Por Javier Bonafina*
A poco de que la capital bonaerense cumpla 143 años de vida, un historiador rescata dos trabajos que indagan las formas de encuentro y socialización de la clase trabajadora que dio forma a la ciudad. El impacto de los inmigrantes, en su mayoría varones, y la importancia de los burdeles.
Por Javier Bonafina*
La Plata nació el 19 de noviembre de 1882 como un manifiesto de modernidad: dameros perfectos, diagonales, palacios públicos. Pero su pulso verdadero lo dieron peones de albañilería, carreros, carpinteros, costureras, panaderos, lavanderas, changarines del puerto y mozos de cafés. En los márgenes —a veces pared por medio— entre los cuartos del inquilinato, crecieron los prostíbulos reglamentados, los bailes con “corte y quebrada”, las devociones populares.
Entre 1882 y 1920, ese subsuelo plebeyo se organizó, trabajó, se divirtió, creyó y transgredió, dialogando con élites llegadas para hacer negocios en la ciudad nueva. Dos fuentes permiten afinar el lente: el corpus rioplatense que reunió el antropólogo Robert Lehmann-Nitsche en Textos eróticos del Río de la Plata y el Informe sobre el estado de las clases obreras vol II (ed. Ministerio de Trabajo PBA, La Plata, 2010) de Juan Bialet Massé. Ambas habilitan una reconstrucción densa de la vida popular platense y, a la vez, explican por qué La Plata se entendía —y era leída— en clave internacional.

Una formación del tren Roca atropelló a una persona en Hudson y el servicio funciona limitado hasta Villa Elisa. Desde Constitución, llega hasta Berazategui.
El SMN emitió una alerta por tormentas y posible caída de granizo y el fenómeno podría afectar a la zona sur de La Plata.
Lehmann-Nitsche llegó a Argentina el 10 de julio de 1897 para ocupar cátedras en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), instalándose de hecho en la capital bonaerense y convirtiendo su trabajo de campo en una cartografía minuciosa del habla, los cantares y las jergas plebeyas del Río de la Plata. Su compilación de Textos eróticos fue publicada primero en circuitos centroeuropeos y vinculada a la revista Anthropophyteia (1909), con un consejo editorial donde figuraba, entre otros, Sigmund Freud. Allí se explica hasta qué punto esos materiales circulaban en redes científicas globales. A la vez, su “método” etnográfico fue deliberadamente terrenal: recogió inscripciones en mingitorios y baños de cárceles y prostíbulos, y coplas o graffitis del espacio público; es decir, siguió las huellas de una sociabilidad que se escribía en oscuros muros, letrinas y mesas de café.
Bialet Massé, por su parte, recorrió el territorio nacional para medir aquello que llamaba “ración mínima” y salario mínimo como cuestión de derecho natural, con impacto directo en la jornada, el descanso y la seguridad del trabajo. Se trata de una tesis anclada en la encíclica Rerum novarum, de 1891, en la que el papa León XIII inauguró la llamada Doctrina Social de la Iglesia. En sus tomos el autor organizó capítulos sobre una jornada tipo de ocho horas, descanso semanal, accidentes, mujer y niño, sociedades obreras y agencias de conchabo: un índice que parece guión de la vida laboral urbana finisecular.
Los trabajadores que hicieron la ciudad desde cero, muchos inmigrantes otros criollos, en su mayoría hombres sin familia
En su libro Tristes chicas alegres, Alonso de Rocha sostiene que “los prostíbulos cumplían otras funciones: entrenamiento con sus deportes de patio, dominó y mus. Y en el entretenimiento la socialización. “Era tal la importancia de las llamadas casas de tolerancia que en cualquier movimiento político local aparecen de una forma u otra”, apunta Alonso.
A partir de la fundación de La Plata se generó una fuerte demanda de mano de obra y de oficios, en su mayoría ejercidos por varones. Si Bialet buscaba una regla general para el país, su razonamiento calza con la ciudad planificada: el jornal mínimo debía cubrir la subsistencia del trabajador y -de tenerla- su familia. La frugalidad que invoca —vivienda limpia, vestido decente, jabón, plancha, luz— no es “lujo”, sino condición sanitaria y moral del trabajo urbano.
