*Por Miguel Angel Abdelnur
*Por Miguel Angel Abdelnur
“No hay panaderos malos”: Asís Abdelnur

Edelap realizará trabajos este jueves en distintos barrios de La Plata que podrían generar cortes de luz temporales durante varias horas.
Hace ya un mes que falleció Juan Miguel Scatolini. Muchos lo recuerdan como un militante justicialista y funcionario público. Yo quiero retroceder a nuestra infancia y evocarlo como el hijo del panadero. Sus padres eran dueños de la Panadería Belgrano, una panadería de barrio ubicada en calle 5 entre 61 y 62 de nuestra ciudad. Como todos los de su ramo, trabajaban codo a codo con sus obreros desde la madrugada para poder entregarnos ese pan exquisito y artesanal con el que nos deleitábamos. Para completar la jornada atendían personalmente a la clientela en el mostrador, en compañía de sus hijos, con la amabilidad y el cariño de aquellos tiempos.
Yo vivía en 60 entre 4 y 5 y mi mamá me mandaba todos los días a comprar el pan en la Belgrano. Siempre recuerdo que mi papá decía que los panaderos eran todos buena gente, sin excepción; que no había panaderos malos. Así, me explicaba que esa condición deriva seguramente del producto tan vital para nuestro sustento, de los nobles elementos con que lo elaboran y hasta del perfume, tan grato, que los envuelve día a día cuando trabajan la masa y encienden los fuegos. A ello se le suma que simplemente quieren vivir de su trabajo y se dan por satisfechos cuando entregan diariamente su honesto pan.
De esa madera sólo podía salir un hombre bueno. Y Juan Miguel lo fue, con creces. En nuestra infancia, jugábamos al futbol en la rambla de 60, barrio contra barrio, y al finalizar el partido comíamos el pan que nos traía y algunas naranjas. Nunca tuvo una mala acción; ni siquiera un gesto adusto; era el compañero de todos. Nos seguimos viendo de tanto en tanto a lo largo de nuestra vida, con alegría y cariño invariables. Ya de joven dedicó sus esfuerzos a las causas sociales, ayudando a los desposeídos sin retaceos ni especulaciones. Quizás por eso nunca llegó muy alto en las estructuras burocráticas oficiales. Y como no tenía dobleces ni ocultamientos sufrió persecución, tortura y cárcel durante el Terrorismo de Estado que se instaló en nuestra Patria a partir de marzo de 1976. Pero el hijo del Panadero nunca claudicó de sus principios y de su lucha. El reconocimiento le llegó de todas partes y lo aceptó con la sencillez de su hermosa personalidad.
Por eso nos duele su partida. Queríamos seguir disfrutando de este peronista ingenuo que dedicó su vida a soñar el sueño imposible de la igualdad. Como alguna vez escribí recordando a otro ser humano grandioso como él –el querido colega don Carlos Brusa- es seguro que, con el tiempo, nos resignaremos a no tenerlo más entre nosotros, pero los que nunca tendrán consuelo serán los humildes y los desamparados de esta tierra.