Y esto no es algo propio de nuestro país: pasa a nivel mundial, en la cultura occidental, e incluso en lugares como México, que solemos asociar con una integración más profunda de la muerte. Allí hay rituales más alegres, se habla más de los ancestros y se conecta con ellos en una fecha específica del año, el Día de Muertos, “pero después, en el día a día, la muerte sigue siendo tabú”.
Los rituales: darle cuerpo al dolor
Los rituales son un elemento importante para procesar el dolor. Los necesitamos porque “les hablan a nuestro mundo simbólico, y el duelo, la muerte, se procesa desde el mundo simbólico; no podemos procesarlo por medio de las palabras. Aunque digamos me duele, me siento mal, no puedo creer lo que pasó, no llega a elaborarse el duelo”.
Por eso las personas necesitamos homenajes, rituales, algo que marque un antes y un después en nuestra vida: un evento compartido con otras personas que “haga cuerpo afuera”, dice Violeta. “El ritual permite que todo lo que está adentro se materialice a través de un símbolo, de un gesto”.
Violeta plantea que los rituales que aún sostenemos en este lado del mundo ya no nos representan, y que “si miráramos un poco más la muerte tendríamos la oportunidad, incluso, de pensar cómo quisiéramos que fuera nuestra despedida y planearla un poco mejor, de acuerdo a quienes fuimos, a nuestros intereses, a nuestros valores”.
El duelo no es lineal
Se pensaba que el duelo tenía fases y que todos pasábamos por ellas, pero no es lineal y cada persona lo vive a su manera. Aun así, se considera que un duelo saludable tiene un patrón de movimiento entre el contacto con el dolor y el contacto con la reconstrucción de la propia vida. Es decir, “el contacto con la destrucción y el contacto con la construcción, y eso debe moverse”, afirma Violeta.
Es esperable atravesar momentos de mucho dolor, de vacío, de sinsentido, de enojo y de culpa, porque “todo eso es funcional y si pasa está bien que pase, pero también tenemos que tener otros momentos donde sonreímos, hacemos actividades, conectamos con la gente que queremos”.
Aunque no todas las personas sentimos igual, podemos distinguir tres momentos importantes que, sin darse siempre de esta manera, es ideal que ocurran:
- Un primer momento de shock, de no poder procesar, sobre todo si la muerte fue repentina. Se suman “emociones muy vitales, de pelea con la realidad, enojo, culpabilización a otros o a uno”.
- Un segundo momento de “rendición ante la realidad, que es esa tristeza profunda y el sinsentido”.
- Un tercer momento de “crecimiento postraumático, donde podemos resignificar lo que pasó, encontrarnos con la nueva persona que somos y tomar decisiones a futuro en función de esa nueva persona”.
¿Cuándo se complica un duelo?
Un duelo se “complica” cuando hay una alteración de la capacidad de vivir la vida: “cuando la persona presenta una afectación en la calidad global de su vida, no en la calidad de un aspecto de su vida”, dice Violeta, y amplía: “Significa tener conductas que no me permiten vivir con cierta calidad, como tener mucho insomnio o dormir permanentemente, tener un trastorno de alimentación, desarrollar una compulsión o una adicción, no poder parar de hacer cosas y no registrar o no sentir”. También se contemplan las autolesiones, el peligro hacia uno mismo o hacia los demás, aislarse por completo evitando salir de la casa y todo lo que ponga en riesgo la calidad de vida de alguna manera.
Esto, plantea Violeta, suele suceder con personas que tienen pocos recursos emocionales, duelos anteriores no trabajados o circunstancias cercanas de muerte violenta; que no tienen una red de apoyo o de contacto; que sufrieron alguna situación previa de salud mental; o que no creen en algo (un más allá, algo superior) y por eso sienten todavía más confusión, dolor y falta de entendimiento. Son factores de riesgo, pero no implican que quienes los tengan vayan a atravesar un duelo complejo. Si creemos que alguien está atravesando un duelo de estas características, es importante consultar con profesionales.
