Por Máximo Randrup
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Por Máximo Randrup
Este combo amerita un recurso que en periodismo no debe volverse vicio: la primera persona. Les pido perdón de antemano, entonces, por incluirme en esto. Sospecho que mi vivencia particular puede demostrar todo lo que genera ese triunfo épico. Ese relato mágico. Esa unión de fuerzas invencible.
Con un gol de Maravilla Martínez en un partido cerrado, Racing venció 1-0 a Boca, se metió en la final del torneo y espera por el clásico platense.
En busca de un lugar en la final del Torneo Clausura, Fernando Zaniratto recupera una pieza clave y convocó a 25 futbolistas para el clásico platense.
Estoy en el hospital y mi hijo está internado. Ojo, no se asusten: es algo que está programado y está fuera de peligro. Lo cuento para dejar en claro que mi foco está ahí. En Valentín. O al menos debería estar ahí. Porque lo cierto es que me encuentro leyendo. Termino un texto de Walter Vargas: excelente. Finalizo otro, en este caso de Ariel Scher: hermoso. Hasta que me cruzo con uno de Marca (el diario español) que, tras una breve introducción, copia una historia que me cautiva por completo. Me absorbe.
De golpe, ya no me encuentro en la clínica ni estoy tensionado. Estoy en Brasil, con Federico y sus amigos. Me río de los penales bizarros que patean e hincho por ellos cuando después empiezan a jugar un partido contra Del Piero, Costacurta y Adani. ¿Cómo no voy a hinchar por ellos si son de mi ciudad y tres de los seis rivales jugaron en la selección de Italia? Gol de los tanos, qué lo parió. A mi alrededor solo hay arena y doce tipos que me obsequian un espectáculo intenso. Segundo tanto de ellos: tengo bronca, pero me autoconvenzo de que es lógico.
Empieza el segundo tiempo y una variante táctica provoca que mi equipo luzca más armonioso. “No te ilusiones, es imposible”, me digo a mí mismo. Llega el descuento y también la esperanza; ¿para qué mentir? Siento que la proeza es posible. De repente, no hallo la pelota: sé que está cerca del arco italiano, pero una marea de piernas y arena me impiden visualizarla. Los míos gritan “gol”. Sí, es gol: 2-2.
Final del tiempo pactado. Es un empate heroico. Sin embargo, acuerdan que se defina por gol de oro. Pienso que es un error y el reinicio del juego me da la razón: los tanos atacan por todos lados. Igual, la resistencia de mi equipo emociona. Inesperadamente, un entusiasta de los míos remata al arco. Sé que es la única chance. Tiene que entrar. Golazo. Se me escapa un “vamos todavía” y ni el exabrupto me devuelve a mi escenario real. “Señor, señor, ¿le puedo tomar la temperatura a Valentín”?
Otra vez estoy en el hospital y mi hijo vuelve a ser el centro de la escena. Los que me rodean no comprenden mi sonrisa ancha, pero yo estoy feliz. Siento que La Plata, mi ciudad, le ganó a Italia. A esos tanos porfiados que, cada tanto, se quedan con una Copa del Mundo. “Esta historia, una epopeya conjunta entre Estudiantes y Gimnasia porque incluye hinchas de ambos clubes, puede andar en la previa del clásico platense”, pienso y luego sueño: “Puede servir para aminorar la intensidad de una enemistad que no tiene sentido”. Me acuerdo de la bronca sincera de Del Piero y sonrío de nuevo.
Valentín se duerme y vuelvo al magnífico texto que escribió Federico Bur. Me tiento y releo el comienzo: “Eran seis. Esa noche era la última en Río de Janeiro y estaban jugando un torneo de penales medio bizarro contra uno de los arcos de una canchita iluminada de Copacabana. Jugaban con una pelota chiquita porque era la única que habían llevado y porque, en realidad, los penales eran la excusa para estar tirados tomando cerveza Skol. Mucha cerveza Skol”.
Me vuelvo a enganchar y disfruto todo otra vez, hasta que llego al punto en el que estaba cuando esa enfermera descortés me interrumpió. Por fin leo el cierre: “Un día fui con mis amigos al mundial de Brasil y ganamos un partido imposible. El mejor partido jamás jugado. Un partido más heroico que el Maracanazo de 1950”. Se me pone la piel de gallina. Una vez más.
Se viene el clásico platense. Un partido importante. Solo eso. Estudiantes y Gimnasia pueden convivir en paz. De hecho, la mayor hazaña futbolística la consiguieron juntos.
La historia completa, narrada por uno de los protagonistas: https://spitalska.wordpress.com/2019/02/19/el-mejor-partido-jamas-jugado/