lunes 30 de marzo de 2026

Los sepultureros: cómo es sobrevivir paleando la muerte

Desde hace años se ganan la vida atravesando momentos muy fuertes que requieren de una gran entereza física y psicológica. Mucha gente los reconoce pero muchos otros no. En silencio y con la frente en alto se encargan de despedir para siempre a quienes se van de este mundo, con todo lo que eso implica. En una charla con 0221.com.ar este grupo de hombres cuenta los secretos del trabajo que nadie quiere hacer.

Algunos tienen palas anchas en sus manos. Otros las dejan apoyadas sobre los troncos. Algunos están prolijamente uniformados y otros visten de la misma manera que en sus casas. Comparten un mate sentados en el pequeño banquito que está frente a la garita del centro del Cementerio de La Plata, su guarida de todos los días. Hay de muchas edades. Algunos trabajan hace dos años, otros cuatro, seis y diez. Atento y en silencio observa todo el más nuevo, un joven de Villa Elisa que está aprendiendo a enterrar a los muertos y todo lo que eso implica, porque no cualquiera podría ser sepulturero. Se nota en sus miradas que no les resulta fácil. Día a día se empeñan en renovar la entereza necesaria para bancarse todo, con frío, calor, sol o lluvia. Son los últimos en tocar el cuerpo de las personas que se despiden de este mundo y eso es tomado bien por algunos y muy mal por otros: "Te acostumbrás, pero hay veces que te querés ir y no volver más".

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En tiempos en donde lo que más se reclama es empatía para con el otro, pocos trabajos aparentan ser tan injustos como el del sepulturero. "Hoy la sociedad está muy nerviosa y se ven cosas que antes no ocurrían, hay muchas peleas entre familias, vienen con armas, nos agreden a nosotros", cuenta Juan, uno de los que más experiencia tiene trabajando en este sector, al que entró luego del fallecimiento de su padre. El resto también fue ingresando por herencia familiar o porque antes formaban parte de la cooperativa, sobreviviendo gracias a las propinas. Después de pensar unos segundos, Emiliano acota: "Acá pasa de todo, hay de todo". "Esto no es para cualquiera, acá te hacés fuerte sí o sí", agregan de atrás.

Y eso da el pie para que todos cuenten cómo los atraviesa ser sepultureros. Es un grupo de casi treinta hombres que todos los días se encarga de enterrar entre cinco y quince cadáveres, además de hacer exactamente lo inverso con otros quince restos, para liberar las tumbas. Y lo hacen sin importar las condiciones: en pleno invierno con temperaturas bajo cero, con diluvios torrenciales y con el sol de enero rajando la tierra. Muchas veces trabajan sin las condiciones adecuadas y la lucha para conseguir mejoras es eterna: botas, camperas, guantes, un botiquín de emergencia y alguna estufa en invierno.

Pero nada los detiene. Ni siquiera los grupos de motoqueros que de vez en cuando aparecen a todo motor, con botellas de whisky y a los tiros para despedir a algún caído en la calle. Sí, a los tiros. "Una vez me tocó un servicio en donde aparecieron más de cien personas en moto copando toda esta calle y yo tuve que quedarme en un costado esperando con la pala la respuesta de alguien, si nos iban a tratar bien o nos iban a dar unos fierrazos", cuenta con naturalidad uno de los más experimentados, mientras que otro recuerda "cuando estábamos en otro servicio y vino el jefe de personal a decirnos 'vamos, tapen', y los familiares nos retrucaron '¿tapar qué? si llegan a tapar, cobran', y bueno, nosotros ahí en el medio". "Hubo servicios de gente que ha venido armada, mucha gente pesada", detallan. Y todos concluyen con resignación: "Pero bueno, el trabajo se hace igual".

