martes 21 de abril de 2026
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La historia de la tradicional Casa Boloqui: 35 años de permanente desafío

La casa de cortinería y tapicería ostenta 35 años, pero su fundador lleva 60 años en el rubro. Hoy sigue allí detrás del mostrador, junto a toda su familia.

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Eduardo Boloqui era un niño tapicero. A los 11 años arrancó a trabajar mientras estudiaba de noche, y desde ahí nunca se detuvo hasta abrir, a los 27, su propio local. Era una tapicería de nombre Gabo, que comenzó a crecer rápidamente bajo dos pilares: la experiencia de Eduardo y una relación forjada desde niño con las empresas proveedoras, que sin dudar abrían para él sus cuentas corrientes. 

Años después, ya separado de su socio en Gabo, Boloqui intentaría abrirse camino solo y en otro lugar. “Alquilé un local en 13 y 48. Al tercer día me robaron toda la mercadería. Me quedaron las estanterías, el matafuego y un escritorio. Así que me rescindieron el contrato de alquiler y otra vez me quedé sin nada. Lo único que no tenía era deudas”, narra con frases cortas y sencillas Eduardo, pero con la suficiente elocuencia para dar cuenta de los vaivenes de su historia con la tapicería, y también los tropiezos. 

La calle lo recibió nuevamente como vendedor de tapicería. Solo, nada más que con sus productos y su experiencia, volvió a vender en domicilios. Para gran parte de sus clientes era un joven conocido, así que pudo salir adelante hasta alquilar, en 1985, otro local, y poco después otro en Avenida 13, entre 38 y 39, ya con el nombre de Memphis. “Era un local grande, de 10x40, y había sido un gran avance. Pero tuve la mala suerte de que arrancaron las obras para hacer nueva la calle 13, y ese tramo estuvo cerrado durante 10 meses. No pasaba un alma por ahí. Me fue mal. Me cerraron las cuentas corrientes. Reduje a la mitad mis ingresos”, rememora Eduardo, hoy con 75 años. “Me atrasaba, lógicamente, con el pago del alquiler, y los propietarios sabían que me costaba llegar porque estaba cortada la calle y no vendía. Pero no les importaba. Esto me enseñó que el rubro del comercio es crudo”, apunta.

Cuando la nueva Avenida 13 estuvo terminada, el comercio comenzó a levantar, y los vientos comenzaron a soplar un poco más a favor para Eduardo. Dos cuadras hacia arriba, un tiempo después, volvió a alquilar otro local más grande -ex concesionaria de autos- y esto le permitió crecer hasta poder mudarse al definitivo, en calle 41 entre 20 y 22, hoy Casa Central de Boloqui (ex Memphis), una de las empresas líderes de la región en venta de telas y accesorios para cortinería y tapicería, con telas y sistemas importados y nacionales.

Eduardo no le resta importancia al año de esa mudanza, que fue en 2013, porque meses después la ciudad viviría la dramática inundación que provocó la pérdida o daño de innumerables negocios, sobre todo en esa avenida, donde estaba aún el suyo. “Aunque conservábamos ese local, donde entró más de un metro de agua, ya estábamos mudados en lo que sería la Casa central de nuestro negocio”, cuenta, y el plural se debe a que su familia ya estaba vinculada con el comercio a pleno.

Fernando Boloqui es hijo de Eduardo, y hace 30 años que trabaja en la empresa. También son parte del equipo su hermana Natalia -en el área de administración, junto a la Cra Lorena Villagra- y su mujer Vanesa Juampera -en Comunicación y otros roles. Su función es el asesoramiento personalizado en hogares y comercios, con clientes puntuales como diseñadores, interioristas y arquitectos, abocado a los requerimientos del cliente tipo A-B. “Por supuesto también me ocupo de las necesidades de todos los locales de la empresa, en la parte comercial. Pero mis comienzos fueron como cadete, instalador y… todólogo”, bromea, al tiempo que justifica: “Papá nos enseñó que primero hay que saber barrer para después saber mandar”. 

Bajo este lema, los Boloqui aprendieron el oficio desde niños, porque era -entonces, y actualmente- la única manera de aprender: en palabras de Fernando, “ése era el curso que se podía hacer”. “Este rubro tiene mucho de oficio y hoy día tampoco se estudia en ningún lado. Así que se arranca por el depósito, se aprende de telas, cómo se arma y desarma cada accesorio, etcétera. Todos los que comenzaron acá lo hicieron de la misma manera”, completa. 

La empresa, además de casa central, cuenta hoy con 3 sucursales más en funcionamiento, en Coronel Brandsen, City Bell, y en el centro de La Plata (en calle 13 entre 40 y 41). De este modo, y exceptuando los cinco talleres de confección que también dependen de Boloqui, son alrededor de 35 familias las que viven de este trabajo. Es proveedora asimismo de 10 comercios más, entre particulares y locales de La Plata y el interior de la provincia, como Las Flores, Magdalena, Chascomús, Gonzales Chaves y Berisso.

Al mismo tiempo, y dado que la ciudad es sede de todos los organismos administrativos y gubernamentales de la Provincia, con el tiempo se estableció una relación directa entre gran parte de los ministerios y Boloqui, muchas veces a cargo del armado completo de oficinas -previa licitación, de acuerdo a la magnitud de la compra. 

