".

"En su historia clínica ella relata que le habían pasado cosas en el pasado y que por eso estaba enferma... Me fui encontrando otros casos de gente que fue internada en hospitales y que nadie los conoce, están como olvidados, enterrados en un olvido oscuro de los manicomios. Porque es otra manera de hacer desaparecer a la gente de la sociedad. Es legal, se llevan a la gente indeseable, no querida, diferente, con la que no saben qué hacer. Empecé a encontrar que durante la Dictadura hubo el más alto número de NN internadas, que hubo más mujeres en el Borda... Encontré casos de compañeras y compañeros que los secuestraron y despertaron en el Borda, después de la tortura. Encuentro casos de colimbas, que después de castigos severos también los llevaron al Borda. Fui encontrando diferentes casos personas que me hicieron ruido. ¿Qué les pasó? ¿Por qué terminaron acá? ¿Qué fue de su vida?". Son algunas de las preguntas que la autora usa como disparador para contar en el libro, también, esas historias.

"Pensé: no los puedo dejar de lado, si no, voy a estar haciendo lo mismo que ya les hicieron. No podía dejar de hablar de ellos ahora que los había encontrado. Por eso en Ana Alumbrada relato sobre la vida de Ana pero también otros casos de las personas que fui encontrando. Encontré hijos, a una señora la encontré en vida, en España...", cuenta. El libro va fluctuando entre dos tipografías, que buscan diferenciar historias -la de su madre y las demás- que de todos modos "están entrelazadas porque se cruzan, en tiempo y lugar". 

Además del encierro y los neuropsiquiátricos, el género es otro de los temas que atraviesan el libro. La militancia setentista, donde muchas mujeres terminaban quedando a cargo de los hijos para que los hombres saliesen a militar o combatir, dejó muchos nombres femeninos en el tintero. "Sin contamos a diez, es mucho", asegura la autora. Y recuerda una charla que tuvo con un compañero de su papá, que no conocía a Ana pero no dudó en decirle que su mamá estaba 'mal de la cabeza'. "Fui junto con tu papá a buscar parejas militantes para que los tuvieran a ustedes", le dijo. "Yo le dije, bueno, pero mi mamá también quería militar e ir a la guerrilla armada. Él me contestó: 'mirá que tenés que estar mal de la cabeza para dejar a tu papá, que era tan amoroso y buena persona'. El mismo compañero le había presentado su pareja a mi papá cuando él salió de la cárcel, y mi papá se había enganchado con ella. Y yo le dije '¿cómo es la cosa? ¿no te molestó que mi papá se llevara a tu compañera?' Su respuesta fue 'no, así eran las cosas en esa época'. En esas charlas me salta la bronca, porque ves la desigualdad que hay en la mirada del hombre y de la mujer, ves cuántas mujeres en la militancia quedaron en 'la madre de', 'la viuda de', 'la compañera de', mientras que los hombres todos tienen nombre, nombre y apellido o al menos un apodo. Muchas mujeres quedaron al costado o detrás", reflexiona Slutzky con la voz apagada.

Al instante aclara: "No es que los varones lo hicieran a propósito, sino que en los 60 y 70, revolucionar una economía o una sociedad ya era súper difícil y costó mucha sangre, mucho sufrimiento. Pero cambiar la mentalidad... es aún más difícil, y requiere muchísimo tiempo, generaciones. Al día de hoy estamos con el pañuelo verde y la lucha por la soberanía sobre nuestro cuerpo. Revolucionar la mentalidad, hacer la revolución cultural como algunos le dicen, es muy difícil. En mi libro trato de no juzgar a los compañeros ni cargar munición; eran también fantásticos, querían revolucionar el país para que sea más igualitario. Y las compañeras mismas de aquel entonces me decían: 'los temas como el machismo sabíamos que existían, pero los dejábamos para más adelante, para después, porque primero había que hacer otras cosas'. Y yo me puedo imaginar que sea así".

