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Fue a todas las empresas. “No tomamos mujeres, ni siquiera para limpiar”, era la frase que se repetía cada vez que iba a presentarse. Pero ella les decía que quería ser chofer y le cerraban las puertas. Hasta que llegó a la Línea 518, donde la recibió el jefe de personal. Al principio le dijo lo mismo, que no querían mujeres, que superaba la edad que buscaban y que “no querían puterío”.
Pero a Blanca le dijo que solo quería laburar para mantener a sus hijos y, viendo que el hombre titubeaba, se le ocurrió algo. “A parte, esta empresa que es tan prestigiosa, primero la Línea 7 después la 518, la primera en poner un coche adaptado para personas con discapacidad. Usted la levantaría con el solo hecho de decir que contrató a una mujer. Me parece que esto va a ser un boom”, dice que le disparó. Le dejó el teléfono de su vecina -el de ella lo habían cortado por falta de pago- y se fue. A las dos horas la llamaron.

El hijo de uno de los dueños le iba a tomar la prueba de manejo en un Mercedes Benz 1114. En la matera -donde toman mate los choferes- uno se le acercó y le recomendó: lo primero que tenía que hacer al subir era acomodar el asiento, los espejos y jamás darse vuelta para hablar con el joven, así no la bochaban. Le hizo caso. Blanca hace toda la mímica: arregla como si estuviese en la butaca esterilada, pone primera en el aire y arranca a manejar. Detalla cómo llevaron a dar una vuelta por Gonnet y ella de casualidad llegaba de Villa Elvira hasta el centro de La Plata. Iba aterrada, se transpiró toda, pero cuando quiso acordar estaba de vuelta en la terminal de la empresa. Le fue de diez.
Cuando fue a sacar licencia profesional de conductora de micros se topó con otro inconveniente. Le dijeron que no había registro para mujeres y no le quisieron tomar la prueba. Tuvo que volver a la 518 y que le hicieran una nota. Así pudo rendir. Su carnet fue el número 001, igual que su libreta sanitaria. Ahí cree que fue donde se filtró el dato de que la capital bonaerense tenía a su primera colectivera.

En principio le iban a dar 20 días para que aprenda los recorridos, pero al quinto ya empezó a andar sola. Le pidieron “que no los decepcione”, le dieron una camisa talle 40 que le quedaba enorme, una corbata ancha de hombre y salió a las calles en el rondín. Tenía los mismos derechos y sanciones que el resto de sus compañeros -alrededor de 150 hombres-, aunque el único “privilegio” era que podía usar el baño de la gerencia. Arregló trabajar 12 horas de lunes a viernes, así podía estar los fines de semana con los chicos. Con los otros choferes de la línea siempre se llevó de diez, forjó grandes amistades.
Blanca arrancaba a las 3.30 de la mañana: se tomaba el micro directo hasta Gonnet para poder llegar 5.30 y empezar a trabajar. Su hijo mayor se encargaba de sus hermanos y un remisero los llevaba y traía del colegio San Vicente de Paul. A la tarde una vecina los ayudaba hasta que ella volviese a su casa, alrededor de las 19.30.

