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Made in Lanús regresa a La Plata: "La emigración es un componente trágico de nuestra identidad"

Alberto Ajaka, actor de Made in Lanús, conversó con 0221.com.ar en la previa a la presentación de la obra en el Teatro Coliseo Podestá de La Plata.

La última obra dirigida por Luis Brandoni, Made in Lanús, llega este viernes al Teatro Coliseo Podestá de La Plata. Con actuaciones de primer nivel, la historia aborda la emigración, la identidad argentina, la familia y los procesos de crisis económica.

40 años después de su estreno, sigue cosechando giras exitosas en todo el país, emocionando en cada función. La obra es protagonizada por Alberto Ajaka, Vanesa González, Esteban Meloni y Malena Solda.

Actualmente, las funciones y el proyecto de la obra cobran un significado especial y se convierten en una especie de homenaje a Brandoni. La icónica obra cuenta la historia de Mabel y Osvaldo, una pareja de argentinos que vive en Norteamérica y regresa luego de diez años a su país para concurrir al casamiento de un familiar.

En la antesala de su presentación en La Plata, Alberto Ajaka conversó con 0221.com.ar y brindo detalles sobre la vigencia de la propuesta, su personaje, el vínculo con Brandoni y las similitudes de esta obra con la actualidad.

Made in Lanús vuelve este viernes a La Plata

La vigencia de Made in Lanús

Made in Lanús es una obra muy ligada a la esencia argentina. ¿Por qué creés que sigue interpelando al público tantos años después de su estreno?

—Tiene esa cosa de que ha logrado establecerse como un clásico, creo yo, del teatro rioplatense. Los motivos me parece que tienen que ver con que logra soportar todas las cuestiones que están vinculadas a la época, en el drama. Es una comedia dramática, pero en el drama, en términos conceptuales, no hacen mella. Lo que trágicamente adquiere relevancia es que la sangría de argentinos y argentinas a partir del 2001 no cesa, creo yo, en mi opinión, es permanente y ya no son los motivos políticos en términos tradicionales, aunque sí lo es, porque se trata de política económica, es decir, la gente se va corriendo la coneja. ¿Por qué? Porque no puede mantener un estilo de vida, replicar el estilo de vida que intentaron darle sus ancestros. Parece que es la gran sangría de argentinos y argentinas, todos tenemos, hay en el público permanentemente en su enorme mayoría, gente más o menos querida, más o menos olvidada, viviendo afuera. Eso es muy común y eso es algo es un componente trágico de nuestra identidad. Yo soy segunda generación de argentinos. Mi padre del '31, mis abuelos eran inmigrantes, mi papá ya no está y yo tengo 53 años y mi hijo mayor tiene 15. Tengo tres hijos. No sé qué va a pasar con ellos. Y no estoy hablando de si por razones de búsqueda personal deciden emigrar, sino hablo de esa emigración con componentes trágicos, por decirlo así, por ahí un poco exagerado, pero bueno, el desarraigo amerita eso. Simplemente establece que los cuatro personajes son muy queridos entre sí, exponen su drama en tono de comedia y no hay solución porque el desarrollo no lo tiene, insisto, el desarraigo forzado, forzado por razones políticas, forzado por razones de política económica. Eso creo básicamente. Beto decía que los cuatro personajes tenían razón. A mí me gustaba contradecirlo bromeando un poco que los cuatro estaban equivocados. Algo de eso hay. Los cuatro tienen razón, los cuatro están equivocados. Por eso no tiene solución el drama y por eso sigue vigente, creo yo, y sigue interpelando. Pero es por nosotros que nos sigue interpelando. Es por nuestra historia. Lo que resuena es en sí el desarraigo.

—¿Qué aspectos de "El Negro" te resultaron más desafiantes a la hora de construirlo para esta puesta?

—Me parece que tengo ahí la responsabilidad bufonesca y eso es un desafío, una aliciente. Y luego poder ir a las zonas dramáticas y jugar con esa ambivalencia o hacer vacilar esa apariencia, en tal caso. Yo soy bastante distinto al personaje en ese punto, tal vez por lo bufonesco que lo puedo llegar a hacer eventualmente en mis vínculos de mi vida social, pero seguramente esporádicamente y en situaciones elegidas. Y este es un atorrante de barrio de alguna manera, un personaje muy querido en el barrio, muy hacia afuera, que tiene que ver también con la época. Cuando se estrenó, en el '85, la obra iba sobre gente que vivía en el '85, digamos, sobre la porteñidad, lo digo general, habitaba Buenos Aires. Y ahora ya no existe esa gente. Son 40 años así que hay una opinión ahí inevitable. Y todo adquiere, digamos, inevitablemente un tono grotesco, lo cual le va muy bien a la obra, creo yo. Eso es lo que por ahí agarré.

