El amor en tiempos de intercambio
La pregunta por el amor es la que más se ha instalado en los consultorios, porque la transformación subjetiva tocó la construcción del vínculo. Y el objeto de amor vale justamente porque no es intercambiable. Di Prinzio lo ejemplifica con un adolescente y sus zapatillas viejas y gastadas: no quiere cambiarlas porque siente que le quedan bien. "No quiero otras, quiero estas", esa lógica no entra en el intercambio.
Es la idea de El Principito, quien ama una flor única entre millones de estrellas es feliz con solo mirarlas, pero si el cordero se la come, es como si todas las estrellas se apagaran de golpe.
Cuando todo es posible y nada alcanza
El deseo tiene una condición estructural, para elegir algo hay que perder otra cosa. Nos constituimos eligiendo y rechazando. Pero a veces caemos en dobles mensajes: si le digo a mi hijo que no puedo comprarle todo porque no tengo plata, el mensaje implícito es que con mucha plata se podría todo. "Ahí el discurso habla por la boca de los padres; es la herencia simbólica que damos sin darnos cuenta", dice Di Prinzio.
Antes, los sufrimientos se articulaban con lo que el deseo chocaba, contra una prohibición: un padre médico que quería que fueras médico, o "tenés que ser heterosexual y yo tengo deseos que no lo son". La sociedad era restrictiva y la discusión era la libertad. "Hoy el eje pasó a la satisfacción: no puedo parar de hacer algo" y si no lo hago sobreviene la angustia. Entramos en "el mundo de la satisfacción, donde todo es posible".
El resultado es una relación adictiva con un objeto que nunca llega. Quien la tiene, con un tóxico, con alcohol o con otra cosa, pierde los límites y puede perder otros objetos de amor y de sostén –el trabajo, la pareja, la familia–. Di Prinzio retoma una idea de Jacques Lacan: la lógica capitalista acelera el consumo, pero termina consumiéndonos a nosotros.
El celular: un objeto que nunca dice basta
Dos cosas están especialmente ligadas a la satisfacción actual, y la tecnología las retroalimenta: la voz y la mirada, lo que se escucha y lo que se ve. "El celular es una extensión del cuerpo, casi como el pecho materno. Ofrece una serie ilimitada de cosas para mirar y escuchar (el scrolling), y ese ritmo produce un efecto de satisfacción. No se trata de impedirlo, sino de pensar qué efectos tendrá en la subjetividad", remarca el especialista.
Si con un objeto establecemos una satisfacción absoluta, no existe algo más
Para explicarlo, Di Prinzio vuelve al origen, el objeto de satisfacción plena: el bebé y el pecho tiene que perderse para que el niño o la niña pueda comer otras cosas y elegir qué le gusta. Si con un objeto establecemos una satisfacción absoluta, no existe algo más.
Si con un objeto establecemos una satisfacción absoluta, no existe algo más
Las redes, además, retroalimentan "lo más negativo del sujeto frente a su propia imagen: los filtros, la edición, la mirada del otro". Nos volvemos objeto de consumo y de deseo, se alteran los cuerpos y aparece algo que ya se ve a escala, el temor al encuentro real, donde no hay filtro. "El tiempo de vida subjetivo, el lugar donde ponés la atención, nos va consumiendo y limita el encuentro con el otro", señala el psicólogo. El objeto tecnológico responde automáticamente y está disponible todo el tiempo. ¿Hace cuánto que no le preguntamos a alguien en una esquina cómo llegar a un lado? Vamos perdiendo la conversación y siendo cada vez más islas.
¿Quién cría, las familias o el discurso?
Las infancias y las adolescencias reciben ese discurso sin filtros –valga la paradoja–. Circula entre adolescentes y jóvenes un relato llamativo: de grandes ya no quieren ser bomberos sino millonarios y las personas adultas que trabajan todo el día y no tienen más dinero, o que eligen trabajos como la docencia; son "fracasadas": "Profe, usted es una loser, está acá dándonos clases a nosotros".
