Las “reco” se dividen en seis zonas, desde el microcentro hacia avenida 1, la terminal de micros, calle 7 y los hospitales más importantes. Después del reparto de los termos, vasos de telgopor, cucharitas de plástico, saquitos de té y café, las sopas instantáneas, galletitas y chocolates, arranca la movida. A quienes asignan para los lugares más alejados van en auto, el resto a pie.
6°C, que parecen mucho menos, y sigue bajando. En la capital de la provincia de Buenos Aires son un centenar las personas que viven a la intemperie. Según Nancy Maldonado, titular de Sumando Voluntades, este año creció un 30% el sector “sin techo”. Por su parte, la Secretaría de Desarrollo Social del Municipio precisó que -además de la asistencia que brindan en los paradores- actualmente atienden a 36 hombres y 15 mujeres, como así también a 37 “casos crónicos que no quieren abandonar la calle”.
La ola polar desató un gran despliegue solidario en la ciudad. Clubes de barrio, Gimnasia, Estudiantes, la propia UNLP y hasta comerciantes, organizaciones sociales y colegios lanzaron campañas para ayudar a quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema. Las colectas y ollas populares se multiplicaron en cada rincón del cuadrado platense en una noche larga y helada.
EL MAPA DE LA AYUDA CONTRA EL FRÍO POLAR
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El carrito de mandados con estampa animal print robota en las veredas. Lo lleva Daniela, la referente de la zona cuatro. Tiene 23 años, es de Trenque Lauquen y hace dos que se sumó a la fundación. En abril se graduó en la carrera de Biotecnología y estudia los cerebros de ratones en un laboratorio de Tolosa. Avanza a paso firme por calle 8, al lado de Andrea, estudiante de Ingeniería Química: es la primera recorrida de la chica de 24 y la indaga sobre sus experiencias.
A pocos metros de plaza Italia ven a dos hombres, no es uno de los puntos fijos que visitan en cada salida. Igual se acercan y ofrecen una sopa caliente.
M. tiene 44 años y es de Catamarca. Cuenta que son el cuarto grupo que pasó por la esquina.
—La gente ayuda. La última noche me dieron $200 –dice mientras revuelve la infusión con sus manos hinchadas, negras. La prueba, le gusta-. Pero no me quiero acostumbrar a esto.
A M. lo conoció en su provincia hace un tiempo y lo reencontró de casualidad hace dos semanas en esa misma zona. El joven de 27 años llegó a dedo desde Tucumán. Hace malabares y artesanías con alambres, pero el viernes no salió a trabajar. Está convencido de que levantó fiebre y no se movió del colchón que tiraron sobre unos cartones frente a lo que fue un locutorio de Telefónica.
—Las pinzas son mi vida. Ahora tengo todo acá atrás –expresa y señala atrás de las dos o tres mantas finitas con las que se tapa-. Bueno, dame un traguito. Ustedes son lo más.
Las chicas le dejan un paquete de galletas de arroz y se lo guardan para el día siguiente. También otro sobre de Knorr de espárragos. Chocan los puños y siguen. El “Cata” -robusto, todo emponchado, pelo rapado a los costados- se ajusta la enorme chalina y sigue en lo suyo. Su compañero, el “Tucu”, ajusta el buzo negro que le donaron y se escabulle bajo las frazadas.
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21:08. Después de atravesar Plaza Olazábal y caminar algunos metros demás, llegan a 6 casi 37. Tocan timbre en la Fundación Sumando Voluntades. Se abre la puerta y sale C. También olor a guiso, calentito, en plena cocción. Como sale desabrigado, vuelve a entrar en busca de una campera. Tiene cuarenta y largos, es diabético y lo conocieron en la terminal, en situación de calle. Después de haber estado internado, las y los voluntarios consiguieron que lo acepten en ese hogar.
—Hola, amiga mía –saluda contento a Dani. Se le entiende poco cuando habla y lleva la cabeza recostada hacia el lado izquierdo, como producto de una mala rehabilitación después de un grave accidente en moto en el que murió un amigo-.
Andrea le prepara una sopa. Toma siempre, aunque la térmica llegue a 40°C. Es fanático de Boca y casi todos los días va en tren hasta CABA. Como cuenta con el certificado de discapacidad, viaja gratis: llega a Retiro, donde se toma un café con dos medialunas y se vuelve.
Cuenta que fue al médico, que empezó a usar unas New Balance de un compañero de la fundación que roncaba mucho y murió, que Dani no le da chocolates. “Sí, soy la Grinch”, reconoce entre risas. C. bebe despacio, le gotea la nariz y corta una porción del rollo de papel higiénico que lleva en el bolsillo. Rememoran otras visitas y larga una risa como ahogada, que le marca más las arrugas de la frente. Lo despiden con un abrazo y deja el vaso -a medio terminar- en un canasto de residuos.
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Faltan once minutos para las diez de la noche y la recorrida termina a las once. El frío pega duro en la sien y se sigue por avenida 7. Pasando 43, un hombre recostado sobre la entrada de un edificio pegada al drugstore de la esquina no acepta tomar algo calentito. Tiene un mate y prefiere que le ofrezcamos a otras personas. Agradece y el grupo continúa. Las chicas -que según las reglas de la fundación siempre tienen que estar acompañadas por un hombre por “seguridad”- no cruzan la plaza, la bordean: ahora el carro resbala sobre los adoquines congelados.
