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Heladería Roma, un sueño que se repite cada noche en la cabeza de su creador

Luigi Della Torre tiene 96 años. Aun conserva sangre italiana, que se evidencia en su dialecto. Evangelizador de la calidad de la materia prima, comenzó con una cocina económica en la que preparaba pizzas. Después cambió el fuego por el frío y comenzó de cero con el helado, un negocio que hoy continúa su familia.

El teléfono suena en la mítica Heladería Roma, en la avenida 7 número 257. Al llamado responde Roberto, hijo del dueño, quién explica que el mejor momento del día para entrevistar a su padre era a partir de las 16, horario en el cual se lo podía encontrar sentado en la puerta del local. Su rutina favorita.

Le hicimos caso, y a las 18 la silla de plástico blanca estaba vacía. Pero una joven sentada en la caja tras el vidrio transparente, entra a buscar al anfitrión.

Minutos más tarde, el italiano Luigi camina hacia nosotros a paso lento. Sus 96 años no le impiden prestarse a una charla en la que recuerda la mayor parte de su vida. 

Sentados en un largo banco de material, Luigi espera la primera pregunta con una media sonrisa plasmada en su cara

-Cuándo llegó a la Argentina?

-Pero ahora usted me chapa del año… non ricordo más- dice en una mezcla de italiano y español. Una frase no tan cierta, porque de manera pausada eleva su mirada al cielo, batalla con sus recuerdos para contar los detalles desde su primer año en el país.

Llegué a Argentina cuando tenía 26 años. Trabajé un año de albañil. Después acá abrimos un bar con pizzería, también se llamaba Roma”, rememora.

“La hacíamos con una cocina económica. Trabajé y compré un horno. Me casé, le compre la parte de la pizzería a mi socio que se volvió a Italia y me quedé con el negocio. Con mi mujer andábamos de novios en Italia. Junté plata y le pagué el viaje, despacito. No me interesaba tanto el dinero. Quería que se venga”, agrega.

“Empezamos de nuevo, sin plata, sin nada. Trabajando, luchando”, describe como receta de sus inicios. Pero la clave fue la materia prima: “Comprábamos el tomate en City Bell; la mozzarella de Buenos Aires, era mozzarella mozzarella, y el aceite bueno. Todo con productos regionales”.

Cansado de ese negocio Della Torre decidió convertir la pizzería en heladería. Todo empezó con la compra de una sola máquina, eligió honrar los sabores inolvidables del gelato de su tierra natal.

“Yo sabía hacer helado, porque un amigo en Italia lo hacía y yo lo ayudaba. Ahí aprendí un poco, no sabía hacerlo bien. Un día me llamó un amigo y me ofreció una receta de Bologna. Yo la hice, pero no salía igual. Porque ellos le ponían muchos menos agregados. Yo la fui modificando y así fue saliendo”, describe.

La heladería Roma permanece de pie en su clásico local: a pesar de todos, no sintió los golpes de las crisis que sufrió la Argentina. Luigi vio generaciones enteras de familias pasar por su heladería. Sus clientes fueron siempre fieles con el pasar de los años.

Un cambio notable, asegura, fue el descenso en la calidad de la materia prima: “La fruta era fruta, mejor que ahora. La leche era leche, ahora es agua. Era otra composición. Antes yo compraba la leche y me la traían a la mañana en tambores; la medía, la hervía y hacía el helado. Todas las mañanas compraba el cajón de huevos. Me gustaba hacer el trabajo bien, delicado“.

A 72 años de haber dejado Italia, desde donde trajo la esperanza de un futuro mejor, Della Torre disfruta de la heladería donde hoy trabajan su hijo, su nuera y su nieta. “¿Qué es la Heladería Roma para?”,se pregunta. “Simple… Yo la sogno de noche, nada más”.