"Esto es un oficio y se aprende a trabajar individualmente. Pero bueno es muy feo, al principio cuesta mucho, sobre todo cuando tenés que enterrar criaturas. Y con los que son más viejitos te agarra una angustia bárbara, hay algunos que están muy podridos y te repugnan. Si te llegás a manchar tenés que tirar la ropa. Cuando recién arrancás te cuesta en serio porque uno no es de fierro", reflexionan. Todos coinciden en que lo que les toca verdaderamente la fibra más íntima es enterrar a un bebé. Directamente hay un par que están negados y eso no lo hacen. Ese es el límite: "Cuando vas a enterrar a un bebé es muy fuerte porque vos después llegás a tu casa y ves a tus hijos que son criaturas chiquitas y te quedás pensando si les llega a pasar algo".

"Ayer hicimos un servicio de un muchacho que mataron y la misma gente nos contaba que el pibe era malísimo, que se lo merecía. Ahí por ejemplo en esos casos nosotros terminamos muchas veces haciendo de apoyo psicológico con la gente porque se descargan con nosotros, nos ponemos a escuchar y nos cuentan de todo. Después uno se queda pensando el resto del día, es muy fuerte", evalúan. "Yo acá enterré a mi viejo, a la madre y a la hermana. Es muy jodido, ahí ya la cosa pasa a otro lado, es algo personal, no es trabajo, te toca de otra manera", comenta otro de los más jóvenes.

Al principio de la semana laboral los sepultureros se reúnen en la garita y hacen un sorteo con tres papelitos. De esa manera se organizan las tareas del día con el objetivo de que todos hagan todo y en turnos. El que el lunes arrancó primero a hacer un servicio, el martes lo hace en segundo lugar, el miércoles en tercero; así todos van rotando y todos entierran y remueven restos por igual. "De esta manera podemos descansar porque remover y sacar restos te mata, es lo más cansador", concuerdan. Y salen de a parejas, pala en mano, preparados para lo que se venga, en silencio y con la frente en alto.

"Nosotros bajamos el cajón al pozo, la familia se despide y cuando dan la orden, nosotros cubrimos. Esto es la parte de los servicios, después tenemos la parte de los restos. Estamos divididos, algunos hacemos los servicios y otros sacan restos. También hay veces que un juez viene con la orden de exhumar un cadáver y eso también es fuerte, está todo podrido. Esto es todos los días, con calor, sol, lluvia, frío, de 7 a 14 horas", describe Juan bajo la atenta mirada de Rodrigo, su pequeño hijo que lo acompaña y recorre en bicicleta los tenebrosos pasillos de este lugar inmenso en donde descansa la muerte al final de diagonal 74. "La gente se queda sorprendida cuando decimos que somos sepultureros y para nosotros es algo normal. Cuando empezamos a contar lo que hacemos nos preguntan si estamos locos, pero para nosotros es algo normal todos los días enterrar y desenterrar", se escucha en el fondo de la reunión mientras el mate sigue pasando y otro agrega: "Al principio cuesta bastante. Llegás a tu casa, te pegás un baño, te sentás a comer, ves a tu familia y te quedás pensando, te queda rebotando en la cabeza".

Y ese rebote en la cabeza se transforma en sueños, en pesadillas. Los sepultureros sueñan con muertos a la noche para el día siguiente volver a este predio de treinta y dos hectáreas inaugurado el 1 de febrero de 1887, que aloja entre sus miles de almas a Almafuerte, Francisco López Merino, Manuel Puig, Florentino Ameghino, Juan Vucetich, Ricardo Balbín y Pancho Varallo, solo por mencionar algunos.

Hay veces que escuchan ruidos extraños y hasta se topan con escabrosas escenas que solo se ven en las películas, como por ejemplo gallinas degolladas y velas encendidas en círculos en los portones de entrada al cementerio. "Como en varios cementerios acá también hay historias pero hasta ahora ninguno de nosotros ha visto nada raro. Sí de vez en cuando se escuchan ruidos. Yo cuido un sector a la tarde y escucho ruidos que me llaman la atención, entonces me acerco y veo que no hay gente, que no anda nadie. Pero es el ruido de los cajones de nicho, que son de metal y sellados, y cuando se cierra la válvula de escape de gases, se tapa y los cajones explotan", desmitifica Juan mirando a Ariel, que agrega: "Lo que sí vemos seguido es que afuera en los portones matan gallinas, dejan ofrendas, aparecen gallos muertos, velas, pochoclos, whisky. Y eso queda ahí, no sé si lo limpian, mucho no quieren acercarse. Y nosotros que trabajamos acá pasamos por el costadito, no vaya a ser cosa...".

