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Una iniciativa familiar que lleva dos décadas custodiando la historia de La Plata

El "Museo del Automóvil y Ramos Generales Colección Rau" abrió en 2006 y acaba de celebrar 20 años de existencia. En sus salas se pueden admirar auténticas joyas del mundo motor pero también objetos que pertenecen a la historia y los recuerdos de la vida cotidiana de los platenses.

Frente a las vías del Ferrocarril Roca, sobre la vereda de la calle 1 entre 34 y 35, los tradicionales adoquines que alguna vez revistieron las calles de La Plata tapizan un sector de la vereda como una antesala simbólica de un viaje en el tiempo. Ese es el recorrido que propone el Museo del Automóvil y Ramos Generales “Colección Rau”, un espacio que acaba de cumplir 20 años de funcionamiento ininterrumpido y que reúne vehículos antiguos y objetos cotidianos que reconstruyen, pieza a pieza, valiosos fragmentos de la historia platense.

El origen del museo, donde el tiempo parece haberse detenido y donde cada objeto guarda una historia, nace de la pasión de los hermanos Jorge Rubén y Cecilio Pablo Rau, quienes desde muy jóvenes comenzaron a reunir objetos vinculados al mundo automotor. La colección es el resultado de un trabajo constante de búsqueda que se extendió por décadas.

Lo que comenzó como un pasatiempo —juntar piezas, accesorios y curiosidades— fue creciendo de manera sostenida. Al principio, todo lo que conseguían lo almacenaban en el fondo de su casa, hasta que la acumulación llegó a un punto insostenible que hizo evidente la necesidad de contar con un espacio propio. Así nació la idea del museo.

Paralelamente, ambos hermanos se dedicaban a la compra y venta de antigüedades en su tradicional casa de remates de calle 1 entre 35 y 36.

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El museo Rau, ubicado en 1 entre 34 y 35, frente a las vias del tren.

“Ellos empezaron de chicos, como un juego. Después llenaron un galpón entero y decidieron hacer un museo”, recuerda Evelín Rau, actual directora e hija de Jorge. “Después llenaron un galpón entero. Ahí fue cuando dijeron: hagamos un museo”. Cecilio, sin embargo, falleció antes de la inauguración, por lo que no llegó a ver concretado el proyecto.

“Mi pasión comienza de pantalones cortos, hicimos una pista en la tierra en la casa de calle 54 y jugábamos con los Dinky toys de esa época (vehículos en miniatura fabricados en aleación de zinc), y después siguió con los verdaderos, y asi fue juntar y juntar. Luego poderlos acomodar en el museo y ver la coronación de una vida, estoy muy feliz con estas dos décadas, y ya tengo proyectos nuevos. Gracias a todos los que apoyaron en esto”, dice Jorge con sus 87 años mientras posa para la foto.

Templo, garaje y museo

El lugar donde hoy funciona el museo fue antes un antiguo oratorio levantado en 1875 como parte del caserío que formaba la localidad de Tolosa, previo a la fundación de La Plata y ubicado sobre lo que era por entonces el Camino Real.

Cuando en 1882, Dardo Rocha concibe la ciudad capital de la provincia, el edificio quedó dentro del nuevo trazado urbano. Con el tiempo, había quedado abandonado hasta su recuperación por la familia Rau. Inicialmente se usó como garaje para ubicar los coches de colección de los hermanos.

En 1984 adquirieron la construcción que se hallaba muy deteriorada. Luego supieron que se trataba de un antiguo oratorio levantado antes de la fundación de La Plata.

“Este edificio es más antiguo que la ciudad”, explica Eduardo Silva, encargado de las visitas guiadas. La inscripción en la fachada lo confirma. Originalmente, funcionó como capilla de Tolosa. Con el trazado de lo que seria la nueva capital bonaerense, el templo quedó dentro del cuadrado del casco urbano. Asi fue perdiendo su función y, con el tiempo, quedó abandonado.

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Así retrato el fotógrafo Thomas Bradley el edificio que ahora ocupa el Museo del Automovil. La imagen esta fechada en 1885.

“Estaba prácticamente para demoler”, recuerda Evelín. Sin embargo, decidieron recuperarlo. La restauración fue lenta, paciente, casi obstinada. No se trataba solo de reconstruir un edificio, sino de darle un nuevo sentido.

Ese proceso llevó más de dos décadas. Recién el 4 de marzo de 2006 el museo abrió sus puertas. Cecilio, uno de sus impulsores, no llegó a verlo terminado. Murió meses antes de la inauguración. Jorge, en cambio, continuó adelante con el proyecto, que hoy sigue vigente en manos de su hija.

