lunes 06 de abril de 2026
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MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA

Chicha Mariani, su llegada a La Plata y los años previos a la tragedia de la dictadura

La apasionante historia de Chicha Mariani, la mujer que llegó desde Mendoza a La Plata y nunca paró de buscar a su nieta desaparecida.

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La noche del 5 de octubre de 1953, Chicha eligió el vestido más refinado del placar. En el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata, la ciudad donde vivía desde hacía cuatro años, su marido Enrique Mariani, Pepe, daba junto a otros tres músicos el primer concierto del cuarteto de cuerdas de la universidad, que habían formado unos meses antes. Enrique Mariani en la viola, Carlos Sanpedro en el primer violín, Enrique Danowicz en el segundo y Federico López Ruf en el chelo. El estreno fue un suceso. Al día siguiente, la crítica especializada se deshizo en elogios, y el cuarteto ganó prestigio vertiginosamente en el módico circuito de la música clásica de la ciudad.

—Pepe fue músico —dice Chicha, recostada en su cama, una tarde de noviembre de 2017. Han pasado 64 años desde aquella noche—: todo lo que Pepe fue, es músico.

Pepe Mariani; detrás Chicha conversa animadamente

Chicha enfatiza la frase, pero no pone en palabras el reproche: que todas las decisiones fundamentales en la vida de su marido fueron en esa dirección. Ella supo que iba a tener que lidiar con eso la primera vez que lo vio; allá lejos, en la Mendoza de su juventud. El padre de Pepe, pintor de brocha gorda, era loco de la ópera. La madre, asistente de partera, lo había puesto a estudiar violín a los 8 años. Entre sus propias clases fallidas de violín y las caminatas por el bulevar Mitre, Chicha sabría el resto: que había llegado desde la ciudad de Santa Rosa huyendo de la muerte de su padre y una hermana en la misma semana, y persiguiendo a una mujer que amaba y que al llegar encontró comprometida con el famoso grabadista belga Víctor Delhez, que daba clases en la universidad y sería profesor de Chicha.

Se había recibido en el conservatorio y había estudiado viola, piano, flauta, trombón y composición musical. Lo habían contratado como músico en la radio municipal y en la orquesta sinfónica de la Universidad de Cuyo. Una tarde, con Daniel recién nacido, había sentado a Chicha a la mesa y le había dicho con franqueza que en Mendoza no hacía carrera.

Me propuso mudarnos a La Plata, donde había un concurso para entrar como violista en la orquesta sinfónica del Teatro Argentino.

María Isabel Chorobik de Mariani, Chicha, se mudó de Mendoza a La Plata para acompañar la carrera de su marido músico

Pepe ganó el concurso e ingresó a la orquesta del teatro más reputado de la provincia. Chicha aceptó dejar la facultad, su familia y sus amigos en Mendoza para acompañarlo. Poco tiempo después, se mudó a La Plata su hermano Blas, y seis meses más tarde, Juan y Luisa, sus padres, que compraron el chalet en City Bell. En un año, la familia Chorobik había cambiado de provincia, de vínculos sociales, de geografía, de destino. Ahora, mientras su esposo empezaba a cosechar los frutos de tanta preparación, Chicha buscaba su centro entre los resquicios que dejaban la crianza de Daniel, la Escuela de Bellas Artes —estaba cursándola de nuevo— y las confusas diagonales de la ciudad. Por las tardes, mientras asistía a clases, su hijo se quedaba con Juan y Luisa.

—Andaba arriba de los árboles, donde había hecho una casa —recuerda Chicha—. Yo quería que se conectara con la naturaleza. Pero, sobre todo, que charlara con papá.

Chicha quería que creciera rodeado de naturaleza y que esa ligazón, como a ella, lo hiciera feliz. Con dos cuerdas gruesas y una tabla de madera, su hijo había fabricado un ascensor para la casa que había hecho arriba del eucaliptus, en el patio de sus abuelos. Jugaba casi todas las tardes con la vecina de enfrente, que además era compañera suya de la Escuela 38, en ese mismo barrio, donde Daniel hizo los primeros tres años de la primaria.

