De parir en cuarentena a la crianza en soledad: maternidades y pandemia en La Plata | 0221
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De parir en cuarentena a la crianza en soledad: maternidades y pandemia en La Plata

Las diversas formas de maternar y todo lo que conlleva suelen ser invisibilizados, pero quedaron expuestos con el aislamiento. Cuatro relatos íntimos.

Durante mucho tiempo se construyó y normalizó un determinado ideal sobre el ser madre. Un mantra patriarcal cargado de abnegación, sacrificio y culpa, que invisibilizó todo lo que rodeaba a las maternidades y las redujo al ámbito doméstico. En los ‘60 y ‘70 comenzó a cuestionarse y los feminismos de la nueva ola apuntaron directo al instinto maternal y al argumento del destino biológico. Luego también se sumaron los modelos de “supermamás” -como plantea Esther Vivas en “Mamá desobediente”-, “máquinas” que además de ser devotas llevan una vida laboral y pública activa, además de un cuerpo perfecto.

Mientras se multiplicaban los debates en torno a las opresiones, violencias y desigualdades que sufren las feminidades durante el embarazo, el parto, la lactancia y la crianza, también comenzó a entenderse a la maternidad como un derecho, como una elección, como un deseo. Al mismo tiempo, se reflexionó sobre qué significa ser madre: hay tantas definiciones como experiencias y cada una depende del contexto social, económico y personal. No existen modelos universales.

El contexto de pandemia de coronavirus expuso lo que a muchas personas que maternan les toca atravesar y en plena lucha por el tratamiento del proyecto de legalización del aborto en Argentina. En este marco, 0221.com.ar entrevistó a cuatro mujeres en La Plata, que aportaron sus vivencias y ayudaron a ampliar la mirada hacia maternidades diversas que transformen los estereotipos históricamente impuestos.

BELÉN

Belén Del Manzo organizó todo y fue hasta una de las habitaciones de su casa. Dejó a su hija Ema con Hernán, su marido, y atendió el teléfono. Tiene 41 años, es Doctora en Comunicación Social, docente universitaria y militante por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Parió hace tres meses, en plena cuarentena.

La idea de ampliar la familia que ya conformaban con sus dos gatos había sido muy charlada, especialmente en los últimos cinco años. Empezaron a intentar, pero el tiempo pasaba y el embarazo no llegaba. Consultó con su ginecólogo y les recomendó hacerse unos estudios. Con los resultados sobre la mesa, decidieron comenzar un tratamiento de fertilidad de alta complejidad. “Fracasaban y era decir hasta cuándo, porque son duros. Cambia todo tu cuerpo, porque es un shock de hormonas, te tenés que inyectar, todos los meses agujas, drogas, hacerte test y que te de negativo. Es anestesia porque cuando te van a poner los óvulos te duermen. Teníamos muy hablado en cuanto a cuál era el límite, hasta cuándo íbamos a poner el cuerpo. Ya habíamos visto muchas parejas que se perdían como pareja en la búsqueda de un hijo. No quería eso”, cuenta Belén a 0221.com.ar.

Hubo veces en las que atravesó todo el proceso y no podían extraerle óvulos. Definieron que el 2019 era el último intento y entraron en una lista de espera para una ovodonación. El procedimiento fue en octubre, no le dijeron a nadie. Semanas antes Belén y Hernán se casaron, como una forma de celebrar la vida y reafirmar su amor, como una apuesta simbólica y también pensando en encaminar una adopción. En cuestión de 48 horas, defendió su tesis doctoral y se hizo el test de embarazo. Apareció la segunda línea, borrosa. “Después hicimos el análisis de sangre, me dieron el resultado, lo abrimos afuera y llamé al médico”.

Sí, estás embarazada y es muy probable que sean dos —escuchó del otro lado del teléfono. Fue un abrazo eterno con Hernán en la esquina de 5 y 46.

En la primera ecografía vieron las dos bolsas, pero se veía un embrión y el otro no. En las imágenes de las siete semanas un profesional con poco tacto y sensibilidad les tiró por la cara que la otra bolsa se había reabsorbido. Les ponía caras y solo les explicó que veía una membrana engrosada. El estudio de las 12 semanas de translucencia nucal dio mal. “La eco da un valor de 8, altísimo. No nos explicaba mucho, ahí me agarró un ataque de nervios, Hernán lloraba. Nos dio el peor panorama, que teníamos que hacer algo porque algo andaba mal, fue horrible”, recuerda Belén. Salió, se sentó en la vereda y llamó a una de las obstetras que le habían recomendado, que le pasó el teléfono de un genetista de Capital Federal. Consiguió un turno para ese mismo día y salieron para CABA: “Repitió la eco y el valor era ese, pero le puso amor a toda la información, lo dijo de otra manera. El síndrome de Down es el más leve, hay muchos que realmente son graves”. El siguiente lunes le hicieron una punción. Fue con Beba, su mamá, y ahí supieron el sexo.

La pandemia complicó todos los estudios. Pasaron de controles extremos a no poder controlar nada. Pero pudo mantener las citas con Julia, su obstetra, que le daba turnos especiales. Al principio cada ida a Buenos Aires era compleja por los operativos estrictos en la autopista. A las ecografías entraba sola, hizo cursos de preparto por Zoom y videollamadas por WhatsApp. Mientras, seguían con home office y a las vueltas con IOMA, que también había sido un obstáculo durante el tratamiento. “Estuve a punto de encadenarme más de una vez porque no nos reconocían los medicamentos. Ahí lo caro no es la intervención sino las drogas que tomas, una caja sale $60.000. Todo era pelear, dónde estaba el expediente, buscar algún conocido”. No podían conectar con el embarazo y no sabían cómo seguir avanzando. Pero hubo dos momentos clave. Uno fue el armado del dormitorio de la beba. “Fue darle existencia, reafirmar que Ema iba a venir a este mundo, más allá de los malos pronósticos que teníamos”, dice Belén. El otro fue la lectura, se engancharon leyéndole muchos cuentos de humor e historias hermosas a la panza, un ritual que repetían todas las noches.

