lunes 30 de marzo de 2026

El platense que pasó toda una tarde tatuando a Maradona en la víspera de Navidad

Fue en 2014. El Diez lo eligió a él porque le había gustado un trabajo previo con Rocío Oliva. En diálogo con 0221.com.ar, el artista recordó aquella jornada.

"Cuando vaya para allá me voy a tatuar con Augusto", le dijo Diego Armando Maradona a Rocío Oliva, su pareja de aquel entonces a finales de 2014. Ella se estaba tatuando en Skull Tattoo, el local en donde este platense de 41 años trabajaba ocasionalmente en un recreo de su larga estadía en Europa. Al mes siguiente, el mejor jugador de la historia vino y cumplió su promesa. En diálogo con 0221.com.ar, el artista que ahora vive en nuestra ciudad recuerda cómo fue inmortalizar su arte en la piel del Diez, con quien además compartió unos mates con facturas en la víspera de Navidad.

Diego llegó en una Land Rover negra acompañado de Rocío, su hija Jana y "dos o tres managers o abogados que siempre andaban con él, el famoso entorno", cuenta Augusto Rodríguez, el tatuador que sin buscarlo se cruzó con la persona que millones en el mundo siempre soñaron cruzar. Esas cosas inexplicables que a uno le ocurren una vez en la vida por obra misteriosa del destino. En este caso de Dios.

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Augusto estaba de vuelta en Argentina tan solo por unos meses, tras una larga estadía en Europa que continuaría al poco tiempo de aquella tarde del 24 de diciembre de 2014. En ese local de Palermo Soho desfilaban de vez en cuando distintos personajes del mundo de la farándula, entre los que estuvo Rocío, la novia de Maradona en aquel entonces. Ella fue a tatuarse en la primavera de ese mismo año y como a Diego le gustó cómo le quedó, también quiso tatuarse él.

"Mientras la tatuaba, el Diego estaba en el teléfono, se mandaban mensajes, se llamaban, estaba bastante presente. En ese momento, él estaba en Dubái pero tenía pronosticado y planeado venir para Argentina. Cuando terminamos el tatuaje se lo mandamos por foto de WhatsApp y le gustó mucho, entonces dijo 'cuando vaya para allá me voy a tatuar con Augusto'. Y así fue", rememora quien ya había pinchado a Sofía Clerici, a Candelaria Tinelli y hasta a Dennis Rodman.

Un par de días antes de la Nochebuena de 2014 sonó el teléfono en el estudio. Avisaban que en breve iría a visitarlos Maradona porque tenía pensado tatuarse. Entonces ahí se comenzó a preparar la logística para recibirlo, el mediodía del 24 de diciembre. "Vino, nos sentamos en el recibidor un rato, nos presentaron, charlamos un momento, le pregunté qué tenía ganas de hacerse, me dijo que no estaba del todo decidido, así que fuimos viendo mientras yo preparaba la estación de trabajo. Yo subí, al rato vino Diego, preparamos unos mates, tomamos todos, comimos unas facturas, charlamos de Italia, incluso hablamos en italiano", recuerda el tatuador siete años después.

"Todo fue muy relajado. Él terminaba de hacerse un tatuaje y pensaba cuál era el siguiente. En ese momento se lo veía muy sano, estaba flaco, muy pilas, hacía mucho ejercicio y estaba en forma, estaba muy contento y orgulloso de sentirse bien, se lo veía muy bien", describe quien comenzó en el mundo del tatuaje en 2008 en Galería San Martín, lugar emblemático de La Plata para muchos jóvenes que deciden debutar en el mundo de las agujas y los piercings. 

Augusto trabajó un año en Guajiro junto a Gustavo Magaldi y Mariano Salvarreyes y luego emprendió un viaje a Europa que lo paseó por distintos países. Comenzó viviendo en Winterthur, una pintoresca ciudad al norte de Suiza muy cerca de Zurich; luego se fue a Torino, Italia; pasó por Braunschweig, en Alemania; y al final fue y vino entre Praga -República Checa- y París -Francia-. En el medio también recorrió otros lugares hasta 2020, que a causa de la pandemia de coronavirus decidió volver a las diagonales.

El artista recuerda su momento con Maradona con mucho cariño. Hoy pasó a ser una de sus mejores anécdotas laborales que se agigantó desde aquella misma noche, cuando llegó tarde a La Plata con una justificación que dejó sin palabras a sus amigos: "Perdón, se me hizo tarde porque estaba tatuando al Diego". Entre risas cuenta que tenía pensado venir temprano aquel 24 de diciembre porque era el encargado de cocinar para recibir a Papá Noel, cosa que no pudo ser: "El Diego me pidió que me quedara un rato más así lo podía seguir tatuando. Llegué para la cena, me terminé tomando un taxi desde Capital para La Plata porque ya era muy tarde".

La sesión duró varias horas, con recreos en el medio en los que se renovaban los mates y las facturas. "En un momento Diego flexionó un brazo para sacar músculos y se le asomó una pequeña bolita, se lo hicieron notar. 'Parece una pelotita de golf', le dijeron y todos nos reímos. Se lo tomó muy bien al chiste, estaba de muy buen humor", recuerda. "Ni le dolían los tatuajes, no los sentía. Apenas se hacía uno quería el otro; le terminé haciendo tres tatuajes al hilo".

Los tatuajes fueron pequeños y simples: el nombre de Rocío -que tiempo después taparía por la cara de Eva Perón, dice Augusto- y los nombres de sus padres y su hija Jana. "Nos despedimos con buena onda, nos sacamos un par de fotos y ahí terminamos", cierra quien de esta manera también guarda en su corazón un momento con el Diez, como miles y miles de personas en todo el mundo. Las historias de Maradona nunca van a dejar de aparecer, sorprender y emocionar.

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