La casa de calle 30 conserva los daños del ataque armado en el murió la mamá de Clara Anahí y la nena fue secuestrada
La prehistoria de Clara Anahí
Mucho antes de convertirse en emblema de lucha y búsqueda de la verdad, Clara Anahí fue una beba que vivió con sus padres y compartió con su abuelos y tíos, a quienes como toda niña de esa edad ya reconocía y les sonreía.
Tuvo en los meses de espera un moisés preparado especialmente para ella, ropa tejida por su abuela, un cochecito, baños, mamaderas, jugo de naranja y manzana rallada. Una bebé que, tras cumplir los tres meses y dos semanas antes de su secuestro, ya quería ponerse de pie y se reía cuando Chicha le cantaba el arrorró.
Clara Anahí a pura risa con su papá Daniel Mariani, tres días antes de su secuestro
Lógicamente, la historia de Clara Anahí Mariani precede a su nacimiento. Los detalles más íntimos de esos días están reflejados en La casa de calle 30. Una biografía de Chicha Mariani, el libro que escribió el periodista platense Laureano Barrea, centrado en gran medida es sus entrevistas con la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo y las cartas que ella intercambio con su marido Pepe, (Enrique José Mariani) quien alternaba entre Argentina e Italia, donde se desarrollaba como violinista y director musical.
Diana estaba embarazada cuando con su pareja Daniel Mariani ya pensaban cómo preparar la casa a la que se habían mudado a mediados de 1975, para recibir a su primera hija. Entre los objetos que comenzaron a aparecer estaba un moisés que habían usado todos los niños en la familia Teruggi.
El casamiento de Daniel y Diana fue en 1972
En marzo de 1976, el mes del golpe de estado, Chicha escribió a su marido que Diana y Posky –así le decían a Daniel– la habían ido a buscar para llevarla a la casa de los abuelos Chorobik en City Bell y habían traído con ellos el moisés para prepararlo. También había comprado lana blanca y amarilla para tejer batitas y escarpines.
"Dice Diana que ha empezado a tejer ella, ya que yo no hago nada y ella quiere tener todo listo a los siete meses, como corresponde. Creo que la he decepcionado, me estoy portando como una abuela falluta, ¡si ella no sabe tejer!", escribía la abuela en una de sus cartas posteriores.
La elección de los colores tenía una explicación: Daniel quería un varón. Durante los últimos meses del embarazo, Chicha tejió para ese nieto que todavía no conocía. Casi todo era amarillo porque su hijo, convencido de que tendría un varón, la desalentaba de hacer prendas rosas.
La beba Clara Anahí junto a sus padres
El nacimiento hace 50 años
Laureano Barrera relata así el día del nacimiento.
La hija de Daniel Enrique Mariani y Diana Esmeralda Teruggi nació el jueves 12 de agosto de 1976 a las ocho y veinte de la noche y no fue varón, como todos querían, sino una beba de 3 kilos y medio. Su primer nombre era Clara. El segundo aún no estaba definido.
Cuando Chicha y Pepe (Mariani, quien había regresado de Italia) llegaron al Instituto Médico Platense, frente al Paseo del Bosque, Daniel estaba sentado en el banco de madera de la maternidad, solo. Tenía los ojos clavados en la pared.
—¿Qué te pasa, Posky?
—Es tanta responsabilidad tener un hijo…
Sus padres no entendieron la carga personal que había en esa frase genérica. Se acercaron al vidrio de la nursery y la vieron por primera vez. Ya habían llegado todos los Teruggi. Era una nena grandota, madura y vital, como si tuviera un mes de nacida. Tenía el pelo castaño, abundante y oscuro, totalmente lacio pero rebelde: se le hacían mechones de pelo enmarañado que le caían sobre la frente como flechas. Sus ojos eran negros, con pupilas brillosas y enormes. Tenía la piel cobriza, cachetes y orejas muy grandes, iguales a las de Chicha. Kewpie, su consuegra, le dijo que le parecía su vivo retrato.
Una foto tomada en el sanatorio donde nación Clara Anahí el 12 de agoto de 1976
Al día siguiente, ya instalados en la casona de la calle 59, donde pasaron la primera semana, Daniel la alzó para hacer el anuncio que faltaba:
—Esta hermosa beba se llama Clara Anahí Mariani.
Pepe disfrutó durante veinticinco días de su nieta. La tuvo en brazos, le dio la mamadera, la hizo reír. La contempló en la cuna mientras dormía la siesta. El 6 de septiembre de 1976, día en el que la dictadura volvía a devaluar y los precios se disparaban otra vez, abordó el avión con destino a Italia. Tenía que ensayar para una serie de conciertos que daría a fines de noviembre, en Bari. Chicha lo despidió en la zona de embarque de Ezeiza con un beso en la mejilla y la promesa de visitarlo en febrero".
