viernes 14 de junio de 2024

La Plata en un enrarecido silencio

Prefiero la reminiscencia, su amorfa compasión de memoria y olvido, al intento de reconstruir perfectamente aquel 24 de marzo de 1976.

Prefiero aceptar la reminiscencia. Me refiero a ese recuerdo impreciso que asoma deforme y casi como forma de verdad de vez en cuando. Digo que prefiero la reminiscencia, su amorfa compasión de memoria y olvido, al intento de reconstruir perfectamente aquel 24 de marzo de 1976. Eso lo harán hoy otros mejor que yo y con más autoridad. Es que a ese día ya lo he leído infinitas veces como un castigo, ya lo he discutido en encuentros de todo tipo: en la academia y en el bar ruidoso de las generaciones heridas todavía.

Por ello, prefiero ahora entregarle al lector, menos que un documento periodístico, una sensación escrita. La Historia también compone su corpus con asombros y lamentos anónimos.

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Mis últimos dos encuentros con el Peronismo de Perón fueron, como la época, antagónicos. Eso lo digo ahora, pero en aquel momento no lo sabía. Pensaba -si es que pensaba en eso- que todo pertenecía al mismo ritual de atender a los postergados con el instrumento que cada peronista tenía a mano. 

Fue mi abuela, con la que conviví un tiempo para amortiguar la tristeza de tener que dejar el barrio de mi primera infancia, allá por 12 y 59, quien me llevó a la fiesta. A ella la había invitado Timoteo, el carnicero. De palabra, nomás. “Venga Doña Casilda y traiga al pibe, que va a haber buena comida, baile y regalos”, le habrá dicho. Así que fuimos. Mi abuela me obligó a una ducha, me peinó y me dio sus mocasines de calce 35, los únicos que teníamos y usábamos alternativamente. Ella eligió que yo me viera mejor que ella -porque era Peronista de Perón- y se calzó unas alpargatas. Y fuimos. La fiesta era un club o un salón amplio, no puedo recordarlo bien, a dos o tres cuadras de casa. Invitaba el sindicato de los Gastronómicos. Y sí, había fiesta en la barriada, apetitosa cena de carnes y ensaladas y, al final, regalos. Ligué un Costa Azul, un jueguito de turf, con caballitos de plomo que corrían sobre una alfombra. Ahí vi al peronismo en acción: el saludo cordial a la entrada, la mesa larga de invitados felices, las jarras y vasos de plástico duro, la música tribal y el griterío, los colores de la escena: torpes y desprolijos. Los regalos, para todas y todos. La marcha. La despedida y la certeza de que la cosa iba a seguir ahora con bailes más audaces, entre sudores y alientos agrios. Así aprendí el Peronismo. No sé por qué a mi vieja le hice un relato escueto de esa breve, pero contundente experiencia, acaso por temor a que me reprochara algo y porque algo no estaba del todo bien.

Mi segundo encuentro con el Peronismo fue a través de un estudiante de Sociología que vivía en el segundo piso del departamento de 16 y 40, al que nos habíamos mudado con mis viejos. El muchacho se llamaba Ricardo. Tenía un porte de hombre mayor, peinado hacia atrás, a la gomina, con una colita que avanzaba sobre la nuca. Siempre de camisa y pantalones de vestir. Pienso ahora que no tendría más de 20 o 21 años, pero a mí me parecía un tipo grande, como un marinero con ganas de ser capitán y experiencia para tratar con el mar violento. Charlaba mucho con mi padre. Por las noches, nos juntábamos en su pequeño living. Allí había un televisor (en el que disfrutábamos el ciclo “El hombre que volvió de la muerte”, de Ibáñez Menta) y una biblioteca con libros de su disciplina de estudio. Ricardo me dejaba hurgar en ella, mientras la conversación que sostenía con mi viejo se hacía cada vez menos comprensible y también menos audible. Mantenían un cuchicheo serio, como si hablaran de cambiar el mundo o, peor, de la imposibilidad de cambiar el mundo. Un día –tal vez unos pocos días antes el golpe del 24- Ricardo se volvió a sus pagos. Eso fue lo que me dijo mi viejo. Me extrañó y hasta me ofendió que no se hubiera despedido. Mi amigo mayor se había ido sin decir nada, entonces no era verdaderamente (no había sido) mi amigo. Mi viejo me dio un paquete, envuelto en papel madera y atado con hilo grueso. Me pidió que lo abriera en casa. Había en ese montón varios libros: Sociología de la Industria, Psicología del rumor, otros. Y uno, en el que Ricardo me saludaba con una dedicatoria. “Ojalá te sirva para entender el pasado y cambiar el porvenir”, un abrazo, Ricardo. Era el de “Charlas entre Perón y Cooke” y hablaba de las oportunidades que surgen de la crisis y el caos. Con un contenido confuso, opaco, complejo -que solo entendería muchos años después- ese libro era un regalo peronista. Había en el obsequio dos valores de los peronistas jóvenes de entonces: transferencia y confianza en las nuevas generaciones.

