Por Marcelo Leyría*
Por Marcelo Leyría*
En los últimos años han proliferado los observatorios, instituciones, programas orientados a velar por los derechos de niños, niñas y adolescentes. Marcos teóricos específicos, indicadores para elaborar estadísticas para el diagnóstico y desarrollo de políticas públicas para la infancia, así como fórmulas para mejorar la inversión pública.
Pero, paradójicamente, los niños, niñas y adolescentes encuentran sus derechos vulnerados, incluso los más básicos vinculados a la subsistencia, en el momento de la historia con más posibilidades de bienestar a nivel global.
En Argentina, las estadísticas devuelven escalofriantes números, y las políticas públicas no logran revertir los diagnósticos. Lejos de eso, solo son fotos, cada vez más crueles de la realidad que viven millones de los niños, niñas y adolescentes del país; o, en el mejor de los casos, parches que “resuelven” momentáneamente algunas urgencias.
Es ineludible superar estos esquemas descriptivos y de diagnóstico para avanzar hacia la ejecución efectiva de políticas públicas que nos permitan transformar esta realidad.
En esta clave, especial tratamiento merece la primera infancia: ese periodo crítico comprendido entre los 0 y 4 años, que debiera incluir los meses de gestación y el cuidado de las mamás embarazadas. Porque -y sin ser deterministas- carencias en esta etapa dejan marca para toda la vida, limitan las oportunidades y la equidad se vuelve una declamación. No se puede apelar indefinidamente a la resiliencia y a la plasticidad neural de los más chiquitos.
La problemática de la niñez en América Latina y en nuestro país es estructural, crónica, pero en los últimos años, se ha vuelto agudísima. Y el superlativo aplica debido a que más de la mitad de los menores de edad de Argentina son pobres. Según el Barómetro de la Deuda Social Infantil, la pobreza infantil aumentó y afecta al 51,7% de los niños y adolescentes del país y registra que un 35% asiste a comedores, y un 13% pasa hambre.
En nuestra ciudad, el Observatorio Socioeconómico de la Universidad Católica de La Plata, en un relevamiento llevado a cabo en los 164 asentamientos relevó 26.500 viviendas, donde viven 132.000 personas de las cuales 11.470 son niños y niñas de 0 a 4 años y, de ese total, 2900 tiene algún grado de desnutrición.
El alimento nutritivo, los vínculos afectivos que permitan el apego y la estimulación del aprendizaje contribuyen al desarrollo en los primeros años de vida. El vivir en un ambiente seguro, amoroso, donde exista el diálogo trae beneficios insospechados.
Que los niños, niñas y adolescentes puedan crecer en familia, en un vínculo de confianza con sus cuidadores, sin estrés crónico producido por distintas violencias, enfocados en incorporar todo el afecto y saberes de sus entornos, es responsabilidad de los adultos.
Existen muchas iniciativas y muy valiosas para revertir los efectos de estas graves carencias -organizaciones de la sociedad civil, copas de leche, merenderos- que demuestran compromiso y buena voluntad con los chicos y chicas, pero el Estado debe intervenir para rápidamente revertir esta situación y, mientras tanto, invertir en políticas que permitan resolver esas circunstancias a largo plazo y que todos puedan obtener lo necesario para una vida digna en el interior de las familias.
Los últimos años han sido muy difíciles para la niñez en Argentina, han sido los más postergados del país, sin dudas. Se han reducido -cuando no suprimido- programas de alto impacto para la niñez: transferencias condicionadas, contenidos audiovisuales, recursos didácticos, programas de salud.
Todas estas políticas fueron decisiones que han demostrado cuáles son las prioridades del modelo de país que persigue el actual gobierno.
Tenemos la oportunidad inminente y la obligación moral de comenzar a cambiar esta realidad y que de una vez por todas los únicos privilegiados sean los niños y que, de este modo, todos puedan partir de lugares parecidos para que la igualdad de oportunidades sea una realidad y puedan desarrollar sus proyectos de vida.
Es responsabilidad de las familias y la dirigencia, en el orden que definan las circunstancias. Pero ya. Es tiempo de ver, conmoverse y hacer algo.
*Abogado, docente universitario, dirigente político y social. Secretario de la Fundación Soñar Argentina.
Redes Sociales