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83 años de cancha, con amigas y hasta quebrada: Chichita, la entrañable abuela de Estudiantes

A los 6 fue por primera vez a 1 y 57 y no paró más. La historia de la hincha de 89 años, que contagió su pasión albirroja a dos de sus tres hijos y la llevó a seguir al equipo a todos lados. El campeonato del mundo, el día que Chiquito Bossio fue a su casa, la admiración por Juan Sebastián Verón y el deseo de que las jugadoras lleguen a UNO.  

Dentro y fuera de la cancha, las mujeres siempre fuimos parte del fútbol. La aclaración puede parecer obvia, pero el relato hegemónico estuvo marcado por las voces masculinas: el juego, las hazañas, las tribunas y la pasión eran de los hombres. Una historia incompleta. Después de décadas invisibilizadas, se empezaron a recuperar nuestras prácticas, con otros rituales, con el mismo trabajo y amor. Un amor inconmensurable, como el de Carmen Caprile hacia Estudiantes. O mejor dicho Chichita, como conoce todo el mundo a la simpatizante de 89 años.

 


El inicio de este fervor por el León se remonta a mediados de los ’30, cuando con 6 años conoció los tablones de 1 y 57. “Me hice hincha por mi familia. Mi papá, mi hermano, mi tía eran todos de Estudiantes. Con ella empecé a venir, nos traía a mí y a una prima”, dice Chichita a 0221.com.ar desde UNO.

Atardece en el renovado estadio. El arco que da a calle 55 comienza a quedar en la sombra, pero ella no le saca los ojos de encima. Es el sector que ocupaba: “Nos acostumbramos a ir de ese lado”. Para ir hasta el Jorge Luis Hirschi se tomaba el tranvía 16 en 41 y 17. “Daba toda la vuelta y agarraba después el diagonal y ahí bajábamos e íbamos caminando porque entrábamos por calle 1. Para salir después se esperaba un poquito que termine el partido y no salir con toda la gente. A veces íbamos a la vuelta, donde salían los jugadores. Era lindo verlos salir, si ganaban mejor que mejor”, recuerda.

De la mano de los feminismos, las mujeres y disidencias no solo comenzamos con la recuperación histórica en cuanto a nuestra participación en el fútbol y la lucha por nuestros derechos, sino que también reconfirmamos que no estábamos solas en la cancha. Desde hace un tiempo vamos y volvemos “en banda” a los partidos, dejamos la garganta en cada uno. Chichita también lo hizo de esa forma: un aspecto totalmente significativo para su época. Se juntaba con sus amigas, su prima y su tía para ir a cada encuentro que disputase la Primera masculina del Pincha.

Su cábala era una sola: “Siempre salir todas juntas, tomar el tranvía todas juntas, llegar al estadio todas juntas”. Si bien era otro contexto, recalca que nunca la hostigaron ni violentaron. Asegura que jamás se sintió incómoda y que el León siempre fue acompañado por muchas mujeres. “Venía muchísima gente. Venían bastantes mujeres, siempre tuvimos muchas mujeres en Estudiantes”, deja en claro.

Chichita se casó con Fito, hincha de Gimnasia, con quien tuvo dos hijos varones y una mujer. Vivieron durante mucho tiempo en la zona de Plaza Paso y ella viajó a ver al Pincha por todos lados. Trabajó en Gath y Chaves y luego se dedicó “a ver a Estudiantes”, como suele decir. En el ’68 –en la campaña de los Héroes de Old Trafford- fue a Uruguay junto a Carlos, su hijo más grande. Como todavía era menor, ella tuvo que firmar un permiso especial para poder sacarlo del país y llegar a Montevideo: “El más chico era chico todavía y sin embargo me organicé de tal forma que pude viajar en el ferry, ver el partido, después viajar de nuevo y volver a casa”. Después Carlos terminó eligiendo los colores del Lobo, como su papá. Pero a Gabriel y a Raquel les contagió su fanatismo albirrojo. La familia se amplió: tiene 10 nietos y 11 bisnietos, muchos también del León. 