Pero el edificio no solo fue restaurado: fue intervenido con piezas de otros espacios históricos. Los Rau incorporaron elementos de distintos rincones de La Plata y de Buenos Aires, integrándolos al museo como parte de la experiencia.

Las rejas de la antigua panadería El Toro, que durante años funcionó en la esquina de 15 y 58, hoy forman parte de la fachada. El portón de entrada perteneció al desaparecido teatro Odeón, en Corrientes y Esmeralda. Y las puertas vaivén que se atraviesan al ingresar fueron rescatadas del bar El Tropezón, un clásico porteño frecuentado por Carlos Gardel. No son solo detalles decorativos sino que significan fragmentos de historia reutilizados, cargados de memoria. “La gente grande se emociona mucho”, dice Silva. Y acota: “Muchos se emocionan cuando piensan que están tocando el mismo picaporte que tocó Gardel”.

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Primer exposicion de autos antiguos en el Pasaje Dardo Rocha donde los Rau se alzaron con el primer puesto.

Poco a poco, el cúmulo de coches que se iba reuniendo, sumado a los objetos que comenzaron a ocupar el amplio galpón, fue gestando casi de manera natural la idea del museo. Sin embargo, era necesario llevar adelante una obra de restauración integral que permitiera concretar la iniciativa, un proceso que demandó más de dos décadas de esfuerzo. Durante ese proceso, no sólo se refaccionó el edificio, sino que se lo dotó de una identidad única mediante la incorporación de elementos históricos provenientes de distintos puntos de La Plata y de la Ciudad de Buenos Aires que forman hoy parte del acervo del lugar.

Al ingresar, el museo anticipa su carácter: un antiguo surtidor de gasolina marca Shell y un tocadiscos en funcionamiento dan la bienvenida, antes de que las puertas vaivén que conducen al corazón de la colección se abran para dar paso al rico acervo del lugar. Entonces, el aire se impregna con la inconfundible fragancia de aceite, grasa y combustible, típica de los talleres mecánicos: un perfume que revive motores y piezas de otra época.

En el interior, los automóviles ocupan el centro de la escena. La colección incluye modelos de distintas épocas: Ford T y Town Car de las décadas de 1910, un Overland, un Durand, un Fiat Topolino. Tambien hay algunos coches que son verderas joyas únicas. Entre los más singulares como un Heinkel alemán que se abre por el frente y un Messerschmitt de 1959 que parece la cabina de un avión. Son vehículos que actualmente resultan casi extraños, pero que en su momento representaron innovación.

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A estos se suman otros vehículos destacados, como un Citroën C6, un Peugeot de 1917 o un Cadillac Fleetwood, además de motos, bicicletas y motonetas que amplían el universo de la muestra.

Entre todas las unidades, uno de los mayores orgullos que, de algun modo condensa el espiritu del sitio: un Renault de 1910, cuya restauración demandó cerca de 25 años. La tarea, nada convencional, implicó fabricar partes inexistentes a partir de registros fotográficos y conseguir componentes en distintos puntos del mundo, en un proceso artesanal que refleja el nivel de dedicación de sus creadores. “Cada pieza fue un desafío”, explican desde el museo. Una rueda con llantas de madera se hizo en Rosario. La tela del tapizado llegó desde Francia. Cada componente implicó una búsqueda distinta. Un trabajo artesanal, paciente, minucioso.

Ramos generales

Sin embargo, el museo trasciende lo automotor. En sus salas conviven carteles esmaltados, surtidores a manija, herramientas, radios, estufas, heladeras, máquinas de escribir, boletos de colectivo, buzones y una extensa variedad de objetos que permiten reconstruir la vida cotidiana. Se trata, en definitiva, de un verdadero museo de “ramos generales”, en el sentido histórico del término.

Esa idea se materializa especialmente en el bar-cafetería “El Gran Premio”, ambientado como un antiguo almacén, donde los visitantes pueden no solo observar sino también habitar ese pasado.

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El museo tiene, en efecto, un carácter marcadamente familiar y abierto a la comunidad. Recibe tanto a aficionados como a escuelas y visitantes ocasionales. Para muchos niños, el recorrido implica descubrir objetos y maquinas que ya no existen; para los adultos, es una experiencia atravesada por la memoria y la emoción.

“Es como abrir las puertas de nuestra casa”, resume Evelín. En ese intercambio con el público —en los recuerdos que despiertan los objetos y en las historias que circulan— reside una parte esencial del servicio que ofrece el museo.

La continuidad del Museo del Automóvil Rau en una capital como La Plata, que, increíblemente, no cuenta con un museo de la ciudad, lo ha consolidado como un espacio único de gran valor. Más que una simple colección, recorrerlo supone un viaje en el tiempo, transformando el pasado en una experiencia tangible, llena de objetos, historias y afectos.