Ese contacto con la finitud nos acerca a la autenticidad, a lo que queremos y no queremos
Cómo acompañar a quien está en duelo
El duelo, dure lo que dure, suele profundizarse después de los primeros meses de la pérdida. “El dolor se va profundizando, se va sintiendo más en soledad, porque suele ser ahí cuando las personas dejan de estar tan pendientes de nosotros y están menos al servicio de la ayuda”, comenta Violeta. Se suele pensar que cuando la persona en duelo vuelve a trabajar y a estar funcional es porque está mejor, y no siempre es así.
Por eso, la ayuda práctica puede ser la mejor ayuda: con los hijos, con las cuentas, con la comida. Que haya una “función de borde”, una persona que mantenga los límites del yo funcional para permitir que la vida siga girando.
También es importante estar dispuestos a que la persona hable, y preguntarle cómo está con esa muerte aunque hayan pasado meses. Dejar que se explaye o que manifieste que no quiere hablar de eso. “Sacar uno el tema y estar abierto a decir: te entiendo, te apoyo, estoy acá, te escucho, entiendo que puede ser súper difícil. Y no decir no pasa nada, yo no podría, tenés que ser fuerte, podría haber sido peor, si sucede, conviene, ahora es un ángel que te cuida desde el cielo”. Estas intervenciones, aunque partan de buenas intenciones, pueden lastimar y dejan una huella negativa.
Cuando muere un hijo o una hija
Violeta explica que la muerte de una persona joven no es antinatural: pasa en la naturaleza y, de hecho, “la expectativa de vida aumentó en los últimos años también porque bajó la mortalidad infantil”. Así, la muerte de un niño o una niña no viene a romper la ley de la vida, sino que es algo que puede pasar, y “si pudiésemos conectar con esa posibilidad, estaríamos más preparados para acompañar”.
Uno de los duelos más difíciles de acompañar es cuando muere un hijo o una hija. El dolor de una persona no se puede medir con el de otra, pero “sí es cierto que tenemos un nivel de apego y de amor con los hijos que en general no tenemos con las otras personas, y obviamente duele más cuanto más apego y amor haya”. Además, a quienes rodean les da miedo acercarse, no quieren fantasear con esa posibilidad y realmente no saben qué decir o hacer. Lo que se puede hacer, dice Violeta, “es ser nosotros mismos acompañando y decir lo que nos salga, siempre y cuando no sea marcarle al otro un destino, un camino; más bien que sean preguntas, que sea disposición física y emocional, estar cerca, permitir que la otra persona sea quien es y que haga lo que pueda”.
Cada duelo es diferente, y el modo de transitarlo suele estar ligado al vínculo con ese hijo o hija después de su muerte: si “sobrevive a la muerte de alguna manera, está en algún lugar y nos podemos conectar”. Violeta suele sugerir a madres y padres que se junten con otras personas que pasaron por lo mismo, porque son las únicas que “realmente pueden hablar el idioma del duelo que habla un padre y una madre en duelo”.
La muerte de una pareja es una de las pérdidas más duras, porque “con la pareja se pierde el lenguaje común, tal vez la persona que más me conocía en la vida, con la que pude ser realmente vulnerable, la compañera de proyectos”.
La muerte de nuestros pares
Cuando empezamos a transitar los 40, es más probable que mueran personas de nuestra edad, y eso nos confronta con la propia finitud. Es inevitable pensar que podría habernos pasado o que puede pasarnos pronto, que estamos más cerca de la línea de fuego. “Aparece esa línea en la que ya no tenemos tantas personas arriba, y los próximos podemos ser nosotros”, plantea Violeta. “Eso es interesante porque nos preguntamos qué vida queremos vivir. El tiempo que nos queda, ¿qué queremos hacer con nosotros?”
Así empezamos a pensar que cada día puede ser una oportunidad para darle sentido a la vida, y que “no puede ser un día más”. Ese contacto con la finitud nos acerca a la autenticidad, a lo que queremos y no queremos: aprendemos a poner límites y le damos más valor a las cosas importantes. Permite que conectemos, en el mejor de los casos, con quién queremos ser.