Por el Pincha también llegó a Brasil, sin contar todos los estadios que recorrió en el país. Jugase Estudiantes o Gimnasia, la familia salía completa en auto: quienes no iban a la cancha se quedaban paseando en el Bosque mientras el resto disfrutaba o padecía el partido. Esa siempre fue la logística. Si no podía llegar al estadio, Chichita lo escuchaba por radio hasta que apareció la televisión. “Era no perderme nada para nada”, dice con seriedad.

Cuando se logró el mítico campeonato del mundo, lo vivió con muchísima emoción y lo festejó de una manera particular. Salió con una pareja amiga en un auto pintado con los jugadores y recorrieron toda avenida 7, a pleno bocinazo. “Toda una caravana cuando venían los jugadores, con la bocina a todo lo que da. Y gritaba: ‘Ahí va Verón, Verón, Verón, montado en una escoba, soy Verón, Verón, que está de joda’. Hasta un muñeco de la Bruja había hecho”, rememora entre risas.

Pese a que dice que la convivencia con su marido en los clásicos era respetuosa, su hija Raquel asegura que Chichita era “tremenda”. Además de hacer los clásicos “cuernitos” en cada ataque del conjunto mens sana, tenía una especie de santuario en su casa: al lado de la foto de los nietos, tenía otra de Juan Sebastián Verón y de sus tres planteles preferidos. Y una bandera que hizo con sus propias manos: “La hice de acrocel –la tela con la que hacen los ambos del personal de salud- y con esa bandera íbamos a todos lados”. Ahora lleva la firma de Verón padre e hijo, entre otros jugadores, y la usan sus nietos. Eso sí, cuando fue a la reinauguración de UNO la llevó ella.

Chichita tuvo el privilegio de disfrutar todos los campeonatos que hicieron de Estudiantes un club con mística y reconocido internacionalmente. No puede elegir un equipo, pero recuerda con los ojos brillosos los goles de Calderón en Quilmes en medio de un diluvio. También la vez que conoció a Ricardo “Beto” Infante –el inventor de la rabona- y al arquero Gabriel Mario Ogando. Pero sin dudas, su jugador preferido es la Brujita Verón: “El presidente, sí. El club cambió muchísimo y ojalá que siga siendo presidente, porque el club con él adelantó muchísimo”. Una vez Sebastián pasó con su hija por la puerta de su casa y ella saltó por la ventana. “’Saludá, Sebastián’, le dije. Por ahí se daba vuelta y decía chau”, comenta.

Quien sí estuvo en su hogar fue Carlos “Chiquito” Bossio. “Vino a mi casa porque pasaba para ir al entrenamiento todas las mañanas a buscar el auto a la cochera. Entonces un día yo le dije: ‘Mirá, ya que todas las mañanas pasás por acá, un día quiero que me firmes la bandera que tengo’. Me dijo: ‘Sí, cómo no’. Entonces me la firmó, pasó a mi casa, se sentó, la firmó y tenía la bandera firmada por él. Por eso la bandera no quieren lavarla los chicos”.

Chichita reconoce que hizo varias locuras por el Pincha, pero de todas se destacan dos. La vez que fue con la cadera quebrada a un partido en Quilmes y cuando se tatuó el escudo de su amado club. Sobre la primera anécdota –que fue en la previa a un encuentro del Pincha ante Arsenal- detalla: “Regando las plantas me tropecé en la manguera y caí pero caí en el pasillo de laja, no en el césped. Pero me paré. Mi marido me decía: ‘¿Te hiciste algo?’. No, creo que no, no me duele nada, le respondí. Al día siguiente era el partido y yo le decía a mi hijo Gabriel: ‘¿Qué hago ahora, no voy a poder ir?’ Y él me dijo: ‘Sí, yo te llevo, mamá, cómo no te voy a llevar’. Fuimos a ver el partido lo más bien, volvimos y a la tarde de ese día en la sede de Estudiantes le daban un reconocimiento a Sebastián Verón. Me cambié, fui allá y me saqué una foto con Sebastián. Después, al día siguiente cuando me quise levantar no pude poner los pies al suelo para nada. De ahí fue la operación de cadera”.