Llegó el día del parto y habían consensuado una cesárea. El tema fue la presencia de Hernán, pensar hasta dónde exigir que estuviese cuando lo único que quería era que su hija naciera bien. Después de idas y vueltas lo pudieron garantizar. Él estuvo internado con ella los tres días en la clínica, no podía salir. El quirófano estaba pintado de violeta y un equipo de cinco mujeres recibió a su hija. En unos minutos tenía beba a su lado. La besó, la abrazó, le habló. Belén, profesora de lingüística en la Facultad de Psicología y en Periodismo, revive ese momento: “Lo primero que dije cuando nació Ema fue ‘hija estás acá’. El deíctico en el acá es simbólico. Es re fuerte, es el del lugar, el de darle espacio y fue lo que intenté durante todo el embarazo, darle lugar, que naciera, que estuviera acá. El lenguaje es inconsciente”.

En neo se turnaban para ir a verla. Con el distanciamiento también entre las incubadoras, Belén empezó la difícil misión de amamantar. Y con barbijo. Unos días después estaban en su casa. Pudimos transitar los primeros días con Hernán, conocer a Ema sin que nadie te esté diciendo ‘hacé así, poné así’, eso para mí fue espectacular, el estar solos los tres. Después se hizo duro pasando los días”, comenta. No paraban de pedirle videollamadas y Belén no daba más. Luego eligió subir fotos de la beba a las redes sociales, como estrategia alternativa a la videollamada permanente. En tiempos pandémicos, los abuelos conocieron a la beba a través de un nylon y hace unos días la vieron algunos de sus tíos.

El puerperio sigue difícil y la palabra con la que lo definió fue soledad. “Por más de que hablás con amigas o las redes y demás, no dejás de estar sola. Todo el mundo opinaba vía WhatsApp, me decían qué hacer en lugar de decirme relajá. Hay mucho fundamentalismo por todo. Cada decisión es única, cada cuerpo es único”, dice Belén, mientras sigue su batalla contra los discursos que se le volvieron un mandato y convencida que la maternidad se construye desde múltiples lugares.

NICOLE

Nicole Ruiz habla pausado, pero le brota la bronca. En una misma frase la mujer trans de 33 años dispara que está harta, que solo sigue por sus dos hijos, un varón de 12 y una adolescente de 14: “La única persona que tienen soy yo”. Necesita conseguir de manera urgente calcio de acetato, una medicación fundamental para su tratamiento que complementa con diálisis hace un lustro, mientras aguarda un trasplante de riñón.

Hace una década que está en La Plata, pero nació en en Villa Río Negro, en Resistencia, la capital chaqueña. Cuenta a 0221.com.ar que se fue de chica de su casa y que volvió varias veces, hasta que se quedó de forma definitiva por su enfermedad. “Me fui porque era mi manera, ahí no quería hacer nada, me sentía mal, tenía que hacer cosa de chicos y no quería hacer nada de chicos. Por demostrar a la familia tuve hijos, todo por demostrar una persona que no era. Me junté con una amiga y tuvimos una hija”, expresa. Esa primera bebé falleció a los dos años. En medio de una gran depresión pensó que no podía continuar con esa vida, pero siguió adelante y nacieron dos hijos más. Al tiempo dice que “se desató”, que pudo mostrarse como realmente quería: “Era yo”. La mamá de los chicos comenzó otra relación y se fue. Ella quedó prácticamente sola con la crianza en la casa de su exyerno en Altos de San Lorenzo, y desde hace cinco años que está en pareja con Edgard, de 26.

Nicole es una de las tantas trabajadoras sexuales que atraviesa una delicada situación de salud, además de una extrema vulnerabilidad social y económica. Cobra la mínima, la única mercadería que recibe son donaciones o los bolsones que le acercan de la escuela primaria a la que va el nene, y precisa un remedio que cuesta $5.000. No lo toma hace seis meses y tampoco tiene respuestas a su reclamo. “No podemos salir a trabajar a la calle porque está muy peligroso y por mi enfermedad, contagiarme el Covid sería letal para mí”, asegura. Y agrega: “Estamos desamparadas, nadie hace nada. Una amiga murió sola hace poquito en la casa y sin que nadie le lleve nada. Tenía 26 años. Hay un montón de chicas enfermas y las van descartando. ¿Dónde está la contención?”.

Piensa en la pastilla, en la comida diaria, en la diálisis que se realiza cada lunes, miércoles y viernes en el Hospital San Martín. Antes de salir para la institución sanitaria de 1 y 70 les recuerda a sus hijos que no abran la puerta a nadie y les manda mensajes constantemente mientras se hace el tratamiento. “Soy cargosa, pero me quedé mal después de lo que le pasó a mi hija. Vengo para ellos, hasta que ellos sean un poquito más grandes. Después que sea lo que Dios quiera, pero yo quiero vivir para ellos”, reconoce. En uno de los brazos le quedaron varias lesiones por los pinchazos. Antes le dolían, ahora dice que está canchera, aunque no puede hacer ningún tipo de esfuerzo.

Los chicos siempre supieron de su situación de prostitución. Cuando salía a la calle los llamaba a cada rato y con mil o dos mil pesos se iba a su casa. “Me volvía re contenta, era para comer algo afuera del hospital, algo rico”. A ocho años de la sanción de la Ley de Identidad de Género -que cambió la vida de muchas personas que no se identifican con el género que les asignaron al nacer-, Nicole había comenzado a tramitar su nuevo DNI. Fue semanas antes de que empezara la cuarentena y todo quedó en pausa. No volvió a tener noticias, como tampoco de su medicación. Tiempo atrás hizo un curso de cocina en un comedor de Los Hornos, que sigue abierto pero al que dejó de ir por su enfermedad. Después de cocinar volvía a su casa con la comida del día, con frutas, bien variado. En esa misma localidad su pareja participa de una toma de terrenos. Es en un predio de 141 y 79, donde un familiar le cuida una porción de tierra.

