—¿En qué parte de La Plata vivías?
El Carlos Alberto Solari de la adolescencia. La vida en las diagonales: su experiencia en el secundario; el vinculo con sus padres; el debut sexual; las inquietudes intelectuales y el acercamiento a la música. Los años en que alza "la bandera negra de la curiosidad".
—¿En qué parte de La Plata vivías?
—En 41 entre 7 y 8. En aquel tiempo todo el mundo sacaba reposeras a la calle. Nosotros jugábamos por cualquier lado y a nadie se le ocurría tener un temor de nada. El aire era gratis. Si empiezo a hacer memoria, me dan ganas de llorar: no teníamos tantas chucherías, cepillo de dientes eléctrico, pelapapas no sé cuánto… Pero la vida era más amable. Entre las pocas golosinas que había estaban las Seng Seng —unos rectangulitos de mentol, que parecían una pepa— y el gofio, un polvito que venía en un sobre y te tirabas en la lengua. Había muchos ratos libres. Hoy veo esas mochilas de los pibitos, donde parece que entra un mueble de tu casa. En aquella época era todo más austero: tu maestra, tus cuadernos y vos. Y algún compendio, el Manual del Alumno Bonaerense: toda la sabiduría estaba ahí.
—Con tu hermano había una diferencia de edad de esas que, en ciertas etapas, se vuelve abismal. ¿Qué clase de relación tenían?
—Me hacía renegar cuando volvía del colegio. Ahí empezábamos a jugar de manos. Y era inmenso, el hombre. Llegaba un momento en que me agarraba una furia y yo corría para tomar carrera y me le tiraba encima como un kamikaze para agarrarlo de las tetas… y él se cagaba de risa. Ya le decían Indio Solari, pero mi sobrenombre no viene de ahí. Había diez años de diferencia entre nosotros, sus amigos y mis amigos no se conocían o no nos dábamos bola. La mayoría del tiempo estaba encerrado, en el liceo o en algún colegio militar. Recuerdo el buen gesto que tuvo cuando se recibió de subteniente. Con el primer sueldo me regaló una bicicleta italiana, la Legnano. Después ya no tuvimos mucho que ver. Él se retiró del ejército, yo ya era un freaky. Él cumplió con todos los preceptos familiares y yo todo lo contrario. Yo era la oveja negra.
—Y tu viejo, ¿cómo sobrellevaba la caída del estado de gracia?
—Mientras changueaba de lo que podía, empezó a buscar un lugar para tener una quinta, cortar leña, cultivar algunas cosas. Arrancó con los lotes vacíos que había detrás de nuestro departamento: ahí plantó de todo, criaba las gallinas que daban los huevos que mi vieja pintaba en las Pascuas. Ni bien entendió que la mano iba a seguir así durante mucho tiempo, se compró un terreno en Valeria del Mar, cuando en Valeria no había nada. Supongo que algún tipo de decepción acarreaba.
—Suena a que perseguía un exilio interior, que reflejase el estado de su ánimo.
—Mi viejo fue siempre un tipo muy fuerte. Se iba en bicicleta de Valeria a Pinamar, cortaba leña, se abastecía solo… Fue pionero en la zona cuando no había ni servicios. Durante toda la vida funcionamos en direcciones contrapuestas, nunca tuve mucha relación con él. Era como las gallinas: comía y se iba a dormir, no era un tipo con el que te ponías a charlar. Ante todo era el señor que venía a casa a la noche y andaba todo el día de traje, mientras que yo vivía contradiciendo sus tesis de base: me rateaba del colegio —por algo se ratea, uno—, filmaba… Ni siquiera hice la comunión, como la hizo mi hermano y hacía todo el mundo. Fui a catequesis, sí, porque pasaban películas y series de la época —Los comandos de Garrison, El llanero solitario—, tenían metegoles y mesas de ping-pong. De lo que trataban de meterme en la cabeza no me quedó nada, salvo —quizás— esa parte de los Evangelios donde Jesús dice: No vengo a traer la paz, sino la espada. Tenía 9 años, creo; ya estaba grandecito… Ahora, cuando llegó el día que teníamos que desfilar todos de traje con el moño acá, con el cura adelante y por la calle 7 —¡la avenida principal!—, me encerré en el baño. ¡Me pareció un rito de iniciación vergonzante! Y no salí hasta que pasó todo. Mi viejo me cagó a puteadas. ¡Ya me habían comprado toda la ropa!