Los cuidadores que comparten las jornadas con los sepultureros persiguen de vez en cuando a los que entran para robar bronce, aunque mayormente esto ocurre de noche, cuando en el cementerio solo se escucha el sonido de la muerte en soledad. Ese es otro de los problemas que enfrentan, en el medio de un listado que es cosa de todos los días: "Uno tiene familia y terminás llevando microbios, porque acá todo lo que tocás está infectado. En el cementerio hay muchas partes que se inundan y entonces cuando llueve y el agua corre, arrastra toda la contaminación, así que todo está contaminado y con olor".

Uno de los sepultureros que no había hablado durante toda la mañana del último día de enero rompió el silencio con una conclusión que define el oficio: "Con nosotros pasan dos cosas; hay gente que valora y toma muy bien que seamos los últimos en tocar al muerto -todos se tiran al cajón y demás, pero el sepulturero es el último que toca al muerto- y hay otra gente que lo toma mal. Esa gente quiere ser la última en tocar al muerto y no se puede, porque los sepultureros somos nosotros. El recelo viene por ahí". Todos asienten. "Algunas veces la gente viene muy dolorida y nosotros solo podemos esperar, no podemos hacer otra cosa. Otros también vienen muy nerviosos y hasta nos quieren atacar. Y yo no puedo reaccionar, tengo que agarrar mi pala y seguir o irme. Por dentro me da mucha bronca y me enoja porque esa gente no tiene respeto por uno que está trabajando. Ahí es cuando me quiero ir y no volver más", aporta otro de los que hace muchos años está acá.

"Esto requiere mucho esfuerzo psicológico y físico. A mí la otra vez me agarró un dolor fuerte y no me podía ni agachar en mi casa, me tuve que dar dos inyecciones en el hospital, de urgencia. Lloraba del dolor y estuve dos días en cama. La pala te mata la cintura", cuenta al pasar uno de los sepultureros que se prepara para enterrar al primer cadáver del día, el de las 10.30.

Pero claro, de la misma manera que la pasan mal, también protagonizan buenos momentos que terminan siendo gratificantes. "Hay gente que nos agradece mucho, que es muy respetuosa", reconocen. Y entre tanta desgracia recuerdan casos con humor, entre risas: "Acá hay veces que se pelean mucho también y terminan agarrándose de los pelos por el muerto. Incluso hasta me piden cosas, termino yo en el medio y les digo que hasta que no solucionen el problema entre ellos yo no hago más nada. Si uno no se pone firme lo vuelven loco, son terribles", dice mientras todos se ríen.

A lo lejos se ve el ingreso de una ambulancia al mismo tiempo que Rodrigo vuelve de su paseo en bicicleta con la noticia: una señora mayor se acaba de desmayar en medio del entierro y su cabeza golpeó contra el piso. "Ahí está tirada, los médicos pidieron que nadie la toque", dice el chiquito que busca seguir los pasos de su padre y su abuelo. Nadie se sorprende. Es que es tan solo una escena más de todos los días. Como lo que ocurre minutos después, cuando los sepultureros regresan del primer servicio del día con las palas llenas de barro: uno de ellos se cortó a la altura de la muñeca izquierda con un pedazo de alambre; viene chorreando sangre y con la certeza de que no hay lugar para el lamento ni el escándalo. "¿Ves cómo es?", dice con naturalidad mientras abre la canilla, se enjuaga y se prepara para continuar ganándose la vida a palazos resignados con la muerte.

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