En 48 doblan. Los pies de K. se ven desde afuera del cajero del Banco Nación. Daniela cuenta que la mujer -de alrededor 30 años- tiene un cuadro psiquiátrico complejo. Entra con Andrea y le preguntan si quiere tomar algo.
Acepta y mientras espera, se acuesta mirando contra la pared, pero cuando vuelven con la sopa y se levanta. Lleva unos jeans claritos y está encapuchada. “Gracias”, dice con una sonrisa en su cara redonda, blanquísima y abriendo sus enormes ojos celestes. Afuera, dos auxiliares manguerean la mugre que dejaron los flamantes egresados en la vereda de la Facultad de Derecho.
Se dirigen hacia 6. En la escalinata de Económicas se escucha como un quejido. Viene de atrás de un tapial montado sobre la entrada de la unidad académica. También se consulta si gustan de una sopa caliente. Desde atrás de la “barricada” una mujer grita, sin levantar la cabeza: “No, que Dios te bendiga”.
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El recorrido viró hacia calle 47, sentido ascendente. Pasando 7 cruzan a otro de los grupos, que tiene asignada la zona de la terminal. “Esta es mi zona”, acusa Daniela, jocosa. A los dos minutos lo ven a F. Parece de 50 años, no mide más de 1,60 y tiene puesta una campera que le tapa casi toda la mano, apenas se le ven los dedos.
—La sopa instantánea, el té y el mate cocido me da sensación de estómago vacío y también acidez –detalla. Solo acepta un chocolate Milka, que no suelta-. Anoche andaba un hombre, se ve que tenía problemitas. Agarró una piedra y parecía que la iba a tirar contra algún negocio. Estaba durmiendo sentado y me tuve que correr.
Desde que lo sacaron de la terminal, el hombre canoso y de ojos achinados da vueltas por el centro. Antes que las voluntarias de la Fundación Sí, ya le habían ofrecido guiso y polenta, pero tampoco quiso porque “estaba lleno”. A F. le encanta charlar, pero queda poco tiempo y el equipo tiene que continuar.
A pocos metros de la vieja casona donde Ricardo Barreda asesinó a escopetazos a su esposa, dos hijas y su suegra, un grupo de cinco jóvenes se pasa de mano en mano una botella del licor de miel Mariposa. A un costado reposan los cadáveres fríos de dos petacas. Son cuidacoches y uno de ellos lleva una rejilla en el hombro.
—El 20 cumple un añito mi nene y está con la madre en la (Unidad) 33. Está presa ella. Le compré un conjunto Nike. También le compré algo a ella por su cumpleaños, pero no fui porque me rompieron la boca –dice otro de los chicos sentados sobre la inmobiliaria de la esquina y se mueve un diente al que le falta poco para que caiga, luego de una pelea a varillazos-. Es mi primer hijo y ni siquiera tiene mi apellido. Ella ni cabida.
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“Sopa, sopa”, gritan en 47 entre 10 y 11. Es un nene de 8 años, que se acerca junto a su mamá -que no supera los 30- y su hermanita de 3, que va en cochecito para bebés. Bien abrigados, reconocen a Dani y se hace un alto frente a una nueva casa de venta de empanadas, que justo celebra su inauguración.
Y., la mujer, pide dos sopas. El chico no quiere y le hace acordar a la referente que le habían pedido algunas prendas de vestir. Luego se sienta frente a la vidriera: más arriba, dos preadolescentes juegan, comen empanadas recién salidas del horno y toman jugo en cajita.
—Cómo le gusta la sopa a ella. Cuando encuentra sobrecitos, los abre y los come a cucharadas –cuenta, mientras entibia la sopa con el viejo método de pasarla de un vaso a otro-. Recién salimos a trabajar, igual es un ratito nomás.
La familia vive lejos del centro, donde suelen vender pañuelitos descartables y otras chucherías entre las mesas de los locales gastronómicos de Diagonal 74. El nene miente y asegura que no va a la escuela y entra al despacho de empanadas: vuelve con dos de jamón y queso, que reparte con su hermana. La chiquita agarra su muñeca bebé, la mamá le anuda la bufanda de lana y caminan rápido para el lado de avenida 13.
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Empieza la vuelta, después de una búsqueda infructuosa de B., una de las personas que asisten hace años. Daniela y Andrea caminan por 47 hasta 8 y ahí derecho a 50. La térmica roza los -2°C y se espera que baje más. Llegan tres minutos antes de las 11, igual que el resto de los grupos. A los cinco minutos se completan los equipos y se hace una puesta en común sobre la jornada, a un costado de la “convención” de los repartidores de Glovo.
Luego de recordar que se acerca la fecha de la Misión Solidaria -el evento que la fundación realiza junto a Radio Metro y Telefe y que a fines de julio tendrá epicentro en La Plata-, juntan los insumos y empiezan a perderse en las calles.
Quienes se iniciaron este viernes tardan un rato más en irse. Se frotan las manos desnudas y heladas, cuando hablan expiden ese humito, el aliento condensado. Saben que ya no son las mismas personas.