***
“La única vez que me fajó fue porque lo tenía cansado. Cuando sonaba el despertador, yo le daba la misma pelota que si sonara un gol de Temperley. (Con perdón de la gente de Temperley…) Todos los días era lo mismo: Dale, querido, que tenés que ir al colegio. Pero mi viejo era de esos tipos que no manifestaba ninguna, que no anticipaba; como el luchador callejero, que te pega el cabezazo antes de poner cara de enojado. Ese día yo estaba en la misma de siempre, pero en vez de venir mi vieja vino mi viejo y agarró el colchón conmigo arriba y, pum, lo tiró al piso. Entonces empezó a los cintazos. No me apuntaba a mí, más bien le pegaba al piso por el que yo acababa de pasar mientras me arrastraba para rajar. Salí cagando en cuatro patas, para esconderme en el baño. Y ahí me quedé, encerrado, mientras mi viejo gritaba desde afuera: La puta que lo parió, a ver si entendés que tenés que estudiar, boludo. Hasta que se cansó y se volvió a acostar.”
- ¿Entraste en razón o seguiste en la tuya?
Debo haber entrado en razón, no me acuerdo bien. Generalmente, cuando pasan cosas como esa, el efecto dura un tiempito… Supongo que, para no matarme, le delegaba a mi vieja esas funciones de guía, de control. Pero yo para mi vieja era Carlitos y me aprovechaba de eso.
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“A los 11 o 12 trabajé para el moishe de la esquina, que tenía una venta de vaqueros Far West y Topeka. No me pagaba nada pero mi vieja se quedaba tranquila porque sabía que yo estaba ahí. Me agarraba unos emboles… Mi vieja me ayudaba a hacer trampa, hasta de grande. Yo pasé por muchos colegios y hacía que estudiaba y me iba a filmar cortometrajes. Entonces mi vieja tenía que dar la cara… y la daba. Le he escrito una canción, que algún día tengo que terminar. La letra está, pero le imagino una música que no cuadraría del todo en un disco convencional mío. Mamá es el recuerdo del cariño y la preocupación por mí, aun cuando a menudo servía sólo como un mimo. A determinada altura ya no me podía cuidar de nada, a partir de los 17 o 18 uno sale de su casa y los padres no se enteran más de lo que hacés. Sólo saben lo que pasa en la intimidad del hogar, que los querés, pero respecto de los riesgos que corrés afuera, en esa edad tan heroica…”
- Hablemos de tu experiencia durante la secundaria.
A la secundaria no fui casi nunca. Me hacía amigo de los celadores, que me bancaban hasta donde podían. Y entonces tenía que cambiarme de colegio. Cursé en varios lugares. Había una nocturna a la que iban todos los que estaban perdidos, pero yo no quise entrar. La tentación era que ahí había muchos amigos. Pero, para mí, la noche estaba para salir. Recorrí desde Bellas Artes hasta un industrial. Salía con mi amigo Hugo y filmábamos con una maquinita de 8 mm. Empezamos a hacer un documental, estoy hablando de primer o segundo año del secundario. Queríamos hacer una película sobre los pordioseros que vivían a la salida de La Plata. Había un lugar que en algún momento se debe haber usado como taller ferroviario y ahí se metían después de mamarse, al mediodía. Se quedaban tumbados al sol. Ese primer día nos acercamos con la camarita. Ni bien la prendemos —porque las cámaras de esa época hacían ruido— uno se despierta. Se nos ocurre decirles que éramos del Dos, el canal de televisión de La Plata. El tipo que se había despertado… Plácido, dijo que se llamaba… Aseguró que había sido cabo de policía y que también era el Gran Mago Chichipío. De repente sacó un alfiler de gancho así de grande, como esos que se usaban para los pañales de antes. Estaba tan en pedo que se lo metió por cualquier lado y empezó a sangrar. Y todo el tiempo decía: ¡No pasa nada, no pasa nada!, mientras se tocaba la cara y se manchaba de rojo.
Enseguida se despertó otro, un viejito, que al ver la cámara y convencerse de que saldría en la tele empezó a improvisar sus propios trucos. Le prendió fuego a un papelito que se pasaba por los brazos mientras decía, imitando a Chichipío: ¡No pasa nada, no pasa nada! Se cagaba de risa… Todo eso era mucho más entretenido que el colegio.
