Durante décadas, los científicos y el personal militar argentino que viajaban a la Antártida y permanecían allí desde 45 días hasta más de un año solían comer alimentos congelados, de lata o secos. Hasta que un desarrollo científico nacional revolucionó la vida en las bases, donde era inimaginable que un plato de hojas verdes frescas pudiera llegar a la mesa y producir tanto entusiasmo. Entre ellos está Mara Schmid, una bióloga egresada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), que hoy cultiva verduras en plena Antártida.
Espinaca, lechuga crespa y morada, rúcula y acelga son las verduras que la platense cultiva en la Base Esperanza, donde en 2023 comenzaron con los cultivos hidropónicos desarrollados por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) que utilizan agua en lugar de tierra. También nacen hierbas aromáticas como perejil, albahaca y cilantro.
"Es tan raro ver verde acá que cuando ponés las verduras en la mesa todo el mundo agarra los celulares y empieza a sacar fotos", cuenta Schmid desde el Módulo Antárquico de Producción Hidropónica (MAPHI) que ella supervisa y gestiona junto a cuatro personas desde febrero, cuando llegó junto a su familia para participar de la invernada que culmina en diciembre. "Después suben las fotos a sus redes porque es raro ver algo verde acá... y es muy placentero".
La platense Mara Schmid está encargada del Módulo de Producción Hidropónica en la Base Esperanza de la Antártida
En Base Esperanza, una dotación de 58 personas acompaña sus comidas dos veces por semana con ensalada y los sábados por la noche sigue la tradición argentina en la Antártida: los "sábados de pizzas", a las que les sumaron rúcula, albahaca y hasta lechuga. "Es una innovación que los cocineros han hecho", explica Schmid en referencia a esa exótica pizza y agrega: "Es como una ensalada césar arriba de la pizza. No sé si influye el aislamiento o que hace tanto tiempo que uno no come verduras frescas cotidianamente, pero es exquisita la pizza de lechuga".
La pizza con lechuga causa sensación en la Antártida
El proceso comienza colocando la siembra sobre una espuma fenólica que se sostiene en cajones que tienen agua con una solución nutritiva y reciben la luz led de lámparas especiales. Cada día se riega con regularidad estricta por la mañana y por la noche y, al cabo de un mes, se obtienen los cultivos y se renueva el ciclo. También se pueden desarrollar microgreens, que son las mismas verduras pero de menor tamaño porque son producidas en un lapso de 10 a 12 días y aportan más nutrientes, además de facilitar un mayor volumen de producción.
Reverdecer anímico en la Antártida
Incorporar alimentos frescos, al igual que observar el verde vegetal cuando la paleta de colores del paisaje cotidiano se compone de múltiples variaciones del blanco, generó cambios en el ánimo de una dotación acostumbrada a alimentos secos, de lata o congelados.
Según Mara Schmid, esto es particularmente notorio en el caso de los que no consumen carne. "Es muy distinto comerte una ensalada que viene en lata, a prepararte una con crutones, con lechuga, con un poquito de salsa encima", explica, "al estar tan aislados, reaviva mucho la emoción de sentirse un poco más conectado a la vida cotidiana en el continente".
La bióloga platense no exagera en sus apreciaciones ya que está comprobado que consumir repetidamente alimentos procesados o en conserva durante más de 6 meses provoca aversión sensorial, según explica a 0221.com.ar la nutricionista Valeria Souto Brey (MP 4903). "Esto fue documentado exhaustivamente por la NASA, en su Human Research Program", explica Souto Brey en referencia al programa de investigación de la agencia espacial norteamericana que estudia los riesgos fisiológicos y psicológicos que enfrentan los astronautas durante los viajes prolongados.
La tecnología MAPHI permite tener verduras frescas en muy poco tiempo
Esa aversión sensorial provoca "una disminución inadvertida de la ingesta calórica diaria y cambios de humor irritables", agrega la nutricionista, "la falta de variedad de texturas y aromas vivos genera desinterés por la comida, afectando el apetito y la experiencia digestiva global". Por eso, la incorporación de texturas crujientes y sabores "vivos" rompe este hábito defensivo del cerebro, según explica.
