Historias de peleas y chancletazos
Rodríguez aceptó realizar la entrevista por teléfono con 0221.com.ar pero pidió algunos días para recomponerse. “Todavía no caigo”, dice desde Rauch, su pueblo natal, una semana después de la muerte del Indio. Lo conoció en 2005, en La Plata y trabajó hasta el último recital, Olavarría 2017. Ahora, tiene 57 años.
Empezó como seguridad pero fue un "todocampista"; coordinador, asistente, mano derecha. Se ganó la confianza del músico más famoso del país con perfil bajo y una conducta intachable. Era conocido en la escena por el respeto con el que trataba a los pibes. Su historia le llegó al Indio por el boca en boca. Compartieron charlas nocturnas, con whisky de por medio, y siguieron juntándose hasta las semanas previas a la muerte de Solari. Incluso, habían pautado un encuentro en Parque Leloir que quedó frustrado por la muerte del cantante.
Indio Solari y Chino Rodríguez
Rogelio "El Chino" Rodríguez junto al Indio Solari. Compartió muchas veladas
El Chino inició su trabajo en boliches de La Plata. Rápidamente consiguió un lugar en el Teatro de 43 entre 7 y 8. Antes, fue fisicoculturista, hizo Karate –cerca del cinturón negro–. Al Indio Solari le encantaba escuchar anécdotas de peleas callejeras. Lo pinchaba constantemente para que cuente sus vivencias.
—Un día me dice: “¿Y si nos peleamos nosotros?”—, cuenta. —Él me quería desafiar porque había escuchado historias mías—.
En cada reencuentro, prometían armar una pelea. Se picanteaban en redes sociales. Siempre estaba la idea en el aire. Un día, el cantante le dijo: “Mirá que tengo esta para vos” y se sacó una chancleta. El chino no arrugó y agarró una zapatilla. La escena quedó registrada en una foto.
Chino Rodríguez e Indio Solari Chancletazos
La "guerra de chancletas" entre el Indio Solari y el "Chino" Rodríguez, documentada por un testigo
—Yo le decía: “Mirá, viejo. No te hagas el loco, porque el día que subas al escenario te la doy de atrás, en la pelea vale todo”—, recuerda divertido, Rodríguez.
El chino habla sobre las particularidades de trabajar con un fenómeno de masas. La logística era complicada. Los recitales del Indio Solari atravesaban a todas las clases sociales. Algunos pibes laburaban solo para pagar la entrada del recital; otros, esperaban que anuncien la fecha para sacar vacaciones. Los más pudientes, alquilaban habitaciones en el hotel 5 estrellas donde iba a parar el Indio. Cuidar la privacidad era un desafío.
—Lo quería tocar todo el mundo. Tuve problemas para conseguir gente que trabajara conmigo. Me costó varios años. ¿Cómo conseguís un chofer que no sea cholulo? ¿A un compañero del camarín que no sea cholulo? ¿O a un pechera que está en la valla y mire a la gente en vez de mirar “JiJiJi”—, explica Rodríguez.
Tuve problemas para conseguir gente que trabajara conmigo. ¿Cómo conseguís un chofer que no sea cholulo? ¿A un compañero del camarín que no sea cholulo? Tuve problemas para conseguir gente que trabajara conmigo. ¿Cómo conseguís un chofer que no sea cholulo? ¿A un compañero del camarín que no sea cholulo?
En los recitales de los Fundamentalistas, los obreros tenían que cobrar después de la prueba de sonido, porque muchos iban solo para conocer al Indio y abandonaban cualquier tipo de actividad si lo cruzaban.
—Por ahí se te tiraban desde arriba para tocarlo o decirle algo, te tiraban el casco y se iban corriendo, decían “qué me importa la plata que perdí”. Yo vi eso, fue algo loco—, recuerda.
El día en que el Indio Solari se convirtió en padrino
Una tarde, el Indio Solari lo llamó al Chino. “¿A vos te parece?", le dice. “Mirá cómo toca este pibe, ¡Es impresionante!”.
Era un video de Nicolás Rodríguez, el hijo del Chino, guitarrista en Rauch. Le había mandado una grabación a los Fundamentalistas del Aire Acondicionado sin que se entere su papá. El Indio le pidió que lo lleve hasta allí. Rogelio le explicó que no podía, porque él estaba trabajando. “Vos tráelo”, le ordenó su jefe.
“Manitos de oro”, apodó el Indio al hijo de su personal de seguridad. Los invitó a su casa.