Slutzky se exilió en Holanda cuando secuestraron a su papá, en 1977. Lo hizo junto a su hermano y la pareja de su padre, que ya tenía familia en ese país. En Argentina no había hogar donde volver. Por eso en Ámsterdam la autora creció, formó familia y tuvo hijos, siempre con la materia pendiente de rever la historia de su familia y particularmente la de su mamá. Años más tarde, su investigación y el juicio de La Cacha -donde su papá estuvo detenido- la trajeron de nuevo a las tierras del sur. "Ahora estoy estudiando Antropología en Buenos Aires. Estoy saldando cuentas, quiero cerrar cosas que quedaron abiertas con la idea, no sé si es verdad o no, pero... No quiero que queden cosas abiertas para mis hijos y mis nietos. A veces cuando hay algún sufrimiento que no queda solucionado se arrastra en la familia, y yo no quiero eso", asegura. Otro de los motivos por los que está estudiando es su objetivo de recuperar su idioma, un camino que empezó con el libro y continúa en la Universidad. "Estudiar es una cosa que, si la historia no hubiese sido como fue, yo habría hecho. Y ya decidí que quiero estudiar los pensadores del sur, no los del norte. Por eso vine para acá". Ana Alumbrada -la historia que tira luz sobre Ana, y que da a luz la historia de otros tantos más- puede conseguirse en cualquier librería de la ciudad. 

Alejandra Slutzky investigó durante cinco años a su mamá, Ana Svensson, una militante política de los '70 que pasó sus últimos años en instituciones psiquiátricas de la provincia. Amiga de Julio Cortázar, con quien se carteaba seguido, Ana es redescubierta por su hija en clave de activismo y denuncia contra las internaciones compulsivas que sufrieron militantes revolucionarios durante la Dictadura cívico militar.

16 de junio de 2019

"Lo que trato de hacer en este libro es buscar quién era mi mamá. Porque todo lo que yo sabía era que estaba 'mal de la cabeza', que estaba 'loca'. Esa era la historia que siempre me llegó. Hasta que empecé a buscarla y fui encontrando viejos compañeros y compañeras, amigos y amigas... Y de repente empecé a descubrir una mujer que me encantó: una madre que pintaba, que escribía, que pensaba; que quería estudiar Filosofía e inglés, que quería ir a China, que era maoista... que se la jugaba. Y tenía sueños y utopías por las que quería vivir, y que quería vivir tal cual lo pensaba. Luchar por eso. Me encantó la mujer que fui encontrando, Ana. Me encontré una hermosa madre", dice Alejandra Slutzky ​​​​en diálogo con 0221.com.ar.

Su historia llegó a la Región con la presentación de Sororas, un documental también producido por ella donde recorre la historia de la solidaridad entre mujeres con ejemplos de reconocidas e ignotas. En Ensenada, durante la presentación, también habló del libro, editado por Punto de Encuentro en 2018. La autora está "saliendo de CABA" y llevando el libro "al territorio, a lugares más pequeños pero también más cerca de la gente". Su objetivo está limitado por su visita: el resto del año vive en ÁmsterdamHolanda, a donde se exilió cuando era muy chica, con su mamá internada y su papá recientemente secuestrado por las Fuerzas Armadas. 

A principios de 2013, Alejandra empezó a indagar -"conscientemente"- en la historia de su mamá, Ana Svensson, cuyos últimos años estaban hundidos, extraviados entre varios psiquiátricos de la provincia de Buenos Aires. Con este libro, su vida y su militancia son restituidas y reescritas -re-alumbradas- por Alejandra, que viajó a Argentina e investigó hasta remontarse a la adolescencia de su propia madre y sus primeros contactos con la manicomialización. "Cuando era jovencita mi mamá vivía en Castelar e iba a una escuela católica, donde con un profesor tenían largas charlas sobre la libertad del ser, de la mente, del cuerpo... de vivir en libertad. Y mi mamá las creyó todas. Hay como un hilo rojo en su vida que tiene que ver con el amor y las relaciones, porque a los 16 años en ese colegio se declaró enamorada de una amiga, de una mujer. Y no se la perdonaron. El profesor a quien ella le había confiado eso se lo contó a su familia y ellos deciden sacar a las chicas de la escuela y llevarlas a una clínica psiquiátrica para que se curen del enamoramiento. Entonces en la adolescencia Ana tiene el primer choque: con la libertad y el amor todo bien, siempre y cuando sea según los códigos establecidos", cuenta la autora.