Resalta el comportamiento de sus hijos durante el encierro por la pandemia y afirma que casi no la hacen renegar. La ven descompuesta o triste después de cada diálisis y le dan fuerza. A veces le dicen “Tito”, como la llamaba su papá, otras directamente “má”. También cuenta que trata de ir lo menos posible a las escuelas de los chicos. “Los que se quedan ahí son ellos y los adolescentes hacen mucho bullying. Por eso me quedo acá yo, no salgo. A la mayor le dicen ‘tu papá, el puto’. Se peleó dos veces ya”, cuenta. Ella le recomienda que no les haga caso, que estudie, que siga una carrera que le guste, “que sea alguien”.

LORENA

Viernes caluroso. Llegó el Este 15 a la parada de 122 y 607, subió por la puerta trasera, mostró el pase por discapacidad y se acomodó en uno de los primeros asientos del micro. Lorena Vergara acomodó su barbijo e intentó que no se le empañen los lentes. En unos minutos cruzó gran parte de La Plata, desde Villa Alba hasta el centro, con paso por Plaza Rocha y Moreno, donde tiempo atrás vendió ramos de flores. “Acá me iba re bien”, recuerda sonriente sobre las ventas en la rambla de Diagonal 73 y 54.

Lorena tiene 43 años y tres hijas de 25, 19 y 11. La primera nació a sus 16. “Mi mamá también me tuvo de joven. Yo quise quedar embarazada, no es que fue por accidente. Me quería ir porque crié a mi hermanito desde que nació hasta los 4 años. Ya que lo cuidé, tengo un hijo, me voy, lo crío yo y listo. Un pensamiento malo, pero bueno, lo pensé así con 16 años”, dice. Quedó embarazada y lo contó a su familia. Su mamá no lo tomó bien y la obligó a casarse. Su papá tuvo otra reacción: le preguntó si el novio se hacía cargo y la contuvo. Se casó en 1994 y siguen juntos.

Como su primera “experiencia” de crianza había sido con su hermano, dice que no le resultó difícil adaptarse a los cambios al ser mamá adolescente. Sintió muchísimo miedo con su tercera hija, que nació ochomesina. No había desarrollado la tráquea y debía usar una sonda para alimentarse, entonces terminaba internada de manera recurrente. Una vez la beba se puso morada y corrió al hospital. “Me dijeron que no iba a morir, pero que iba a tener un tratamiento de por vida. Me la daban y me la sacaban, qué manera de llorar. Al final no era nada. Todo dependía de su desarrollo. Tuvo la sonda hasta los ocho meses, después creció sin problemas”.

Lo complicado pasó siempre también por lo económico. Su esposo era el que acercaba la mayor parte de los ingresos, pero eran changas como albañil o pintor. Cuando él se quedaba sin trabajo ella salía a pedir para su familia y también para otras personas del barrio. Hace más de 20 años que recorre la ciudad en busca de una ayuda: Mientras, su marido cumplía con los cuidados que le correspondían en el hogar.

Después de la inundación de 2013 entró en una cooperativa que se dedicó a la construcción de casas de emergencia para quienes habían perdido todo entre el 2 y 3 de abril. Lorena trabajaba en un predio de 76 y 137, donde se fabricaban placas para levantar viviendas. En 2017 hizo un giro durante su tarea, un mal esfuerzo y cambió todo. Empezó a sentirse mal, fue al hospital, se hizo análisis y le diagnosticaron artritis reumatoidea. Desde ese día se encuentra a las vueltas para poder tramitar su pensión por discapacidad, parada por estar registrada como monotributista por la cooperativa. “Quién me asegura que si renuncio al otro trabajo, de cobrar $8.500, que lo uso para pagar cuentas, y no me den nada”. Durante la gestión macrista se frenó el aporte de la cooperativa para la construcción y quienes no habían terminado la escuela retomaron sus estudios. Lorena terminaba el secundario este año y con la cuarentena su colegio mantuvo la continuidad pedagógica a través de WhatsApp. Ella no contaba con un celular adecuado para poder seguir las clases.

El 2019 fue uno de los más duros para la familia. Su esposo no conseguía trabajo y hubo veces que no tenían para comer. Le atendió el comercio a una amiga, que algunas veces le pagaba en efectivo y otras con alimentos. La pandemia agravó la crisis: su marido hizo dos changas en casi siete meses de cuarentena. La calle también se complicó y ella se encontró – y se encuentra- ante todo tipo de situaciones. “Una me dijo el otro día: ‘Por qué no pensás mejor a quién votaste’. Y pum, me cortó. Otra me mandó a trabajar”. Sale “a cara de perro” con un cochecito de su nieto para llevar más fácilmente las bolsas que consiga y toca timbre en los edificios, evita las casas particulares. “Me da vergüenza. Por si salen y me digan: ‘Mirá, esta gorda no necesita nada’. Por el portero de un edificio es más rápido, si tienen algo con que ayudar bajan o me dicen que pase tal día”. Hay personas que la ayudan regularmente, las considera como su “clientela fija”; sino camina por horas, de acuerdo a la suerte que tenga. Regresa en micro, la busca su hermano o se llama un remis del barrio, que le fía cuando no tiene plata. Llega a su casa, separa todo lo que le dieron y lo reparte a sus familiares. Una noche, hace unos días, tuvo miedo porque la persiguió un hombre por la zona de Plaza Paso. No salió más sola.

CECILIA

Eran las 22.30. Cecilia Di Jorgi cargó la pava, preparó el mate y se dejó caer en la silla. Flori acaba de dormirse. La cuarentena cambió sus rutinas y la mayor parte del día lo pasa con su hija despierta: da clases de portugués y español, también de tango -que es parte de un proyecto para disidencias sexuales-, además de entrenar artes marciales y hacer un curso de cartografía sensible. La “peque” está por cumplir 4 años y este 2020 había comenzado el jardín de infantes. También a quedarse a dormir en la casa del papá. Pero luego él se volvió a su país y empezó el aislamiento.