- En aquellos años, todavía llevaban a los varones a debutar sexualmente con profesionales. ¿Fue ese tu caso, también?
La primera vez fue una cosa medio espantosa. El Negro Silva era un cafiolo, tenía un departamento frente a las vías del tren. Le dabas la plata y te llevaba a Punta Lara en moto. Ahora los chulos andan en coche: ¡han progresado todos los malos! Ahí tenía un par de muchachas. Una medía como dos metros, me acuerdo. Varias generaciones de platenses deben haber debutado en lo del Negro Silva. Si ibas con uno o dos amigos, estaba bien, la cosa era no armar una cola de diez personas en la calle. La primera vez no pasó nada. Quiero decir: a mí me pasó, obvio, pero a ella, nada. Aun así quedé entusiasmado. Al otro día me junté con más amigos, reunimos unos ahorritos y enfilamos a Punta Lara. Ahí sí que fue una transición fea porque, apenas terminé, la mina me dijo: Tiráselo a los gatos. Tardé en entender qué me había querido decir. ¡Yo estaba convencido de que la tipa había disfrutado un poco! Estaba preocupado por mi placer, en aquella época el disfrute de ambos no se concebía como una prioridad. ¡A nadie se le ocurría que la trabajadora sexual tenía que disfrutar!
- ¿Y cómo evolucionaban tus otras aventuras, las intelectuales?
En la secundaria me atraía mucho el mundo de las ideas. No había ninguna pretensión, encontraba un libro y me lo devoraba. Tenía una curiosidad grande, siempre me acuerdo de uno de los muñecos que hay en la película Yellow Submarine, que chupa todo como aspiradora… y al final se chupa a sí mismo. Empecé a tener inquietudes propias de lectura. Saltaba de Lovecraft a libros orientalistas. Mi interés hacia esa cultura lo despertó un tipo que se hacía llamar Lobsang Rampa. Decía ser un lama pero en realidad era inglés, hijo de un plomero: un farsante, sí, pero que me sirvió. En ese entonces descubrí también a Lin Yutang, que era un pensador chino que básicamente funcionó como divulgador de cierta sabiduría oriental en Occidente.
Todavía recuerdo una frase que tenía uno de sus libros en la tapa: Solamente quienes toman sosegadamente aquello por lo cual se atarea la gente de mundo, pueden atarearse por aquello que la gente de mundo toma sosegadamente. En general estaba siempre con gente más grande que yo. Tenía un profesor de yudo japonés, que sabía de verdad. Le teníamos un respeto enorme, al tipo, a pesar de que no lo habíamos visto más de tres veces. Practicábamos en lo que había sido una botonería, en los rincones había parvas de botones de distintos colores: nacarados, rojos… Era medio psicodélico. Un día cayó sobre el tatami uno que no se había puesto suspensor y se pegó en las bolas. Quedó ahí, el pobre, medio seco. Los accidentes de ese tipo eran habituales, el japonés sabía todas las técnicas para recomponerte. Entonces agarró a la víctima por las axilas y empezó a arrastrarla por el tatami, mientras la sacudía un poco. Y nosotros lo seguíamos como siempre, maravillados. Mirá vos, decíamos. ¡Debe ser una técnica milenaria! Uno de los chicos más grandes le pidió detalles: ¿cómo funciona el asunto, en qué principios anatómicos se basa? Y el japonés le dijo: Esto no sirve para una mierda. Lo hago para que se distraiga, nomás.
- Te tocó la época de la popularidad del folklore de salón.
- Había una sola banda que me gustaba: Los Fronterizos. Que me bancaba por el color de la voz de Gerardo López, nomás. El folklore nacional nunca fue lo mío. Antes que el folklore de salón, prefiero una grabación de Leda Valladares con una chola que grita y desafina para la mierda. O a un boyerito de Madariaga, que toca debajo de un árbol con una guitarra a la que le falta una cuerda.
- ¿Tus viejos escuchaban esa clase de música?
- Tan pronto pintó la malaria, el stock de discos dejó de renovarse. Recuerdo un día, cuando todavía era chico y volvíamos caminando por la calle 8. Habremos pasado por delante de una disquería, porque mi vieja dijo: Qué caro que es el long play… Y mi viejo respondió: Y, Long Play debe ser mejor que Benny Goodman. Pensaba que existía un artista que se llamaba Long Play. ¡Y que había un escalafón, según el cual los mejores músicos te salían más caros!