Cuando ambas adolescentes salieron de la clínica evitaron verse a toda costa. La amiga, recuerda Slutzky, terminó yéndose a vivir a San Francisco con otra mujer y no volvió más. "Y mi mamá se enganchó con mi papá que era perfecto: un cuadro militante, médico, amoroso, buena persona, muy bien visto dentro del marco de la militancia. Me tuvieron a mí, lo tuvieron a mi hermano y empezaron a militar juntos, se fueron juntos a Cuba. Todavía con la idea, ambos, de tener una vida revolucionaria y libertaria también en términos de sexualidad y amor", explica. Samuel Slutzky era médico sanitarista y se desempeñaba como coordinador de las unidades sanitarias en La Plata. 

Sin embargo en la Cuba de fines de los 60, durante los entrenamientos de guerrilla, las teorías del amor libre y la autonomía de cada uno y cada una volvió a chocar con el entorno. Ana tuvo un affaire con otro hombre,y sus compañeros la expulsaron. "Detrás de eso había toda una discusión política también, eso es lo que entendí de los relatos de compañeros que estuvieron ahí. La cuestión es que a ella la separaron, y finalmente quedó sola con nosotros. Y quedó mal, salió mal de Cuba. Otros compañeros dicen que lo que pasó no fue un 'juicio', que no fue para tanto...depende quién me lo relate y cómo. Lo que sí quedó claro es que le hizo mal a mi mamá. Pienso que la razón es que ya era la segunda vez que se sentía traicionada así de mal... Parece que mi papá la defendió, dijo que tenía derecho a estar con quien ella quería... pero igual se terminaron separando. Para ella era la segunda vez en su vida que le pasaba esto a razón de un sentimiento que mostraba". Primero la exclusión, después el aislamiento, más tarde la institucionalización. 

Ana primero viajó a México y después regresó a Argentina. Ya tenía un brazo y una pierna funcionando a medias; tiempo después fue diagnosticada con esclerosis múltiple. Al sufrir una explosión en el hotel donde vivía con sus hijos, Ana decidió dejarlos a cuidado de sus abuelos paternos. "Empezó a entrar y salir de hospitales hasta que finalmente a fines de 1975 uno de sus dos hermanos la llevó al (neuropsiquiátrico) Moyano y la hospitalizó ahí. De ahí en adelante empezó a caer toda la familia: los abuelos ya habían muerto ese año, este tío, Ricardo Svensson cayó en un enfrentamiento en Munro, el otro hermano se fue del país... A mi papá lo secuestraron en junio del '77 y poco antes habían secuestrado a su hermano, mi otro tío. No quedó nadie de la familia para encargarse de mi mamá. Y como estaba hospitalizada, quedó ahí".

El quid de la historia parece ser el mismo que el de cientos de personas en la actualidad, que viven internadas en manicomios e instituciones, muchas listas para recibir el alta pero sin lugar a donde ir. Sin embargo, el caso de Ana está atravesado por la ausencia y la desaparición forzada de la última dictadura cívico- militar. Años más tarde, su hija encabezó el recorrido inverso, y buscándola pasó por el Moyano -donde encontró su historia clínica- y la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonaerense (DIPBA), de donde también rescató una "carpeta gorda".

"En su historia clínica ella relata que le habían pasado cosas en el pasado y que por eso estaba enferma... Me fui encontrando otros casos de gente que fue internada en hospitales y que nadie los conoce, están como olvidados, enterrados en un olvido oscuro de los manicomios. Porque es otra manera de hacer desaparecer a la gente de la sociedad. Es legal, se llevan a la gente indeseable, no querida, diferente, con la que no saben qué hacer. Empecé a encontrar que durante la Dictadura hubo el más alto número de NN internadas, que hubo más mujeres en el Borda... Encontré casos de compañeras y compañeros que los secuestraron y despertaron en el Borda, después de la tortura. Encuentro casos de colimbas, que después de castigos severos también los llevaron al Borda. Fui encontrando diferentes casos personas que me hicieron ruido. ¿Qué les pasó? ¿Por qué terminaron acá? ¿Qué fue de su vida?". Son algunas de las preguntas que la autora usa como disparador para contar en el libro, también, esas historias.