A Re lo conoció durante un viaje a Brasil, se fue a vivir allá y al tiempo quedó embarazada. “No tenía idea de las cláusulas que estaba firmando. No tenía ni idea de lo que era la maternidad”, dice a 0221.com.ar. En diciembre de 2018 se separaron después de una relación de violencia psicológica. Ella -pansexual y no monogamica- regresó a La Plata, donde cría sola.

En Brasil vivió en un pueblo chico, Matinhos, en el litoral del estado de Paraná, donde el único hospital que había tenía altos índices de violencia obstétrica. “Había un grupo de mujeres que se organizaban, desde una perspectiva que tal vez hoy no comparto, desde lo meritocrático y hegemónico de lo alternativo. Había una doula que acompañó la mayoría de los partos de ese grupo y otra piba que estaba aprendiendo”, cuenta. Fue un momento clave, con cada relato confirmó que no quería intervencionismo cuando pariese. En la ronda de embarazadas -aún ella sin estarlo- también escuchó por primera vez hablar sobre puerperio, aunque no atravesado por la perspectiva de género.

Con su embarazo tenía en claro algo: la beba nacería en su casa y en Argentina. Muchas personas la alentaron en su deseo, le dieron información, mientras se realizaba controles en el sistema sanitario público brasilero. Más adelante volvió al cuadrado platense, consiguió una partera y una doula para que la acompañaran y asistieran al momento del parto domiciliario por si surgía alguna emergencia. Enfrentó algunas resistencias de parte de su familia, pero no la hostigaron. “El parto fue romantizado y sucedió de la manera más tangible de ese momento”, detalla. Hubo dos intervenciones de la partera, comentarios que le iniciaron y luego reforzaron el miedo. Pero no lo vivió como algo traumático. “La partera estaba con sus miedos de patologizar el parto; el papá con sus miedos de idealizar el parto; yo gritando y la doula era la única que me agarraba de la mano, me miraba a los ojos y me decía: ‘Dale’”. Después de 12 horas nació Flori. “Hoy lo pienso más y tal vez tendría más miedo, pero también porque estoy más urbanizada, antes en un contexto que lo normalizaba”, considera.

Al principio fue rara la sensación de encontrarse con un ser humano que no sabía “si estaba funcionando o no”. Cecilia iba a la habitación de su hija y se quedaba mirándole el pecho para comprobar que respirase bien. Escuchaba cada ruidito. Al mes de parir volvieron los tres a Brasil. El primer tiempo predominó la sensación de descubrir, de seguir buscando información y estar a disposición de la beba. Más allá de que tenía mucha lectura y charla sobre lo que implicaba el puerperio, sintió que la soledad se agravó. “Durante mucho tiempo justifiqué violencia. Sentirme extremadamente sensible y que eso sea el puerperio y no que me estaban machacando todo el tiempo”, piensa hoy, después de muchas horas de terapia. El pueblo en el que vivían se caracteriza por una llovizna constante y con pocos espacios de encuentro como plazas. De forma encubierta, su pareja también la limitaba a salir. Ella dependía económicamente de él, que evitaba a toda costa ocuparse de la beba. Eso tuvo un costo psicológico para Cecilia. No aguantó más, se fue a otra casa y luego vino a Argentina cuando él terminó su carrera.

El regreso fue un caótico, pero también un alivio porque se sentía más sola cuando estaba con Re que cuando se separó. Inició el proceso de reencontrarse: “No sabía cuánto de lo que había sido seguía ahí, cuánto de la que yo era seguía ahí o volvería a ser”. Sintió un deterioro en la relación con Flori, al no poder cumplir con sus demandas, al extrañar a su papá, la culpa por eso. “Esa violencia que ejerció en mi caso, donde él elige siempre, todo lo que elige no hacer es todo lo que recae sobre nosotras y el precio que hay que pagar por eso. Mi hija necesita que juegue y hable con ella, tener sus necesidades básicas y emocionales cubiertas. Muchas de las que no llego a hacer porque soy la única responsable de hacerlo. Ese ‘poder no estar’ generalmente no es una elección para nosotras. Ellos se van y no se preocupan con quién se queda la piba. Nosotras tenemos diez minutos para hacer un trámite y tenemos que resolver un montón de cosas. Siempre hay que resolver”, señala.

Las redes que Cecilia había comenzado a construir desde su vuelta se estaban materializando y se decretó el aislamiento. La dificultad se elevó al mil por ciento. No tenía momentos para ella sola, luego se reorganizaron lentamente y cada una preservó sus espacios. Incorporaron otras actividades juntas, como la terapia y las clases. Cuando cumplieron el encierro de manera estricta sintió que estaba enloqueciendo y que Flori se había puesto más agresiva, un cambio que se repetía en las niñeces en este contexto. La decisión fue salir a hacer mandados, dar vueltas a la manzana en triciclo. “Tenemos un patio y en la casa de atrás hay una vecinita. Arrancaron la cuarentena hablándose por la ventana y cada una jugaba en su espacio”. Pero lo vital siempre fue seguir con la terapia.

Más de una vez se sintió juzgada por sus elecciones como madre. Antes fue niñera y reconoció los juicios de valor que hizo en su momento. La maternidad le abrió la perspectiva de género, le permitió salir de lo binario y la ve como una potente herramienta de transformación. “Necesitamos muchísimas modificaciones sociales que van por el lado de la información y la convivencia, porque seguimos invisibilizando otras crianzas, otras niñeces, y eso no puede pasar”.

*-*-*

Quienes puedan colaborar con Nicole tienen que comunicarse al 2215 59-1716; mientras que para ayudar a Lorena deben hacerlo al 2213 54-9534.