Luigi Della Torre tiene 96 años. Aun conserva sangre italiana, que se evidencia en su dialecto. Evangelizador de la calidad de la materia prima, comenzó con una cocina económica en la que preparaba pizzas. Después cambió el fuego por el frío y comenzó de cero con el helado, un negocio que hoy continúa su familia.

27 de enero de 2019

El teléfono suena en la mítica Heladería Roma, en la avenida 7 número 257. Al llamado responde Roberto, hijo del dueño, quién explica que el mejor momento del día para entrevistar a su padre era a partir de las 16, horario en el cual se lo podía encontrar sentado en la puerta del local. Su rutina favorita.

Le hicimos caso, y a las 18 la silla de plástico blanca estaba vacía. Pero una joven sentada en la caja tras el vidrio transparente, entra a buscar al anfitrión.

Minutos más tarde, el italiano Luigi camina hacia nosotros a paso lento. Sus 96 años no le impiden prestarse a una charla en la que recuerda la mayor parte de su vida. 

Sentados en un largo banco de material, Luigi espera la primera pregunta con una media sonrisa plasmada en su cara

-Cuándo llegó a la Argentina?

-Pero ahora usted me chapa del año… non ricordo más- dice en una mezcla de italiano y español. Una frase no tan cierta, porque de manera pausada eleva su mirada al cielo, batalla con sus recuerdos para contar los detalles desde su primer año en el país.

Llegué a Argentina cuando tenía 26 años. Trabajé un año de albañil. Después acá abrimos un bar con pizzería, también se llamaba Roma”, rememora.

“La hacíamos con una cocina económica. Trabajé y compré un horno. Me casé, le compre la parte de la pizzería a mi socio que se volvió a Italia y me quedé con el negocio. Con mi mujer andábamos de novios en Italia. Junté plata y le pagué el viaje, despacito. No me interesaba tanto el dinero. Quería que se venga”, agrega.

“Empezamos de nuevo, sin plata, sin nada. Trabajando, luchando”, describe como receta de sus inicios. Pero la clave fue la materia prima: “Comprábamos el tomate en City Bell; la mozzarella de Buenos Aires, era mozzarella mozzarella, y el aceite bueno. Todo con productos regionales”.

Cansado de ese negocio Della Torre decidió convertir la pizzería en heladería. Todo empezó con la compra de una sola máquina, eligió honrar los sabores inolvidables del gelato de su tierra natal.

“Yo sabía hacer helado, porque un amigo en Italia lo hacía y yo lo ayudaba. Ahí aprendí un poco, no sabía hacerlo bien. Un día me llamó un amigo y me ofreció una receta de Bologna. Yo la hice, pero no salía igual. Porque ellos le ponían muchos menos agregados. Yo la fui modificando y así fue saliendo”, describe.

La heladería Roma permanece de pie en su clásico local: a pesar de todos, no sintió los golpes de las crisis que sufrió la Argentina. Luigi vio generaciones enteras de familias pasar por su heladería. Sus clientes fueron siempre fieles con el pasar de los años.

Un cambio notable, asegura, fue el descenso en la calidad de la materia prima: “La fruta era fruta, mejor que ahora. La leche era leche, ahora es agua. Era otra composición. Antes yo compraba la leche y me la traían a la mañana en tambores; la medía, la hervía y hacía el helado. Todas las mañanas compraba el cajón de huevos. Me gustaba hacer el trabajo bien, delicado“.

A 72 años de haber dejado Italia, desde donde trajo la esperanza de un futuro mejor, Della Torre disfruta de la heladería donde hoy trabajan su hijo, su nuera y su nieta. “¿Qué es la Heladería Roma para?”,se pregunta. “Simple… Yo la sogno de noche, nada más”.

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Luigi Della Torre tiene 96 años. Aun conserva sangre italiana, que se evidencia en su dialecto. Evangelizador de la calidad de la materia prima, comenzó con una cocina económica en la que preparaba pizzas. Después cambió el fuego por el frío y comenzó de cero con el helado, un negocio que hoy continúa su familia.