Otra vez -debo aceptarlo- es la reminiscencia la única razón que, tantos años después, vincula aquellos acontecimientos perdidos y autónomos con el 24 de marzo de 1976. Los hechos se aúnan de manera misteriosa y tejen una historia común, cuando parecieran ser lanas de diferentes ovejas.

La mañana del 24 de marzo de 1976 mi vieja me envió a la verdulería. Serían las 10. Hasta que pisé la vereda, aquella era una jornada como todas. Noté, es verdad, un gesto adusto en mi mamá, pero ella a veces tenía ese gesto, cansada de trabajar por la tarde y de cuidar a tres varones barulleros.

 

¿Alguna vez, al salir a la calle, sintieron un aroma extraño, como un olor a quemado, restos de una humareda lejana y agria? ¿Alguna vez se estremecieron ante una niebla inesperada, cuando el sol desaparece y todo se torna extrañamente gris? ¿Alguna vez escucharon un sonido impreciso, cuyo origen y calidad resultan inexplicables? Si alguna vez experimentaron esas sensaciones, sensaciones que nos hacen dudar incluso de la misma existencia individual, de la vigencia del universo, entonces comprenderán de qué les hablo.

Yo sentí. Lo sentí como un latigazo al salir a la calle. Un enrarecido silencio, las cabezas gachas. Silencio en los pájaros, en cada rama, en cada árbol. Alguna vecina con su bolsa de los mandados, presurosa, con la mirada huidiza y temerosa interrumpía la quietud. Creo que ni los autos transitaban y si lo hacían, es dudoso que alguien los piloteara. Todo parecía una escena de teatro o de cine, luego de un apocalipsis. Todos eran sobrevivientes del futuro. La gente, antes tan conversadora en las veredas, ahora parecían extraños para mí y entre sí.

En la verdulería, nadie conversó con nadie, solo saludos de rigor. El frío de la indiferencia, un helado desconocer al otro, sustituía los diálogos. Los que hablaban lo hacían como lo hace el pecador en el confesionario, alarmado, pero sin subir la voz. La mamá de una amiga me tomó del hombro y acercó su rostro al mío como si fuera a contarme un secreto. Me dijo, “Andá para tu casa, que hay un auto raro ahí en la esquina”. ¿Un auto raro? La televisión aún no transmitía. Mi vieja había enmudecido también y como en el ensayo de Saramago el miedo se contagiaba a una velocidad espacial. Mi vieja nos vistió y nos fuimos a la escuela. En el camino no nos cruzamos con nadie. Con nadie nos cruzamos. ¿Más autos raros? La ceremonia de la bandera se hizo como una formalidad apurada y apuramos el paso al aula. Nada dijo la maestra Blanca, pero algo en sus ojos contaba un íntimo secreto de la historia que se estaba haciendo, una trágica y triste parte de la historia, demasiado pesada para ensayar explicaciones.

Y luego, en los días sucesivos, todo volvió a la “normalidad”. Una normalidad perfecta, viciada de perfección simulada. Una normalidad que se interrumpía con un llanto contenido de una madre en la cocina, como el de quien recuerda a alguien que ya no está, que se fue como se van los insultos, insultos que se pierden en el tiempo del olvido. Mi tío ya no estaba. Había desaparecido.

Todavía recuerdo aquel 24 de marzo de 1976; todavía me asustan aquellas sensaciones.

En mi ciudad, La Plata, hay una diagonal que se alarga hacia atrás en búsqueda de sentido, que busca en vano, porque no hay ningún sentido en todo esto, solo huellas heladas y un silencio enrarecido que vuelve, fantasmal y nunca terminará de irse.

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