Di Prinzio lo formula sin rodeos: "¿Quién cría a tus hijos, vos o el discurso?". Si es el consumismo extremo el que habla, advierte, termina hablando también en la infancia. Y esa batalla no se puede dar en soledad.
Límites: no son solo una prohibición
El límite, explica, es una forma de orden. Si estoy hablando con alguien, no puedo estar escribiéndole a otra persona al mismo tiempo; elijo poner mi deseo en estar ahí. Ese ordenamiento produce movimiento y es más sano. Hacer todo al mismo tiempo, en cambio, termina obturando y uno de los síntomas es el desgano absoluto por cada cosa.
El experto lo vincula con el pasaje del "discurso del amo" al "discurso del capital". "Amo", aclara, no es quien domina a un esclavo, sino quien ocupa el lugar que instala un orden, como el Obelisco, el punto cero desde el que se cuentan los kilómetros de las rutas. Advierte contra la idea rápida de que toda jerarquía debe ser derribada porque, llevada al extremo, la libertad quita el orden y deja a las personas sin referencia. Cuando las personas adultas dejan de ordenar, como el nene que le dice a su papá "si me comprás la Playstation, estudio", la lógica se invierte y quien manda pasa a ser el objeto de satisfacción.
Qué rol le toca al Estado
Para Di Prinzio, nada de esto se resuelve solo en el consultorio ni puertas adentro de cada casa. El Estado debería ser ordenador del bien común y no un gestor del mercado y, aunque el Estado argentino aún sostiene garantías, hoy camina en sentido inverso. Distingue, por ejemplo, entre cuestionar cómo se controla a quién se le otorga un certificado de discapacidad y cuestionar el principio mismo de que esas personas deban autosustentarse: las compensaciones, afirma, "son acciones mínimamente humanas" para evitar la desgracia absoluta.
También se detiene en la preocupación por los suicidios. Las campañas de prevención son intentos válidos, considera, pero no alcanzan por sí solas. Hacen falta leyes que cuiden y brinden herramientas a los equipos de salud, a los de educación y a las familias.
Lo sano de lo singular
¿Qué se trabaja en un tratamiento, más allá de los problemas de cada persona? "Tiene que ver con recortar algo de la singularidad del objeto de amor y con la posibilidad de perder los objetos de amor", detalla Di Prinzio. La capacidad de duelar es fundamental, porque perdemos todo el tiempo, y eso va contra la lógica del sistema. En esa línea, recuerda lo que decía un profesor: quien hace terapia sale un poco del sistema capitalista, de la mercantilización, hacia "un producto artesanal de lo singular de cada uno". Porque individualismo y singularidad no son lo mismo.
Construir algo propio y singular es un trabajito que nos permite estar un poco sanos en este mundo enloquecido, aunque vaya a contramano Construir algo propio y singular es un trabajito que nos permite estar un poco sanos en este mundo enloquecido, aunque vaya a contramano
Se trata de reconocer que lo que tenemos es producto de lo que elegimos, y de aceptar que no todas las personas gozamos de la misma manera: unas temen tirarse en paracaídas mientras otras encuentran ahí su satisfacción. "Eso rompe con la lógica de producción que dice que todos deberíamos gozar de los objetos que nos provee". Y concluye: "Construir algo propio y singular es un trabajito que nos permite estar un poco sanos en este mundo enloquecido, aunque vaya a contramano".
Garantías al consultar: elegir profesionales habilitados
Si lo que nos pasa tiene raíces sociales y subjetivas, la pregunta que sigue es quién está en condiciones de acompañarlo. Para el Colegio, la respuesta empieza por aclarar que la psicología no es solo el consultorio. Existe la psico-oncología, la psicología deportiva, la aplicada al trabajo, la investigación, entre otras posibilidades. Por inercia, quizás ligada a la tradición psicoanalítica argentina, seguimos pensando en Freud, el diván y el psicólogo.
Esa imagen, dice Di Prinzio, no es ingenua: "Sigue generando confusión en la población y una situación de aprovechamiento por parte de personas que no están habilitadas para hacer prácticas de la psicología".