- ¿Y tu hermano no hacía sonar música que le gustara, en la casa familiar?
- Mi hermano, que era un petitero, tenía su música: Benny Goodman, Luis Aguilé, Elvis Presley. Pero yo no le daba bola. Era música, nomás: algo que pasaban por la radio para entretener a la gente y vender discos. No era un vehículo para cuestionar la cultura, ni una manera de ver la vida, ni una rebelión, ni un carajo. Recién en el 63, cuando llegan acá los primeros disquitos de los Beatles, me pasa algo. Cuando los escuché, mi reacción fue instantánea. Hasta física, diría. Yo me enteré tempranamente de su existencia, en ese sentido La Plata era un lugar de privilegio, donde llegaba al instante lo que valía la pena del mundo entero. Y a mí me sacudió todo lo que representaban los Beatles. Entre otras cosas quería vestirme como ellos, pero esa ropa no existía acá. Entonces tenías que hacerte el saco de cuatro botones, la camisa de cuello redondeado; había que buscar las botitas esas, las vendían en un solo local de la Galería del Este, en la Capital, sobre la calle Florida. Yo ya era un raro, parte de la minoría. Estamos hablando del 63 o a lo sumo del 64. Mi temperamento era así, estaba del lado de los cuatro o cinco que se rajaban siempre pero cuidaban su relación con el celador. Para que te salga bien algo así, tenés que tener gracia. Entonces te mandás la cagada pero no la contás con miedo, tu gracia elegante le hace decir al profesor: Qué pelotudo, este hijo de puta, y cagarse de risa. Y ahí ya perdió autoridad para echarte.
- ¿Qué pasó cuando tu viejo terminó de construir la casita de Valeria?
- Mis viejos se pegaron el olivo y yo me quedé en La Plata. Mi hermano ya se había casado. Tenía todo el departamento para mí. O sea que empecé a estar solo desde muy temprano.
- ¿Lo viviste con amargura…?
- A fin de cuentas, ¿cómo es este asunto de la familia? Uno sale de una cotorra, cae a una palangana y ahí te presentan a una gente, mientras te dicen: Estos son tus papás. Es lo único que uno no elige, en esta vida. A partir de ahí, elegís vos: tus amistades, tus comidas favoritas, si te gusta dar por culo o que te den. Uno tampoco es demostrativo con los padres cuando es joven. Mi hermano era más vehemente al respecto, más del abrazo. Pero yo me parezco a mi viejo, que te manifestaba el cariño de otras formas. Somos la especie que se libera más tarde de sus progenitores. Los pajaritos aprenden a volar y chau, ni mamá ni papá. Para ser aptos para la cultura, nosotros debemos desarrollar nuestra capacidad de comunicación.
- Vos no te podés quejar, en ese rubro.
- Entré en una época de experiencias con cosas fuertes. Mi casa se fue transformando. Le decían “La Trinchera”. Por ahí empezó a pasar todo el mundo. Ya entonces se mezclaban en mi vida esas dos clases de gente, que nunca han dejado de estar presentes: la gente aposentada, formalmente educada, y los pícaros y atorrantes. Mis amigos pícaros sacaban las cajas de todas las porquerías que tomábamos y las tiraban al patio; y los estudiantes de arquitectura me limpiaban la casa e improvisaban un tacho de basura al que le ponían un moño de papel crepé.
***
“Cuando me rajan del industrial para pasar al Normal 3, porque no iba nunca —estaría en cuarto o quinto—, yo ya usaba bigotes. Había estado leyendo cosas de yoga y le empecé a tirar un papo a la vicedirectora, que me pedía que me afeitase. Le dije que yo asistía a un templo que quedaba en Lugano, donde vivía mi hermano. O sea: en la concha de la lora respecto de La Plata, para que no pudiese comprobarlo. Le solté que iba todos los fines de semana y me quedaba allá y que el bigote tenía que ver con un grado de mi formación. Un disparate: le dije que, en mi templo, el bigote era el equivalente de la comunión en el catolicismo.