Desde esa base, la “jornada racional” de ocho horas y el descanso no eran concesiones, sino parte de una fisiología social que prevenía conductas perjudiciales como el alcoholismo, los accidentes y el desgaste. En esto Bialet fue claro: el patrón que no puede pagar la ración mínima, no debe tener peones; la ley debe asegurar ese piso como garantía del “equilibrio social posible”. La ciudad nueva, que convocaba inmigrantes provenientes de Europa y criollos a obraje y servicio, necesitaba ese estatus laboral mínimo para evitar que la energía social se quebrara.
Interior de un burdel de finales del siglo XIX, como los que funcionaban en La Plata y aportaban a la sociabilidad en la nueva urbe
Las sociedades obreras y las llamadas agencias de conchabo que Bialet enumera en capítulos propios ayudan a ubicar dónde se tramitaba el conflicto y la contratación: mutuales, incipientes organizaciones sindicales, oficinas y cafetines donde se conseguía trabajo al día o por jornal. Esa trama funcionó en La Plata, donde la vida popular se tejía entre la obra pública, el ferrocarril y los servicios urbanos.
En su investigación, Lehmann-Nitsche muestra cómo el lenguaje popular codificaba oficios, consumos, sexualidad y fiestas. Esto, en sí mismo, constituye un mapa de sociabilidades. Allí aparecen definiciones como “cartilla”, que era un permiso policial para ejercer la prostitución o “gerenta” designando de ese modo a la administradora de un burdel. Son pruebas textuales de la prostitución reglamentada y de su administración cotidiana. Como cuenta Julia Bacchiega en su tesis titulada “Prostitución y proxenetas en la provincia de Buenos Aires (1913–1922)”, con la reglamentación, el Estado autorizaba el funcionamiento de burdeles o “casas de tolerancia”. Las mujeres que alli trabajaban debían inscribirse en un registro de prostitutas, acatar normas de comportamiento y realizarse regularmente controles médicos.
Las poesías y glosas ubican escenas en cafés del bajo “donde acudía a destajo la aristocracia del vicio”, es decir, un punto de contacto —económico y carnal— entre “cajetillas” y trabajadoras sexuales. A su vez, en el baile las expresiones “corte” y “quebrada” cifran la misma mezcla: cuerpos populares e inquietos que aprenden a moverse al ritmo de la ciudad nueva.
No es menor que el corpus mencione explícitamente “La Plata” como procedencia de ciertas coplas: la ciudad aparece como lugar de habla y performance popular, no como puro escenario o decorado estatal.
La vida popular se tejía entre la obra pública, el ferrocarril y los servicios urbanos
Si la voz popular hablaba de la prostitucion y sus protagonistas, la normativa también dejó marcas. Buenos Aires adoptó en 1875 el modelo francés de prostitución reglamentada, y La Plata lo extendió en 1884, organizando padrones, controles médicos y policía de costumbres; una arquitectura legal que se integraba a la economía urbana. Con el vuelco abolicionista y la Ley Palacios (1913), la trata se empezó a tipificar como problema internacional; la provincia de Buenos Aires litigó casos en varios departamentos judiciales, con La Plata como cabecera administrativa, aunque la preservación desigual de expedientes deja un campo lleno de huecos.
En un burdel platense, el comerciante Emilio Morales Gauna conoció a la bella Bertha Smith, una joven húngara que se ganaba la vida ofreciendo su cuerpo a los clientes. La historia de Bertha, quien se quitó la vida el 13 de septiembre de 1881, condensa de manera ejemplar el cruce entre sexualidad, policía, prensa y memoria popular. Morales Gauna, era un emprendedor con fuertes vínculos con las elites bonaerenses y los circuitos de negocios que conectaban a comerciantes y políticos en la región.
Las hipótesis sobre redes de trata y sus vasos comunicantes con enclaves agroindustriales de la provincia —como la estancia La California en Castelli— hablan de flujos que excedían la ciudad pero la tocaban de lleno (clientes, capitales, trayectorias vitales). La descripción del lujo excéntrico de esas estancias —torres de agua, zoológicos privados, relojes por encargo, parques y chalés— permite oponer, casi sin palabras, la opulencia de las élites a la precariedad de quienes servían y entretenían ese mundo.
