La película argentina “El hombre de al lado”, estrenada en 2009, plantea un particular conflicto de intereses acerca del acceso a la luz del sol. La tensión dramática del film, dirigido por Mariano Cohn y Gastón Duprat, se encuadra, precisamente, en las divergencias por la construcción de una ventana. A un vecino le parece inapropiada al buen gusto y al otro imprescindible para su existencia.
La ventana funciona como una metáfora que enfrenta dos modelos culturales. Ambas voluntades serán también representadas por los antagónicos estilos de vida de los protagonistas.
El desarrollo de la película es original, aunque no sea una noticia la antinomia entre personas que tienen intereses diferentes. Es que para que esa batalla no se convierta en una redundancia narrativa, aquí el escenario en que se produce es particular: una casa refinada, especial, símbolo del estilo arquitectónico; un universo espacial que sobresale del resto del conjunto urbano.
El filme transcurre en la platense casa Curutchet, ubicada en la avenida 53, frente a la Plaza Rivadavia y separada del Bosque, por la avenida 1.
Las leyes divinas recluyen a los pecadores a la oscuridad, impugnan su posibilidad de acceso a la luz como forma de castigo al pecado o a la incorrección. La mayoría de los libros canónicos coinciden en eso. La Biblia y el Corán hablan igual acerca de ese asunto.
La casa Curuchet desafía esas normas: es, por cierto, muy luminosa. Así la pensó, en 1949, el reconocido arquitecto Le Corbusier: con distintas plantas, una terraza jardín, vistas horizontales y fachada libre.
La por cierto entusiasta imaginación de Le Corbusier no es la única razón de su original proyecto arquitectónico. Allí también jugaron -como lo hacen ahora- factores vinculados al cuidado sanitario y también otros relativos a la expansión de la mortal tuberculosis.
Quienes estudian la Historia del Arte afirman que la arquitectura moderna apareció como consecuencia de las epidemias de tuberculosis. La “ladrona de la juventud”, que aún existe, se convirtió en una de las principales causas de mortandad a principios del siglo XX. Contra ella, se construyeron sanatorios con acceso a los efectos curativos del sol y del aire libre.
De tal forma, arquitectos como Le Corbusier proyectaron un nuevo tipo de arquitectura donde el sol, el aire, el espacio exterior y una forma de vida más higiénica resultaron pilares fundamentales para evitar mayores contagios.
Por caso, Le Corbusier diseñó su Villa Savoye, en Francia, con un novedoso instrumento sanitario para la higiene: un lavamanos junto a la entrada.
Es probable que las nuevas estructuras edilicias que se piensen a futuro contemplen iniciativas parecidas, donde la luz del sol y el aire fresco ocupen la centralidad del proyecto.
El COVID-19 podría engendrar nuevas y mejores maneras de socialización, ya que de las crisis provienen, con matices, las ideas que rompen los moldes. Es que “El hombre de al lado”, sin saberlo, reclamaba lo que hoy se torna imperioso: que las cosas se iluminen.