La nena que jugaba con Daniel se llama Cristina Castelli. Una tarde de noviembre de 2017, toca el timbre de la casa de Chicha. Después de abrazarla, le estira una foto en la que se los ve a ella y a Daniel en el patio de City Bell. Están parados junto al eucaliptus. Chicha pide que le acerquen el brazo de una lámpara amurada sobre la cabecera de su cama. Tiene luz fluorescente y lupa integrada, como las que usan los dentistas. Pero es inútil: tiene que pedir que se la describan. En la imagen, algo decolorada, se la ve a Cristina con unas piernas largas y delgadas de muñeca pepona. Se ríe. Al lado está Daniel, algo más serio, flaco como un cable.

—Jugábamos todo el tiempo al aire libre —le cuenta Castelli, que ya no tiene el pelo negro y enrulado de la foto, pero conserva la sonrisa—. Me acuerdo de los bichos que juntábamos y del museo de animales muertos que hicimos con cajones de manzana. Daniel le había puesto horario de apertura y había prohibido que alguien se acercara antes o después.

Chicha terminó su formación en artes plásticas en La Plata

Chicha sonríe desde su cama. Tal vez esté acordándose de que su hijo era como ella: inflexible en los detalles. Cristina cuenta que cuando Daniel se cambió a una escuela del centro siguieron visitándose, cuando iba a ver a Juan y a Luisa. Con el tiempo dejó de verlo. Del ataque se enteró mucho después, por rumores.

—Durante mucho tiempo no me animé a visitarte —le confiesa a Chicha—. Mis padres tenían mucho miedo y me aconsejaron que no me acercara.

Chicha mueve la cabeza hacia abajo en un gesto de comprensión y no dice nada. Sigo la escena en silencio, desde un rincón de la pieza, tratando de que nadie repare en mi presencia.

El comentario de Cristina no la enoja ni le extraña. Amigos muy cercanos cruzaban de vereda cuando la veían por la calle, después de que el Ejército y la policía atacaron su casa y la de su hijo. Algunos mintieron en los juzgados. A esos no los perdonó; les quitó el saludo para siempre. A los que tuvieron miedo, como Cristina y los padres de Cristina, no les guarda rencor. Yo no puedo condenar el terror, me dirá algún día.

LA CHICHA PINTORA

Como si viera su vida desplegada en una extensa línea de tiempo, le pido a Chicha que se ubique en los años cincuenta. Le marco zonas de referencia, hitos de la historia que pueden ayudarla a anclar la suya. La llamada Revolución Libertadora, por ejemplo. El clima político en La Plata era un hervidero: desde 1952 a 1955, se había llamado Ciudad Eva Perón. La dictadura del general Pedro Eugenio Aramburu repuso su antiguo nombre y decretó que las ciudades de Berisso y Ensenada ya no formaran parte del municipio, con la idea de que las dos localidades fabriles, peronistas, no gravitaran en una futura elección. Aunque me diga que ya no se acuerda, que no tiene registro de haber descorchado un champagne cuando voltearon a Perón, estoy seguro de que esas decisiones la alegraron, simplemente porque odiaba al militar que había presidido al país desde 1946. Si bien estaban muy lejos de ser ricos, Chicha y su marido se movían en un círculo cultural refinado, donde la música, la lírica y la pintura eran parte de las salidas nocturnas y tema de las conversaciones con matrimonios amigos. Por eso Chicha no quiere hablar de aquellos años embrollándose en la política, sino de su verdadera pasión.

Chicha guardaba en su casa sus pinturas y artesanías

—¿Ves esa mesa de allá? Está allá, ¿no? Chicha señala de memoria una mesa de madera con ruedas sobre la que hace equilibrio una pila muy alta de diarios: El Día, Página 12, Tiempo Argentino.

—La gané en un concurso.

Cuando por fin terminó la carrera de Bellas Artes, a mediados de la década de 1950, empezó a tomarse en serio el asunto de pintar. Ya no los paisajes rurales iniciáticos, o los precordilleranos de esos domingos soleados en el parque San Martín de Mendoza: por aquellos días, su nueva pulsión eran los motivos urbanos. Ahora, sentada en su cama sobre dos almohadas mullidas, toma un trago de café y dice que esa fue una época buena.