Para su familia y amigas todo era una locura, no podían creer que se dedicara a eso, pero ella estaba orgullosa, le encantaba. Su primer sueldo fue de $800. Y se hizo respetar en la calle. “Yo tenía un 1114, donde veía que se venían encima se los tiraba, pasaba yo la trompa y terminaba con la cola. Al principio todos los choferes de otras líneas miraban a ver cómo es. Me tildaron de Carlitos muchas veces. Después comenzaron a probarme en la calle con el tema del encierro y no pudieron porque yo ya venía de los camiones. Ahí me empezaron a respetar un poco más, veían que yo venía y que yo encaraba, correte”, resalta sobre cómo se fue haciendo espacio en la ruta micrera.
Los primeros dos meses tuvo periodistas apostados todos los meses en su casa: todos y todas querían hablar con la primera colectivera registrada en la Unión Tranviarios Automotor (UTA). “Parecía Xuxa”, dice tentada de risa y reconoce que le gustaba toda la movida de los medios. Mirtha Legrand la quiso tener en su mesa, pero ella no quiso ir: “Sabía que iba a chocar, que ella iba a tirar una de esas que tira siempre y yo no se la iba a dejar pasar”. También descartó una invitación de Antonio Gasalla y, según recuerda, ambas estrellas no le dejaron pasar y le recriminaron en cámara el rechazo.
A la empresa le sirvió mucho su incorporación y decidieron “premiarla” de alguna forma. Le hicieron una camisa entallada, talle de niña, con un corbatín y la campera corta a la cintura, una chamarrita. En verano era la única que podía ir de bermudas. Igual cuando aprendió a manejar el “frontal” y arrancó un par de espejos de autos en el recorrido no les tembló el pulso para suspenderla. De todas maneras, remarca que nunca tuvo un accidente de tránsito, solo se llevó un susto: “Una vez abrí la puerta de atrás y bajó una señora, miré por el espejo, cerré y arranqué. Y un hombre me dice que espere que no había bajado. Le abro y bajó, cerró la puerta y me quedé re mal. Si hubiese arrancado con la puerta abierta lo tirada a la miércole. Empecé a tomar conciencia dónde me había metido. Era muy estresante”.

“Había otras colectiveras en años anteriores, familiares de los dueños, que por ahí daban una vueltita. No pensé que iba a ser la primera”, sostiene y agrega que luego la empresa incorporó a otra mujer, que al poco tiempo quedó embarazada, renunció y nunca la volvieron a tomar.
Blanca tiene el gesto duro, como arrabalero, pero se ablanda cuando se remonta a aquellos cinco años del rondín en la 518. “Le encantaba a la gente. Me felicitaban las señoras y me decían: ‘Ay, qué lindo una chica’. Mis chicos -sus habituales pasajeros- deben tener 35, 36, 40 ahora. Como era siempre el mismo micro, la mamá lo subía, sacaba el boleto de 10 centavos y se lo dejaba a la maestra en la puerta de la escuela. Se ahorraban el transporte escolar. ¿Había cumpleaños? Festejábamos los cumpleaños, casi todos los días había. Tenía un estéreo tapado con la franela, escuchábamos música. Sabían que ahí había muchos chicos, bailaban y cantaban. Los viernes era fija: ‘Hoy es viernes, joda joda joda’”, cuenta y le brillan los ojos, con la máscara de pestañas impecable. Asegura que era compinche, confidente. Y recalca: “Todas hermosas historias, después fue muy doloroso”.
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En 2002 se hizo la reforma del Sistema Urbano del Transporte (SUT) y Blanca pasó a la Línea Norte. La 518 quiso retenerla, pero no hubo caso. Al principio la mantuvieron en el rondín y según ella la “usaron para saber el recorrido”. Luego junto a otros compañeros la derivaron a un servicio diferente, lo que motivó que las madres y padres de los chicos que solía llevar junten firmas para su regreso. No les importó.
“Los dueños eran testarudos. No me querían. Me daban el mismo baño que a los hombres, que estaban pésimos. Ese fue mi primer reclamo. Volvieron a darme ropa talle 42 y me tiraban las planillas, mientras a los hombres le preguntaban qué tal su día”, asegura sobre cómo le hicieron sentir esa diferencia en el trato. De todas maneras, con sus compañeros tenía buena relación. Ir a trabajar se transformó en un calvario, pero lo siguió haciendo porque necesitaba el sueldo. Era lo único que le importaba.

Para Blanca el problema era el sindicato: “En la 518 el jefe decía que si teníamos algún problema lo habláramos ahí y no en el sindicato. Entonces nunca le pedimos la escupidera al gremio y eso no les gustó”. Según señala, un día un médico de la UTA la llamó para una revisación. Le dijo que estaba mal de la presión y que estaba temblando, que no podía manejar así. “Me mandaron a una clínica, a un neurólogo porque decían que no estaba bien. Y me dieron clonazepam y diez días de licencia. No me querían recibir los certificados, me hicieron una cama terrible”, afirma con angustia. Y de pesar 53 kilos bajó a 47, por el cuadro depresivo que la afectó por dejar de conducir. Estuvo seis meses sin cobrar y sus excompañeros de la 518 la ayudaron: le llevaron dos camionetas llenas de mercadería, más dinero para pagar los impuestos. “Era un mar de lágrimas. Yo no existía, me quedaba en la pieza encerrada llorando a oscuras”, agrega.