Los ojos vivaces de Clara Anahí, en brazos de su abuelo Pepe, poco antes de que este volviera a Italia. No volvería a ver a la nena
El rincón de Clara Anahí en la casa de calle 30
Un año antes, cuando Daniel y Diana se mudaron a la casa de calle 30, la organización Montoneros les asignó la tarea de montar una imprenta tabicada cuya existencia nadie podía saber, mucho menos el resto de la familia.
La casa era cómoda. Un hall de entrada con dos sillones y un tocadiscos, una cocina pequeña con azulejos y una arcada hacia el comedor, que era la sala de recreación. Tenía un sillón de pana verde, mesa, sillas, un aparador y televisor. La cocina daba a la galería, que a su vez conectaba al baño y la habitación trasera.
Por seguridad, Chicha no pudo ver el camino hacia la casa. Al llegar le mostraron habitación por habitación. En el dormitorio principal estaba uno de los objetos que más la emocionó: el moisés de mimbre. Diana lo había forrado con una tela rosa a lunares. En la pared habían colocado una muñeca pepona de piernas largas y flacas.
Los 104 días de Clara Anahí
La presencia de la beba formaba parte de esa vida cotidiana y también de esa fachada que se prolongó durante los 104 días que se conocen de su vida. Diana salía a hacer compras con Clara, cuidaba el jardín y realizaba las tareas domésticas. Para los vecinos, de acuerdo a lo reconstruido a partir del testimonio de Chicha, la imagen era la de una joven madre con su hija.
Y esa imagen no era solo ni principalmente una cobertura: era también su vida. Clara no pasó sus tres meses encerrada en la casa de calle 30 sino que tenía una rutina como la de cualquier familia. Visitaban a sus abuelos y tíos y Diana la dejaba con Chicha todos los miércoles y sábados antes de ir a dar clases a la facultad. La abuela, que durante el embarazo había tejido para el nieto que esperaba, comenzó entonces a llenar su casa de pequeños objetos para su nieta.
Clarita en el sillón de la casa de la abuela Chicha, a donde la llevaban todos los miércoles y sábados
Chicha siguió tejiendo después del nacimiento, el 12 de octubre, cuando Clara cumplió dos meses, le hizo un pantaloncito rosa con bordados y breteles, acompañado por unos escarpines. A fines de ese mes, la abuela ya registraba que Clara estaba creciendo mucho, pero las cartas a su marido también muestran algo más importante: la bebé empezaba a interactuar con quienes la rodeaban.
En una de las escenas descriptas, Clara miró a Daniel y dijo algo que Chicha interpretó como su primer “pá”. La reacción de su padre fue de enorme emoción. La abuela se reconocía completamente fascinada con la beba. Era una vida que avanzaba a la velocidad de cualquier bebé: crecer, reconocer rostros, emitir sonidos, descubrir movimientos.
El contador Daniel Mariani, siempre de saco y corbata, con su pequeña en brazos
Las cartas que enviaba a Pepe son en buena media las que permiten recuperar esa relación. Surge de esos relatos el día de su propio cumpleaños, el 19 de noviembre, cinco días antes de la tragedia, cuando Chicha fotografió a Clara con su cámara Nikon. En una de esas escenas familiares como tantas, la bebé aparece sentada en el cochecito, con un vestidito, y también sonríe en brazos de su padre.
En la última carta de Chicha previa al ataque aparece otro de los momentos emotivos en la vida de cualquier bebé. Fechada el 20 de noviembre a las 11.30 dice:
El domingo le corté el pelo en City Bell, con mamá, a la siesta, mientras los chicos descansaban. Está tan vivaracha, queriendo estar parada, con las patitas duras y para afuera, así (se las dibuja). En esto de pararla en la falda nos entendemos mucho. Ya me conoce y sabe que la mimo. El otro día me la dejaron 8 horas, le di la manzana rallada, jugo de naranja, la bañamos con Chiquita Oviedo. La disfrutamos de lo lindo. Y cuando le canto el arrorró se ríe a carcajadas, por eso pienso que le va a gustar la música. Desde ya se ríe de mí, como cantante tan buena que soy. Fotos de la nena, yo le sigo tomando pero todavía tengo el rollo en la máquina, dejando alguna para sacarle con el primer vestido que le ponga Diana. Ayer vino con un trajecito así (vuelve a dibujar), rosado. Con escarpines rosas y el flequillo que usa. Era una muñeca.
Una de las fotos tomadas por Chicha con su cámara Nikon. Diana juega con Clara Anahí
La última mañana
El 24 de noviembre comienza como cualquier otra mañana. La nena se despierta alrededor de las siete. Daniel pone el agua para el mate mientras Diana calienta una mamadera de leche en polvo. Después de alimentar a su hija, la pareja se sienta a tomar unos mates. A la ronda puede haberse sumado Roberto Porfidio, uno de los militantes que caería bajo la balacera unas horas más tarde. Hacía un mes había llegado a la casa y dormía en la habitación del fondo.
