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Inteligencia artificial: la diferencia crítica entre perder una habilidad y nunca desarrollarla

El uso de inteligencia artificial en niños, niñas y adolescentes puede hacer que nunca lleguen a desarrollar habilidades fundamentales del pensamiento crítico

Me acuerdo que cuando era chica, cada vez que le preguntaba a mi mamá lo que significaba una palabra desconocida para mí, me mandaba al diccionario. Quizás ella tampoco conocía el significado, no tenía ganas de conversar en ese momento o era una estrategia para que yo sea más independiente. En todo caso, ayudó en mi desarrollo cognitivo y mi interés por conocer cosas nuevas.

Hoy, con el celular en mano, estas estrategias resultan lejanas o menos habituales; mandar a alguien al diccionario parece salido de una película en blanco y negro. La incorporación de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana abrió un nuevo debate que va más allá de la eficiencia tecnológica. Según investigaciones recientes, el impacto de estas herramientas no es igual para todo el mundo: lo que en una persona adulta representa una simple conveniencia, en un niño o niña podría estar alterando de forma permanente el desarrollo de su estructura cerebral.

Atrofia vs. "clausura" cognitiva

La diferencia fundamental está en la etapa biológica de quien usa la IA. Para una persona adulta que ya posee desarrolladas ciertas habilidades como resumir textos, por ejemplo, el uso extendido de la IA puede traducirse en atrofia cognitiva. Es decir, el cerebro –como músculo– se debilita por falta de uso, aunque puede volver a entrenarse porque las conexiones neuronales ya están formadas.

Sin ignorar la tecnología, se trata de no dejarle el terreno libre en los momentos en que el cerebro todavía está construyendo sus propios andamios

En cambio, los niños, niñas y adolescentes -en otra etapa del desarrollo- se enfrentan a lo que se denomina "clausura" o ejecución hipotecaria cognitiva. Al delegar tareas que aún no han aprendido a realizar, las vías neuronales necesarias para el pensamiento crítico, la evaluación de fuentes y la construcción de argumentos -entre otras cosas- nunca llegan a formarse.

El problema de la "auditoría"

Uno de los mayores riesgos detectados en niñas, niños y adolescentes es la incapacidad para supervisar los resultados de la IA. Una persona adulta con experiencia puede "auditar" lo que genera el algoritmo: detecta simplificaciones, omisiones o sesgos porque tiene un marco de referencia previo.

Sin embargo, un/a estudiante que utiliza la IA para analizar la Revolución de Mayo o entender la herencia genética sin haber estudiado estos temas antes, carece del conocimiento de dominio necesario para evaluar si la respuesta es correcta, incompleta o "alucinada". La interacción pasa de ser una delegación de tareas -como en el caso de las personas adultas- a una sustitución del propio juicio.

Mentes homogeneizadas

Otra situación preocupante es la homogeneización del pensamiento. Cuando una clase entera procesa información a través del mismo modelo de lenguaje (un sistema entrenado para procesar, comprender y generar lenguaje humano de forma "natural"), los y las estudiantes tienden a tener el mismo estilo de escritura, las mismas estructuras de razonamiento y los mismos sesgos estadísticos que presenta ese modelo utilizado.

Estos sistemas suelen estar entrenados bajo normas mayoritarias y occidentales, y el riesgo es que el razonamiento del modelo no compita con el del niño o niña, sino que se convierta en "su" razonamiento. En una persona en desarrollo, esto se convierte en un problema de identidad cognitiva.

Evidencia en el aprendizaje

Las investigaciones actuales respaldan estos temores, extendidos entre educadores y familias. Un estudio con desarrolladores de software demostró que quienes delegaron totalmente la programación en la IA lograron códigos funcionales, pero fallaron en las pruebas conceptuales posteriores y no fueron capaces de corregir errores de forma autónoma. En entornos académicos, se observó que las y los estudiantes que usan IA libremente como ayuda de estudio recuerdan un 11% menos de la información tras 45 días.

La conclusión parece ser clara: proteger el espacio necesario para que niños, niñas y adolescentes desarrollen las habilidades fundamentales del pensamiento de manera independiente es, hoy más que nunca, una tarea primordial e innegociable. ¿Cómo podemos acompañar este proceso?

La biblioteca "Del otro lado del árbol", un espacio que permite acompañar el desarrollo de las infancias platenses

Más allá de prohibir: la importancia de acompañar en el desarrollo

Aunque limitar el acceso a la IA es un paso lógico, la restricción por sí sola no equivale a la construcción de capacidades cognitivas. Las familias y educadoras/es debemos adoptar un rol de acompañamiento, creando condiciones para que el pensamiento crítico se desarrolle de forma autónoma. El cerebro infantil se fortalece a través de la experiencia directa y frente a nuevos desafíos; por eso, la plasticidad neuronal de la infancia debe verse como un recurso para el aprendizaje y no como una vulnerabilidad que deba ser blindada de todo problema.

¿Qué podemos hacer hoy?

Parte de eso implica recuperar prácticas que parecen antiguas pero que tienen respaldo cognitivo: volver a los libros impresos cuando sea posible, sostener espacios de juego sin mediación tecnológica, retrasar la introducción de dispositivos digitales en las primeras etapas de la vida. También supone resistir el impulso -como adultas/os- de resolver cada obstáculo que se les presenta a chicos y chicas, ya sea un juguete atascado o un dilema académico. Permitir que experimenten la incomodidad de no saber es, paradójicamente, una de las formas más eficaces de enseñar.

Para quienes están en el aula, el desafío es diseñar actividades que la IA no pueda reemplazar: debates orales, producciones manuales, consignas que exijan la experiencia personal o el criterio propio. Sin ignorar la tecnología, se trata de no dejarle el terreno libre en los momentos en que el cerebro todavía está construyendo sus propios andamios.

Al final, la respuesta puede estar justo donde empezó todo: en esa pequeña incomodidad de tener que buscar una misma la definición de una palabra. Mi mamá, quizás sin saberlo, me estaba entrenando para algo más que ampliar el vocabulario: me estaba enseñando que hay caminos que tenemos que andar con nuestros propios pies.

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