El problema fue que la vieja era entusiasta de esos temas: el origen del hinduismo y la mar en coche. Y me empezó a apretar. Me preguntaba cosas, quería que yo expusiese en clase. No me dejó más remedio que aprender de verdad, me tragaba todos los libros de la editorial Kier. Hay circunstancias —como esa, sin ir más lejos—, en las que cierta gente te permite o te obliga a mejorar como persona. Yo tengo la suerte de que el público de Los Redondos haya proyectado sobre mí ciertas destrezas o aptitudes. Ha pretendido de mí cosas —con respecto a la honestidad, por ejemplo— que, si yo tuviese que reivindicar en un examen, probablemente no aprobaría. ¿Qué pruebas tienen? Son necesidades de la gente, que precisa de algún muñeco que se calce ese chaleco. La ventaja que tiene eso es que te da permiso para ser mejor. Cuando la gente te da ese permiso y no lo aprovechás, sos un boludo. No cuesta tanto ser honesto cuando hay tanta gente a favor de que lo seas.”
- ¿Cómo siguió tu derrotero por el secundario?
- Nunca lo terminé. Me falta matemáticas. Empecé a hacer el curso de ingreso a Bellas Artes. Pero me mandé una cagada y me rajaron. Hubo una profesora que no me dejó ir al baño. Y yo, que me estaba meando en serio, me puse a hacerlo ahí. De puro encabronado, porque podría haberme ido igual sin permiso, subí un par de escalones de la grada y empecé a mear contra una tabla. Rodaba para abajo como una cascada, el meo. Y bueh… Sí: era insufrible. Me acuerdo de una fiesta que organizó el colegio para recaudar fondos, donde yo hice de DJ. La cosa es que empecé a picar discos tranquilo, ahí sentadito. Me pusieron una ginebra al lado y yo entré a tomar sin pensar. Cuando me bajé la décima, la cuenta la empezaron a llevar ellos. En un momento me dan ganas de mear, me levanto para ir al baño, me vengo en banda… y no me acuerdo más. Aparecí en casa, con un médico al lado. Había estado al filo del coma hepático. Mis amigos decían que me habían encontrado debajo de un arbusto, en la plaza San Martín. Entonces me levantaron y me llevaron a casa, abrieron la puerta con mi llave y me tiraron adentro. Parece que no estaba en condiciones de explicarle a nadie qué me había pasado, transpiraba helado y me veía blanco como un papel. Esa fue una de mis primeras experiencias en materia de lo que podríamos denominar “zarpe”. Cuando murió mi “abuelo”, el padre postizo de mi vieja, la acompañé a Río Colorado. Empecé a ir al bar del tren, pensá que era un viaje de dieciocho, veinte horas y yo tenía apenas 16 o 17 años… Llegué en pedo. Nos recibieron como si nos hubiésemos ido ayer. Gente a la que yo no había visto nunca. Y mamá pidiendo disculpas. Es un viaje largo, sí, entendemos… Todo el mundo a favor, ¿eh? No recuerdo gran cosa. Debo haber seguido en pedo todo el tiempo. Nunca más volví a tomar ginebra.
- ¿Cuál fue el primer instrumento que agarraste?
- Una guitarra. Ya era bastante grande. En el Normal 3 me había hecho amigo de un pibe que tenía una guitarra criolla. Los fines de semana íbamos a la casa quinta de otros pibes, compañeros de aula, que más tarde estudiaron arquitectura: una gente estupenda. Un día decidimos hacerle una canción a una piba. Ellos rasgueaban acordes y yo hice la melodía y la letra: se llamó A Itatí, que era el nombre o sobrenombre de la piba. Fue la primera canción que hice, tendría 16 o 17. (La tararea. Todavía se la acuerda.) Juega Itatí a ser de verdad… A esa edad, la época en que vas al parque a quemarte un faso y alguien caza la guitarra y rompe el fuego, ya te das cuenta de que a las canciones que cantás vos les prestan más atención que a otras, de que te las piden. Es un grupo chiquito, pero vos sabés que esos amigos no son los menos exigentes. Y si prefieren que cantes vos y no otros que tocan bien, evidentemente está pasando algo. Yo no sabía tocar nada. No tengo paciencia. Pero estoy agradecido de no haber aprendido con mucha destreza ningún instrumento, porque compongo desde un lado muy liberador. Aquel que compone desde el instrumento que domina, tiene tendencia a ubicarlo en un lugar especial. En cambio yo soy libre de esas ataduras. Toco bien la guitarra rítmica, los punteos los hago con el teclado.
