El lobo vive recalculando. Con Maradona buscó “algo más que un técnico” tal como confesó en su momento el presidente Gabriel Pellegrino. Se pensó en alguien con “contagiara optimismo, que lo posicionara mediáticamente” pero lamentablemente en lo deportivo nada cambió, todo empeoró y el margen de error es mínimo, casi nulo.
La presencia de Diego no pacificó las aguas. Muchos hinchas están obnubilados con el “10”, los jugadores dicen amarlo, pero en la cancha no parece. El oficialismo o lo que queda de la actual conducción se ampara en él y lo aisla de los otros candidatos.
Cowen y Robustelli buscan acercarse al ídolo, pero no pueden ni los dejan. Y así vive Gimnasia, sin darse cuenta que está jugando con fuego. Todos hablan de unidad cuando saben que es imposible y pierden tiempo. ¿Cómo se puede pensar en unidad si hasta la actual conducción terminó quebrada?
Hoy el ritmo de Gimnasia lo marca Maradona y su “entorno”, aunque la realidad marca que no hay datos positivos para aferrarse a la figura del ídolo, que si tuviera otro nombre probablemente ya hubiera sido despedido, porque su eficacia sólo alcanza el 33,33%.
El gran problema es que nadie o casi nadie quiere ver o asumir esa realidad, y lo peor es que si uno no reconoce un problema difícilmente pueda solucionarlo.

Hoy Diego parece más estar más cerca de ser parte del problema más que parte de una solución. Sólo sumó 9 puntos sobre 27, perdió todos los partidos que disputó como local, el equipo pocas veces muestra signos vitales y tal vez lo rescatable de su gestión es que le dio pista a algunos chicos como Paradela, el más destacado.
Gimnasia en fútbol y en lo institucional debe mirar más allá, debe construir de una vez por todas un proyecto y bancarlo, debe olvidarse de lo mediático y de lo que sucede a su alrededor, debe mirarse en su propio espejo, y hacer algo y ya para estar mejor.
Más allá de Diego, con su presencia se quiere condicionar todo y hoy Maradona es el árbol que no deja ver el Bosque.