El santafesino dejaba el invicto en su octava presentación, después de las siete anteriores ganadas por knock out. Fue en el Luna Park, y Aguilar, que vivía en la calle 66 entre 136 y 137, demostraba ser campeón argentino en racha ascendente. En la pelea de fondo, pactada a diez asaltos, conocía en el ring a un tal Carlos Monzón.
Sesenta y dos años se cumplen de la noche que siempre fue recordada por los dos púgiles de la categoría mediano. La primera de las tres derrotas del mítico zurdo, que se retiró con 100, ganando 87 (56 por knock out), con 9 empates y una sin decisión. Ya no está “Cacho” Aguilar para revivir esos días, signado por una muerte temprana que se lo llevó a los 65 años de un paro cardíaco. Una persona de buena conducta, que enseñó boxeo e inculcó la cultura de los cuidados físicos siempre, jubilándose en policía.
Todo aquel que lo trató, seguirá amándolo. En efecto, el próximo 20 de septiembre se celebrará en la región el Día del Boxeador, con un almuerzo de camaradería preparado y organizado por los ex púgiles de una generación espectacular de campeones. Si bien la fecha oficial es el 14/9 (honor al duelo Dempsey-Firpo, pelea épica de 1924), nunca deja de recordarse al maestro que venció a Monzón.
Antonio Aguilar Carlos Monzón
Tez morena, mirada franca y muchas ganas de ser alguien en la vida, lo entusiasmó la pelea. “Pero era incapaz de matar una mosca por la bondad que tenía. Nos criamos juntos, fue mi cuñado y lo quiero como a un hermano”, expresa orgulloso a 0221.com.ar, José “Osito” Fernández, ex boxeador amateur, radicado en Formosa, por el cual podemos saber cosas íntimas de Antonio.
Es que José es hijo del entrenador Olegario Fernández, que lo vio vencedor aquella noche en el Luna, y maestro en la vida de varios boxeadores, especialmente en Berisso, donde tenía su panadería “El Pendón” (en la calle Nueva York y Marsella) donde montó un modesto gimnasio en el que se hacían sesiones de guantes. Ahí llegó un día Aguilar, con apenas once años.
“Un patrón para el que vendía leche lo echó porque lo había visto regalando un poco de leche, a mi madre. Entonces, lo tomamos en la panadería donde mi papá y mi tío enseñaban boxeo. Con trece empezó a practicar y a los dieciséis debutó, mismo día de su cumpleaños”. Cuando cerraron el frigorífico Swift, Olegario cerró y abrió otra panadería en Los Hornos: “ La buena amiga ”.
La bata con el escudo de Gimnasia
El púgil platense viajó un día antes en tren, y concentró en el hotel Splendid Bouchard. Aguilar, de veintitrés años, subió al cuadrilátero con una bata blanca y azul, con detalles dorados, que le había regalado don Olegario. También aparecía bordado el escudo de Gimnasia. “El Lobo pudo ser su apodo, pero no quedó… Para todos fue Cacho o El Negro”. Justamente el fútbol, que entonces era tan popular como el boxeo, había tenido en el Campeonato de la AFA a un equipo que marchaba hacia la gloria y finalizará tercero el mismo año 1962 en que Aguilar arrancó su campaña profesional, ese año se presentó con diez victorias.
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Aguilar esquivando la derecha de Monzón.
“No lo conocía y acepté sin preocupaciones porque nunca me fijé mucho en los antecedentes de mis rivales”, reconocía Aguilar con la claridad que da el tiempo. Carlitos peleaba por octava a vez a nivel profesional, y sus anteriores siete peleas habían sido victorias por knock out. Estaba destinado a grandes cosas, a ser un número uno mundial, desde su primer éxito en 1970 y las catorce defensas que hizo, ganándolas todas, hasta 1977. En tanto, Antonio hizo 108 presentaciones, hasta 1975, ganando 79, 15 antes del límite, perdiendo 18 y empatando 11. Obteniendo los títulos platense, argentino y sudamericano.
“Olegario me contó que Monzón pegaba fuerte y que había que cuidarse de él”, reconoció. Aguilar pensó y actuó como era su estilo, boxeando, similar al mendocino Nicolino Locche; vistoso, señorial, con cintura, para entrar y salir, desgastando con “las caricias” al rival. Venía de otra victoria por puntos, tres semanas antes, en Mar del Plata, ante Andrés Selpa.