De parir en cuarentena a la crianza en soledad: maternidades y pandemia en La Plata
Día de la madre

De parir en cuarentena a la crianza en soledad: maternidades y pandemia en La Plata

Las diversas formas de maternar y todo lo que conlleva suelen ser invisibilizados, pero quedaron expuestos con el aislamiento. Cuatro relatos íntimos.

18 de octubre de 2020

Durante mucho tiempo se construyó y normalizó un determinado ideal sobre el ser madre. Un mantra patriarcal cargado de abnegación, sacrificio y culpa, que invisibilizó todo lo que rodeaba a las maternidades y las redujo al ámbito doméstico. En los ‘60 y ‘70 comenzó a cuestionarse y los feminismos de la nueva ola apuntaron directo al instinto maternal y al argumento del destino biológico. Luego también se sumaron los modelos de “supermamás” -como plantea Esther Vivas en “Mamá desobediente”-, “máquinas” que además de ser devotas llevan una vida laboral y pública activa, además de un cuerpo perfecto.

Mientras se multiplicaban los debates en torno a las opresiones, violencias y desigualdades que sufren las feminidades durante el embarazo, el parto, la lactancia y la crianza, también comenzó a entenderse a la maternidad como un derecho, como una elección, como un deseo. Al mismo tiempo, se reflexionó sobre qué significa ser madre: hay tantas definiciones como experiencias y cada una depende del contexto social, económico y personal. No existen modelos universales.

El contexto de pandemia de coronavirus expuso lo que a muchas personas que maternan les toca atravesar y en plena lucha por el tratamiento del proyecto de legalización del aborto en Argentina. En este marco, 0221.com.ar entrevistó a cuatro mujeres en La Plata, que aportaron sus vivencias y ayudaron a ampliar la mirada hacia maternidades diversas que transformen los estereotipos históricamente impuestos.

BELÉN

Belén Del Manzo organizó todo y fue hasta una de las habitaciones de su casa. Dejó a su hija Ema con Hernán, su marido, y atendió el teléfono. Tiene 41 años, es Doctora en Comunicación Social, docente universitaria y militante por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Parió hace tres meses, en plena cuarentena.

La idea de ampliar la familia que ya conformaban con sus dos gatos había sido muy charlada, especialmente en los últimos cinco años. Empezaron a intentar, pero el tiempo pasaba y el embarazo no llegaba. Consultó con su ginecólogo y les recomendó hacerse unos estudios. Con los resultados sobre la mesa, decidieron comenzar un tratamiento de fertilidad de alta complejidad. “Fracasaban y era decir hasta cuándo, porque son duros. Cambia todo tu cuerpo, porque es un shock de hormonas, te tenés que inyectar, todos los meses agujas, drogas, hacerte test y que te de negativo. Es anestesia porque cuando te van a poner los óvulos te duermen. Teníamos muy hablado en cuanto a cuál era el límite, hasta cuándo íbamos a poner el cuerpo. Ya habíamos visto muchas parejas que se perdían como pareja en la búsqueda de un hijo. No quería eso”, cuenta Belén a 0221.com.ar.

Hubo veces en las que atravesó todo el proceso y no podían extraerle óvulos. Definieron que el 2019 era el último intento y entraron en una lista de espera para una ovodonación. El procedimiento fue en octubre, no le dijeron a nadie. Semanas antes Belén y Hernán se casaron, como una forma de celebrar la vida y reafirmar su amor, como una apuesta simbólica y también pensando en encaminar una adopción. En cuestión de 48 horas, defendió su tesis doctoral y se hizo el test de embarazo. Apareció la segunda línea, borrosa. “Después hicimos el análisis de sangre, me dieron el resultado, lo abrimos afuera y llamé al médico”.

Sí, estás embarazada y es muy probable que sean dos —escuchó del otro lado del teléfono. Fue un abrazo eterno con Hernán en la esquina de 5 y 46.

En la primera ecografía vieron las dos bolsas, pero se veía un embrión y el otro no. En las imágenes de las siete semanas un profesional con poco tacto y sensibilidad les tiró por la cara que la otra bolsa se había reabsorbido. Les ponía caras y solo les explicó que veía una membrana engrosada. El estudio de las 12 semanas de translucencia nucal dio mal. “La eco da un valor de 8, altísimo. No nos explicaba mucho, ahí me agarró un ataque de nervios, Hernán lloraba. Nos dio el peor panorama, que teníamos que hacer algo porque algo andaba mal, fue horrible”, recuerda Belén. Salió, se sentó en la vereda y llamó a una de las obstetras que le habían recomendado, que le pasó el teléfono de un genetista de Capital Federal. Consiguió un turno para ese mismo día y salieron para CABA: “Repitió la eco y el valor era ese, pero le puso amor a toda la información, lo dijo de otra manera. El síndrome de Down es el más leve, hay muchos que realmente son graves”. El siguiente lunes le hicieron una punción. Fue con Beba, su mamá, y ahí supieron el sexo.

La pandemia complicó todos los estudios. Pasaron de controles extremos a no poder controlar nada. Pero pudo mantener las citas con Julia, su obstetra, que le daba turnos especiales. Al principio cada ida a Buenos Aires era compleja por los operativos estrictos en la autopista. A las ecografías entraba sola, hizo cursos de preparto por Zoom y videollamadas por WhatsApp. Mientras, seguían con home office y a las vueltas con IOMA, que también había sido un obstáculo durante el tratamiento. “Estuve a punto de encadenarme más de una vez porque no nos reconocían los medicamentos. Ahí lo caro no es la intervención sino las drogas que tomas, una caja sale $60.000. Todo era pelear, dónde estaba el expediente, buscar algún conocido”. No podían conectar con el embarazo y no sabían cómo seguir avanzando. Pero hubo dos momentos clave. Uno fue el armado del dormitorio de la beba. “Fue darle existencia, reafirmar que Ema iba a venir a este mundo, más allá de los malos pronósticos que teníamos”, dice Belén. El otro fue la lectura, se engancharon leyéndole muchos cuentos de humor e historias hermosas a la panza, un ritual que repetían todas las noches.