Además, en los alimentos enlatados, los niveles de vitamina C decrecen -al igual que algunas vitaminas del complejo B- y esta carencia puede disminuir la capacidad antioxidante del organismo, redundando en una mayor fatiga y un sistema inmune menos efectivo. A eso se suma que la sal utilizada para la conservación de los enlatados, junto con la reducción de la actividad metabólica al aire libre debido a las bajas temperaturas -que pueden llegar a los 70°C bajo cero-, inciden en la presión arterial y la retención de líquidos.
Los módulos hidropónicos permiten producir verduras frescas en la Base Esperanza, pese a las condiciones extremas de la Antártida
Al introducir verduras frescas, "el color verde vivo, el aroma a vegetal y la textura crujiente reactivan los receptores sensoriales aletargados por la monotonía de las latas", explica Souto Brey y agrega: "Interactuar con vegetales y consumir algo recién cosechado reduce los niveles de cortisol -la hormona del estrés- y estimula la liberación de dopamina y endorfinas" (conocidas como "las hormonas de la felicidad").
Ciencia al servicio de las necesidades antárticas
Los módulos de producción hidropónica nacieron como un desarrollo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) al servicio de las necesidades del personal que todos los años realiza campañas en la Antártida. Comenzaron a desarrollarse en 2015, cuando llegó un pedido al canal web que el organismo habilitó para que consultas por parte de la sociedad. El pedido había llegado desde la Base Carlini, una de las seis bases permanentes argentinas y preguntaba qué posibilidades existían de producir alimentos frescos en un territorio cubierto en gran parte por hielo y nieve, donde las ráfagas de viento pueden llegar a los 200 kilómetros por hora.
Tras recibir la consulta, el ingeniero agrónomo e investigador del INTA, Jorge Birghi, comenzó a investigar los desarrollos existentes hasta el momento. "La verdad que no había nada o había muy poco", comenta Birghi a 0221.com.ar. Entonces empezaron a desarrollar su propio sistema, de manera virtual y teniendo en cuenta los problemas técnicos que pudieran surgir, principalmente relacionados con el clima, como por ejemplo, la escases de agua, que si bien abunda, se encuentra en estado sólido y tornarla líquida implica una inversión de tiempo, esfuerzo y recursos.
Jorge Birghi, investigador del INTA, fue clave en el desarrollo de los módulos hidropónicos que llegaron a la Antártida
"Para no desperdiciar agua, desarrollamos sistemas hidropónicos de circuito cerrado", explica Birghi, "se incorpora una cantidad determinada de agua a un tanque contenedor, se le ponen los nutrientes y ambos forman lo que llamamos 'solución nutritiva', que tiene todo lo que la planta necesita para crecer". Además del circuito cerrado, el sistema incluye luz artificial con paneles LED que proveen fotones fotosintéticamente activos que ayudan al crecimiento de los cultivos.
Con la supervisión por parte de personal militar que había estado en las bases y de científicos del Instituto Antárquico Argentino, se avanzó en el desarrollo de los módulos y, en 2018, Birghi viajó hasta la Base Marambio, donde empezaron a acondicionar un contenedor para desarrollar los cultivos, con aislamiento, iluminación y distintos niveles de producción. Trabajos que insumieron un tiempo considerable hasta que en 2020 lograron tener todo listo, pero la puesta en marcha se demoró con la pandemia de Covid-19.
El módulo de Base Marambio durante las tareas de acondicionamiento
Finalmente, en 2022 se inauguró el primer MAPHI en Base Marambio y al año siguiente, el de Base Esperanza. En 2024, se instaló el de la Base Belgrano y esperan poder llevar el desarrollo al resto de las bases argentinas en Antártida. Además, prevén ampliar los cultivos e incorporar frutillas y tomates cherri, y se están desarrollando los trabajos para hacerlo de acuerdo al protocolo de Madrid, al que la Argentina adhiere y que protege el medio ambiente antárquico.
Ahora, desde el INTA trabajan en la adaptación de los módulos a espacios reducidos como balcones que podrían aplicarse también en hogares de zonas áridas que, con un consumo mínimo de agua, podrían empezar a producir verduras frescas en zonas inhóspitas, como parte de una solución más de la ciencia argentina aplicada al beneficio de los argentinos.