La mañana del ataque Clarita se despertó a las 7 y Diana le calentó la mamadera
Después del desayuno Daniel sale a una cita obligada de todas las mañanas con los responsables del manejo de la imprenta. Regresa a la casa y la Citroneta entra al garaje con la carga clandestina de militantes que un rato más tarde encontrarán la muerte. Ese auto no saldrá nunca más y aún hoy luce los impactos de proyectiles como mudo testimonio de la ferocidad del ataque.
El auto es hoy parte de las visitas guiadas en la casa de calle 30 y luce los balazos que recibió durante el ataque
La vida esa mañana sigue con esa relativa normalidad algunas horas más. Alrededor de las 10 Clara Anahí viaja recostada en su cochecito por las veredas del barrio junto a su mamá. Didí, como le dicen a Diana, hace las compras para el almuerzo y cumple el rol de ama de casa para alejar sospechas de militancia política.
Poco después, su esposo economista con placa de bronce en la entrada de la casa, sale de traje y maletín rumbo a Buenos Aires. Una rutina que ese día le salvará su vida para sufrir el dolor por la muerte de su mujer y el destino incierto de su beba en los meses que pasarán hasta su propia desaparición, el 1º de agosto del año siguiente.
La placa de bronce de Daniel Mariani, en la puerta de la casa de calle 30, junto a los vestigios del tiroteo
En ese momento la patota que atacaría la casa estaba a unas diez cuadras. Cerca de las 13.20 los otros compañeros que estaban en la casa, Roberto Porfidio, Mendiburu Eliçabe, Juan Carlos Peiris y Alberto Bossio habían parado para almorzar y estaban con Diana cuando oyeron la voz que detrás de un megáfono gritó: "¡A los de la vivienda de 30 número 1134, salgan con las manos en alto! ¡Están totalmente rodeados por efectivos de las fuerzas conjuntas!"
La decisión adentro fue resistir. "Diana seguramente se abalanza sobre el cochecito para poner a resguardo a su hija de 3 meses y 12 días. Alguna vez le dijo a su suegra que el lugar más seguro de la casa es la bañera. Y tuvo razón: en la casa de la calle 30, hay cuatro paredes entre el baño y la vereda. A pesar de la destrucción, las pericias que se harán diez años después marcarán que las balas nunca llegaron hasta ahí", narra Barrera.
La casa de calle 30 está preservada y guarda intactas las marcas del ataque
Después de más de cuatro horas de ataque constante y resistencia, las cargas pesadas impactan en el frente, desbaratan la ventana y el marco, perforan la primera pared interior que separa la habitación del comedor y traspasan la siguiente, que lo divide con el baño. Una marca que aún puede verse, casi 50 años después. "Es probable que Diana se arrastre hasta la bañera entre la nube de polvo y el aturdimiento por la destrucción del cañonazo, para buscar a Clara", prosigue en hipótesis la reconstrucción del libro.
Esa versión da cuenta de que la última sobreviviente es la joven de 25 años, que corre por el patio con su hija en brazos. Un tiro por la espalda de uno de los secuaces del comisario inspector Miguel Etchecolatz la derriba. "Acaso en su último acto voluntario, amortigua el peso de su cuerpo para preservar el de su hija. Queda tendida en el patio, cerca del árbol de limones, en medio de la balacera sin fin. Su sangre entibia el cuerpo de su hija de 3 meses, que llora, sana y salva".
Diana protegió a Clara Anahí hasta que recibió el disparo que le quitó la vida
La supervivencia y una vida desconocida
Los vecinos Florentina Fernández y Oscar Ruiz vieron de diferentes perspectivas cómo sacaron a la beba de la casa. Ambos tardaron 30 años en contar lo que presenciaron, pero sus testimonios son confirmatorios de que, a partir de ese momento, después de 104 días, comenzaba la vida oculta de Clara Anahí Mariani.
Clara Anahí cumple 50 años de su nacimiento y no conoce su verdadera identidad, así como quienes la buscan no saben cuál el nombre que lleva hoy. Tampoco se conoce su voz, qué música escucha si es que le gusta como profetizaba Chicha, qué profesión eligió, qué recuerdos conserva de su infancia. Tampoco se puede saber qué habría sido de aquella beba si hubiera podido crecer junto a Diana, Daniel, Chicha y el resto de su familia.
Una de la fotos más conocidas de Clara Anahí, una de las ultimas antes de su secuestro
Su historia suele contarse desde su desaparición, pero en este nuevo cumpleaños en ausencia, puede narrarse desde el principio o incluso antes. Desde el amor durante la espera de su nacimiento y en esos 104 días junto a su familia que la cuidaba, la amaba y la llamaba por su nombre.