Llegó el día del parto y habían consensuado una cesárea. El tema fue la presencia de Hernán, pensar hasta dónde exigir que estuviese cuando lo único que quería era que su hija naciera bien. Después de idas y vueltas lo pudieron garantizar. Él estuvo internado con ella los tres días en la clínica, no podía salir. El quirófano estaba pintado de violeta y un equipo de cinco mujeres recibió a su hija. En unos minutos tenía beba a su lado. La besó, la abrazó, le habló. Belén, profesora de lingüística en la Facultad de Psicología y en Periodismo, revive ese momento: “Lo primero que dije cuando nació Ema fue ‘hija estás acá’. El deíctico en el acá es simbólico. Es re fuerte, es el del lugar, el de darle espacio y fue lo que intenté durante todo el embarazo, darle lugar, que naciera, que estuviera acá. El lenguaje es inconsciente”.

En neo se turnaban para ir a verla. Con el distanciamiento también entre las incubadoras, Belén empezó la difícil misión de amamantar. Y con barbijo. Unos días después estaban en su casa. Pudimos transitar los primeros días con Hernán, conocer a Ema sin que nadie te esté diciendo ‘hacé así, poné así’, eso para mí fue espectacular, el estar solos los tres. Después se hizo duro pasando los días”, comenta. No paraban de pedirle videollamadas y Belén no daba más. Luego eligió subir fotos de la beba a las redes sociales, como estrategia alternativa a la videollamada permanente. En tiempos pandémicos, los abuelos conocieron a la beba a través de un nylon y hace unos días la vieron algunos de sus tíos.

El puerperio sigue difícil y la palabra con la que lo definió fue soledad. “Por más de que hablás con amigas o las redes y demás, no dejás de estar sola. Todo el mundo opinaba vía WhatsApp, me decían qué hacer en lugar de decirme relajá. Hay mucho fundamentalismo por todo. Cada decisión es única, cada cuerpo es único”, dice Belén, mientras sigue su batalla contra los discursos que se le volvieron un mandato y convencida que la maternidad se construye desde múltiples lugares.

NICOLE

Nicole Ruiz habla pausado, pero le brota la bronca. En una misma frase la mujer trans de 33 años dispara que está harta, que solo sigue por sus dos hijos, un varón de 12 y una adolescente de 14: “La única persona que tienen soy yo”. Necesita conseguir de manera urgente calcio de acetato, una medicación fundamental para su tratamiento que complementa con diálisis hace un lustro, mientras aguarda un trasplante de riñón.

Hace una década que está en La Plata, pero nació en en Villa Río Negro, en Resistencia, la capital chaqueña. Cuenta a 0221.com.ar que se fue de chica de su casa y que volvió varias veces, hasta que se quedó de forma definitiva por su enfermedad. “Me fui porque era mi manera, ahí no quería hacer nada, me sentía mal, tenía que hacer cosa de chicos y no quería hacer nada de chicos. Por demostrar a la familia tuve hijos, todo por demostrar una persona que no era. Me junté con una amiga y tuvimos una hija”, expresa. Esa primera bebé falleció a los dos años. En medio de una gran depresión pensó que no podía continuar con esa vida, pero siguió adelante y nacieron dos hijos más. Al tiempo dice que “se desató”, que pudo mostrarse como realmente quería: “Era yo”. La mamá de los chicos comenzó otra relación y se fue. Ella quedó prácticamente sola con la crianza en la casa de su exyerno en Altos de San Lorenzo, y desde hace cinco años que está en pareja con Edgard, de 26.

Nicole es una de las tantas trabajadoras sexuales que atraviesa una delicada situación de salud, además de una extrema vulnerabilidad social y económica. Cobra la mínima, la única mercadería que recibe son donaciones o los bolsones que le acercan de la escuela primaria a la que va el nene, y precisa un remedio que cuesta $5.000. No lo toma hace seis meses y tampoco tiene respuestas a su reclamo. “No podemos salir a trabajar a la calle porque está muy peligroso y por mi enfermedad, contagiarme el Covid sería letal para mí”, asegura. Y agrega: “Estamos desamparadas, nadie hace nada. Una amiga murió sola hace poquito en la casa y sin que nadie le lleve nada. Tenía 26 años. Hay un montón de chicas enfermas y las van descartando. ¿Dónde está la contención?”.

Piensa en la pastilla, en la comida diaria, en la diálisis que se realiza cada lunes, miércoles y viernes en el Hospital San Martín. Antes de salir para la institución sanitaria de 1 y 70 les recuerda a sus hijos que no abran la puerta a nadie y les manda mensajes constantemente mientras se hace el tratamiento. “Soy cargosa, pero me quedé mal después de lo que le pasó a mi hija. Vengo para ellos, hasta que ellos sean un poquito más grandes. Después que sea lo que Dios quiera, pero yo quiero vivir para ellos”, reconoce. En uno de los brazos le quedaron varias lesiones por los pinchazos. Antes le dolían, ahora dice que está canchera, aunque no puede hacer ningún tipo de esfuerzo.

Los chicos siempre supieron de su situación de prostitución. Cuando salía a la calle los llamaba a cada rato y con mil o dos mil pesos se iba a su casa. “Me volvía re contenta, era para comer algo afuera del hospital, algo rico”. A ocho años de la sanción de la Ley de Identidad de Género -que cambió la vida de muchas personas que no se identifican con el género que les asignaron al nacer-, Nicole había comenzado a tramitar su nuevo DNI. Fue semanas antes de que empezara la cuarentena y todo quedó en pausa. No volvió a tener noticias, como tampoco de su medicación. Tiempo atrás hizo un curso de cocina en un comedor de Los Hornos, que sigue abierto pero al que dejó de ir por su enfermedad. Después de cocinar volvía a su casa con la comida del día, con frutas, bien variado. En esa misma localidad su pareja participa de una toma de terrenos. Es en un predio de 141 y 79, donde un familiar le cuida una porción de tierra.

