domingo 13 de septiembre de 2026

¿Qué puede pasar en cada región de Argentina por El Niño y qué hay detrás de los pronósticos mas alarmantes?

La OMM prevé un fenómeno El Niño muy fuerte hasta 2027. El Litoral y el NEA concentran el mayor riesgo de lluvias, crecidas e inundaciones en Argentina.

El Niño ya está instalado en el Pacífico ecuatorial y tiene más de 90% de probabilidad de alcanzar una intensidad muy fuerte durante lo que resta de 2026. El fenómeno podría persistir hasta febrero de 2027 y eleva especialmente el riesgo de lluvias y crecidas en el Litoral y el NEA.

De acuerdo a lo informado por el sitio especializado Meteored, el fenómeno ya comenzó a modificar la circulación atmosférica sobre el sudeste de Sudamérica y las previsiones indican que alcanzaría su pico hacia fines de este año. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), además, podría mantenerse hasta febrero de 2027.

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Los antecedentes muestran que ocho de cada diez episodios de este tipo dejan lluvias por encima de los valores normales en esta parte del continente. Algunas de las grandes crecidas del Paraná, como las registradas en 1982/83 y 1997/98, coincidieron además con eventos de El Niño intensos.

Sin embargo, una mayor intensidad del fenómeno no implica que sus posibles consecuencias vayan a producirse necesariamente ni que tengan la misma magnitud en todo el territorio. El Niño modifica las probabilidades de que ocurran determinados eventos, pero no permite anticipar con certeza qué sucederá en cada ciudad.

Evolución de la anomalía de precipitación entre noviembre 2026 y febrero 2027, los meses con la señal de El Niño más clara sobre Argentina

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El Litoral y el NEA, las zonas con mayor riesgo por El Niño

Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Chaco y Formosa conforman la región donde la señal de El Niño es más marcada. Allí se concentra la mayor probabilidad de registrar precipitaciones superiores a la media entre noviembre y marzo.

Esto no supone que vaya a llover permanentemente, sino que aumenta la posibilidad de episodios con precipitaciones abundantes y, en consecuencia, de respuestas hidrológicas importantes. Las localidades costeras de la cuenca del Plata aparecen entre las zonas que requieren mayor atención.

Los ríos Uruguay y Paraná, además, responden de maneras diferentes. El primero presenta crecidas rápidas y violentas, con picos breves que pueden desarrollarse en cuestión de horas y requieren Sistemas de Alerta Temprana bien ajustados. El Paraná, en cambio, registra crecidas lentas, masivas y con mayor capacidad de previsión.

La relación entre El Niño y las inundaciones tampoco es automática. Así como no todos los eventos meteorológicos extremos pueden atribuirse al calentamiento global, las grandes crecidas tampoco ocurren siempre durante este fenómeno: la histórica crecida del Paraná de 2014, por ejemplo, tuvo lugar durante una fase Neutra.

Fuera del Litoral y el NEA aparecen más matices. Los pronósticos trimestrales del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) indican una probabilidad de lluvias por encima de lo normal para el oeste de Cuyo, La Pampa, el sudoeste bonaerense y el noreste de la Patagonia, aunque la señal resulta mucho menos marcada.

En estas regiones, la ecuación El Niño-inundaciones tampoco es directa. La humedad disponible, la topografía y las características del drenaje pueden hacer que incluso localidades cercanas sufran consecuencias muy diferentes frente a una misma cantidad de lluvia.

En todo el país habrá que prestar atención a una probable mayor frecuencia o intensidad de tormentas, lluvias abundantes y fuertes vientos durante la temporada que se extiende desde comienzos de la primavera hasta la primera mitad del otoño, período en el que estadísticamente se concentra buena parte de los episodios severos. A este escenario se suma la influencia del calentamiento global.

De acuerdo a Meteored, un evento El Niño muy fuerte, por lo tanto, no garantiza más tormentas ni inundaciones, pero sí justifica elevar la vigilancia durante la temporada de tiempo severo. Los antecedentes de las inundaciones urbanas más costosas en vidas y bienes de los últimos 50 años en Argentina muestran, de hecho, que muchas se produjeron durante fases Neutras.

¿Cómo prepararse ante las lluvias, crecidas e inundaciones?

La gestión del riesgo requiere evitar la búsqueda de un único número de milímetros de lluvia o una determinada altura de los ríos como referencia absoluta. Los pronósticos estacionales deben interpretarse como un rango de posibilidades que incluye escenarios de mínima y máxima.

Para el NEA y el Litoral, el escenario de mínima contempla una temporada más lluviosa de lo habitual, con crecidas moderadas de arroyos y anegamientos puntuales en zonas bajas conocidas. En el otro extremo aparece la posibilidad de una situación comparable, o incluso superior, a la de 1997-98, con sectores que podrían permanecer bajo agua durante meses.

La planificación debe contemplar ambas posibilidades. Preparar la respuesta únicamente para el escenario considerado más probable puede dejar expuesta a la población si las condiciones evolucionan hacia el máximo, mientras diseñar todo el operativo exclusivamente para el peor escenario podría consumir recursos que finalmente no sean necesarios.

Toda ciudad debería basar su estrategia de gestión del riesgo en al menos dos escenarios de riesgo y con tres niveles de información

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Por eso, además de determinar cuánto puede llover, resulta central establecer qué consecuencias tendría esa cantidad de agua en cada localidad y de cuánto tiempo se dispondría para actuar. La gestión del riesgo incluye rutas de evacuación, refugios y protocolos capaces de funcionar tanto ante una crecida esperable como frente a otra mucho mayor.

En ese marco, los Sistemas de Alerta Temprana no pueden reducirse a la instalación de sensores y al envío de mensajes cuando comienza a subir el agua. Su funcionamiento se apoya en cuatro pilares: conocimiento y gestión del riesgo; detección, observación, vigilancia, análisis y pronóstico; difusión y comunicación oportuna de las alertas; y capacidad de preparación y respuesta previamente ensayada.

El involucramiento de las comunidades también resulta fundamental. El conocimiento de las marcas dejadas por crecidas anteriores y la participación en simulacros permiten comprobar si la información llega efectivamente a quienes viven en zonas vulnerables y si las personas comprenden cómo actuar frente a una advertencia.

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