A los productos que tradicionalmente ofrece la empresa, se incorporó la venta de sillones, que otrora habían formado parte del stock en Boloqui. Esto fue merced a vínculos que se fueron logrando con empresas del rubro, que al igual que Boloqui priorizan la calidad y excelencia del producto. “El lema es respetar siempre lo que uno busca: precio y calidad”, apunta Eduardo, y su hijo completa: “Hoy podemos decir que venimos casi de la tercera generación de familias que nos siguen comprando por esa responsabilidad y calidad de producto que ofrecemos. Abuelo, padre y nieto nos compran. Eso también significa que conservamos lo tradicional en el negocio pero también innovamos para poder llegar a las nuevas generaciones”.

En este punto los Boloqui destacan la importancia que tuvo la Comunidad de Negocios Inmobiliarios, que les dio el empuje necesario para hacer cursos y capacitaciones que tuvieron resultados muy productivos para la empresa. 

“GRANDES VENDEDORES DE ILUSIONES"

Una de las frases de cabecera de Fernando Boloqui para intentar definir el trabajo artesanal que día a día se realiza en la empresa es la que los retrata como “grandes vendedores de ilusiones”. 

“Lo que intentamos hacer básicamente es llegar al sueño del cliente. Hay que trabajar con ese deseo. No se puede diseñar y armar una cortina para que el cliente vea si le gusta o es lo que buscaba. El asesoramiento tiene que ser muy fino y concreto. Es un trabajo cero digital, totalmente artesanal. Una vez me preguntaron si tenía el metro electrónico… Y la respuesta fue no, no hay manera de medir con metro electrónico. El trabajo pasa por dibujar, escribir, pasar en limpio. El desarrollo del producto después sí va por otro camino, pero en principio es manual”, grafica Boloqui. 

Al mismo tiempo, padre e hijo reconocen que el cliente que franquea las puertas del local se acerca con más información y por ende más exigencias. El rubro alcanzó un grado de profesionalización que antes no existía, y es una evolución positiva, que genera que a la hora de concertar una cita tanto cliente como vendedor tengan gran caudal de información acerca del producto en cuestión. Así, las visitas que en otros tiempos se concretaban en una hora, actualmente toman gran parte de la mañana o de la tarde. 

Otra de las normas que siguió la empresa por más de 35 años, a instancias de su fundador Eduardo, fue atender siempre todos los grupos de clientes, desde la A hasta la D, y para todos, dedicar el mismo tiempo y ofrecer exacta calidad de productos y de opciones. 

“La explicación y el detalle es al cien por ciento, de ahí el cliente decide. No es un rubro que sufra demasiadas variaciones, pero es verdad que hoy nos estamos centrando en el estilo europeo, que impone reciclar de a poco y con más frecuencia. Cambiar cortinas, almohadones, sectores del hogar”, puntualiza Fernando. “La pandemia fue un gran educador en ese sentido, porque la gente empezó a buscar más comodidad por estar más horas en su casa, y después siguió el home office, con lo cual se observa más rotación y más cambio”.

En rigor de verdad, este proceso también fue acompañado de cierta nivelación de precios que se generó en los últimos años, en el contexto económico presente, pese a la suba del dólar. Así, los Boloqui aseguran poder trabajar hoy con productos de gran calidad y a un valor accesible, o al menos no imposible para el cliente. “Si bien notamos que el tipo de ventas se desvió hacia el consumidor A-B y no tanto hacia el C-D, sabemos que a éste último lo necesitamos, porque son los que mueven el mercado, los que hacen que la plata rote dentro de este país. Es el segmento al que más le cuesta en este presente económico, y al que nos resulta más difícil captar. Pero nosotros venimos de ahí, somos de Los Hornos y seguimos viviendo allá. Por eso tratamos, desde el precio y la calidad, de llegar a todo tipo de público y tener también eso distintivo que es lo que mantiene los comercios, que son los clientes A-B”, explica Fernando. 

Una de los recursos pensados por Boloqui para captar espectros más amplios de redes fue el refuerzo en la comunicación, sobre todo con las redes sociales. Fernando insiste en que esta vía de comunicación debe ser tomada como “un cliente más”, al cual nunca hay que dejar “en lista de espera”. Las consultas por redes sociales son diarias y sin horario, pero saben que deben ser atendidas con premura. “Yo en cambio quiero que venga la persona, me llame por teléfono y voy a su casa. Que no me pidan una tela por foto, aún si fuera para mostrarle un pedacito de esa tela prefiero ir a su casa. Me gusta explicar las cosas en persona”, se lamenta Eduardo, quien también agrega en su defensa que aún existe un margen que debe ser presencial, sobre todo en cuanto a definición de texturas y colores.   

Sin embargo, hay un aspecto en el que no hay discusión entre padre e hijo que es sobre la metodología de trabajo: tener siempre un desafío como motor de todo. Esto implica no monetizar los logros, sino pensar que lo siguiente a ese logro es ir por más. “Yo creo que es la clave de nuestro crecimiento y éxito: tener siempre la meta lejos. Vivir con el convencimiento de que siempre se puede hacer y dar más”, resume Fernando, mientras su padre asiente en silencio y concluye: “Esa metodología es buena. Y sumarle constancia y orden. Dos cosas que junto con mi señora quisimos transmitirles a nuestros hijos. Y creemos haberlo logrado”.

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