Se sabe que el ejercicio físico es necesario y que una alimentación equilibrada es la base de la salud. Entonces, ¿por qué cuesta tanto dar el salto hacia esos hábitos que hacen bien?
Se dice que Aristóteles afirmó: "Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto sino un hábito". La explicación es biológica: el cerebro es un ahorrador de energía serial y prefiere las prácticas repetitivas. Cuando el sistema se acostumbra a una rutina, es muy difícil sacarlo de ahí. Entre todas las opciones posibles, el cerebro siempre va a elegir la vía más fuerte, esa que más veces ha sido transitada.
Según María Emilia Gobbi, profesora de Educación Física por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), el bienestar no es un fenómeno aislado: "El hábito viene de la cultura familiar, eso se arrastra. Y va de la mano con la situación económica y el acceso a la información", sostiene.
Esta mirada es crucial para entender que un contexto de desigualdad, la brecha entre "comer sano" y "llenar la panza" es una realidad donde suele ganar la urgencia. Por eso, Gobbi enfatiza que el camino real es lento y sostenido, priorizando la constancia sobre los cambios de raíz que terminan siendo inalcanzables.
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Por eso, intentar eliminar un hábito nocivo "a la fuerza", sin darle al cerebro una nueva manera de actuar, lejos de borrarlo, lo reafirma. El cerebro no sabe olvidar, pero es un experto sustituyendo.
Intentar eliminar un hábito nocivo "a la fuerza", sin darle al cerebro una nueva manera de actuar, lejos de borrarlo, lo reafirma
Entonces, ¿es imposible cambiar? Claro que no, se requiere de tres cosas: intención, tiempo y autoconocimiento.
Intención
Las neurociencias ofrecen un concepto alentador: la neuroplasticidad. Es la capacidad del cerebro de seguir aprendiendo y "cableándose" hasta el último día de nuestra vida.
Sin embargo, como ya dijimos, el cerebro es ahorrador de energía y prefiere los caminos que ya conoce. Si solo pensamos en "no hacer tal cosa", por ejemplo no mirar el celular antes de dormir, se va a reafirmar la conducta negativa porque el cerebro no tiene un reemplazo. La intención debe ser proactiva: se debe elegir qué camino nuevo construir.
Tiempo
Imaginá que el hábito que querés dejar es es un sendero ancho y asfaltado en el medio de un bosque, como la avenida Iraola entre 1 y la rotonda frente a la cancha de Gimnasia. Y el nuevo hábito es un camino estrecho lleno de maleza, por la Isla Paulino. Al principio, caminar por el nuevo camino cuesta demasiado esfuerzo.
Repetir un nuevo hábito durante varias semanas genera una competencia en nuestro cerebro. Poco a poco, ese caminito nuevo se va despejando y el asfalto del viejo se empieza a agrietar por el desuso. Así es como un hábito saludable logra, con el tiempo, "reemplazar" a uno nocivo. Y no sucede de un día para el otro porque el cerebro necesita construir físicamente esa nueva conexión neuronal.
Autoconocimiento
Intencionar y repetir no siempre son garantía de éxito si no sabemos qué activa la conducta que queremos cambiar. Acá entra el autoconocimiento.
Es fundamental identificar qué acciona la conducta negativa para ayudar con el cambio. Por ejemplo, quizás usás el celular en la cama porque sentís ansiedad y buscás refugio en el scroll infinito. Si se identifica esa ansiedad como una llamada de alerta, se puede elegir otra respuesta -una técnica de respiración- en lugar de volver a "caer" en el dispositivo de forma automática.
Dormir con el celular (3)
El cambio se genera a partir de la experiencia. Como cultivar este nuevo entramado neuronal requiere muchísima energía, hay que evitar el error común de intentar cambiar todo a la vez. Si se busca mejorar la alimentación, empezar el gimnasio y cambiar las rutinas de trabajo en la misma semana, lo más probable es que el cerebro colapse.
Desmalezar el nuevo camino: algunas recomendaciones.
Lejos de las metas imposibles, Gobbi propone una serie de cambios accesibles que pueden incorporarse de forma gradual. La clave es elegir una de estas "pequeñas victorias" y sostenerla:
Movimiento de transición. Es importante valorar el impacto de caminar al trabajo o a la facultad. Es el primer paso para romper el sedentarismo urbano.
Pausas activas. En jornadas laborales o de estudio extensas, el cuerpo necesita "cortar" la inercia con breves movimientos para resetear la atención y la postura.
Registro del descanso. El objetivo son las 8 horas diarias. Empezar a registrar cuánto se duerme es el primer paso para proteger al sistema nervioso.
Hidratación consciente. Reemplazar gradualmente otras bebidas por agua o, simplemente, aumentar la frecuencia de las tomas si se hace poco.
Es importante ser pacientes e ir de a poco. Porque sino, cuando el cerebro evalúe la cantidad de energía que requiere semejante transformación simultánea, no tardará en intentar convencernos de volver, lo más rápido posible, a la “comodidad” de la ancha avenida Iraola.