- Volvamos al Carlitos solo y desaforado.
- Entré en una etapa rara: jugaba al póquer, por ejemplo. Perdíamos suéteres y zapatos porque muchas veces jugábamos por guita y cuando se acababa, había que apostar lo que quedaba a mano. Si habré inventado excusas para justificar la ausencia de la camperita que me acababan de comprar… La pasábamos bien. Bebíamos un poco, escuchábamos los primeros disquitos dobles de los Beatles y se iba entusiasmando el ambiente. La curiosidad me impulsaba a acercarme a los padres ricos de mis amigos. Al principio, todo lo que hablaban me parecía fascinante. Hablo de importadores de juguetes de China, de directores de empresas. Pero lo interesante se acababa enseguida. Pronto no tenían más que contar. Es que la franela no es gamuza… ¡Y ser bancario no es lo mismo que ser banquero! La Plata era un lugar especial, en esa época. Tenía su parte careta, de gente que vivía en una nube de pedos, convencida de que formaba parte de una aristocracia aunque carecía de la antigüedad y de la prosapia necesarias. Mentalidad de casta, bah. Y por el otro lado había gente de clase media aposentada, que mandaba a sus hijos a estudiar afuera. Y cuando volvían, esos hijos traían consigo toda la información del mundo. Por ejemplo: la psicodelia que llegó a La Plata —me refiero a las drogas— fue pulentería. Me acuerdo de ir a la París, con tres o cuatro amigos, después de tomarnos unas pepas. La París era la confitería más pituca de La Plata, sus sandwichitos eran legendarios. Nosotros nos sentábamos en pleno salón y pedíamos jarras de agua, una tras otra. Y nadie nos decía nada, lo único que podían suponer era que estábamos un poco entonados. Ni siquiera te metían preso, porque por entonces no tenían forma alguna de probar que habías consumido algo prohibido. ¡Lo que fabricaban por entonces en las universidades de California era pura novedad!
La Plata era un lugar que bullía culturalmente, que invitaba a las experiencias nuevas. Cuando programas de radio populares, como Modart en la Noche, difundían ciertas músicas por primera vez, sonaban discos que allá ya teníamos. Y a mí me tocó todo eso, a pesar de que ya no formaba parte de una familia medianamente aposentada o que vivía bien. Tengo varios amigos de doble apellido que mejor no mencionar… En esa época éramos todos iguales, íbamos a comprar los zapatos a Tibus y las corbatas a Filardi. Éramos todos bananas, caqueros. Pero muchos terminaron matándose unos a otros. Aquello fue bravo, bravo, bravo.
***
“Alrededor de los 18 dejé el colegio, prácticamente. ¡Ya no iba nunca! Los celadores hacían lo que podían, porque éramos el grupo de los bananas y ellos querían estar con nosotros. ¡Si hasta íbamos a los burros! Entrábamos a la pelouse3 a hacer facha, pero una vez ganamos lo que para nosotros era un montón de guita. En esa oportunidad fuimos con el Batata, su vieja era burrera. Yo no había ido nunca al hipódromo, éramos cuatro o cinco, lo único que sabíamos se lo debíamos a la mamá timbera del Batata. Ella nos pasó una fija: el nombre del caballo ganador, dijo, era Tinglado. La vieja estaba vinculada, alguien le había pasado el dato. Llegamos contentos al hipódromo, con paraguas porque llovía. Entramos a mirar la revista y no encontramos ningún caballo que se llamase Tinglado. ¡En la carrera esa no existía! Se habrá equivocado tu vieja, dijimos. Pero como ya estábamos ahí, decidimos jugar unos boletos de todos modos. En casi todas las ventanillas había cola. Pero había una con poca gente. Como nos importaba un carajo, compramos boletos para un caballo que se llamaba Tagliamento. Ganamos un montón de pesos por boleto, porque no le había apostado nadie. ¡Y resultó que ese era el nombre al que teníamos que apostar: no Tinglado, sino Tagliamento! Y así pasaba la vida: pelotudeando, entrándole al póquer… Los fines de semana jugaba al fútbol. Después iba a alguna reunión por la noche. A veces me quedaba en el altillo de Darío, donde convivía con una lechuza. Estaba la cama y, en verano, había una ventana permanentemente abierta. A cierta hora se plantaba la lechuza en el parante de arriba y se quedaba a dormir conmigo.”
