Luana Simioni se presenta por segunda vez como candidata a intendenta del FIT (Frente de Izquierda de los Trabajadores) y en esta oportunidad lo hace encabezando la única oferta electoral de ese espectro en la ciudad. Representante del PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas) en ese espacio, la dirigenta transpira una militancia en todos los frentes y seguramente el partidario no sea el más relevante: es delegada de ATE en IOMA desde hace 20 años, tiene una activa participación en el movimiento de mujeres y formó parte de la Asamblea de Inundados después de la catástrofe de 2013.
Nacida y criada y en La Loma, a los 44 años ya es abuela. Sufrió de chica el exilio interno durante la dictadura y creció en una familia de raigambre peronista por la militancia de su padre, a quien desafió con su acercamiento al marxismo cuando se inclinó por la carrera de Trabajo Social, una profesión que sin embargo casi nunca ejerció.
Vive con su compañero Tito Bustos, otro conocido dirigente gremial en la obra social, en un departamento ubicado en el mismo lugar donde su abuelo antifascista y su abuela comunista se instalaron cuando llegaron de la Italia de la postguerra.
Recorrió esas mismas calles cuando era chica y concurría a la Escuela 19 de 41 y 22, donde compartió aula con Juan Sebastián Verón, o cuando en la secundaria fue al Colegio San Cayetano. Antes de todo eso, cuando apena tenía dos años, sufrió cuatro años de exilio interno durante la dictadura. La militancia de base de su padre, un arquitecto peronista llevó a los Simioni a vivir en Posadas y El Dorado.
No fue hasta su ingreso a la facultad de Trabajo Social que su propia militancia se despertó. Por entonces esa unidad académica no era facultad ni tenía edificio propio. Se cursaba en la vieja casona de 7 y 42 y las organizaciones estudiantiles eran mayoritariamente de izquierda. Rápidamente se convirtió en delegada de su año y empezó a participar en el Movimiento Estudiantil de Base, con el cual llegó a ser consejera estudiantil.
El contexto de país favoreció esa incursión. Corría la segunda parte de los ’90, tiempos en los que al calor del menemismo se impulsaba el arancelamiento de las universidades y la Ley de Educación Superior contra los que los estudiantes protagonizaron multitudinarias marchas. Esos posicionamientos se consolidaban en las aulas, en cátedras que ofrecían el marco teórico necesario para concebir el mundo e intentar cambiarlo. “Me encontré con el mundo que estaba esperando”, analiza.
Simioni recuerda, entre aquellas clases, las que brindaba quien más adelante sería un compañero de ruta, Cristian “Chipi” Castillo. “Desde la cátedra Teoría Social me presentó a Marx desde una perspectiva que hasta ese momento nadie me había ofrecido” dice.

La necesidad de combatir contra las injusticias del sistema capitalista se convirtió en un norte que nunca abandonaría. “En mi casa siempre se pensó en la política como una herramienta válida y positiva, seguramente por la actividad de mi viejo, más allá de que yo no compartía su posicionamiento”, recuerda.
“Antes de adoptar el socialismo como forma de vida elegí una carrera donde la toería y la práctica están tan ligadas”, dice pese a que casi nunca ejerció como trabajadora social. De todos modos no lo vive como una frustración: “La idea de transformar las miserias humanas y combatir la pobreza la canalicé a través de la actividad militante”. Los conocimientos adquiridos en la carrera fueron, en todo caso, “un paso más en el desarrollo de mi subjetividad”.

Ya recibida empezó a trabajar en IOMA, en el área de medicamentos, donde arrancó la militancia gremial. Fue una de las impulsoras de la aparición de ATE en una repartición que hasta entonces tenía representación exclusiva de UPCN. Protagonizó en aquel contexto de principios de siglo, el pedido de pase a planta permanentes de decenas de trabajadores que estaban precarizados y que finalmente obtuvieron estabilidad.
Aquella militancia, que arrancó como delegada de piso y se prolonga hasta la actualidad como delegada general, derivó en el acercamiento al PTS, sector de la izquierda del cual se convirtió en referente.
Desde entonces su actividad pública es más conocida. En 2011, el candidato a intendente del sector fue su pareja, Tito Bustos, y ella integró por primera vez una lista de concejales en 2013 cuando sacó el 6,91% de los votos.

Dos años después fue su primera candidatura a intendenta y se vio perjudicada por la división del voto de la izquierda con Patria Grande: sacó el 5,66%. Algo parecido ocurrió en 2017, cuando otra vez encabezó la lista de concejales y obtuvo el 5,94%, una vez más dividiendo con Patria Grande y el Nuevo MAS.
En las elecciones del 27 de octubre el FIT será la única fuerza de izquierda en el cuarto oscuro y por lo tanto tiene chances de crecer. De todos modos, el 4,22% que sacó en las PASO dejan a la fuerza bastante lejos del piso del 8,33% que se requiere para acceder a una banca en el Concejo Deliberante.
Podría especularse que Simioni tiene más chance de convertirse en diputada nacional, cargo para el que también se postula como segunda en la lista que encabeza Néstor Pitrola.