De Bertha se sabe poco, y ese poco proviene de voces indirectas. Tenía 23 años cuando decidió terminar con su vida de un disparo en la sien, utilizando un arma de pequeño calibre. Según las crónicas reunidas por Ángel Fortini, paciente divulgador del pasado dolorense, el hecho ocurrió en la vivienda que compartía con Emilio Morales Gauna, y antiguo cliente que, con el tiempo se convirtió en su pareja.
No hay descripciones certeras sobre Bertha Smith. Solo queda su tumba en Dolores con un dato de muerte también incierto y la devoción de los enamorados
La principal fuente disponible es la crónica redactada por Rolando Dorcas Berro y conservada por Fortini. Su prosa seca y tribunalicia refleja el tono burocrático de la época: “Morales, 30 años, soltero, argentino, comerciante, domiciliado en Buenos Aires Nº 8, fue detenido por el comisario Cano tras trasladarse a Méjico 7, donde hallaron el cadáver con herida de bala en la sien derecha y un revólver de 7 mm aún entre sus manos”, se indica en el parte poliical.
El parte policial señala además que Morales convivía en concubinato con la joven, a quien el epitafio recordará como ‘Berta’, sin h. Su testimonio fue tomado la misma noche del hecho, cuando quedó detenido por orden del comisario Cano.
En rigor, de la historia de Bertha, cuya figura se volvió un mito urbano, sólo perdura el dispositivo institucional y simbólico que se desplegó en torno a su muerte: la acción policial, el sumario judicial, la crónica periodística y, finalmente, la apropiación devocional del pueblo. Su lápida, en el cementerio de Dolores, se ha convertido en un pequeño santuario donde parejas que buscan protección para su amor dejan mensajes. Así lo aseguran Verónica Meo Laos y Agustina Padula en su trabajo “La lápida de Bertha Smith: un ejemplo de devoción popular”.
Por sus redes científicas y editoriales como ciudad universitaria e ilustrada, la capital bonaerense construye rápidamente un lazo con el mundo. Lehmann-Nitsche ancla en La Plata pero publica y circula en alemán, con vínculos directos a debates europeos sobre sexualidad y folklore —de Krauss a Freud—, algo que convierte a la ciudad en nodo de traducción cultural. El otro aspecto que vincula a la nueva urbe con el exterior es, precisamente, su mercado laboral urbano-industrial que Bialet discute usando comparaciones con Europa (precios, rentas, encíclicas, economistas) y defendiendo un mínimo vital familiar fijado localmente: un programa social capaz de situar a la Argentina —y por extensión a la naciente ciudad de las diagonales— en los términos de la cuestión social global. Finalmente, hay un tercer elemento por considerar: el ecosistema de placeres y controles surgido de la reglamentación prostibularia, la “cartilla” y el tránsito de “La Polaca” (término de la época para mujeres judías ruso-polacas) forman parte de un léxico transnacional que sedimenta en el habla local. Cuarto, por trayectorias biográficas que iban del cabaret al juzgado, del cementerio a la estancia de capitales europeos: la biografía de Bertha Smith, Morales Gauna y las tramas de trata iluminan ese entramado entre pueblo y élites.
La mayoria de las mujeres que trabajaban en los prostíbulos provenian de la inmigración europea.
Mirada desde abajo, La Plata fue un taller y, a la vez, un teatro. Taller: porque los cuerpos se gastaban, reclamaban jornada y descanso, se organizaban, y Bialet les puso una cifra moral y política —la ración mínima— para que la vida pudiera vivirse. Teatro: porque en baños, cafés, patios y burdeles circulaban historias, canciones y jergas que Lehmann-Nitsche fijó en papel, mostrando cómo el habla popular dibujaba los bordes de la ciudad que el mármol estatal no sabía contar.
En ese filo, sectores populares y élites se rozaron, comerciaron, se sedujeron y se vigilaron. No hubo murallas; hubo fronteras porosas: el “cafetín del bajo” atendido por camareras con cartilla donde caían los cajetillas; la lápida de una joven extranjera vuelta santa laica; la estancia que convertía el paisaje bonaerense en parque eólico privado.
Reconstruir 1882–1920 desde estas dos llaves —Lehmann-Nitsche y Bialet— no es un capricho erudito: es aceptar que La Plata nació global y popular a la vez, y que su modernidad periférica se tejió entre estadísticas de ración y coplas obscenas, entre expedientes y devociones, entre el trazado perfecto y el zigzag de los cuerpos que lo habitaron.
(*) El autor es profesor y magister en Historia.

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