***
“Darío era un bohemio de aquellos. En su casa escuché tocar a Piazzolla y a Eduardo Rovira. Tenía amistades de una modernidad estupenda, porque en aquella época Piazzolla no era del todo aceptado; lo cascoteaban mucho pero a mí me fascinaba ver al tipo tocando el bandoneón. Y Rovira es otro modernizador que la gente conoce poco, pero solía caer por ahí. En invierno entrabas en la casa de Darío por un pasillo que daba a un patio grande con arbustos, lleno de estatuas. Mucho mármol, mucha cosa al lado de la otra; parecía un cementerio. No sé si le habían regalado todo eso o si había tenido una novia escultora. Había un canalón de cemento a dieciocho grados, que había sido un piletón para revelar fotos, donde el tipo ponía las botellas de lo que entonces pasaba por buen vino: Pont Leveque, Carcassonne, ese tipo de cosas. Yo llegaba a la tardecita —porque el tipo iba a Bellas Artes y daba sus clases—, abríamos una botella… Era un lugar de encuentro, al que caía todo tipo de gente. A veces me quedaba a dormir en su altillo, que daba a los techos de la ciudad. En verano ponía la cama junto a la ventana y me quedaba viendo el paisaje. Es cierto, también me quedaba viendo a una piba que dormía en el cuartito que había en una terraza —seguramente trabajaba en esa casa— y se cambiaba con la ventana abierta. Yo pensaba: Un día de estos le voy a caer por los techos. Pero al final me enganché con una mujer en otro lado, que me llevaba como treinta años. Para mí fue una película, estuvo muy bueno. Me enamoraba la gente grande que tenía actitudes más riesgosas que las mías.
Mis dos actividades básicas eran jugar al póquer con amigos o ir a lo de Darío, a ver qué pasaba ahí. Ya cuando entrabas en el patio te recibía un humo misterioso. El tipo era un vago a quien sólo le interesaba su mambo, todo lo demás se podía ir a pique y a él le importaba un queso. Por eso, aunque tenía una salamandra, no compraba nunca leña. Cuando tenía que prender un fueguito, echaba un vistazo alrededor y chau mesita de luz. Entonces se armaba una humareda bárbara, porque la salamandra tenía un tubo que llegaba hasta el techo pero no salía al exterior. Se le había zafado el último tramo, que debía mandar el humo afuera pero filtraba parte para adentro. ¡Toxiquísimo! Esa clase de gente me fue formando; tipos que no tenían nada que ver con una estructura consecuente con un plan de educar. Siempre tuve amigos en el cielo y en el infierno. Del cielo me gusta el clima, nomás. Del infierno, la compañía. Yo mismo soy chúcaro, como amigo. Si me encuentro con alguien que me resbala, que no me inspira nada, me sale esa cosa judeocristiana de la culpa por perder el tiempo y esa gente desaparece de mi vida rápidamente. Pero quedan esos que me llaman la atención, que son ingeniosos y me hacen reír. Para hacer un chiste tenés que tener un background, algún mambo, conocer algo, haber leído. Si no, sos solamente un tipo exaltado y no un histriónico verdadero.”
- ¿Y mientras tanto, cómo seguía la vida en La Trinchera?
- Mis viejos ya habían emigrado para la costa, prácticamente. Mi casa era un descontrol permanente. Una vez llegué a la puerta y la encontré escrita con lápiz de labios de la minita con la que había estado la noche anterior. Los vecinos, que se despertaban al horario en que había que levantarse, ya habían pasado por ahí y lo habían visto todo, así escrito. Pero bueno: yo era Carlitos, el hijo de Chicha. Había que bancarme. ¡Carlitos estaba solo! Siempre fui muy querido. Tengo mi carácter —no me tirés de los pelos del culo, porque no me gusta—, pero le caía bien a todo el mundo. De chico los vecinos me regalaban camisetas de fútbol, para que me hiciese de unos u otros. Yo usé siempre la de Boca. Por los colores, ante todo; la blanca con la banda roja nunca me tiró bola. Pero claro, cuando crecí y me quedé solo empecé a llevar a casa a gente que era medio rara. Ya venían hippies y esa onda, que llamaban la atención. En esa época éramos un puñado. Yo andaba con el pelo largo y con una camisa roja con una especie de diamante pegado. Me ponía unos pantalones anchos azules, con estrellas plateadas acá y unos zapatos de taco alto que se usaban en esa época. Pasaba gente terminal, por mi casa. Era el albergue de los freakies, no sólo de cabotaje sino también internacional. Alguna gente se quedaba una temporada.