La historia del tatuaje fue la que la hizo aún más famosa en el mundo pincharrata. En la previa a la final de la Copa Libertadores del 2009 ante Cruzeiro, Chichita hizo la promesa de que si salían campeones se iba a tatuar. El Pincha ganó en Belo Horizonte, estalló la alegría, pero después nadie la quería acompañar a cumplir con su palabra. “Un día me hablan los hijos de mi hija Raquel (que son hinchas de Gimnasia) y me dicen: ‘Abuela, ¿qué tenés que hacer esta tarde? Te queremos ir a buscar’. Bueno, les digo, vengan. Me vinieron a buscar y no me dijeron nada. Me llevaron por 51, pararon y me llevaron a la Galería San Martín y me dicen: ‘Bueno ahora acá te vas a hacer el tatuaje de Estudiantes’”, dice levantando orgullosa la manga de la remera para dejar el brazo derecho a la vista, con el escudo diseñado por uno de los chicos.

La llevaron sin avisar a nadie y la familia cruzaba llamadas telefónicas intentando localizarla. Cuando volvió, contó lo que habían hecho y su marido le dijo: “Ay, vos también con Estudiantes no parás nunca”. El cuento no termina ahí. En 2010 lograron un nuevo campeonato y ella decidió actualizar su dibujo. Aprovechó que su prima tenía que ir al club a buscar su nuevo carnet de socia y le dijo que luego la acompañase a la galería de 7 entre 50 y 51. No le dijo el motivo. A la mujer le daba impresión y ella la paró en seco.  “No vas a ver nada. Vos te quedás acá en el hall y yo voy adentro y me lo hacen en un ratito”, le aseguró y así lo hizo. A partir del tatuaje empezaron a reconocerla y a pararla para charlar en cada partido. La convirtió en “la abuela de Estudiantes”: “Es la verdad, creo que soy la única que ha venido acá con 89 años”.  

Chichita –que de chica hizo patín y “algo de pileta” en el club- nunca vio jugar al equipo de Primera de fútbol femenino, pero le encantaría ver a las jugadoras. Además, quiere que puedan disputar sus partidos en UNO: “Sería ideal”. Su historia fue publicada hace poco por las integrantes de Pinchas Feministas, quienes vienen desarrollando la “Memoria Pincharrata”, con el fin de visibilizar a las mujeres y disidencias del club.

Después de una larga charla sentada en la silla de ruedas, se anima a dar unos pasos en la que llama su casa. Del brazo de su hija, salió por el mismo túnel por el que hace unos días pasó Marcos Rojo, en lo que fue su primer partido como titular en su vuelta al club. Chichita caminó despacio y en silencio, hasta que llegó al borde del Playmaster. “Vaaaaamos, Pinchaaa”, grita con lo que le quedaba de voz. Y agrega un deseo: “¿Te podés imaginar lo que sería que pudiese salir con los jugadores?”. La sonrisa se le sale de la cara y empieza a entonar su himno “Estudiaaaaantes, Estudiaaaaantes”: “Esto es lo que vale, pero cantar así todo en conjunto queda bien”. Antes de subirse al auto de Gabriel y volver al hogar para personas ancianas en el que reside hace tres años, recuerda los sándwiches de pan lactal que le preparaba a sus nietos antes de cada partido y –por si quedaba alguna duda- reafirma: “Para mí Estudiantes es todo”.