La carrera aporta "un conocimiento teórico y práctico que nos permite discriminar estructuras psicológicas" y eso permite abordar cualquier ámbito y definir qué acciones y cuidados se pueden dar o no con cada persona o grupo. Además, un encuentro con un psicólogo o una psicóloga es mucho menos liviano de lo que se imagina: requiere tiempo, conexión y compromiso de quien consulta, y formación, habilidades y habilitación de quien atiende.
Ejercicio ilegal: cómo saber si quien te atiende está habilitado
"Hay que estudiar la carrera y después cumplir ciertas normativas y requisitos para poder ejercer", explica y añade que "el Estado, como mínimo, exige que estés registrado". Por eso la ley de ejercicio profesional crea los Colegios, que llevan el registro, verifican que el título no sea falso y emiten la matrícula.
“Hay que estudiar la carrera y después cumplir ciertas normativas y requisitos para poder ejercer”
Archivo AGLP
Vemos infinidad de cursos, carreras cortas y especializaciones vinculadas con la salud mental. ¿Quién controla? Han aparecido títulos "truchos" y se han iniciado causas penales. Hay personas que hacen cursos terciarios y se "auto habilitan" para atender en consultorios; y aunque son formaciones válidas en cuanto al programa de estudio, no tienen habilitación sanitaria. La comparación de Di Prinzio es clara: "Es como si alguien dijera 'creo que me va bien la medicina porque estudié un poco', pusiera un gabinete en su casa y recibiera gente".
Darle un consejo a un amigo, aclara, está perfecto. Pero salir a la sociedad a aconsejar desde un lugar de saber y a influenciar a otras personas ya es un acto propio de la psicología, y hacerlo sin habilitación es ejercicio ilegal. Escucharse y acompañarse es una función necesaria de la vida, aunque muchas veces no suficiente; a la hora de ofrecer un servicio aparece la barrera de la certificación, porque un consejo mal dado puede producir un daño mayor.
El Colegio interviene por dos vías: canaliza las denuncias de pacientes y detecta publicidades que ofrecen servicios que requieren formación y habilitación. Por eso Di Prinzio insiste: "Las personas tienen que estar atentas al consultar con profesionales y pedirles la matrícula". Los psicólogos y psicólogas están obligados, como cada profesional de salud, a mostrar o publicar su matrícula y es importante "valorizar la matrícula y decirle al paciente dónde puede verificarla". Así hay garantías de doble vía, para pacientes y para profesionales.
¿Cómo verificar una matrícula?
Tres ideas clave para llevarse
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Consultar a profesionales habilitados. Cuidar la salud mental es tan importante como cuidar la salud en general, y eso incluye elegir bien a quién consultamos. Pedir la matrícula y verificarla es una garantía para quien consulta y para quien ejerce.
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Revisar el vínculo con la tecnología. No se trata de demonizarla, aclara Di Prinzio, sino de preguntarnos qué efectos tiene un objeto siempre disponible, que responde automáticamente y ofrece una satisfacción sin corte. Poner límites, en la niñez, la adolescencia y también en la adultez, devuelve el orden que necesitamos para poder elegir.
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Cuidar los vínculos y volver al amor. Animarnos al encuentro sin filtros, conversar con quien tenemos al lado, tolerar que algo se desgaste y también que se pierda, es parte de sostener una vida con otros.
Queda una pregunta abierta: el espacio de lo singular que habilita el psicoanálisis, ese producto "artesanal" de lo propio de cada persona, ¿es un refugio frente a un sistema que nos pide consumir, producir y reemplazar, o una pequeña rebeldía? Tal vez sea las dos cosas. Di Prinzio lo plantea con modestia, como un trabajito para estar un poco sanos en este mundo. En el Día de la Salud Mental, vale tomarlo.
Si estás atravesando un momento difícil o conocés a alguien que lo esté, podés comunicarte al 0800 999 0091 (línea nacional de prevención del suicidio).