Yo hacía artesanías para ganarme unos pesos. Como dibujaba bien… Eran muy buenas las pulseras que hacía, a diferencia de los demás que se limitaban a dibujar florcitas. De pronto tenían un relieve de color y yo hacía escenas, en algunas parecía que estaba Cristo, en otras dibujaba personajes, siempre con togas. Me iba muy bien, ganaba plata.
-Ya afloraba una cierta veta artística.
- Aquel que sigue su vocación tiene una ventaja grande respecto de quien hace cosas pensando que así va a ganar dinero. Cuando tu familia te convence de ser veterinario o tornero porque con la guitarrita no vas a ningún lado, o porque nadie te va a publicar lo que escribís… En mi casa nunca fue así. No había bajada de línea. Mi viejo no era de los que se sientan a hablarte de los temas serios, él dejaba libros al alcance de la mano… y arreglátelas.
- Y vos te las arreglaste.
- En una época trabajé de dibujante, en la Casa de Gobierno de La Plata. Siempre había alguna changa. Laburos en los que no tenía que hacer una mierda, que me conseguía un conocido y a los que iba cinco horas como mucho. La verdad es que nunca laburé, lo que se dice laburar. Siempre inventaba alguna para pagar el alquiler.
- Te cuidaste para no quedar engrampado en la maquinaria del trabajo formal.
Creo que me salvó el escepticismo: tuve un escepticismo grande, desde muy temprano. Pero no hablo del escepticismo adolescente sino de algo más hondo: cuando ya intuís que la realidad como tal no existe y que todo lo que creías carece de sustento. Es una característica mía: la bandera negra de la curiosidad, que te hace aventurar más allá del barrio.
- ¿Hay un momento preciso en el que empezás a considerarte artista?
- Eso pasó relativamente tarde. Como consecuencia de la curiosidad, mi cabecita era muy dispersa. No era que, como me había entusiasmado la pintura, me dedicaba a pintar todo el día; así como tampoco tocaba la guitarra constantemente. Más bien me gustaba todo a la vez, y me importaba todo. Eso contribuyó a hacer de mí un compositor particular, que se maneja con una libertad muy grande desde el atrevimiento. Con los cinco acordes que sabía, hacía un montón de canciones.
***
“Mi experiencia con la artesanía me enseñó que, quien mucho abarca, poco aprieta. Me iba bárbaro porque hacía lindas cosas, que además cobraba caras. Me había instalado en una feria cerrada, ahí en la calle 7. Había veinte, veinticinco puestos de artesanías donde se mezclaba todo: desde tallas de madera a collares de mostacillas. Como había que pagar un canon por el puesto, algunos se empezaron a ir porque no vendían mucho. Y yo, que venía de buenas, alquilaba los puestos que quedaban vacantes. Llegó un momento en que tuve como cinco. Pero, como el único artesano era yo, la calidad de la producción empezó a bajar. Ya no daba abasto. ¡No había manera de llenar cinco puestos con las artesanías que hacía al principio!
Además en esa época tomaba muchas anfetaminas y empecé a hacer cagadas. Un día fue una mujer que me mostró una condecoración que le habían dado a su marido. De un lado tenía un árbol grabado, un cedro. Me dijo: Está sucia, necesito que la limpie. Yo dije: Sí, señora, cómo no. ¡No hay problema! En una heladera vieja tenía esas fuentes que se usan en fotografía, para poner el líquido que revela. Ahí había volcado ácidos de distintas concentraciones, que usaba para los metales de las artesanías. Me dije: Tiro un rato la medalla en ácido, para que afloje la mugre, y después la pulo. Lo hice y me puse a charlar con Pepe Fenton y a tomar vino y a escuchar música mientras trabajaba para abastecer cinco puestos. Y por supuesto, me olvidé por completo de la medalla. Cuando la fui a buscar… Chau cedro. No quedó nada del árbol. ¡Se lo morfó el ácido!”
* El presente texto es un extracto de libro Indio Solari. Recuerdos que mienten un poco de Editorial Sudamericana
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