A los 6 fue por primera vez a 1 y 57 y no paró más. La historia de la hincha de 89 años, que contagió su pasión albirroja a dos de sus tres hijos y la llevó a seguir al equipo a todos lados. El campeonato del mundo, el día que Chiquito Bossio fue a su casa, la admiración por Juan Sebastián Verón y el deseo de que las jugadoras lleguen a UNO.  

23 de febrero de 2020

Dentro y fuera de la cancha, las mujeres siempre fuimos parte del fútbol. La aclaración puede parecer obvia, pero el relato hegemónico estuvo marcado por las voces masculinas: el juego, las hazañas, las tribunas y la pasión eran de los hombres. Una historia incompleta. Después de décadas invisibilizadas, se empezaron a recuperar nuestras prácticas, con otros rituales, con el mismo trabajo y amor. Un amor inconmensurable, como el de Carmen Caprile hacia Estudiantes. O mejor dicho Chichita, como conoce todo el mundo a la simpatizante de 89 años.

 


El inicio de este fervor por el León se remonta a mediados de los ’30, cuando con 6 años conoció los tablones de 1 y 57. “Me hice hincha por mi familia. Mi papá, mi hermano, mi tía eran todos de Estudiantes. Con ella empecé a venir, nos traía a mí y a una prima”, dice Chichita a 0221.com.ar desde UNO.

Atardece en el renovado estadio. El arco que da a calle 55 comienza a quedar en la sombra, pero ella no le saca los ojos de encima. Es el sector que ocupaba: “Nos acostumbramos a ir de ese lado”. Para ir hasta el Jorge Luis Hirschi se tomaba el tranvía 16 en 41 y 17. “Daba toda la vuelta y agarraba después el diagonal y ahí bajábamos e íbamos caminando porque entrábamos por calle 1. Para salir después se esperaba un poquito que termine el partido y no salir con toda la gente. A veces íbamos a la vuelta, donde salían los jugadores. Era lindo verlos salir, si ganaban mejor que mejor”, recuerda.

De la mano de los feminismos, las mujeres y disidencias no solo comenzamos con la recuperación histórica en cuanto a nuestra participación en el fútbol y la lucha por nuestros derechos, sino que también reconfirmamos que no estábamos solas en la cancha. Desde hace un tiempo vamos y volvemos “en banda” a los partidos, dejamos la garganta en cada uno. Chichita también lo hizo de esa forma: un aspecto totalmente significativo para su época. Se juntaba con sus amigas, su prima y su tía para ir a cada encuentro que disputase la Primera masculina del Pincha.

Su cábala era una sola: “Siempre salir todas juntas, tomar el tranvía todas juntas, llegar al estadio todas juntas”. Si bien era otro contexto, recalca que nunca la hostigaron ni violentaron. Asegura que jamás se sintió incómoda y que el León siempre fue acompañado por muchas mujeres. “Venía muchísima gente. Venían bastantes mujeres, siempre tuvimos muchas mujeres en Estudiantes”, deja en claro.

Chichita se casó con Fito, hincha de Gimnasia, con quien tuvo dos hijos varones y una mujer. Vivieron durante mucho tiempo en la zona de Plaza Paso y ella viajó a ver al Pincha por todos lados. Trabajó en Gath y Chaves y luego se dedicó “a ver a Estudiantes”, como suele decir. En el ’68 –en la campaña de los Héroes de Old Trafford- fue a Uruguay junto a Carlos, su hijo más grande. Como todavía era menor, ella tuvo que firmar un permiso especial para poder sacarlo del país y llegar a Montevideo: “El más chico era chico todavía y sin embargo me organicé de tal forma que pude viajar en el ferry, ver el partido, después viajar de nuevo y volver a casa”. Después Carlos terminó eligiendo los colores del Lobo, como su papá. Pero a Gabriel y a Raquel les contagió su fanatismo albirrojo. La familia se amplió: tiene 10 nietos y 11 bisnietos, muchos también del León. 