Resalta el comportamiento de sus hijos durante el encierro por la pandemia y afirma que casi no la hacen renegar. La ven descompuesta o triste después de cada diálisis y le dan fuerza. A veces le dicen “Tito”, como la llamaba su papá, otras directamente “má”. También cuenta que trata de ir lo menos posible a las escuelas de los chicos. “Los que se quedan ahí son ellos y los adolescentes hacen mucho bullying. Por eso me quedo acá yo, no salgo. A la mayor le dicen ‘tu papá, el puto’. Se peleó dos veces ya”, cuenta. Ella le recomienda que no les haga caso, que estudie, que siga una carrera que le guste, “que sea alguien”.

LORENA

Viernes caluroso. Llegó el Este 15 a la parada de 122 y 607, subió por la puerta trasera, mostró el pase por discapacidad y se acomodó en uno de los primeros asientos del micro. Lorena Vergara acomodó su barbijo e intentó que no se le empañen los lentes. En unos minutos cruzó gran parte de La Plata, desde Villa Alba hasta el centro, con paso por Plaza Rocha y Moreno, donde tiempo atrás vendió ramos de flores. “Acá me iba re bien”, recuerda sonriente sobre las ventas en la rambla de Diagonal 73 y 54.

Lorena tiene 43 años y tres hijas de 25, 19 y 11. La primera nació a sus 16. “Mi mamá también me tuvo de joven. Yo quise quedar embarazada, no es que fue por accidente. Me quería ir porque crié a mi hermanito desde que nació hasta los 4 años. Ya que lo cuidé, tengo un hijo, me voy, lo crío yo y listo. Un pensamiento malo, pero bueno, lo pensé así con 16 años”, dice. Quedó embarazada y lo contó a su familia. Su mamá no lo tomó bien y la obligó a casarse. Su papá tuvo otra reacción: le preguntó si el novio se hacía cargo y la contuvo. Se casó en 1994 y siguen juntos.

Como su primera “experiencia” de crianza había sido con su hermano, dice que no le resultó difícil adaptarse a los cambios al ser mamá adolescente. Sintió muchísimo miedo con su tercera hija, que nació ochomesina. No había desarrollado la tráquea y debía usar una sonda para alimentarse, entonces terminaba internada de manera recurrente. Una vez la beba se puso morada y corrió al hospital. “Me dijeron que no iba a morir, pero que iba a tener un tratamiento de por vida. Me la daban y me la sacaban, qué manera de llorar. Al final no era nada. Todo dependía de su desarrollo. Tuvo la sonda hasta los ocho meses, después creció sin problemas”.

Lo complicado pasó siempre también por lo económico. Su esposo era el que acercaba la mayor parte de los ingresos, pero eran changas como albañil o pintor. Cuando él se quedaba sin trabajo ella salía a pedir para su familia y también para otras personas del barrio. Hace más de 20 años que recorre la ciudad en busca de una ayuda: Mientras, su marido cumplía con los cuidados que le correspondían en el hogar.

Después de la inundación de 2013 entró en una cooperativa que se dedicó a la construcción de casas de emergencia para quienes habían perdido todo entre el 2 y 3 de abril. Lorena trabajaba en un predio de 76 y 137, donde se fabricaban placas para levantar viviendas. En 2017 hizo un giro durante su tarea, un mal esfuerzo y cambió todo. Empezó a sentirse mal, fue al hospital, se hizo análisis y le diagnosticaron artritis reumatoidea. Desde ese día se encuentra a las vueltas para poder tramitar su pensión por discapacidad, parada por estar registrada como monotributista por la cooperativa. “Quién me asegura que si renuncio al otro trabajo, de cobrar $8.500, que lo uso para pagar cuentas, y no me den nada”. Durante la gestión macrista se frenó el aporte de la cooperativa para la construcción y quienes no habían terminado la escuela retomaron sus estudios. Lorena terminaba el secundario este año y con la cuarentena su colegio mantuvo la continuidad pedagógica a través de WhatsApp. Ella no contaba con un celular adecuado para poder seguir las clases.

El 2019 fue uno de los más duros para la familia. Su esposo no conseguía trabajo y hubo veces que no tenían para comer. Le atendió el comercio a una amiga, que algunas veces le pagaba en efectivo y otras con alimentos. La pandemia agravó la crisis: su marido hizo dos changas en casi siete meses de cuarentena. La calle también se complicó y ella se encontró – y se encuentra- ante todo tipo de situaciones. “Una me dijo el otro día: ‘Por qué no pensás mejor a quién votaste’. Y pum, me cortó. Otra me mandó a trabajar”. Sale “a cara de perro” con un cochecito de su nieto para llevar más fácilmente las bolsas que consiga y toca timbre en los edificios, evita las casas particulares. “Me da vergüenza. Por si salen y me digan: ‘Mirá, esta gorda no necesita nada’. Por el portero de un edificio es más rápido, si tienen algo con que ayudar bajan o me dicen que pase tal día”. Hay personas que la ayudan regularmente, las considera como su “clientela fija”; sino camina por horas, de acuerdo a la suerte que tenga. Regresa en micro, la busca su hermano o se llama un remis del barrio, que le fía cuando no tiene plata. Llega a su casa, separa todo lo que le dieron y lo reparte a sus familiares. Una noche, hace unos días, tuvo miedo porque la persiguió un hombre por la zona de Plaza Paso. No salió más sola.

CECILIA

Eran las 22.30. Cecilia Di Jorgi cargó la pava, preparó el mate y se dejó caer en la silla. Flori acaba de dormirse. La cuarentena cambió sus rutinas y la mayor parte del día lo pasa con su hija despierta: da clases de portugués y español, también de tango -que es parte de un proyecto para disidencias sexuales-, además de entrenar artes marciales y hacer un curso de cartografía sensible. La “peque” está por cumplir 4 años y este 2020 había comenzado el jardín de infantes. También a quedarse a dormir en la casa del papá. Pero luego él se volvió a su país y empezó el aislamiento.