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Inauguracion del Museo Rau en marzo de 2006.

Detrás de ese universo esta presente, sin dudas, la historia familiar atravesada por la persistencia. Lo que comenzó con Jorge y Cecilio y su fascinación por los autos y los objetos antiguos que nunca dejaron de atesorar, hoy está en manos de Evelin, que representa la siguiente generación y que trabaja con la misma pasión por el sostenimiento del Museo.

Luego, al atravesar las puertas, aparece el corazón del museo. Los autos ocupan el centro de la escena. Hay modelos de distintas épocas y procedencias: Ford T de 1915, Ford Town Car de 1917, Overland, Durand, Fiat Topolino. Cada uno representa un momento de la historia automotriz, pero también una forma de vida.

Trabajo artesanal

Pero el museo no se agota en los autos. De hecho, su riqueza se completa y perfecciona en todo lo que rodea a los vehículos.

En sus salas se despliega una enorme colección de objetos vinculados a la vida cotidiana del siglo XX: carteles de chapa enlosada, herramientas, radios de distitnas épocas, estufas a kerosene, heladeras, máquinas de escribir, carnets de conducir, boletos de colectivo, buzones, balanzas.

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La participación en eventos vinculados con los autos antiguos, un sello que ha distinguido al Museo Rau. Jorge Rau al volante. (Gentileza familia Rau)

Algunos son verdaderas rarezas. Como la cartelería de “Energina”, una marca de combustible de la década de 1920 cuyo símbolo —una sausvástica— remite visualmente a la esvástica nazi, aunque en sentido inverso. Tras la Segunda Guerra Mundial, ese tipo de iconografía dejó de utilizarse.

Ese cruce entre lo cotidiano y lo histórico encuentra su punto más logrado en la cafetería del museo, ambientada como un antiguo almacén de ramos generales. No es solo un espacio para descansar: es parte del recorrido.

Allí, los objetos dejan de ser piezas de exhibición y se vuelven experiencia. Los visitantes reconocen cosas, recuerdan otras, preguntan. Se generan conversaciones. Historias. “Es como abrir las puertas de nuestra casa”, dice Evelín. “Lo más lindo es el intercambio con la gente. Muchas veces algo les trae un recuerdo y te lo cuentan”.

Es que, en efecto, el museo no está pensado únicamente para aficionados a los autos. Los chicos, sobre todo, viven la experiencia de manera particular. Se enfrentan a objetos que no conocen. Tecnologías que ya no existen. “Me preguntan: ¿así hablaban por teléfono antes?”, comenta Silva, señalando una cabina telefónica de estilo londinense.

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La restauración de los autos, una tarea esforzada hecha con pasión por los Rau y sus colaboradores y que puede demandar años.

Ese contraste generacional es parte del valor del lugar. No se trata solo de conservar objetos, sino de generar preguntas. De despertar curiosidad.

Detrás de todo hay años de trabajo de búsqueda y de restauración. Desde la elección del edificio hasta la recuperación de cada pieza, el museo es el resultado de una construcción lenta, sostenida en el tiempo siguiendo, desde el inicio, una idea sencilla y clara: crear un espacio que permitiera conocer la historia.

El museo, que vive en contacto con muchas entidades ligadas al mundo automotor y de los coleccionistas ha cedido en muchas oportunidades sus coches para diversas actividades y también para la filmación de peliculas de época.

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"Abrir el museo es como abrir las puertas de mi casa" dice Elevin Rau, actual directora del establecimiento.

“Son 20 años de sentir que es un emprendimiento cultural valioso para la comunidad y la ciudad. Nuestra mayor fuerza para seguir proviene de la devolución y mensajes de nuestros visitantes que nos llenan de satisfacción tras la visita”, reflexiona Evelin. Y acota: “Cada día de apertura es un desafío para nosotros ya que estamos en un momento económico complicado pero creemos en que la gente nos va a seguir apoyando. Abrimos solo en fechas puntuales que vamos publicando en las redes (@museodelautomovilrau) o que pueden consultarse por WhatsApp (221-5025153)”.

La entrada al Museo del Automóvil Rau es accesible y gratuita para menores, lo que refuerza su vocación comunitaria. Si bien abre generalmente sus puertas durante las tardes de fines de semana y feriados, últimamente, a raíz de recibir muchos pedidos para visitarlo en días se semana se ha implementado un sistema de reservas. Pero más allá de los horarios o el valor de la entrada, lo que ofrece es otra cosa: una experiencia. Un recorrido. Un viaje. Detrás de sus puertas, el pasado no es algo distante. Es algo que se puede ver, tocar, recorrer. Algo que sigue ahí.

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