Por el Pincha también llegó a Brasil, sin contar todos los estadios que recorrió en el país. Jugase Estudiantes o Gimnasia, la familia salía completa en auto: quienes no iban a la cancha se quedaban paseando en el Bosque mientras el resto disfrutaba o padecía el partido. Esa siempre fue la logística. Si no podía llegar al estadio, Chichita lo escuchaba por radio hasta que apareció la televisión. “Era no perderme nada para nada”, dice con seriedad.

Cuando se logró el mítico campeonato del mundo, lo vivió con muchísima emoción y lo festejó de una manera particular. Salió con una pareja amiga en un auto pintado con los jugadores y recorrieron toda avenida 7, a pleno bocinazo. “Toda una caravana cuando venían los jugadores, con la bocina a todo lo que da. Y gritaba: ‘Ahí va Verón, Verón, Verón, montado en una escoba, soy Verón, Verón, que está de joda’. Hasta un muñeco de la Bruja había hecho”, rememora entre risas.

Pese a que dice que la convivencia con su marido en los clásicos era respetuosa, su hija Raquel asegura que Chichita era “tremenda”. Además de hacer los clásicos “cuernitos” en cada ataque del conjunto mens sana, tenía una especie de santuario en su casa: al lado de la foto de los nietos, tenía otra de Juan Sebastián Verón y de sus tres planteles preferidos. Y una bandera que hizo con sus propias manos: “La hice de acrocel –la tela con la que hacen los ambos del personal de salud- y con esa bandera íbamos a todos lados”. Ahora lleva la firma de Verón padre e hijo, entre otros jugadores, y la usan sus nietos. Eso sí, cuando fue a la reinauguración de UNO la llevó ella.

Chichita tuvo el privilegio de disfrutar todos los campeonatos que hicieron de Estudiantes un club con mística y reconocido internacionalmente. No puede elegir un equipo, pero recuerda con los ojos brillosos los goles de Calderón en Quilmes en medio de un diluvio. También la vez que conoció a Ricardo “Beto” Infante –el inventor de la rabona- y al arquero Gabriel Mario Ogando. Pero sin dudas, su jugador preferido es la Brujita Verón: “El presidente, sí. El club cambió muchísimo y ojalá que siga siendo presidente, porque el club con él adelantó muchísimo”. Una vez Sebastián pasó con su hija por la puerta de su casa y ella saltó por la ventana. “’Saludá, Sebastián’, le dije. Por ahí se daba vuelta y decía chau”, comenta.

Quien sí estuvo en su hogar fue Carlos “Chiquito” Bossio. “Vino a mi casa porque pasaba para ir al entrenamiento todas las mañanas a buscar el auto a la cochera. Entonces un día yo le dije: ‘Mirá, ya que todas las mañanas pasás por acá, un día quiero que me firmes la bandera que tengo’. Me dijo: ‘Sí, cómo no’. Entonces me la firmó, pasó a mi casa, se sentó, la firmó y tenía la bandera firmada por él. Por eso la bandera no quieren lavarla los chicos”.

Chichita reconoce que hizo varias locuras por el Pincha, pero de todas se destacan dos. La vez que fue con la cadera quebrada a un partido en Quilmes y cuando se tatuó el escudo de su amado club. Sobre la primera anécdota –que fue en la previa a un encuentro del Pincha ante Arsenal- detalla: “Regando las plantas me tropecé en la manguera y caí pero caí en el pasillo de laja, no en el césped. Pero me paré. Mi marido me decía: ‘¿Te hiciste algo?’. No, creo que no, no me duele nada, le respondí. Al día siguiente era el partido y yo le decía a mi hijo Gabriel: ‘¿Qué hago ahora, no voy a poder ir?’ Y él me dijo: ‘Sí, yo te llevo, mamá, cómo no te voy a llevar’. Fuimos a ver el partido lo más bien, volvimos y a la tarde de ese día en la sede de Estudiantes le daban un reconocimiento a Sebastián Verón. Me cambié, fui allá y me saqué una foto con Sebastián. Después, al día siguiente cuando me quise levantar no pude poner los pies al suelo para nada. De ahí fue la operación de cadera”.