"Pensé: no los puedo dejar de lado, si no, voy a estar haciendo lo mismo que ya les hicieron. No podía dejar de hablar de ellos ahora que los había encontrado. Por eso en Ana Alumbrada relato sobre la vida de Ana pero también otros casos de las personas que fui encontrando. Encontré hijos, a una señora la encontré en vida, en España...", cuenta. El libro va fluctuando entre dos tipografías, que buscan diferenciar historias -la de su madre y las demás- que de todos modos "están entrelazadas porque se cruzan, en tiempo y lugar". 

Además del encierro y los neuropsiquiátricos, el género es otro de los temas que atraviesan el libro. La militancia setentista, donde muchas mujeres terminaban quedando a cargo de los hijos para que los hombres saliesen a militar o combatir, dejó muchos nombres femeninos en el tintero. "Sin contamos a diez, es mucho", asegura la autora. Y recuerda una charla que tuvo con un compañero de su papá, que no conocía a Ana pero no dudó en decirle que su mamá estaba 'mal de la cabeza'. "Fui junto con tu papá a buscar parejas militantes para que los tuvieran a ustedes", le dijo. "Yo le dije, bueno, pero mi mamá también quería militar e ir a la guerrilla armada. Él me contestó: 'mirá que tenés que estar mal de la cabeza para dejar a tu papá, que era tan amoroso y buena persona'. El mismo compañero le había presentado su pareja a mi papá cuando él salió de la cárcel, y mi papá se había enganchado con ella. Y yo le dije '¿cómo es la cosa? ¿no te molestó que mi papá se llevara a tu compañera?' Su respuesta fue 'no, así eran las cosas en esa época'. En esas charlas me salta la bronca, porque ves la desigualdad que hay en la mirada del hombre y de la mujer, ves cuántas mujeres en la militancia quedaron en 'la madre de', 'la viuda de', 'la compañera de', mientras que los hombres todos tienen nombre, nombre y apellido o al menos un apodo. Muchas mujeres quedaron al costado o detrás", reflexiona Slutzky con la voz apagada.

Al instante aclara: "No es que los varones lo hicieran a propósito, sino que en los 60 y 70, revolucionar una economía o una sociedad ya era súper difícil y costó mucha sangre, mucho sufrimiento. Pero cambiar la mentalidad... es aún más difícil, y requiere muchísimo tiempo, generaciones. Al día de hoy estamos con el pañuelo verde y la lucha por la soberanía sobre nuestro cuerpo. Revolucionar la mentalidad, hacer la revolución cultural como algunos le dicen, es muy difícil. En mi libro trato de no juzgar a los compañeros ni cargar munición; eran también fantásticos, querían revolucionar el país para que sea más igualitario. Y las compañeras mismas de aquel entonces me decían: 'los temas como el machismo sabíamos que existían, pero los dejábamos para más adelante, para después, porque primero había que hacer otras cosas'. Y yo me puedo imaginar que sea así".

Slutzky se exilió en Holanda cuando secuestraron a su papá, en 1977. Lo hizo junto a su hermano y la pareja de su padre, que ya tenía familia en ese país. En Argentina no había hogar donde volver. Por eso en Ámsterdam la autora creció, formó familia y tuvo hijos, siempre con la materia pendiente de rever la historia de su familia y particularmente la de su mamá. Años más tarde, su investigación y el juicio de La Cacha -donde su papá estuvo detenido- la trajeron de nuevo a las tierras del sur. "Ahora estoy estudiando Antropología en Buenos Aires. Estoy saldando cuentas, quiero cerrar cosas que quedaron abiertas con la idea, no sé si es verdad o no, pero... No quiero que queden cosas abiertas para mis hijos y mis nietos. A veces cuando hay algún sufrimiento que no queda solucionado se arrastra en la familia, y yo no quiero eso", asegura. Otro de los motivos por los que está estudiando es su objetivo de recuperar su idioma, un camino que empezó con el libro y continúa en la Universidad. "Estudiar es una cosa que, si la historia no hubiese sido como fue, yo habría hecho. Y ya decidí que quiero estudiar los pensadores del sur, no los del norte. Por eso vine para acá". Ana Alumbrada -la historia que tira luz sobre Ana, y que da a luz la historia de otros tantos más- puede conseguirse en cualquier librería de la ciudad. 

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