Embed - Carlos Monzon habla de las peleas de exhibicion en Santa Fe 1972
Carlos Monzón sobre la derrota ante Antonio Aguilar.
Veintiún días antes de esta presentación Monzón había cumplido 21 años. Nunca dejó de reconocer que fue el único que le ganó con justicia. Aguilar hacía memoria y describía en una nota con El Gráfico, tiempo después: “Me pareció un muchacho fuerte, pero desmañado, muy rudimentario. Moviéndome constantemente para no ofrecerle un flanco fijo y tratando de anular sus brazos largos, logré ir sacando ventajas. No me colocó ningún golpe fuerte, y hasta me dio la sensación, en su delgadez, de que era algo débil. Eran otros años…”.
“Cuando terminó la pelea solamente pensaba en volver a mi barrio Los Hornos y seguirme entrenando. En aquella época mi única ambición era pelear y ganar, sin descuidar mi empleo en el Jockey Club”, reconoció en aquella nota de la emblemática revista, que tituló una producción especial: “Yo le gané a Monzón”. Se subraya que esa “una frase que la pueden decir tres hombres en el mundo”. Sumaron los testimonios del español brasileño Felipe Cambeiro (le había ganado el 28 de junio de 1964) y del puntano Alberto Massi (triunfó ante el futuro monarca mediano el 9 de octubre de 1964).
Pelearon tres veces más y terminaron amigos
Siguieron viéndose las caras, y quedarían 1-3, porque las otras tres peleas fueron para el santafesino de San Javier. La segunda y tercera fueron nuevamente en el escenario de la calle Bouchard. El 8 de diciembre de 1965, Monzón se impuso por puntos y le sacó el invicto a Aguilar, quedándose con el cinturón “Eduardo Lausse” y así ganó la chance de pelear por título argentino con Jorge Fernández.
El 29 de julio de 1967 venció por knock out Monzón, y la última vez fue el 11 de febrero de 1970, en Mar del Plata. Monzón ponía en juego el título argentino y ante un colmado estadio Bristol no dejó dudas al noquear al platense en el sexto round. Nueve meses más tarde Monzón llegó a su sueño de campeón del mundo ante Nino Benvenutti, de quien Aguilar fue sparring. Curiosamente, cuando Monzón es campeón ecuménico debió renunciar al título argentino, que pasó a manos de Aguilar por ser el primero del ranking en la Federación Argentina de Boxeo (FAB).
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Antonio Aguilar, sonriendo junto a Monzón.
La amistad quedó sellada en la previa de una defensa por el título mundial, la duodécima, cuando Carlos esperaba por Gratien Tonna, campeón europeo, nacido en Túnez. Corría el año 1975 y “Cacho” Aguilar se apareció en Francia. Una fotografía los inmortalizó a carcajada limpia. Aguilar, que ya era profesor de educación física en la Escuela Vucetich de la Provincia de Buenos Aires, tiró una propuesta risueña: “La superioridad me mandó hasta aquí para ordenar a Monzón y a Tito Lectoure para que se vengan a comer un asado a nuestra escuela”. Pese a la nutrida agenda del campeón, la invitación fue aceptada inmediatamente.
En esa ocasión participó del footing matinal y de algún picado con una pelota plastibol, y de la previa y el post triunfo en un monstruoso hotel circular de mil habitaciones. Un amigo del boxeo, en el ocaso de la carrera, le preguntó acerca del futuro laboral en una vida sin los guantes. “Negro, el boxeo un día se termina…, ¿por qué no entrás a la Policía?”, describe la situación José “El Osito” Fernández.
En la década del noventa era entrenador en Chacarita Platense donde asombraba por sus movimientos de cintura y reflejo a los cincuenta y largos. En ese tiempo que el Luna Park estaba cerrado y el boxeo iba en caída. Aquella empresa del boxeo nacional donde Aguilar fue superior a Monzón.
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“Viejo y vieja le decía cariñosamente a mis padres”, dice Fernández, que el próximo día del Boxeador quiere festejarlo con los colegas. Y nos devuelve un poco la imagen de Olegario Fernández, que murió dos años después que Cacho, su gran descubrimiento.
El boxeador que hizo historia, también fue feliz con sus cinco hijos (el mayor es cantante), todos le dieron nietos (quince, y los últimos no pudo verlos nacer). El Negro querido se fue de este teatro de la vida hace diecinueve años, y donde más allá de la calidad para pelear en un ring, había comprendido lo que es amar y después partir.