A Re lo conoció durante un viaje a Brasil, se fue a vivir allá y al tiempo quedó embarazada. “No tenía idea de las cláusulas que estaba firmando. No tenía ni idea de lo que era la maternidad”, dice a 0221.com.ar. En diciembre de 2018 se separaron después de una relación de violencia psicológica. Ella -pansexual y no monogamica- regresó a La Plata, donde cría sola.

En Brasil vivió en un pueblo chico, Matinhos, en el litoral del estado de Paraná, donde el único hospital que había tenía altos índices de violencia obstétrica. “Había un grupo de mujeres que se organizaban, desde una perspectiva que tal vez hoy no comparto, desde lo meritocrático y hegemónico de lo alternativo. Había una doula que acompañó la mayoría de los partos de ese grupo y otra piba que estaba aprendiendo”, cuenta. Fue un momento clave, con cada relato confirmó que no quería intervencionismo cuando pariese. En la ronda de embarazadas -aún ella sin estarlo- también escuchó por primera vez hablar sobre puerperio, aunque no atravesado por la perspectiva de género.

Con su embarazo tenía en claro algo: la beba nacería en su casa y en Argentina. Muchas personas la alentaron en su deseo, le dieron información, mientras se realizaba controles en el sistema sanitario público brasilero. Más adelante volvió al cuadrado platense, consiguió una partera y una doula para que la acompañaran y asistieran al momento del parto domiciliario por si surgía alguna emergencia. Enfrentó algunas resistencias de parte de su familia, pero no la hostigaron. “El parto fue romantizado y sucedió de la manera más tangible de ese momento”, detalla. Hubo dos intervenciones de la partera, comentarios que le iniciaron y luego reforzaron el miedo. Pero no lo vivió como algo traumático. “La partera estaba con sus miedos de patologizar el parto; el papá con sus miedos de idealizar el parto; yo gritando y la doula era la única que me agarraba de la mano, me miraba a los ojos y me decía: ‘Dale’”. Después de 12 horas nació Flori. “Hoy lo pienso más y tal vez tendría más miedo, pero también porque estoy más urbanizada, antes en un contexto que lo normalizaba”, considera.

Al principio fue rara la sensación de encontrarse con un ser humano que no sabía “si estaba funcionando o no”. Cecilia iba a la habitación de su hija y se quedaba mirándole el pecho para comprobar que respirase bien. Escuchaba cada ruidito. Al mes de parir volvieron los tres a Brasil. El primer tiempo predominó la sensación de descubrir, de seguir buscando información y estar a disposición de la beba. Más allá de que tenía mucha lectura y charla sobre lo que implicaba el puerperio, sintió que la soledad se agravó. “Durante mucho tiempo justifiqué violencia. Sentirme extremadamente sensible y que eso sea el puerperio y no que me estaban machacando todo el tiempo”, piensa hoy, después de muchas horas de terapia. El pueblo en el que vivían se caracteriza por una llovizna constante y con pocos espacios de encuentro como plazas. De forma encubierta, su pareja también la limitaba a salir. Ella dependía económicamente de él, que evitaba a toda costa ocuparse de la beba. Eso tuvo un costo psicológico para Cecilia. No aguantó más, se fue a otra casa y luego vino a Argentina cuando él terminó su carrera.

El regreso fue un caótico, pero también un alivio porque se sentía más sola cuando estaba con Re que cuando se separó. Inició el proceso de reencontrarse: “No sabía cuánto de lo que había sido seguía ahí, cuánto de la que yo era seguía ahí o volvería a ser”. Sintió un deterioro en la relación con Flori, al no poder cumplir con sus demandas, al extrañar a su papá, la culpa por eso. “Esa violencia que ejerció en mi caso, donde él elige siempre, todo lo que elige no hacer es todo lo que recae sobre nosotras y el precio que hay que pagar por eso. Mi hija necesita que juegue y hable con ella, tener sus necesidades básicas y emocionales cubiertas. Muchas de las que no llego a hacer porque soy la única responsable de hacerlo. Ese ‘poder no estar’ generalmente no es una elección para nosotras. Ellos se van y no se preocupan con quién se queda la piba. Nosotras tenemos diez minutos para hacer un trámite y tenemos que resolver un montón de cosas. Siempre hay que resolver”, señala.

Las redes que Cecilia había comenzado a construir desde su vuelta se estaban materializando y se decretó el aislamiento. La dificultad se elevó al mil por ciento. No tenía momentos para ella sola, luego se reorganizaron lentamente y cada una preservó sus espacios. Incorporaron otras actividades juntas, como la terapia y las clases. Cuando cumplieron el encierro de manera estricta sintió que estaba enloqueciendo y que Flori se había puesto más agresiva, un cambio que se repetía en las niñeces en este contexto. La decisión fue salir a hacer mandados, dar vueltas a la manzana en triciclo. “Tenemos un patio y en la casa de atrás hay una vecinita. Arrancaron la cuarentena hablándose por la ventana y cada una jugaba en su espacio”. Pero lo vital siempre fue seguir con la terapia.

Más de una vez se sintió juzgada por sus elecciones como madre. Antes fue niñera y reconoció los juicios de valor que hizo en su momento. La maternidad le abrió la perspectiva de género, le permitió salir de lo binario y la ve como una potente herramienta de transformación. “Necesitamos muchísimas modificaciones sociales que van por el lado de la información y la convivencia, porque seguimos invisibilizando otras crianzas, otras niñeces, y eso no puede pasar”.

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Quienes puedan colaborar con Nicole tienen que comunicarse al 2215 59-1716; mientras que para ayudar a Lorena deben hacerlo al 2213 54-9534.

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