Perder a la pareja: por muerte o por separación
Para Violeta, la muerte de una pareja es una de las pérdidas más duras, porque “con la pareja se pierde el lenguaje común, tal vez la persona que más me conocía en la vida, con la que pude ser realmente vulnerable, la compañera de proyectos”. Todo lo que se proyectó de manera conjunta ya no va a pasar. Y ese sentimiento también aparece en una separación: “Cuando estamos acostumbrados a compartir la vida juntos, el yo muchas veces desaparece y en general es un nosotros”. Por eso la separación es uno de los actos más difíciles: “perdemos la familia extendida, las rutinas, los planes en común, la manera de comunicarnos con el otro, de entendernos, y entonces se siente como una orfandad”.
Como comenta Violeta, la emocionalidad es similar en ambos procesos: perdemos a nuestra figura principal de apego, tenemos que cambiar y permitirnos ser personas nuevas. “Esto quiere decir modificar nuestra vida, nuestras rutinas, si es necesario mudarnos, conocer nuevas personas, amistades”. Por eso, insiste en que la pareja no sea el único vínculo en el que manifestamos nuestra vulnerabilidad.
Acompañar este duelo como hijos o hijas puede ser muy difícil, porque nunca vamos a poder reemplazar a esa pareja y porque también estamos en duelo por un padre o una madre. “Se va haciendo como se va pudiendo; ahí te preguntás cómo acompañar sin sobreproteger o sin dejar en soledad. Ese es un equilibrio muy personal”, comparte Violeta, para quien es un desafío acompañar sin ser excesivos y tampoco lejanos: “esa temperatura hay que medirla persona a persona”. Las personas adultas mayores, además, se enfrentan a la pérdida de la salud y de la autonomía, y “eso es muy difícil de atravesar tanto para los padres como para los hijos, que tienen cada vez más laburo y que ya, más que un padre, tienen un nuevo hijo”.
Hablar de la muerte con niñas, niños y adolescentes
Hasta los cinco años aproximadamente no hay una comprensión de que la muerte es irreversible y de que todas las personas vamos a morir, y de que todo, en algún punto, se termina. “Así como hablamos de la sexualidad con un niño o niña de tres años mencionando que sus partes íntimas son pene y vulva, también tenemos que hablar de la muerte con la palabra muerte”, comenta Violeta.
Es importante conversar sobre que no solo mueren las personas “viejitas”, aunque en general pase así. Es algo que nos pasará a todas las personas, y les pasa a los animales y a las plantas: “Así como tenemos un perro que vive menos que otro. La muerte es parte de la vida y la vemos en el otoño y en el invierno, cuando se caen las hojas; cuando terminamos primer grado y pasamos a segundo, ese primer grado muere también”. Y “a veces el cuerpo físico deja de funcionar antes de la vejez, y eso no es algo malo necesariamente”.
Entre los cinco y los siete años hay una comprensión mayor y, por eso, más miedo: a la muerte de mamá y papá, de las personas queridas, de las mascotas, a la propia. Por eso “es importante explorar esos miedos, porque en general el duelo del niño escolar y el adolescente es un duelo intermitente”, que sucede un ratito, unos meses, y después parece que se apaga y se vuelve a prender, porque con cada nuevo logro o adquisición en la vida el duelo reaparece. Esto también pasa con las personas adultas, pero al haber mayor conexión con el dolor, el proceso suele darse en otra temporalidad: enseguida parece que ya están bien, como parte de su sistema de defensa.
Por eso también son necesarios los rituales: niñas, niños y adolescentes tienen que participar. Y las personas adultas deben permitirse llorar a su lado y no ocultar la tristeza, porque en la infancia también se sufre por la muerte y “todo lo que no se muestra hacia afuera, pesa mucho más adentro”. Permitirnos llorar delante de ellos les permite llorar y enojarse; ahí tenemos que poner palabras y darles la seguridad de que, más allá de lo que estamos transitando, seguimos estando para ellos y ellas.