Manitos de oro, hijo del chino rodriguez, indio solari
La firma del Indio Solari para Nicolás Rodríguez, el hijo del Chino
—Eran dos nenes jugando en el piso con los cassettes, con los DVD, con los discos, con todo. Ahí conocimos el estudio Luzbola. Nos enseñó cómo hacía la música. Ahí me empecé a enterar cómo armaba las maquetas, qué es lo que iba a salir tal año, qué iba a salir en el otro disco. Todos los discos que sacó ya los veníamos sabiendo; nos hacía escuchar por primera vez cómo lo estaba haciendo. Fue algo terrible—, cuenta el Chino, con una sonrisa.
—Me encantó porque el Indio me corrió para el costado y me dijo: “Vos no te metas. Yo quiero acompañarlo y ser el padrino musical”. Tenían conversaciones de trabajo por correo electrónico, le explicaba cómo hacer un tema—, dice con orgullo.
Hijo del chino Rodríguez
El hijo del Chino Rodríguez, Nicolás, en el Estudio Luzbola del Indio Solari
"Vivimos cosas muy fuertes"
Rogelio Rodríguez no era Ricotero cuando empezó a trabajar en 2005. Pese a haber convivido con artistas de renombre –Pappo, Bocha Sokol, Ciro Martínez, Gustavo Cordera, Chaqueño Palavecino–, siempre fue a los recitales a trabajar. Nunca estuvo del otro lado de la valla. Una de las noches de whisky, le pidió al Indio un favor.
—Una noche nos copeteamos un poco y le digo si me puede cantar una canción a capela. Me dice: “Cómo no, la que vos quieras, podemos estar toda la noche acá”. Le pedí “Me matan Limón”, que era mi tema. Después, “Susanita”—, recuerda.
“¿Cuántos habitantes tiene Rauch?”, preguntó una vez el Indio. “Tendríamos que ir a tocar ahí”, bromeó. Según cuenta el Chino, Solari se interesaba por su vida, sus proyectos personales; qué hacía cuando no estaba abocado a la banda. Rogelio administraba proyectos gastronómicos en su pueblo natal.
Chino Rodríguez Indio Solari (2)
El Chino Rodríguez trabajó como empleado de seguridad del Indio Solari desde 2005 hasta 2017, en Olavarría
—Me decía: “¿Qué te parece si al panqueque le ponemos esto” y tiraba ideas. Una vez, dijo: “¿Me dejas ponerle nombre a tu restorán?”. Después se sentaba a escribir y nos tomábamos unos whiskys y quedaba todo ahí”— cuenta con una sonrisa.
El Indio y el Chino forjaron una relación de amistad. “Vivimos cosas muy fuertes”, cuenta Rogelio. Tenían códigos en común, hablaban de fútbol, de política. Compartían el gusto por el dibujo. Solari lo retrataba. Le decía: “Quedate tranquilo, que no te voy a dejar mal parado”.
"Un baldazo de agua fría"
El Chino iba seguido a la casa del Indio. —Me retaban porque tocaba timbre y no entraba de una, decían que no tenía que avisar— recuerda el Chino. —Él siempre estaba ahí, en su lugar de confort, donde estaban las guitarras. No escuchaba radio ni miraba el cable, solo algunas películas—.
Rodríguez vio reflejados muchos momentos compartidos en canciones publicadas posteriormente por los Fundamentalistas. Luego de la presentación del disco “El perfume de la tempestad” (2010), estaban junto a Diego Biscione –también seguridad personal– en el hotel. Todo el staff se había ido a dormir. El Indio los miró y, con un whisky en la mano, le dijo: “Salud, Chino. Unos pelusas cuidan el jardín, a los dos los quiero”. En referencia a la canción “Vino Mariani”.
—Me dijo que “cuidando a los demás, también me cuidaste a mí y cuidaste al público”—, recuerda el Chino, entre lágrimas.
El viernes 5 de junio, Rogelio Rodríguez estaba en su chacra de Rauch, solo. Su pareja lo llamó por teléfono y le contó la noticia. “Fue un baldazo de agua fría”, dice el Chino. Inmediatamente se comunicó con su hijo, Nicolás, que estaba en Tandil. Coordinaron en minutos y se juntaron para viajar a despedir a su amigo.
—La semana siguiente iba a ir a verlo, ya le había escrito a Virginia—, cuenta, compungido.
El Chino decidió compartir un posteo en su cuenta de Instagram para defender al Indio. “Fui tus ojos, tus oídos y hasta tu pelusa. Vas a estar ahí cada vez que suene una melodía tuya, en cada comentario vivaz, y también cuando toque pelear con alpargatazos limpios. Fue un honor y un privilegio cuidarte durante tantos años”.