Sobre las similitudes de la obra con la actualidad argentina: "El flujo es constante y eso hace un daño importante a la identidad"

—La obra aborda temas como la identidad, la nostalgia y el desarraigo. ¿Encontrás paralelismos entre los conflictos que plantea y la situación social del país hoy?

—Sí, sí, yo creo que es a partir del 2001, luego con excepciones, por supuesto, lapsos que no, pero bueno, hoy no hay estadísticas de los que migran. Pero bueno, se puede intuir, no le pifiamos. Intuimos que son muchas y muchos los que se han ido, que el flujo es constante y que eso hace un daño importante a la identidad, porque somos un pueblo muy joven, insisto, con esto de mi caso, soy segunda generación, necesitamos que generaciones de argentinos y argentinas se queden y habiten el terreno. Porque después hay otra cosa muy concreta que es que eventualmente, si alguien vuelve, el patrimonio de esa persona no vuelve. Sea el que se haya llevado y el que haya adquirido en su estadía en el exterior. No es un juicio de valor, eso se entiende, si está bien, está mal, no importa eso, digamos, lo concreto es que no ocurre por una cuestión de seguridad. Eso es el patrimonio, es parte inherente a la persona.

—¿Cómo fue trabajar bajo la dirección de Luis Brandoni?

—Una de las decisiones, más allá de la oportunidad laboral, tenía que ver con poder conocerlo, porque yo no lo conocía, y conocer como me gusta conocer alguna gente que es trabajando. Fue muy intenso y nutritivo y aleccionador. Me da un poco de pudor hablar del vínculo, pero logré establecer un vínculo, creo yo, en esos años, los años que pasaron intensos, así que es algo que atesoro. Beto no se dedicaba, era muy eventual, fue muy eventual en su historia en un par de oportunidades, no más la dirección del espectáculo, que también es válido destacar esto, ¿no? El espectáculo está firmado por Beto, el director, y él tenía un vínculo muy extraordinario en su propio devenir en su carrera con Made in Lanús por muchas razones que no importan, pero que son públicas, además. Después fue un exitazo. Él adoraba esta obra. Así que fue un encuentro también en ese sentido. A él le gustaba hacer Made in Lanús, venir a ensayar y seguir viendo cada tanto las funciones. No lo hacía en gira, pero sí, mientras estuvimos en Buenos Aires. Fue muy agradable y un gustazo haberme cruzado con él en una instancia donde estaba muy a gusto, más allá de todos los quilombos que trae la puesta en escena y el proceso de ensayos, pero imagino yo que eran quilombos que, como a mí, le gustaban.

Su deseo para el público: "Que se lleven algo que quede adherido al inconsciente de alguna manera, con eso estaría conforme"

—¿Qué te gustaría que se lleven los espectadores después de ver Made in Lanús en esta nueva versión?

—No sé, lo que puedan, lo que quieran. Yo intento cada noche algo que tiene que ver con esa dialéctica con el público y que, en tal caso, es fundir en el inconsciente colectivo algunos de los gestos, trazos e improntas que ocurren, que suceden en la escena, que yo me he encargado en tal caso de recopilar, de hurgar en mi humanidad y en mi historia y en mi trabajo con el herramental que me da mi oficio y y que con las herramientas que he podido acopiar a través del tiempo, y con el rigor con el que haya hecho este trabajo y que los presento ahí. Obviamente, desde ya está la letra, está la luz, está la escenografía, están lo que dicen los compañeros, está la historia de esta obra encima. Bueno, todo lo que sobra, que es un montón, es mío y, en tal caso, de cada uno de mis compañeros. Bueno, eso es lo que trato. Trataría de que se lleven algo mío, un pedazo de mí, de difuminado, esmerilado, no algo mío, algo de lo que yo hago ahí. De algo que te quede adherido al inconsciente de alguna manera, con eso estaría conforme. Yo creo que el pasaje por Made in Lanús es un pasaje que vale la pena.

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