El 8 de marzo de 2004 decidió encadenarse en 12 y 51, en la Torre 1, donde funciona la Dirección de Transporte del Municipio. “No podía cobrar el seguro de Anses porque no estaba despedida, pero la empresa tampoco me pagaba. Me encadené para que me echen”, sigue. Y remarca: “Lo decidí sola, no le avisé a nadie. Todo lo que hice lo hice sola”. El padre Cajade fue a verla cuando se enteró que estaba protestando y la gente empezó a dejarle firmas. No se acordó que estaba la marcha por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora y se fue antes de que las filas entraran a Plaza Moreno.
El conflicto laboral llegó a todos los canales, Blanca volvió a ser tapa de los diarios platenses. Terminó contratando a un abogado -que era de la UTA-, con el que tardó ocho años en cobrar el juicio que le ganó a la empresa. “Tenía que cobrar $560.000 en 2010 y terminé cobrando $80.000 y en cuatro cuotas. Arreglé para ayudar a mi mamá que estaba mal y necesitaba la plata”, subraya.

En ese interín hizo distintas changas, desde “remisear” hasta limpieza en algún club. “Nunca le hice asco al trabajo”, dice. En 2007 ingresó en la Dirección de Transporte, donde primero atendió el 0-800 con todas las consultas y quejas que le llegaban sobre los micros. A los dos años y medio salió a controlar las unidades. Era inflexible: “Conmigo no se casaba nadie. Informes, informes, informes”.
Blanca afirma que en el cuerpo de cinco inspectores que quedaron había uno que también cumplía la misma función en una de las líneas de micros, lo que era incompatible por conflicto de intereses. En 2016 la despidieron.
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“Yo salgo a la calle y no puedo ver un micro hasta el día de hoy. Para mí fue muy fuerte, un dolor muy fuerte, una pérdida muy grande”. Asegura que nunca más volvió a subirse a un micro, que si uno le para al lado ella le da vuelta la cara. “Como lo mío fue tan injusto, por eso me quedó el dolor. Y todavía está esa gente del sindicato, quienes presionaron porque yo los molestaba”, apunta Blanca, a quien años después invitaron a sumarse a La Unión de Conductores de la República Argentina (UCRA-CTA), pero finalmente no lo hizo.

Al tiempo de que la echaron empezó a colaborar con las pizzerías que tienen sus hijos. Arrancó hirviendo huevos y pronto se encargó de la cocción de distintas opciones al disco para sumarles a las masas.
El 8 de marzo pasado el mayor la conmovió. Fue a partir de un posteo de Zeppelin Pizzas que su historia se reflotó. Según ella sus hijos sufrieron mucho su irrupción en un mundo de hombres, les resultó difícil que se dedicara a ser colectivera. También habían discutido horas antes, pero el mensaje que le dedicaron en Facebook la redimió con una de sus fotos más famosas arriba de un micro. Y Blanca lloró muchísimo, más allá de la alegría por recibir cientos de comentarios con los mejores recuerdos de las y los usuarios del viejo rondín.
La Plata sumó más tacheras y remiseras, pero no volvió a contar con otras micreras. Blanca fue la última. La pérdida le sigue pesando, le cuesta superarla. Dice que le encantaría volver al rubro, aunque no arriba de una unidad. Así lo deja bien en claro: “Me gustaría que me tomen dos o tres años, como para poder jubilarme de eso. Volvería, pero como inspectora. ¿Manejar? No, como está la calle, no. Me da bronca, está todo muy peligroso y se maneja mal. Ha cambiado mucho, a eso no quiero volver, sí a controlar. Puedo aportar muchísimo”. Blanca se pone los lentes y sale a la calle, dejando una estela de perfume dulzón. Pasa un 273 y da vuelta la cara. Pero sueña con inspeccionarlo.