jueves 04 de diciembre de 2025

La ruina de los poetas

La triste destrucción a los monumentos históricos de los poetas de la ciudad de La Plata.

Por estos días asistimos a nuevas escenas de destrucción de monumentos de la ciudad de La Plata, que estaban emplazados en el bosque platense, en la zona cercana a las grutas. Me refiero a monumentos que recuerdan (o mejor dicho, recordaban) a dos de los poetas más emblemáticos de nuestra ciudad: Francisco López Merino y Roberto Themis Speroni. El primero de ellos, amigo de Jorge Luis Borges, que a los 23 años se quitó la vida en el baño del Jockey Club, allá por 1922. El segundo, que vivió entre 1922 y 1967, la mayor parte de su vida en City Bell, y al que todos recuerdan como uno de los más grandes sonetista que dio nuestro país.

El hecho ha pasado desapercibido para muchos y resulta un episodio desagradable contra la historia y el patrimonio cultural local; especialmente si se tiene en cuenta que la ciudad de La Plata siempre fue considerada “ciudad de los poetas” cuya romántica está directamente vinculada a su trazado urbano y al imaginario de ciudad futurista, donde la poesía cumple un rol central desde su fundación. De allí la de idea de “poetas capitales” de la tan recordada Ana Emilia Lahítte.

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Dos antecedentes anteriores a mencionar: La plazoleta Ripa Alberdi, ubicada sobre 51 y 1, ya no posee la placa que la bautizaba en honor al poeta Ripa. El municipio no solo nunca la repuso, sino que superpuso la placa a los muertos por Covid en 2021 en el Instituto Médico platense. El otro antecedente: la cabeza de la estatua de Matias Menéndez Behety (poeta recordado por Miguen Cané en su Juvenilia), ahora degollada en su cenotafio del Cementerio de La Plata, pero -por suerte- hallada por los cuidadores del lugar. Fue gracias a la reciente obra de teatro Pequeño gran muerto, del dramaturgo Nelson Mallach, que pudo visibilizarse el estado deplorable de la tumba.

En estos días, mis queridos amigos escritores platenses pergeñan una trama gótica detrás de estos atentados. En efecto, quién no estaría tentado a creer que -en el fondo- existe una conspiración de malditos que, “amparados en las sombras nocturnas” (versificaría un mal sonetista), llevan a cabo cierta guerra secreta y subterránea por el bronce. En esa trama, Juan Bautista Duizeide me ha comentado una curiosa concatenación de hechos: antes de morir, Rafael Llopis –conocido traductor y difusor de H.P. Lovercraft en nuestro país- insinuó de una maldición conectada al grupo de poetas de la “Primavera fúnebre”. Según esa versión, López Merino y Borges habrían sido los primeros lectores argentinos de Lovercraft. El primero llegó incluso a leer la versión del Necronomicón, guardado en la Biblioteca Nacional (según consta en más de un texto de Lovercraft), por lo que su suicidio no habría sido por cuitas amorosas, sino por haberse visto involucrado con entidades primordiales que, una vez evocadas, escaparon a su torpe control. En el cuento de Borges titulado: “There are more things”, no habría un homenaje a Lovercraft, sino a su amigo de su ya lejana juventud. Y la vandalización del busto de López Merino, sería obra de una secta instalada en Argentina en tiempos de López Rega, cuyos esbirros siguen operando en las sombras hasta el presente.

Uno quisiera compartir esas versiones que se ajustan al gusto por las simetrías, pero –desgraciadamente- estas conjeturas literarias se diluyen cuando chocan de plano contra las miserias de una realidad en la que no hay complot posible, sino la lisa y bruta trama del bronce como móvil del robo, para ser fundido por unos pocos pesos. Como sostenía el bardo inglés: “La vida es un cuento contado por un idiota lleno de ruido y de furia que no tiene ningún sentido”.

Aunque toda esta cuestión pone en evidencia el estado de abandono y la desidia de las autoridades municipales a la hora de generar mecanismos para evitar estas ruinas; como asimismo, la necesidad urgente restituir y reponer esos símbolos.

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