—Mientras mi hijo pasaba las tardes en City Bell y se volvía más amigo de mamá y papá, empecé a viajar a Buenos Aires con un grupo de tres o cuatro compañeras de Bellas Artes a presentarnos en los «concursos de manchas». Eran competencias que se hacían a cielo abierto, muy habituales en esa época. Los organizadores llegaban a cortar un día entero la avenida 9 de Julio, por ejemplo. Gané como doscientos concursos, y en alguno el premio fue la mesa. Con el primero que fue plata me compré un tapado de piel. Cuando me presenté a concurso para la carrera docente, llevé la carpeta con todos los diplomas y nunca fui a retirarla. Una tonta.

En La Plata Chicha terminó de formarse en Bellas Artes y trabajó como docente en el Liceo Víctor Mercante

Era una época de cambios bruscos para Chicha. Pepe se pasaba la mayor parte del día descifrando partituras en el piano, y los logros llegaban: en 1957, lo contrataron para dirigir la Orquesta Sinfónica Estable del Teatro Colón. Blas, su hermano, había decidido irse a vivir a Venezuela tras el desamor con una mujer. Chicha había empezado a tomar clases de cerámica, y su nuevo pasatiempo era hacer ánforas y vasijas con símbolos indígenas.

—En ese momento, Pepe no se resignaba a aceptar que Daniel no iba a ser un gran chelista, como quería él.

Chicha casi nunca rehúye a hablar de Daniel. Esta tarde de noviembre tampoco.

—Yo quería que Posky fuera astrónomo. Hasta le habíamos pintado las paredes y el techo de su pieza de azul marino, con galaxias y naves espaciales.

Lo recuerda alegre, con una inteligencia rara por su selectividad: descollaba en las cosas que le interesaban y desdeñaba sin remordimientos las demás.

BUENOS VECINOS

El hombre que está frente a mí tiene pinta de roquero de los años ochenta: barba candado, arito, ojos marrones, el pelo fino despoblado arriba y largo en las sienes. Y, sin embargo, Sergio Poli toca el violín. Su padre Roberto fue un contrabajista virtuoso, que conoció a Pepe en la Orquesta Estable del Teatro Argentino a fines de la década de 1940, cuando la familia Mariani acababa de mudarse a la ciudad. Sergio nació en 1961, cuando sus padres ocupaban el departamento 3 de un pasillo largo y los Mariani, el 4. Su mirada cansada no se condice con su verborragia tan vital. Los primeros brazos que lo sostuvieron, hace 57 años, fueron los de Chicha.

—Cuando nací, la única mujer que estaba con mi mamá era Chicha —dice.

A su lado está Yita, su madre, una mujer mínima de 83 años. Tiene la cara cruzada por arrugas y el pelo blanquísimo, pero la voz y la memoria intactas.

—Un día antes de que él naciera, Chicha me acompañó a hacerme ver. Tomamos el tranvía que pasaba por casa y bajamos en la esquina de la doctora. Al día siguiente, después del almuerzo, empezaron los síntomas del parto. Mi marido trabajaba en Buenos Aires y no estaba, así que Chicha me acompañó al sanatorio. Fue todo tan rápido que la doctora no me dejó avisarle a mi familia. Los Mariani y los Poli se hicieron amigos. Solían ir de picnic a Punta Lara, a orillas del Río de la Plata. A veces cenaban juntos y después del postre los adultos jugaban a las cartas o al calentador, un juego de dados.

El libro de Laureano Barrera editado recientemente por Tusquets

—Me acuerdo de que si sus padres perdían Daniel se enojaba y se iba a dormir —dice Yita y se ríe.

Yita vive ahora en una casa chata, entre dos barrios de las afueras de La Plata, Tolosa y Ringuelet. Dejaron de verse en 1964, cuando los Mariani compraron una casa a quince cuadras y se mudaron. En un alto de la charla me pide que la siga hasta el living: en una repisa hay platos de cerámica pintados por Chicha. Son paisajes, naturaleza en lugares abiertos, el cielo de una estancia en algún pueblo del interior.

—Chicha ya era en ese momento como es hoy. No conocía la envidia ni la maldad, no hablaba mal de nadie. Nunca, en los seis o siete años que vivimos pegados, le escuché levantar la voz.

Yita, su esposo y su hijo Sergio no supieron hasta varios años después la causa que abrazaría Daniel.

Daniel defendía un ideal, era su pensamiento —dice Yita—. Le pasó lo que le pasó porque se sabe: se gana o se pierde. Pero ¿y a Chicha por qué?

(El presente texto corresponde a un fragmento del libro La Casa de la Calle 30 publicado recientemente por Editorial Planeta)

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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