Hay que hablar de la muerte y del duelo con las infancias y llevarlas a los ritos funerarios, “incluso ver el cuerpo de las personas fallecidas, si están en buenas condiciones”. Es una manera de entender que la muerte no es un abandono: “en la muerte nadie se va a dormir, ni nadie se va de viaje, ni nadie se va al cielo, porque todas esas son expresiones de abandono”.
Los hermanos y hermanas. Violeta advierte que “el sufrimiento de los hermanos por la muerte de sus hermanos es muy grande y, en general, son niños que dejan de ser del todo mirados”. Además de perder a un hermano, ese niño o niña pierde, al menos por un tiempo, a su madre y a su padre como tales. Por eso recomienda un acompañamiento terapéutico profesional, para que tengan, además de sus padres, otros referentes presentes que no estén tan inmersos en el dolor.
"Cuando yo me muera, no quiero llanto ni pena. Prefiero que se me vele bailando una rica plena" - Despedida del músico Rubén Rada
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Creencias, cielo y formas de honrar
“Podemos decir que un ser amado está en otro plano”, siguiendo muchas veces nuestras creencias sobre el alma o el espíritu, dice Violeta, pero sostiene que hablar del cielo y las estrellas puede complejizar la situación. Hay niños y niñas que se sienten mal en las noches nubladas o que esperan ver a una persona querida en el cielo.
Podemos recordarla, llevarla en nuestros pensamientos, pero es fundamental aclarar que ya no está físicamente en ningún lugar: “El cuerpo ya no funciona, así que son más bien una energía, como si fuese un rayito de sol; pero no es que están en el sol o que son la luz”.
Y algo clave es “devolverle” la pregunta a quien consulta por la muerte: “¿Vos qué pensás?”. Hay recursos que ayudan a acompañar: películas, libros e incluso juegos sobre la muerte (jugar al duelo, jugar al entierro). Violeta comparte además varias formas de ritualizar y conectar: tener una caja de recuerdos donde dejar cartas, dibujos o juguetes para la persona que falleció, “no porque lo vaya a ver, sino porque es nuestra forma de conectar con esa persona”; tener altares en casa; hacer una suelta de globos o una torta para el cumpleaños de quien ya no está. En definitiva, se trata de celebrar su paso por esta vida.
La maternidad y la paternidad: una oportunidad para revisar nuestros miedos
Criar es también una oportunidad para revisar nuestros propios miedos. “Sí, claro, tener hijos siempre es una oportunidad para crecer, madurar, revisarnos, entender nuestro funcionamiento, entender dónde están nuestras heridas y nuestros miedos”, dice Violeta. En este rol es necesario aprender a hablar de la muerte, desde la de un animal de compañía hasta la de una persona; desde el colegio que ya no está hasta la muerte de un abuelo.
Ser madre o padre es conectarse con el miedo y con la muerte, porque “ya desde que nacen tenés algo muy importante para perder”. El puerperio es un duelo; que los hijos crezcan es un duelo; que sean adolescentes es un duelo (los niños que tenías los perdiste). “Así que tener hijos es perder, y eso está bien, es parte del amor que les tenemos”.
Mensaje para quienes están en duelo y para quienes acompañan
“En algún momento encontramos la forma de reconstruirnos y de darle un significado en la vida a esa pérdida”, afirma Violeta. Todas las personas nacemos de una expulsión: la vida nos expulsa de algo que amamos. “Nacemos del parto y también de los duelos; nacemos nuevamente, y toda despedida trae ciertas bienvenidas”.
A quienes acompañan el duelo de alguien que aman, les pide: “Dense la oportunidad de aprender y no piensen que el otro es una víctima”. Si no, se relacionan solo desde el lugar de dar ayuda, y la otra persona deja de ser amiga, padre o madre. Es importante que puedas contarle tus cosas, abrirte, ayudar a que su dignidad esté intacta, dejarle su fuerza, darle la oportunidad de que siga siendo alguien que te nutra. Y, claro, ayudarle con las cuestiones del mundo cotidiano y estar disponible para hablar del tema. “No le digas llamame si me necesitás, porque la persona en duelo no sabe si te necesita, ni sabe qué pedirte directamente. Ofrecé ayuda concreta”.