La historia del tatuaje fue la que la hizo aún más famosa en el mundo pincharrata. En la previa a la final de la Copa Libertadores del 2009 ante Cruzeiro, Chichita hizo la promesa de que si salían campeones se iba a tatuar. El Pincha ganó en Belo Horizonte, estalló la alegría, pero después nadie la quería acompañar a cumplir con su palabra. “Un día me hablan los hijos de mi hija Raquel (que son hinchas de Gimnasia) y me dicen: ‘Abuela, ¿qué tenés que hacer esta tarde? Te queremos ir a buscar’. Bueno, les digo, vengan. Me vinieron a buscar y no me dijeron nada. Me llevaron por 51, pararon y me llevaron a la Galería San Martín y me dicen: ‘Bueno ahora acá te vas a hacer el tatuaje de Estudiantes’”, dice levantando orgullosa la manga de la remera para dejar el brazo derecho a la vista, con el escudo diseñado por uno de los chicos.

La llevaron sin avisar a nadie y la familia cruzaba llamadas telefónicas intentando localizarla. Cuando volvió, contó lo que habían hecho y su marido le dijo: “Ay, vos también con Estudiantes no parás nunca”. El cuento no termina ahí. En 2010 lograron un nuevo campeonato y ella decidió actualizar su dibujo. Aprovechó que su prima tenía que ir al club a buscar su nuevo carnet de socia y le dijo que luego la acompañase a la galería de 7 entre 50 y 51. No le dijo el motivo. A la mujer le daba impresión y ella la paró en seco.  “No vas a ver nada. Vos te quedás acá en el hall y yo voy adentro y me lo hacen en un ratito”, le aseguró y así lo hizo. A partir del tatuaje empezaron a reconocerla y a pararla para charlar en cada partido. La convirtió en “la abuela de Estudiantes”: “Es la verdad, creo que soy la única que ha venido acá con 89 años”.  

Chichita –que de chica hizo patín y “algo de pileta” en el club- nunca vio jugar al equipo de Primera de fútbol femenino, pero le encantaría ver a las jugadoras. Además, quiere que puedan disputar sus partidos en UNO: “Sería ideal”. Su historia fue publicada hace poco por las integrantes de Pinchas Feministas, quienes vienen desarrollando la “Memoria Pincharrata”, con el fin de visibilizar a las mujeres y disidencias del club.

Después de una larga charla sentada en la silla de ruedas, se anima a dar unos pasos en la que llama su casa. Del brazo de su hija, salió por el mismo túnel por el que hace unos días pasó Marcos Rojo, en lo que fue su primer partido como titular en su vuelta al club. Chichita caminó despacio y en silencio, hasta que llegó al borde del Playmaster. “Vaaaaamos, Pinchaaa”, grita con lo que le quedaba de voz. Y agrega un deseo: “¿Te podés imaginar lo que sería que pudiese salir con los jugadores?”. La sonrisa se le sale de la cara y empieza a entonar su himno “Estudiaaaaantes, Estudiaaaaantes”: “Esto es lo que vale, pero cantar así todo en conjunto queda bien”. Antes de subirse al auto de Gabriel y volver al hogar para personas ancianas en el que reside hace tres años, recuerda los sándwiches de pan lactal que le preparaba a sus nietos antes de cada partido y –por si quedaba alguna duda- reafirma: “Para mí Estudiantes es todo”.

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A los 6 fue por primera vez a 1 y 57 y no paró más. La historia de la hincha de 89 años, que contagió su pasión albirroja a dos de sus tres hijos y la llevó a seguir al equipo a todos lados. El campeonato del mundo, el día que Chiquito Bossio fue a su casa, la admiración por Juan Sebastián Verón y el deseo de que las jugadoras lleguen a UNO.